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Las amazonas

Hijas de Ares, adoradoras de Ártemis



Las amazonas fueron un pueblo de mujeres, cazadoras y guerreras, hijas de Ares y Harmonía. Ares era el dios que les insuflaba el espíritu combativo y las guiaba en sus campañas. Ellas erigieron muchos templos en su honor.

Así las describe Apolonio de Rodas, como dignas hijas de Ares, agresivas y brutales, interesadas casi exclusivamente en la guerra.

Se hacían amputar el seno derecho para poder manejar mejor la lanza, y se dice que de ahí procede su nombre:  ἄ-μάζων. Conservaban el izquierdo para poder alimentar a sus hijos.
Nos cuenta Hipócrates: «No tienen pechos en el lado derecho... pues cuando aún son bebés sus madres ponen al rojo un instrumento de bronce fabricado para este único fin y lo aplican al pecho derecho para cauterizarlo, de forma que su crecimiento se detiene, y toda su fuerza y volumen se desvía al hombro y el brazo derechos».

Un pueblo de mujeres solas

Vivían en la costa norte de Asia Menor, quizás próximas al Cáucaso. Por esto se dice que tenían relaciones con los gargarios; si de estas relaciones nacían niños, estos eran abandonados o entregados a sus padres, mientras que las amazonas conservaban para sí y criaban a las niñas.

Se cree que los gargarios y las Amazonas fueron un único pueblo hasta que las Amazonas se rebelaron y los expulsaron al Cáucaso. Más tarde, sin embargo, las Amazonas harían un pacto con ellos para tener hijos... Pero otros simplemente dicen que una mujer guerrera tomó el poder en Temiscira y relegó a los hombres a las tareas domésticas, mientras que ella misma realizó exitosas campañas militares a lo largo de toda la costa, desde el Cáucaso a Tracia.

Heródoto contaba que los sármatas eran descendientes de las amazonas y los escitas, y que sus mujeres observaban sus antiguas costumbres maternales, «cazando frecuentemente a caballo con sus esposas, acudiendo al campo de batalla y llevando la misma ropa que los hombres». Más aún, decía, «ninguna mujer se casaba hasta haber matado a un hombre en batalla». En la historia relatada por Heródoto, un grupo de amazonas cruzaron el actual mar de Azov hasta Escitia, cerca de la región de los acantilados (actual sureste de Crimea). Tras aprender la lengua escita, accedieron a casarse con los hombres escitas, con la condición de que no les exigirían seguir las costumbres de sus mujeres. Según Heródoto, este grupo se trasladó hacia el noreste, asentándose más allá del río Don, y se convirtieron en los ancestros de los sármatas, que lucharon luego con los escitas contra Darío el Grande en el siglo V a. C.

Esto, en resumen,  nos cuenta Herodoto en su libro IV:

Acerca de los Sármatas se cuenta la siguiente historia: En tiempo de la guerra entre los griegos y las Amazonas, a quienes los escitas llaman Eorpata, palabra que equivale en griego a Androctonoi (mata–hombres se dice que los griegos vencieron a las amazonas en la batalla del río Termodonte, y se llevaron en tres navíos a las que pudieron hacer prisioneras. Ellas, en alta mar, hicieron pedazos a sus guardianes. Pero como después de que acabaron con toda la tripulación no supieron manejar las naves, llegaron allí donde las llevó la corriente, un lugar de la costa de la laguna Meótis llamado Cremnoi, que pertenece a la comarca de los escitas. Dejando las naves, se encaminaron hacia el país habitado y robaron los primeros caballos que encontraron y se instalaron allí, viviendo del robo, la caza y la pesca.

 
 Peter Paul Rubens: Batalla de las Amazonas 1617-1618
Estos no sabían de dónde procedían. Las tomaron por bandoleros, pero, al darse cuenta de que eran mujeres, enviaron a sus hijos junto a ellas con la intención de pedirlas en matrimonio, para que juntos engendrasen una raza de hijos guerreros.

Los jóvenes se limitaron a acampar junto a ellas e imitar sus costumbres, dedicándose a la caza y a la pesca. Ellas no intentaron tampoco nada contra ellos, puesto que no las importunaban.

Llegó un día en que un joven escita se acercó a una de ellas con ánimo libidinoso. Y ella no lo rechazó, ni mucho menos. Muy al contrario, le invitó a volver al día siguiente con otro compañero, dándole a entender que tampoco ella acudiría sola. Así, al poco tiempo, todos se habían emparejado y vivían en buena compañía. Los escitas no lograron aprender la lengua de las amazonas, pero ellas sí que hablaron pronto las de sus maridos.

