El Valle de los Reyes, en la orilla occidental de Luxor, es casi más espectacular  por el paisaje que lo alberga, que por la belleza de sus tumbas. Muchas de ellas se encuentran cerradas por reformas y no es fácil hacer fotos en su interior.


 

 

            Nos dieron una habitación bastante grande en la sexta planta, al lado de la terraza –con un bar caro- y la piscina, con muy buenas vistas, aire acondicionado que va como un cañón, televisión vía satélite (se ve el canal internacional de TVE) y un cuarto de baño amplio.

 

            Tan solo dos pequeñas objeciones.

 

            -La ducha no tragaba demasiado bien.

           

            -Estábamos cerca de la caja que contiene el motor de los ascensores, por lo que el aparato hace algo de ruido –soportable- cuando le dan al botón para subir o bajar.

 

            Lo primero que hacemos es darnos un baño en la piscina. A pesar del calor, el agua está helada, dado que por las noches refresca. Seguidamente nos vamos a comer y no tardamos en encontrar un sitio con la carta puesta fuera en inglés (aunque dentro no lo hablan) y con precios. Se trata del Restaurante y Kebab Abou Hagger. Nos pedimos unos espaguetis (platos enormes), dos raciones de kebab (250 gramos cada una), una ensalada, tahina, pan y dos bebidas por 55 libras egipcias. Los dos días siguientes también comeríamos aquí.

 

            Tras la comida, empieza la exploración de Luxor. Recorremos primero las calles del casco urbano (lo de urbano es un decir), luego vemos por fuera el templo de Luxor y finalmente damos un amplio paseo por la Corniche, donde nos dan la lata con perseverancia y mucha animosidad. A las cinco subimos al hotel para ver atardecer con el Nilo de fondo desde la terraza y obtenemos unas bonitas fotos.

 

            Luego tocaba ir a la búsqueda de la oficina de turismo, a pesar de que un policía nos había dicho que no había, a preguntar donde podíamos comprar los billetes de autobús para Hurgada. El que nos atendió no parecía tenerlo muy claro, así que decidimos volver a preguntar en otro momento.

 

            El resto de la tarde la pasamos dando vueltas por el zoco y aguantando con entereza las embestidas de los pesadísimos caleseros, que se ponen a andar a tu lado y te van cerrando con el caballo. Son pesadísimos y a veces la única forma de que desistan es dando la vuelta sobre nuestros propios pasos un momento (a ellos les cuesta más hacer ese giro con el caballo y el carro).

 

            Uno de ellos nos habló de que precisamente esa tarde se celebraba un gran mercado, que es una sola vez a la semana, y que nos podía llevar. Por supuesto, pasamos de él. Al día siguiente y al otro, que estuvimos en Luxor, otros caleseros nos vinieron con la misma historia. Y es que no saben que inventar, para sacar unas pocas libras.

 

            En el hotel nos tomamos unas cervezas Stella (magníficas) que habíamos comprado en una tienda de bebidas a diez libras. Al día siguiente las encontraríamos mucho más baratas. 

 

            El desayuno del Tutotel Partner es bastante completo, dado que al margen de los cereales o dulces de rigor y el café con leche, hay una gama de   productos fríos y otra de calientes. Los fríos son básicamente ensaladas y quesos y los calientes van variando todos los días (salchichas, tomates a la plancha con queso fundido, patatas machacadas, pequeños croissants rellenos….). No hay zumo de naranja, pero al menos ofrecen una especie de "Tang" para calmar la sed

 

            El día anterior, el de nuestra llegada, ya nos habíamos dado cuenta de un par de cosas relacionadas con Luxor:

 

            Es la ciudad de Egipto donde hay más plastas por metro cuadrado. Casi todos los sectores son aquí un poco más pesados que en el resto de las poblaciones, pero la palma se la llevan los caleseros, a quienes podríamos dar el premio de más pelmas del país. Aunque muchos de los que merodean por la Corniche ofreciendo falúas, ferry o embarcaciones alternativas a este, tampoco se quedan atrás. Taxistas y conductores de microbuses se mueven en una escala inferior y los vendedores del zoco, como en otros lugares, aunque tratan de vender sus productos como por otra parte es natural, no molestan más de lo razonable al visitante.    

