Alejandría ya no es lo joya que fue en la antigüedad, pero sus hermosas catacumbas y sus fantásticas puestas de sol al borde del Mediterráneo, hacen que la visita a esta ciudad resulte casi imprescindible.

 


 

            

            Son ya las nueve y media y decide que es buena hora para irnos a dormir. Para nosotros es pronto, pero la verdad es que no hay mucho más que hacer allí a esas horas  Dispone en el suelo pequeños colchones y nos da diferentes sacos y mantas, con olor a camello, que la última vez que pasaron por la lavadora debió ser en tiempos de Ramses II. Hacemos de tripas corazón –en el desierto por la noche hace bastante frío- y nos tapamos con ellas. Apaga la lámpara y nos quedamos con las majestuosas luces de la luna y las estrellas contemplando nuestras miradas, que lentamente se van apagando.

 

            Antes de acabar de cenar, mi chico y Andrew habían preguntado casi al unísono:

 

            -Are there any animals, here.

 

            Farak responde que no, ante lo que le digo que tengo noticia de que hay zorros, dado que Joan me ha contado que uno le mordió y destrozó su calzado.

 

            -Bueno, eso es en otras épocas del año, ahora no llegan hasta aquí –mintió Farak-.

 

            Los tres coincidimos a la hora de levantarnos, mientras el guía (ronca que te ronca) se queda otro rato. Él ya tiene bastante visto el precioso amanecer con el que nos estuvimos deleitando desde las cinco y media, desierto arriba, desierto. Las piedras calcáreas van pasando por casi todas las tonalidades posibles, para acabar siendo blancas, una vez que el sol ya ha tomado fuerza y algo de altura.

 

            A las siete menos cuarto Farak nos prepara el desayuno, a base de quesitos, un dulce parecido al turrón blando en su sabor, mantequilla, mermelada de higo (muy típica por allí), manzanas, algo parecido a membrillos y café). Desmontamos el campamento y ponemos rumbo al Desierto Negro, no sin antes dar una última vuelta por el Blanco.

 

            Paramos en la Montaña de Cristal, donde además de hacer fotos recogemos algunas pequeñas piedras cristalinas muy bonitas para traernos de recuerdo. Nuestra siguiente parada es en le Desierto Negro, que a pesar de su belleza, después de haber visto el Blanco parece quedar empequeñecido. Estamos más de media hora caminando y logramos copar la cumbre de una pequeña montaña desde donde se divisa una panorámica preciosa.

 

            Farak nos propone –ya cerca de Bahariya- llevarnos a una de las fuentes del Oasis para darnos un baño. Le contestamos que sí con entusiasmo, pero cuando nos estamos acercando su 4x4 empieza a dar serias muestras de tener una avería. Cruzamos los dedos para poder llegar a Bawiti sin problemas, cosa que conseguimos. Cambiamos de coche y hacemos un breve recorrido por el Oasis, visitando las fuentes y el Valle de las Momias de Oro, que fue descubierto en 1.992 y que se presume, puede albergar más de 10.000 momias de la época grecorromana, contemporáneas de Alejandro Magno

 

 

 

 










Desierto Blanco, al atardecer



REGRESO AL CAIRO

 

            De esta forma, a mediodía ponemos punto final a la excursión y nos disponemos a coger el autobús de las doce, para el que faltan 10 minutos, no sin antes tener un incidente algo desagradable con el mediador de la agencia, que el día anterior había estado de un amable subido y ahora se ponía de un estúpido supino, una vez que había acabado sus servicios, pretendiéndonos cobrar unas consumiciones, que no eran nuestras, a un precio abusivo. ¡Pues va a ser que no!. A causa de esto, apenas pudimos despedirnos de farak, nuestro buen guía, cocinero y conductor.

 

            El chico de la agencia del día anterior nos había entregado cuatro billetes. No nos dimos cuenta hasta ese momento, pero el que los revisa en el autobús nos había cortado los cuatro, por lo que nos habíamos quedado sin billete de vuelta. ¡Bueno, al fin y al cabo solo son 20 libras por persona!

 

            Un joven nos ofrece plaza en el microbús para El Cairo, pero le decimos que preferimos el grande, que es algo más cómodo. Es la una menos cuarto y el autobús de las doce no llega. Y es que aquí los horarios del transporte son meramente orientativos. El chico nos dice que tiene otros siete pasajeros y que si aceptamos, nos vamos de inmediato. Le decimos que sí y efectivamente nos vamos, pero a los quince minutos encontramos una mezquita en mitad de la nada y el conductor –un chaval de unos treinta años- se detiene para arrodillarse y echarse unos rezos.

