Cualquier calle es propicia para poner un humeante, oscuro y destartalado chiringuito. Y si al fondo aparece la foto del presidente Mubarak, presente en la mayoría de lugares públicos, mejor que mejor


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Vista de la bahía de Alejandría.



Alejandría

Mapa de Alejandría en Google Maps

Imagen de Satélite de Alejandría en Google Maps

Catacumbas de Alejandría.

Información turística de Alejandría (en inglés)

Aeropuerto de Alejandría

 

El Tiempo Alexandria / Nouzha

 

 

 

 

"El faro de Alejandría fue una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo.

Construido en el 279 adC por Sóstrato de Cnido (por orden de Ptolomeo II en la isla de FaroPharos), frente a Alejandría, consistía en una gigantesca torre sobre la que una hoguera permanente marcaba la posición de la ciudad a los navegantes, dado que la costa en esa zona era demasiado llana y se carecía, por tanto, de cualquier referencia para la navegación.

Su altura alcanzaba los 134 metros y para su construcción se utilizaron grandes bloques de vidrio que fueron utilizados como cimientos para aumentar la resistencia contra la fuerza del mar. El resto del edificio era de forma octogonal sobre una plataforma de base cuadrada y estaba compuesto de bloques de mármol unidos con plomo fundido. En la parte más alta, un gran espejo metálico reflejaba la luz del sol durante el día y por la noche proyectaba la de una gran hoguera a una distancia de hasta 50 km.

Con la excepción de la Gran Pirámide de Giza, sólo el faro sobrevivió al resto de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo. Sin embargo, fue severamente dañado por los terremotos de 1303 y 1323 hasta el punto de que el viajero árabe Ibn Battuta escribió que le había sido imposible entrar en las ruinas. Los restos desaparecieron en 1480 cuando el sultán de Egipto Qaitbay usó las ruinas para construir una fortaleza en la zona.

Pharos dio origen a la palabra «faro» en la mayor parte de lenguas romances: francés (phare), italiano (faro), castellano (faro), portugués (farol) y rumano (far)."

 

(De Wikipedia)

 

 

 

Ciudadela de El Cairo.

 

 

"Conocemos la Alimentación de los egipcios de la Antigüedad por los textos grabados en las paredes de los templos y tumbas y por los restos de ofrendas a los muertos, donde nos han dejado muchos testimonios de su modo de alimentarse.

Los alimentos básicos fueron el pan y la cerveza ( heneket) fabricada con cebada. Se ha descubierto una veintena de tipos de pan, de diferentes formas y composiciones.
El régimen alimenticio egipcio se completaba con pescadocarne (comunmente oveja, cerdo, aves caseras y carne de vaca para las grandes ocasiones). La carne y el pescado eran generalmente asados, o secados y conservados en salazón. El pescado más apreciado fue el mulet, pez de mar que remonta el Nilo y con los huevos hacían el poutargue, receta que se usa por todo el Mediterráneo hoy día.

El ajo y la cebolla junto con las legumbres, tales como las habas, los guisantes y las lentejas, sin olvidar las verduras (col, pepino, lechuga, puerro, o rábanos), y las plantas de agua (loto y papiros) eran los platos más consumidos. Muchos de estos alimentos sólo podían ser cultivados gracias al cieno fértil depositado durante las inundaciones del Nilo.

Las frutas, bastante escasas, estaban reservadas a la élite, al igual que algunas otras viandas. En el antiguo Egipto no conocieron los cítricos hasta la época romana; Los frutos más consumidos eran los dátiles (utilizados también para producir una cerveza de lujo, el seremet), la uva, la granada, la sandía y el melón, pero también la algarroba y el sicómoro (una especie de higo).

Por último, la miel, producida en colmenas de tierra, entraba en la composición de los postres y de muchos remedios. Los pasteles se usaban a menudo para cuidados terapéuticos, y eran endulzados con dátiles, miel o pasas. En la tumba del visir Rekhmire, bajo el reinado de Amenhotep II, se ve una escena que muestra los pasos para fabricar un bizcocho cónico, hecho con los rizomas de una caña con sabor a avellana, el suchet. 