 

 

    Templo de Luxor      

 

             En esta ciudad también son extremadamente pesados y pedigüeños los niños. No solo piden caramelos, bolígrafos o bombones, sino que muchos solicitan directamente dinero. También los recepcionistas y empleados de hotel, al menos del nuestro, insinúan muy a menudo (cosa que es muy fea) que una propinilla no la verían con malos ojos. A veces esas insinuaciones se convierten en peticiones explícitas.

 

            El segundo asunto esta marcado por los contrastes de esta ciudad en materia urbanística, que llevan a que la zona de la Corniche y la calle donde se inicia el zoco estén arregladas, muy bien asfaltadas y hasta cuidadas. Mientras el resto de la ciudad (salvo las mezquitas, claro), incluida la mayor parte del zoco, se encuentre en un estado lamentable.

 

            El plan para ese día no era tan estresante como los vividos en las maratonianas jornadas de la semana anterior. Por la mañana iríamos a visitar el Templo de Karnak y por la tarde el de Luxor.

 

            Antiguamente había una avenida de esfinges que unía ambos templos, pero de ella ya no queda casi nada, dado que se haya sumergida varios metros por debajo del asfalto. El templo de Karnak está a unos cuatro kilómetros de nuestro hotel. Podríamos tomar por una libra uno de esos microbuses –en Luxor hay cientos- que en este lugar son los verdaderos reyes del transporte público, pero como disponemos de tiempo, decidimos ir andando.

 

 

 

 

      Templo de Luxor, por la noche. 

 

            Si se opta por esta fórmula, es mejor ir por la Corniche, que por la calle paralela, que apenas tiene aceras y en muchos tramos está sin asfaltar. Lo que no se podrá evitar de ninguna forma son los accesos al templo que, una vez más, están llenos de zanjas, obras y polvo, por lo que nos ponemos el pelo y la ropa hasta arriba de suciedad. Nos damos cuenta de que la decisión no ha sido acertada. Deberíamos haber venido en el microbús, que deja en la misma puerta. Y no será porque no se nos han ido ofreciendo a lo largo de todo el camino

 

            Karnak (50 libras la entrada) es un templo enorme, el más grande del mundo y podría ser uno de los monumentos más bellos del planeta de estar mejor conservado. Promete mucho según entras, dado que es donde se encuentran las partes más enteras, entre las que se halla su famosa sala de columnas, pero según vas avanzando, las diferentes estancias y templos están más deteriorados (hay zonas, como no, que no se pueden visitar por estar en obras). Estuvimos allí en torno a dos horas y media, que creo es tiempo suficiente para visitar el templo con absoluta tranquilidad (esta recomendación no es válida para egiptólogos recalcitrantes).

 

            Al ser media mañana hay numerosos grupos de turistas en viaje organizado, pero si te alejas de los sitios más típicos te encuentras totalmente sola. En un momento dado, nos quedamos sorprendidos viendo como decenas de personas, tras sus guías, están dando vueltas como gilipollas en torno a un escarabajo sagrado de piedra situado sobre una peana. Seguro que da suerte o algo así, pero la estampa es patética.

 

Templo de Hatsetshup. Luxor.

 

            Karnak es un vasto conglomerado de templos y capillas de diversas dinastías. El recinto –al que se accede por una corta avenida de esfinges con cabeza de carnero- se puede dividir en tres partes. El más importante es el central, que es el templo de Amón. En él se encuentra la famosa sala hipóstila que contiene las 135 columnas de diez metros de circunferencia cada una.

 

            Otros puntos de interés son el obelisco de Hatshepsut, la gran sala de fiestas de Tutmosis III, el lago sagrado, el templo de Khonsu y el de Mut.

 

            Para volver a Luxor intentamos coger una furgoneta, pero a la salida del templo no hay ninguna y tampoco –parece increíble pero es cierto- la encontramos recorriendo el camino a la inversa, pero ahora por la Corniche. Tal vez si hubiéramos venido por la misma calle que habíamos ido, la cosa hubiera sido diferente.