 

            A pesar de que paramos otras dos veces más, en cuatro horas nos habíamos plantado en la entrada de El Cairo y en tres cuartos de hora más nos dejan en una boca de metro para enlazar con la Midan Ramses y volver a nuestro hotel en El Cairo.

 

            La primera vez que nos detenemos es para ajustar nuestros equipajes. Para ahorrar espacio y meter más pasajeros, van en la  vaca atados con cuerdas, cosa que no nos acababa de gustar demasiado. Y la segunda, es en otro chiringuito en mitad del desierto, donde cometemos el error de pedir sin preguntar antes el precio, así que nos soplaron la friolera de trece libras por dos latas de Mirindas y dos bolsas de patatas (no cuestan ni la mitad), que no sé si llegarían a los diez gramos cada una. Decidimos no discutir con el sinvergüenza del camarero.   

 

            Por el camino el conductor nos deleitó con la escucha de una cinta de casete en la que un señor lanza un exaltadísimo discurso en árabe. A otro de los pasajeros –todos hombres menos yo- le sonaba constantemente el móvil. Nada tendría esto de extraño sino fuera porque llevaba como sintonía una de las plegarias que cantan los muecines desde las mequitas. Ante semejante panorama, me coloqué los cascos y me puse a escuchar música en el MP4.

 

 

Recogiendo nuestro campamento en el Desierto Blanco,          

 

 

             Cuento otras dos curiosidades sobre los microbuses en Egipto:

 

            -La forma de pago: No se paga ni al principio, ni cuando te bajas, como sería lo suyo, sino en mitad de camino. Se van pasando los billetes de atrás hacia delante hasta que llegan al conductor, que tiene que estar pendiente de la recaudación a la vez que del volante.

 

            -Los microbuses, según entran en la ciudad se transforman de transporte interurbano en urbano y van dejando y soltando pasajeros en lo que es una auténtica locura de sube/baja.

 

            Creo que no es necesario que describa la sensación que se percibe tras pasar en unas pocas horas de la inmensidad y soledad del desierto al bullicio y el caos de una ciudad de 21 millones de habitantes. Mientras pienso en ello, veo a varios hombres metidos en el medio del tráfico de una autopista de cuatro carriles vendiendo pan con sus cestas al hombro y con una pericia y naturalidad que asombran.

 

            Antes de llegar al hotel, debemos despachar a un anciano que se ha empeñado en vendernos papiros, caiga quien caiga. Luego me da pena y pienso que debería haberle comprado alguno, pero tal como había llegado, la pena se fue.

 

 

 

 










Desierto Negro



DE NUEVO EN EL CAIRO:

 

            Dejamos las cosas en el hotel. Debemos darnos prisa en ir a la estación Ramsés para sacar los billetes del Sliping Train para la noche siguiente. En nuestro camino al  hotel habíamos depositado una Mirinda de litro a medias en una papelera y ahora al volver ya no está. Alguien la ha cogido.

 

            La estación Ramses, es grande, este llena de gente a cualquier hora (su consigna esta abierta las 24 del día) y tiene hasta alfombras para el rezo, que siempre están ocupadas con devotos. Varias cosas significativas a destacar: Solo tiene servicio para hombres (25 piastras) y no lo hay para mujeres, únicamente tiene paneles informativos de horarios en árabe y aunque tiene tablones electrónicos están completamente apagados.

 

            La oficina donde la Lonely dice que se sacan los billetes del nocturno está en obras, así que preguntamos a un policía turístico que nos indica que debemos ir a la vía 11, al culo del mundo.

 

            La ventanilla es tan cutre como la del resto de los trenes, aunque el empleado al menos habla inglés. Le pedimos dos billetes para el tren de las ocho de la tarde del día siguiente, pero solo le quedan para el de las ocho y media. Pretendemos pagarle con un billete de cien euros los 96 que cuestan los dos bpñetps y nos dice algo tan ridículo como que tenemos que darle el importe exacto.

 

            Le proponemos que nos dé la vuelta en libras egipcias, pero tampoco le está permitido, aunque propone (la situación se está empezando a tornar kafkiana) que le paguemos con 65 euros que tenemos sueltos y el resto en libras hasta 96. Todo ese desorden monetario le sirve al sinvergüenza para cobrarnos 18 libras de más, que encima no figuran en el precio del billete, cuestión de la que nos damos cuenta cuando ya estamos en el hotel

 

            A las siete de la mañana del jueves ya estamos desayunando. Nos hemos levantado con cierta rabia pensando en que ayer nos la han colado tanto en el garito de la carretera como en la taquilla del Sliping, Así que decidimos que los platos rotos los debe pagar el taxista, al que no daremos ni una más de las 150 libras que hemos previsto por llevarnos en una excursión de día completo a Dashur, Saqqara y las Pirámides de Gizeh. Hemos decidido renunciar a la visita a Memphis, dado que para nuestras inquietudes no ofrece demasiado interés.