El vino, estaba reservado a los ricos, era una bebida de lujo en Egipto, y, al igual que hoy en día, se marcaba en los recipientes los datos: procedencia, año de cosecha, y nombre del viticultor.

La cerveza fue durante mucho tiempo la bebida nacional. Barata y abundante, se bebía en todo el pais, ya que gustaba tanto al Faraón como al campesino o al artesano ciudadano."

 

(De Wikipedia) 

 


Dioses egipcios

 Jonsu, dios lunar, protector de los enfermos, el que ahuyentaba a los malos espíritus.

  • Nombre egipcio: Jonsu.

Iconografia: Hombre con cabeza de halcón, coronado con el disco lunar y una luna creciente. Y otras variantes.

 Dios Khonsu. Obtenida de mundomitologico.com

Jonsu es el dios que viaja por los cielos en su barca. Aparece en los Textos de las Pirámides como el encargado de alimentar a los dioses y ayudar al faraón en la caza.

También representaba la fertilidad de la Tierra, y los nacimientos. Fue relacionado con el tiempo.

Su principal templo se encuentra en Karnak, dentro del recinto del templo de Amón.

 

               Posteriormente, bajamos por unas animadas callejuelas llenas de tiendas hasta llegar a la Corniche. El Mar Mediterráneo muestra un color azulado más oscuro e intenso que el Mar Rojo, que habíamos dejado en Hurgada el día anterior. Contemplar la Bahía es algo delicioso y mucho más si se hace al atardecer, cuando aparecen algunas nubes y las puestas de sol son de postal de enamorados.

 

               El tráfico en Alejandría es igual de caótico que en El Cairo y las normas de circulación se respetan tan poco como allí. Ser peatón significa jugarse la vida a cada instante, sobre todo cuando se desea cruzar la Corniche para contemplar la bahía. Y es que Alejandría, a pesar de ser el segundo núcleo de Egipto en cuanto a población, equivale casi a la ciudad de Madrid, con cerca de cuatro millones de habitantes. Susana es de la opinión de que Alejandría es una ciudad más abierta que El Cairo y donde la gente se muestra más cariñosa con el forastero. Nosotros no fuimos capaces de descubrir esta diferencia.

 

            Nos dirigimos a la Biblioteca. Por supuesto nada queda –los cristianos, como otras muchas veces, ya se encargaron en su día de ello- de la antigua, ni tampoco del Faro de Alejandría, que formara parte en su día de las siete maravillas del mundo. La biblioteca de ahora es un coqueto y cuidado complejo modernista, que contiene lo mismo que la mayoría que responden a este perfil: Pasarelas, agua y una bonita cúpula, que se ilumina de azul cuando se apagan las luces del día. Se puede entrar, pero decidimos que en esta ocasión no pagaremos al gobierno egipcio el impuesto revolucionario que impone a cada rato a los turistas.

 

            Volvemos sobre nuestros pasos hasta llegar a la estación de trenes y tomamos un taxi rumbo a las Catacumbas. No están demasiado lejos, pero el plano que tenemos no es bueno y las orientaciones de la Lonely son confusas sobre el terreno. Pagamos diez libras, pero no debimos de abonar más de cinco, aunque eso lo  supimos cuando volvimos andando y comprobamos la distancia, dado que a la ida nos dio una buena vuelta.

 

            Las Catacumbas de Kom el-Shouqafa (monte de piedras) son –desde mi punto de vista- el monumento más interesante de Alejandría y están excelentemente conservadas (25 libras la entrada). Lástima que no son demasiado grandes y por eso me sigo quedando con las de Siracusa, en Sicilia, que son maravillosas.

 

            Las catacumbas de Kom al-Shouqafa contienen tumbas datadas desde el siglo I antes de nuestra era, hasta el II, después de Cristo. A estas catacumbas se accedía por un pozo con unas escaleras. Tras descender varios pisos se llegaba al distribuidor, normalmente de forma circular y antes de llegar a la cámara funeraria, nos encontraríamos con el Triclinium, que era el comedor típicamente romano destinado a las comidas funerarias. Tras recorrer varios vestíbulos, se llegaría a una tumba principal, cuya antecámara está decorada con un gran pórtico con sendas columnas de capiteles florales a los lados y en el dintel, un friso de cobras nos observa enmarcando un disco solar alado.