 

            Después de un reparador baño en la piscina, nos amos a comer al mismo lugar que el día anterior, aunque cambiamos de menú y nos damos a la sopa de verduras, a la ensalada, a la kofta (raciones de 250 gramos) y a la tahina (como todos los días, aunque en este lugar es donde más rica me supo). Todo esto, más un par de bebidas, nos sale por 43,5 libras, un poco más barato que ayer. El propietario nos ha conocido y se le nota contento de que volvamos. Somos muy pocos los que comemos carne en este sitio (es lo más  caro). La mayoría de los lugareños se conforman con un plato de arroz mezclado con cereales o uno de pasta. Naturalmente, nunca faltan las ensaladas y la tahina. La cuenta si se come de esta forma no llega ni por asomo a las diez libras por barba.

 

            Ahora toca hacer tiempo. Queremos entrar en el Templo de Luxor justo en el momento de la puesta de sol, para verlo con esa tonalidad primero y luego iluminado con luz artificial.

 

            Volvemos al zoco, pero ahora nos metemos mucho más adentro de la zona donde llegan los turistas y vemos la realidad de sus calles sin asfaltar, las coliflores tiradas y amontonadas sobre una manta que comienzan a ennegrecerse, los chicos sentados en medio de montoneras de fruta, las viejas sin dientes vendiendo cuatro cosas, uno pegando hachazos a una cabeza que parece de vaca, otro matando una gallina y otro más, con afilado cuchillo en mano, dándole la extremaunción a una cabra de las que probablemente el día anterior, habíamos visto vagando entre los puestos, que aquí en muchos casos no son tales, sino telas colocadas en el suelo que contienen la mercancía desparramada. A los pocos extranjeros que vamos ni nos intentan vender, salvo, como fue nuestro caso, cuando pasas por allí cuatro o cinco veces y te cogen confianza.

 

            En la entrada del templo de Luxor, coincidimos con el mismo policía que nos había dicho que no había oficina de turismo en la ciudad. Nos conoce y se interesa sobre nuestras averiguaciones en la materia y se sorprende de que la hayamos encontrado. Entonces nos dice que nos demos prisa, que el templo cerrará en breve. ¿Pero si en la Lonely pone que cierra a las nueve?... ¡Otra vez nos la ha jugado!. Tras una breve investigación descubrimos que la guía tiene razón. ¿A que juega este hombre?. Casi mejor no se lo preguntamos. ¡Para qué meternos en un lío!.

 

            Aunque el templo de Luxor se puede ver casi íntegramente dándole la vuelta por fuera, merece la pena pagar las cuarenta libras que cuesta para verlo por dentro y sobre todo para contemplar desde allí la puesta de sol y verlo después iluminado, con las luces, que sabiamente distribuidas, te consiguen acercar más a los tiempos de su esplendor.

 

            El templo es pequeño y para ser visto bastaría con media hora o tres cuartos, pero es un lugar agradable y acogedor y se le pueden dar varias vueltas, además de sentarnos a reposar sobre sus piedras cuando ya ha anochecido. Fue construido en su mayor parte por Amenofis IIII y está dedicado a la Triada Tebana (los tres dioses que vais a ver infinidad de veces en Luxor): Amón, Khonsu y Mut. Destaca su avenida de las esfinges, las altas –como casi siempre- estatuas de Ramses II y la columnata de Amenofis III.

 

            Estuvimos más de hora y media contemplando el templo, así que cuando salimos ya hace más de una hora que ha anochecido,

 

            Una vez fuera, nos perdemos por las callejuelas de Luxor, volvemos a ambas partes del zoco –la nueva y la miserable-, hacemos algunas compras y vamos a preguntar el precio de las cervezas a otra tienda más alejada del centro, que el día anterior habíamos visto cuando ya estaba efectuada la compra del líquido elemento. La lata de Stella de medio fresquita cuesta seis libras, cuatro menos por tanto, que en el local del día anterior. Nos aprovisionamos con alegría y nos vamos para el hotel, donde acabamos sucumbiendo ante los bodrios que proyecta el canal internacional de Televisión Española. ¡De verdad es que no he visto un canal tan aburrido en mi vida como este!.

 

            Los cánticos de las adolescentes de un colegio cercano nos han despertado. Responden a unas consignas que les va lanzando un adulto, por lo que pensamos que las están adoctrinando y quizás en nada bueno. Es miércoles, día 12 de nuestro viaje y tenemos alguna preocupación acerca de que tal se nos va a dar el día en la Orilla Occidental

 

            Hemos descartado visitar las Tumbas de los Nobles y el Valle de las Reinas (la tumba de Nefertiti está cerrada y además vale un pastón). Primero porque a esas alturas ya estamos algo hartos de templos y segundo, porque nos encontramos cansados de estar dando tanto dinero al gobierno egipcio todos los días. Así que iremos al Valle de los Reyes, al Templo de Hatshepsut y el Templo de Medinat Abu.