Pasado un tiempo, los hombres propusieron a sus esposas volver a los pueblos de los que procedían, ya que echaban de menos a sus padres y sus posesiones. Pero ellas se negaron, aduciendo que amaban su libertad y que jamás podrían llevar la vida de las mujeres escitas. Les pidieron, en cambio, que tomasen los bienes que les correspondieran y permanecieran allí junto a ellas.

Los jóvenes se dejaron convencer, y después de tomar su parte de los bienes paternos volvieron a vivir con sus Amazonas. pero ellas no quisieron quedarse tampoco en aquellos lugares y se trasladaron con sus maridos varias jornadas hacia el este y otras tantas hacia el norte, al otro lado del Tanais.


Desde entonces las mujeres de los sármatas conservan las mismas costumbres, van de caza con sus maridos y también sin ellos, y visten el mismo traje que los hombres.

Hablan los sármatas la lengua de los escitas, aunque muy cambiada debido a que las Amazonas no la aprendieron con perfección. Ninguna muchacha que no haya matado primero un enemigo puede casarse, así que muchas de ellas se quedan solteras.

Ciudades fundadas por ellas

 
 Reconstrucción del templo de Ártemis en Éfeso, 1520
Las ciudades de Cime, Mirina, Éfeso y Esmirna fueron fundadas por las Amazonas, de acuerdo con la tradición. El templo de Ártemis en Éfeso se atribuye a Otrere, reina de las Amazonas, quien lo levantó por primera vez. A causa del templo de Éfeso y debido a sus costumbres (vivir en plena naturaleza, alejadas de los hombres, su afición por la caza), las Amazonas son consideradas adoradoras de Ártemis.

En las Argonáuticas, Apolonio cuenta cómo Fineo advierte a Jasón y sus hombres del peligro de pasar por la isla de Ares, en la que las amazonas habían levantado una estatua del dios. Este les habría hecho el regalo de una banda de innumerables pájaros cuyas alas estaban formadas por flechas de bronce en lugar de plumas. Con ellas atacaban a todo aquel que se acercaba a la isla. Describe también un templo dedicado al dios al que las amazonas acudían con frecuencia.

Sus últimas guerras

La extinción de las Amazonas parece haber sido causada por las expediciones de  Heracles, Teseo y las campañas del joven rey Príamo.

Iobates, el rey de Lidia que envió a Belerofonte a luchar contra la Quimera, también le ordenó combatir contra las Amazonas.

Heracles luchó también con ellas, para obtener el cinturón de Hipólita. Este cinturón había sido un regalo de Ares a la reina, para que fuera signo de su preeminencia. Fue objeto de uno de los trabajos de Heracles. La amazona no se negó a entregarle el objeto, pero Hera hizo circular el rumor de que el objetivo de Heracles era la misma reina, lo que provocó un fatal enfrentamiento en el que Heracles dio muerte a Hipólita. Cuentan algunos autores que Teseo acompañó en esta expedición al héroe y que, tras la muerte de Hipólita, llevaron a su hermana Antíope como cautiva a Atenas.

(Cuando Teseo regresó de su expedición contra las Amazonas, llevó a Antíope a bordo de su barco. Iban con él tres hombres jóvenes de Atenas, que eran hermanos: Euneo, Thoas y Solois. Este último se enamoró de Antíope y reveló su secreto a uno de sus amigos íntimos. Ese amigo hizo proposiciones a Antíope, que rechazó el intento, pero trató el tema con discreción y delicadeza y sin hablar de ello a Teseo. Pero Solois, desesperado, se lanzó a un río y se ahogó).

Las amazonas reiniciaron la guerra con el fin de liberarla. Llegaron en su ataque incluso a Atenas, pero en esta ciudad fueron finalmente derrotadas.

Esquilo, en las Euménides, describe el Areópago (colina de Ares) como la sede en la que las amazonas se establecieron cuando lucharon contra Teseo. Ellas la habrían fortificado y dedicado a Ares, de ahí su nombre.

Algunas versiones afirman que durante el asedio a Atenas Antíope luchó en el bando de las amazonas, y que una compañera la mató de un flechazo cuando iban a ser derrotadas para evitar que su reina fuera ultrajada por los atenienses. Otros autores afirman que llegó a casarse con Teseo y a tener un hijo con él llamado Hipólito.