 

            A la puerta, la taquillera y un policía turístico nos dicen que si tenemos cámara la debemos dejar allí. Mentimos y decimos que no. Registran el bolso, pero la lleva mi chico en el bolsillo y no le cachean. Hicimos cuatro fotos con mucho cuidado (en Egipto es más difícil hacer fotos en interiores, que para los paparazzi hacérselas a las famosillas del corazón con escolta), de las que dos han salido bastante bien.

 

            Volvemos andando hasta la estación de trenes, aprovechando que el camino está bastante animado, dado que por las calles próximas hay numerosos tenderetes. Tomamos otro taxi –esta vez pagamos cinco libras por el trayecto y acertamos- hasta la Fortaleza de Quait Bey (25 libras el acceso), que se ubica en el otro lado de la Bahía y se asienta sobre los restos del antiguo Faro de Alejandría. El Faro sobrevivió a maremotos, vientos e inundaciones, pero no pudo con un par de terremotos que le envistieron en el siglo XIV. Una lástima, porque podría haber llegado hasta nuestros días. Algunas piedras de granito rosa que hay en esta fortaleza son restos de este monumento de la antigüedad.

Anfiteatro de Alejandría.          

 Quait Bey es una fortaleza defensiva edificada en el siglo XIV. Tiene tres pisos y presenta planta central cuadrada con cuatro torres circulares de refuerzo en las esquinas. Se encuentra rodeado de una muralla dotada, a su vez, de bastiones en forma de torre.

 

            Nos disponemos a buscar un restaurante que viene en la Lonely y en el que pretendemos comer pescado o marisco, dado que la experiencia del día anterior nos había sabido a poco. Primero nos cuesta encontrarlo y después, está cerrado. Por lo que tomamos un nuevo taxi hacia el centro. Son ya casi las tres y media, así que enfilamos una de las calles comerciales –de estilo parecido al occidental, hay unas pocas en esta ciudad y en El Cairo- decididos a comer en el primer sitio que encontremos. No tardamos mucho. Mi chico se compra un enorme shwarma de cordero (7 libras) en una tienda árabe de comida rápida, cuya carta de precios está solo en “gusanillo” y yo, al ver el Mcdonals enfrente, me pido un Mcarabian de kofta (10,50 libras) que me supo buenísimo (y eso que en España ni entramos en estos establecimientos), dado que contenía el mejor pan que probé durante la estancia en Egipto.

 

            Volvemos a la estación de trenes a ver horarios y sacar el billete de vuelta. No hay un tren hasta las siete y media, así que nos vamos a ver atardecer en la bahía, a tomar una cerveza en una terraza y a dar las últimas vueltas por el zoco y las calles comerciales.

 

 

DE NUEVO EN EL CAIRO, POR TERCERA Y ÚLTIMA VEZ (DE MOMENTO).

 

            El tren de vuelta debía llegar a las nueve y media, pero entra en la estación con tres cuartos de hora de retraso. Nos hemos empezado a poner nerviosos, dado que no tenemos hotel reservado en El Cairo y hemos confiado muy alegremente en que el Victoria tendrá plazas disponibles. Nos alteramos más todavía, cuando vemos que en el hotel está entrando un grupo alemanes.

 

            Ciudadela de El Cairo.

            Afortunadamente, el recepcionista, con la misma sonrisa de siempre, nos informa de que sí hay habitación. Tras los trámites pertinentes, dejamos los bultos y nos vamos a proveer de cerveza fresquita a la cercana tienda de siempre. Está abierta y hay algunos lugareños comprando. En Egipto se tiene la suerte de disponer casi de lo que se quiera las 24 horas del día, a base de unos horarios, que tienen que ser matadores para quienes lo realizan y a los que no podría acostumbrarse nuestro delicado cuerpo occidental.