 

            Tomamos los bultos y nos dirigimos nuevamente a la estación de tren para dejarlos en la consigna, por lo que nos cobran cinco libras (los dejamos otras dos veces más posteriormente y nos cobraron tan solo 2,5, que debe ser la tarifa oficial).

 

            Son las ocho menos cuarto de la mañana y según salimos nos aborda un taxista, que se nota a la legua que no habla inglés. Este puede ser nuestro hombre. Negociamos con libreta y bolígrafo en mano. Pide 200 y ofrecemos 120. El trato se acaba cerrando en 150, como habíamos previsto (este precio es el que me habían dado como referencia para lo que es una visita todavía más corta a Dashur, Saqqara y Menphis).

 

            Tomamos el mismo camino que el día que habíamos ido hacia Bahariya, aunque hoy el tráfico es mucho menos denso. Dashur está a unos cuarenta kilómetros de El Cairo, aunque el taxista no sabe exactamente donde, dado que tiene que preguntar en una ocasión. Parece que este simpático hombre –de gesto, porque de palabra no dice ni mu- ha llevado a pocos turistas por la ciudad. A nuestra izquierda, no dejamos de seguir en ningún momento el curso de un canal.

 

 

       Pirámide Roja de Dashur  

 

           

            Llegamos al pueblo de Dashur y el taxista baja para comprar viandas e insiste en invitarnos, pero le explicamos por gestos que acabamos de desayunar. De todas formas nos trae una Mirinda a cada uno. Salimos hacia las afueras del pueblo, donde se haya el complejo de pirámides. Por entrar debemos pagar 25 libras cada uno, más dos por dejar pasar al taxi. Apenas hay turistas y los pocos que hay son todos españoles.

 

            Llegamos hasta la Pirámide Roja de Esnefru –que está cubierta por una ligera neblina- y dejamos allí a nuestro conductor, para ir a visitarla. Subimos una empinada escalera y penetramos en la Pirámide por un pasillo de poco más de un metro de altura, por el que hay que descender encorvado, una empinada cuesta, con travesaños de madera, que te van frenando. No padezco de claustrofobia, pero aquí he sentido algo parecido.

 

            Cuanto más se profundiza más intenso es el olor a amoniaco, llegando un punto en que se hace completamente insoportable. Al llegar al final aparece un pequeño recinto con techo escalonado, que da paso a una escalera, que desemboca en otra estancia. La decepción es inmensa. ¡¡¿Tanto esfuerzo para esto?!!.

 

            Antes de entrar, en la puerta habíamos visto una andaluza que nos dijo que no entraba porque tenía problemas de espalda. Eso es lo que tendríamos que haber hecho nosotros, no entrar. Estuvimos cinco días consecutivos con unas terribles agujetas en las piernas, que hacían toda una tragedia y un suplicio el bajar cualquier escalón o bordillo, por poco pronunciado que fuera.

 

            En ninguno de los relatos que he leído se hace esta advertencia, pero mi recomendación es muy clara. ¡¡NO BAJAR AL INTERIOR DE ESA PIRÁMIDE!!.

 

            A unos cientos de metros se haya la pirámide inclinada, por lo que le decimos a nuestro "good driver, good price", que nos lleve. En estas primeras del día siempre nos abre gentilmente las puertas y nos hace una especie de reverencia (luego se acabaría cansando). La construcción funeraria está así, inclinada, porque cuando la estaban haciendo se les fue para un lado. Afortunadamente, no se puede visitar por dentro.

 

            Tras las pertinentes sesiones fotográficas, le pedimos al taxista que nos lleve a Saqqara, a unos 15 kilómetros de allí y a 25 de El Cairo. Se nota que no ha estado allí en su vida, dado que en un primer intento se pasa de largo la entrada. De nuevo nos cobran dos libras por meter el coche y 50 por cada entrada.

 

            Tampoco hay aquí muchos visitantes, aunque si alguno más que en Dashur. Se trata de un complejo monumental del que destaca por su conservación y belleza la pirámide escalonada de Zoser. Se trata de la pirámide que más nos gustó de las que vimos en Egipto, bastante más que las de Gizeh.

 

            Otros monumentos del complejo son la Pirámide de Unas y la Pirámide de Userkaf.

 

            Son ya las once y media, cuando abandonamos Saqqara para dirigirnos a Gizeh. Según estamos ya casi en el recinto, ocurren dos acontecimientos.

 

            En primer lugar, un policía nos detiene y hace bajarse al taxista del  vehículo. Algo le han dicho en árabe y este comienza a rebuscar en una bolsa, donde parece haber documentos y dinero. No lo vemos con claridad, pero intuimos que le ha enseñado algún papel y también le ha entregado un billete. Como ya he comentado, parece que algunos policías redondean su sueldo pidiendo propinas a los taxistas, dado que en El Cairo debe haber bastantes que no tienen licencia.