 

            Partimos hacia el embarcadero con el fin de cruzar a la otra orilla. Por la información del relato de javso vamos prevenidos de lo desagradables que son algunos vendedores de billetes de este ferry. Y por lo visto, nos toca el mismo que a él. Nos dice que son dos libras cada uno y le respondemos que solo le vamos a dar una. Entonces se saca de la chistera, que el billete de ida y vuelta es obligatorio. Le decimos que no y se pone encima chulo, pero nos ponemos nosotros más desagradables todavía y nos salimos con la nuestra, eso sí, a cambio de un tremendo enfado.

 

            Al llegar a la parte occidental nos recibe el mafioso del aparcamiento de taxis y nos ofrece uno para todo el día por 120 libras. Le explicamos que solo queremos uno para ir al Valle de los Reyes y luego ya nos buscaremos la vida. Pensamos que es la fórmula más acertada –ahora que ya tenemos experiencia- de recorrer esta orilla y luego la realidad nos daría la razón

 

            A Susana, le costó 80 libras ver lo mismo que nosotros –más el Valle de las Reinas-, pero en nuestro caso nos salió por 35. Es más: Se puede hacer por 30, que sería su precio de mercado.   

 

            Nos empieza pidiendo 50 libras por el recorrido al Valle y tras un casi cruento regateo con plantón incluido que le damos dos veces, se nos queda la cosa en 20 (el precio justo ses 15). Según subimos hacia las tumbas divisamos la Casa de Carter.

 

            Por entrar al Valle de los Reyes hay que pagar 70 libras (otro robo, pero como ya estamos acostumbrados nos sorprende menos) y se pueden elegir un máximo de tres tumbas de entre las que hay (bastantes están en proceso de restauración). La entrada está a unos quinientos metros de las tumbas, así que han puesto un trenecito por el que te cobran una libra adicional (con agujetas acabas de tanto meter la mano al bolso). Nos subimos junto a un grupo de japoneses e involuntariamente nos ahorramos las dos libras.

 

             El sepulcro de Tutankamon cuesta cien libras. A estas alturas el corrupto estado egipcio ya no nos engaña: Los mayores secretos de la tumba de Tutankamon están expuestos en el museo Egipcio de El Cairo.

 

            Elegimos –por no tener otro referente- guiados por las recomendaciones de la Lonely y empezamos por la Tumba de Ramses I. Es cuadrada, una de las más pequeñas y menos profundas, pero tiene un bonito sarcófago en el medio y la calidad de sus pinturas nos deja maravillados. Me escondo detrás del sarcófago y hago una foto con flash (está prohibido hasta hacerlas sin él) de una de ellas. El guardia ha visto la luz, pero no sabe quien ha sido. A esas alturas ya he guardado la máquina y la enorme bronca se la llevan dos chicas japonesas que hay detrás de nosotros, que ponen cara de angustia y de “¿qué me estás contando?”.

 

            La segunda que visitamos es la de Tutmosis III (el Napoleón de Egipto). Es más grande y profunda que la anterior (algo claustrofóbica debido a la humedad y la alta temperatura), pero menos impresionante. Su belleza radica más en su acceso, a través de unas escaleras que discurren entre las montañas y que crean una bella estampa. Hacemos una foto sin flash en una sala vacía y jugamos al gato y al ratón con dos guardias para hacer otra. No la hemos conseguido tirar, pero nos han visto la cámara de la mano y enfocando. Uno de ellos viene corriendo y trata de quitársela a mi chico de las manos, pero no puede y acaba dándole un empujón de impotencia. ¡¡Jódete, cabrón!!.

 

 

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Templo de Karnak

 

 

"Karnak (al-Karnak, "ciudad fortificada", llamada en el antiguo Egipto Ipet Sut, "el lugar más venerado") es una pequeña población de Egipto, situada cerca de la ribera oriental del río Nilo. Era una zona de la antigua Tebas que albergaba el complejo religioso más importante del antiguo Egipto. Situación: 25° 43′ 00″ N 32° 39′ 30″ E

Esfinges, a la entrada del Templo de Karnak

Durante siglos, este lugar fue el más influyente centro religioso egipcio. El templo principal estaba dedicado al culto del dios Amón, pero como en otros templos egipcios también se veneraba a otras divinidades.