 

            Tras nuestro último desayuno en Egipto, volvemos a la consigna, que ya es conocida sobradamente por nuestras mochilas (nos planteamos seriamente invitar en Nochebuena a cenar al operario que la custodia) y nuevamente pagamos dos libras y media. Seguidamente, cambiamos dinero y nos dan diez libras de más, que nos quedamos sin rechistar. Tratamos de coger un taxi en el aparcamiento (lo de aparcamiento es solo para entendernos) de la Estación Ramses, en el mismo lugar que habíamos contratado el de las Pirámides de Dashur, Saqqara y Gizeh; pero un joven sin talante y con gestos chulescos nos quiere cobrar ¡¡cuarenta libras por ir a la Ciudadela!! y la cantidad es innegociable. Le mandamos a tomar por donde la espalda pierde su hermoso nombre. Viene el de al lado en plan salvador y nos solicita 30. ¡¡Va a ser que no!!.

 

            Salimos del aparcamiento y nos metemos por una pequeña calle. Nos ponemos a caminar por el borde de la acera y nos dejamos querer. No pasan ni dos minutos y ya nos están pitando. Por diez libras nos llevan a la Ciudadela (40 libras la entrada, que son las últimas que vamos a pagar en el capítulo de impuesto revolucionario en Egipto).

 

            Se trata de un lugar al que no van muchos grupos turísticos, pero al que merece la pena dedicar una hora y media o dos. Desde esta Fortaleza de Saladino (Salah al-Din) se contempla, como casi desde ningún otro sitio en la ciudad, el grueso y oscuro manto de contaminación que cubre los tejados y las terrazas y que tiñe de gris el cielo de El Cairo.

 

            La Ciudadela permite pasear tranquilamente entre sus murallas, alejados del caos y el ruido característicos de El Cairo. Sus dos atracciones más importantes son las Mezquitas de Hehmet Alí y la de An-Nasyr Mohammed.

 

            Al salir, de nuevo ponemos en práctica la misma táctica. Nos dejamos querer por el borde de la acera y esta vez conseguimos sacar el taxi por solo cinco libras, dado que nuestro destino es la Midam Tahrir, más cercana. Hay tal embotellamiento, que en hacer ese trayecto –normalmente no debe llevar más de diez o quince minutos- tardamos cincuenta. Estas son las cosas que se evitan cogiendo el metro, pero llegar a la Ciudadela a través de este medio de transporte no es posible. En un momento dado del trayecto el taxista, que no sabe inglés, nos mira y dice muy indignado:

 

Ciudad de los Muertos. El Cairo          

 -¡¡¡Mubarak!!!..

 

            Hemos entendido claramente el nombre del eterno presidente de Egipto, pero no logramos discernir si el atasco se debe a que esta atravesando la ciudad en esos momentos o el taxista se esta cagando directamente en todos sus muertos, culpándolo de aquello.

 

            Son las tres cuando llegamos a la Midan Tahrir. Tenemos pensado ir a comer al Felfela, esta vez al de almorzar sentados, que está casi justo enfrente de la agencia donde habíamos contratado la excursión de los Desiertos Blanco y Negro, en la Sharia Hoda Shaarawi, 15. No pedimos cerveza para beber, dado que aquí se pasan un poco con el precio y comemos a base de varios mezze y pollo por 87 libras (los dos). Es más o menos el doble que un local económico. Este restaurante es de tipo medio, lo cual se nota más en las prestaciones o el cuidado del local y la atención, que en la comida en sí, que es egipcia y similar a la de los restaurantes de tipo económico en los que hemos comido a lo largo del viaje. Apenas nos quedan cuatro horas y media para partir hacia el aeropuerto

 

            El último día –o los últimos de un viaje- siempre me resultan muy extraño. En mi mente se mezclan un montón de sensaciones diferentes y a veces contradictorias: Las ganas de que esas últimas horas pasen deprisa para llegar a casa, las ganas de que esas últimas horas pasen despacio para disfrutar hasta el límite de cada minuto, la nostalgia por los recuerdos vividos (con la caída de alguna lagrimita incluida), la satisfacción porque el viaje haya salido de maravilla, la desesperanza de tener que pasar unas cuantas horas en aviones y trenes para llegar a casa, la esperanza de que en tan solo cuatro meses el contador de un nuevo viaje se pondrá a cero,,,

 

      Ciudad de los Muertos. El Cairo      

 No quisimos dejar El Cairo sin dar nuestra última vuelta por el mercado de Khan el-Khalili (fuimos en el metro), donde un mecánico aprovechó para llenarme involuntariamente  la mano de grasa, que no salió del todo con ninguno de los jabones que probé en los tres días sucesivos. Por allí anduvimos unas dos horas vagando y respirando los aromas, visionando los  colores y escudando los sonidos de la forma más intensa que supimos, dado que al día siguiente iban a quedar a casi cuatro mil kilómetros de distancia.