Años después, Teseo se casaría con Fedra, hermana pequeña de Ariadna. Hay una versión en la que Teseo está casado con Antíope (o Hipólita) y la abandona para casarse con Fedra. Antíope intenta vengarse llevando a las amazonas a la boda de Teseo para matar a todos los asistentes, aunque fracasa al ser asesinada, según las versiones, por Teseo o por Pentesilea.

La Guerra de Troya

 
 Franz Von Stuck, Amazona Herida. 1903
Durante la guerra de Troya, las Amazonas, lideradas por Pentesilea, acudieron en ayuda de los troyanos. Aquiles luchó contra las Amazonas en Troya, con buena y mala fortuna: al matar a Pentesilea y encontrar sus ojos los ojos de la reina, ya herida de muerte, se enamoró de ella.

Quinto de Esmirna compuso, en torno a los siglos III o IV de nuestra era, las Posthoméricas, poema en catorce libros cuya finalidad era seguir el ciclo épico troyano allí donde lo dejó Homero y convertirse en continuación natural de la Ilíada. Relata extensamente la intervención de las amazonas en la Guerra de Troya, y dedica una especial atención a su reina. Así describe las armas que llevaba, regalo de Ares:

“Pero cuando la Aurora de rosáceos dedos, abandonó el lecho, entonces, revestida de inmenso valor, se levantó de su cobertor Pentesilea. Exhibió sus hombros, con las maravillosas hombreras que Ares le había enviado. Colocó primero en sus argénteas pantorrillas las grebas de oro, ajustándolas bien. Se vistió después su coselete, polícromo, y en torno a sus hombros colgó, con gloria en su corazón la gran espada envainada en plata y marfil.

Después levantó su espléndido escudo, cuya montura tenía el brillo de la luna... Sobre su cabeza colocó el casco reluciente, rodeado por una salvaje melena de cabellos de oro. Así se levantó, rodeada de un halo de luz, semejante al relámpago... Entonces con verdadera prisa por alejarse de su tienda, coge dos jabalinas con la mano que agarraba el escudo, pero mantiene agarrada su fuerte mano derecha una enorme alabarda, afilada, de dos hojas, que la terrible Eris le había entregado para que fuera su mejor defensa en la guerra que devoraba el corazón de los hombres”...

Pentesilea, tan feroz en el combate como hermosa, habría dado muerte a numerosos griegos, antes de caer ante Aquiles.

“Ella era de prodigiosa belleza incluso muerta, coronada de gloria por Afrodita, novia de Ares, el fuerte dios de la guerra, por lo que él mismo, el hijo del noble Peleo, se vio herido por la aguda flecha de la pasión. Los guerreros contemplaban la escena, y en sus corazones rogaban que sus esposas parecieran tan bellas y dulces, en el lecho del amor, cuando tras la victoria regresaran a casa. En lo profundo de su corazón, Aquiles se retorcía de pesar y remordimiento por haber matado a tan dulce ser, que tendría que haber llevado a su casa, en Ftía, en su carro glorioso, como su prometida y su reina; porque ella era perfecta, sin duda hija de un dios, alta como ellos, y sobre todo de hermosura más que divina”.

El mismo Ares sufrió un hondo pesar al conocer su muerte:

“El corazón de Ares se estremeció de angustia y de cólera por la muerte de su hija. Directo se lanzó desde el Olimpo, rápido y brillante como el rayo que parte deslumbrante del temible corazón de Zeus”...

Y sus funerales fueron dignos de su valor y su noble estirpe:

“Movidos por la piedad, los Átridas -a ellos también maravilló la majestuosa hermosura de Pentesilea- devolvieron su cuerpo a los hombres de Troya, para que llevaran a la ciudadela de Troya a la muy renombrada amazona con toda su armadura. Un heraldo llegó pidiendo este favor para Príamo; el rey anhelaba con todo su corazón enterrar a esa doncella ávida de batalla, con sus armas y con su caballo, en la gran colina del viejo Laomedonte”...

“Y, como correspondía a una hija querida, sonó en derredor el lamento de dolor sincero de todos los troyanos cuando la enterraron junto a la augusta muralla en una torre sobresaliente, junto a los huesos del viejo Laomedonte, una reina al lado de un rey. Este honor rindieron a Ares y a la misma Pentesilea”.

 
 Heinrich Tischbein, 1820
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Meli San Martín,
Jan 27, 2012, 12:08 PM
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