El complejo de templos de Karnak lo componen:

Existían también numerosos templetes y capillas de menor tamaño y múltiples estancias y almacenes situados dentro de los muros que circundaban las zonas principales.

La diferencia principal entre el templo de Amón en Karnak, que Diodoro de Sicilia afirma ser el más antiguo de Tebas, y la mayoría de los templos egipcios es el tiempo y esfuerzos empleados en su construcción y posteriores ampliaciones. Unos treinta faraones contribuyeron con sus edificaciones convirtiendo al complejo en algo que por su tamaño (unas treinta hectáreas) no se había conocido antes.

La entrada, entre dos inmensos pilonos, está precedido por una avenida de esfinges (dromos), con cabeza de carnero, símbolos del dios Amón. Se accede a un gran patio porticado donde se encuentra, la izquierda, un templete del faraón Sethy II, la columna de Taharca y la estatua de Pinedyem, a la derecha el templo de Ramsés III, al frente la sala hipóstila, y un poco más al fondo los obeliscos de Thutmose I y Hatshepsut, después una serie de estancias y patios menores, y el santuario, a los que sólo tenían acceso el faraón y los sacerdotes.

La sala hipóstila está compuesta de numerosas columnas que aún conservan sus inscripciones y algunas tienen aún restos de la pintura original. Sus capiteles tienen forma de papiro (papiriforme). El santuario se encuentra en el centro del templo.

En el antiguo Egipto, la construcción de los templos se iniciaba siempre por el santuario, lo que significa que Karnak se comenzó por el centro y se terminó de construir por las entradas al recinto. Todo el conjunto estaba ricamente decorado y pintado en vivos colores.

Templo de Luxor, por la noche.

El complejo de Karnak es el conjunto de culto religioso conocido más antiguo del mundo. Un enorme museo a cielo abierto que muestra importantes restos de la cultura del antiguo Egipto. Después de las pirámides de Giza, es el segundo lugar más visitado de Egipto. Está considerado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco junto con otros restos de la antigua Tebas.

 (De Wikipedia) 

 

 

 

Parte del Techo del Templo de Medinet Habu, en Luxor.

 

 

 

Dioses egipcios

Ptah "Señor de la magia", era un dios creador (alfarero) en la mitología egipcia. "Maestro constructor", inventor de la albañilería, patrón de los arquitectos y artesanos. Se le atribuía también poder sanador.

Iconografía: El dios tenía forma de hombrecillo envuelto en un sudario, con un casquete en la cabeza, el collar menat, con cetro compuesto por el pilar dyed y el uas, también sobre un pedestal (símbolo de Maat)

 Dios Ptah. Obtenida de geocities.com.

Durante la época del Imperio Antiguo, asociado al poder menfita, era el dios más poderoso, pero con el tiempo perdió notoriedad frente a Ra y Amón.

Las ciudades del Antiguo Egiptorivalizaban por considerar a Ptah como creador del mundo (Menfis) o como una divinidad surgida de las otras (Tebas).

Fue identificado con el Nun primigenio. Según la cosmogonía menfita Ptah creó a los dioses, que son atribuciones y modos de su creador, estableció las regiones, edificó las ciudades, asignó a cada dios su lugar de culto, edificó sus templos y determinó las ofrendas que debía recibir.

Su esposa es Sejmet y sus hijos Nefertum, Imhotep y los Patecos.

Originario de Menfis fue muy venerado en Menfis, Deir el-Medina, y Serabit el-Jadim (Sinaí).

  • Incluyeron su nombre Ptah-hotep, Ptah-Shepses, Kai-Ker-Ptah y Mineptah.

De esta divinidad procede el nombre de Egipto, utilizado por Homero para designar tanto al río como al país. Esta palabra griega Aegyptos, que pasó a otras lenguas, procede de Hat Ka PtahHikuptah. "la Casa del Espíritu de Ptah", nombre de un templo de la ciudad de Menfis que luego dio nombre a la ciudad Hikuptah.

 

 

Escultura en el Templo de Karnak. Luxor.