 

            Después fuimos volviendo lentamente hasta una zona comercial y de chiringuitos de comida rápida que hay cerca de la Midan Ramses, para acabar comprando cerveza en nuestro sitio de siempre, intentando así desprendernos de nuestras penúltimas libras (las últimas las dejábamos para un por si acaso baratito).

 

 

VUELVE, A CASA VUELVE… POR NAVIDAD:

 

            Recogemos los bultos de la consigna y nos enfrentamos a nuestro último regateo. Por ser la batalla definitiva, habíamos decidido que había que ganarla. Nos hemos marcado la cifra de 35 libras a pagar como máximo por el taxi, pero el taxista empieza pidiendo 60, aunque rápidamente se da cuenta de que vamos en serio con nuestra propuesta y que pelearemos por ella como sus antepasados lucharon por la defensa de Granada. Así que termina aceptando el precio por nosotros propuesto, tras mentirle al decirle que eso es lo que nos costó venir a la ida.

 

            Los taxis de vuelta al aeropuerto siempre deben salir más baratos, dado que en la terminal del mismo, es la falta de competencia (están organizados en mafias) lo que impide que los precios bajen.

 

            Hay tráfico, así que tardamos bastante más que a la ida: Cuarenta y cinco minutos. El taxi –desconozco la razón- no nos deja en la Terminal dos, sino en un punto cercano, desde donde hay un autobús gratuito (debe ser lo único en Egipto y lo hemos descubierto al final) hasta la terminal. Son las nueve y media de la noche y todavía nos queda algún tiempo para embarcar.

 

 

De vuelta, en la T$ de Barajas.

            Nuestro vuelo a Madrid es con escala técnica de cuarenta minutos en Barcelona. Al salir desde una ciudad que no es de la Unión Europea, no hay problemas para introducir líquidos en el aparato, pero los controles de seguridad son férreos. Primeramente tenemos que pasar todo el equipaje por un escáner antes de facturarlo y obtener la tarjeta de embarque, que nos entrega una egipcia de Iberia, que habla un perfectísimo castellano.

 

            No recuerdo exactamente los controles policiales que atravesamos después, pero al menos fueron cinco y de una utilidad discutible, dado que siempre nos pedían exactamente lo mismo: El pasaporte. Al ir pasando en fila india, el procesó termina haciéndose eterno.

 

            Tras el pertinente “pataclán” de salida en el pasaporte, nos gastamos –ahora sí- nuestras últimas libras en la cara tienda libre de impuestos y ¿a qué no sabéis en que?. Pues en vino y en cervezas. Estas últimas están muy fresquitas, así que nos las tomamos allí mismo mientras esperamos que llegue el momento de embarcar.

 

            El Airbus 321 de Iberia –más grande que el 319 de la ida y esta vez, al completo- despega del aeropuerto de El cairo. La azafata va entregando periódicos y yo le pido El País. En una de sus hojas hay un anuncio a media página en el que aparecen tres camellos. Estando como hemos estado tanto en el desierto, no me llaman la atención, hasta que reparo que la publicidad es de Panasonic y los camellos son los de Melchor, Gaspar y Baltasar. ¡¡Hasta ese momento ni siquiera había pensado que en occidente, a pesar de que falta un mes, ya estamos en Navidad!!.

 

            Otra simpática azafata nos trae la cena y mientras degusto el rico bonito con tomate y arroz que nos han puesto (algo picantito, por cierto), miro por la ventanilla del aparato y todavía pienso, que de un momento a otro, va a aparecer por ella el sonriente semblante del vendedor de una tienda del zoco, diciéndome aquello de “Solo mirar, no agobiar”. 

 

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