 

            Poco después, se sube un individuo en el coche con sonrisa Profiden, que enérgicamente da los buenos días, pero mi chico le contesta más contundente todavía, indicándole que se vaya fuera, que el taxi lo estamos pagando nosotros, cosa que, sorprendentemente, hace sin que haya necesidad de insistir. El taxista hace gestos de sentirse aliviado.

 

            Junto con Luxor, el recinto de las Pirámides de Gizeh y sus aledaños son los lugares donde se concentran más plastas por metro cuadrado –y de los más agresivos- de todo Egipto.

 

            Llegamos a la entrada y pactamos con nuestro conductor quedar en ese mismo punto dos horas y media después, tiempo que es más que suficiente para la contemplación de este complejo. Mientras estamos en la cola de los tickets, se nos acerca un hombre pesadísimo al que tenemos que mandar callar a voces en inglés y enviarlo en castellano a aquel lugar donde casi nadie desea ir y que empieza por m. De repente alguien toca a mi chico en la espalda, nuevamente. Él se gira y cuando le va a dar un berrido pensando que es el sujeto anterior, se da cuenta de que es nuestro conductor, que con cara de asustado nos indica por señas que no puede aparcar allí, que tiene que entrar adentro y que debemos pagarle el aparcamiento. Así que a las cincuenta libras por cabeza que cuesta la entrada, le añadimos otras dos por el acceso del taxi.

 

            Una vez has entrado al recinto, el panorama no cambia demasiado: Pesados camelleros y propietarios de caballos y algún otro caradura de mayor calado, como el que nos pidió los billetes alegando que era vigilante del recinto y al que, a los diez segundos, cuando nos dimos cuenta que pretendía hacernos de guía, se los tuvimos que arrebatar con contundencia de las manos.

 

 

< 12 >

 

Desierto Blanco, al amanecer

 

 


Desiertos Blanco y Negro 

Mapa de Bawiti (punto de partida para los Desiertos Blanco y Negro en Google Maps

Imagen de Satélite de Bawiti (punto de partida para los Desiertos Blanco y Negro) en Google Maps 

Desierto Blanco, al amanecer

 

 

 


"Un oasis es un paraje aislado de un desierto en el cual encontramos agua y vegetación, es decir porciones más o menos extensas de terreno fertilizadas por una fuente de agua en medio de los arenales.

En estos lugares puede haber pequeños asentamientos habitados como los de la región del Sahara, la península arabica o pueblos como los de Pica y Azapa en Chile. Además de dar cultivos a los pobladores cercanos, sirven para abastecer a los sedientos viajeros y caravanas. Algunas veces éstos eran confundidos por ilusiones ópticas llamadas espejismos.


Montaña de Cristal, entre los Desiertos Blanco y Negro.

Célebres son los de Egipto que fueron administrados con la misma atención que las demás regiones durante la época del antiguo Egipto. Servían de lugar de aprovisionamiento y descanso a las grandes caravanas de beduinos comerciantes del interior de África, haciéndose mención en los anales egipcios de estos bajo la denominación más general de habitantes del territorio líbico.

En las fábulas griegas se hace viajar por ellos a sus héroes Hércules y Perseo como por un país maravilloso. Cambises II quiso ver el oásis de Amón para, con el más intolerable fanatismo, destruir el oráculo de un dios que no era el suyo, pero su ejército quedo sepultado en el desierto. Alejandro Magno penetró en el y vio al oráculo que le recoció proclamando su origen divino. Herodoto describió el oasis de Amón. Otros autores que escribieron de los oasis fueron Estrabón, Tolomeo y Plinio.

Los oasis de Egipto, en el desierto occidental del Nilo, se hallan más allá de la cadena líbica que limita el territorio de Egipto por occidente. Son de extensión desigual y se denominan: el gran oasis de Tebas, Dakkel, Farafrech, Bahriech, y el más occidental de todos, el oasis de Amón, más cerca del Mediterráneo que del Nilo. Al oriente están los de Audjelah y de Maradeh en territorio contiguo a la Cirenáica.

El gran oasis está a la altura de Tebas prolongándose de sur a norte más arriba de Esnech y más abajo de Girgeh, estando la entrada del valle casi en paralelo a de Tebas. Estrabón y Tolomeo lo sitúan a siete jornadas de Tebas, hacia el oeste, y por su rica vegetación lo habían llamado los griegos la isla de los Bienaventurados.

Desierto Blanco

En las nomenclaturas coptas de las ciudades de Egipto, en la Edad Media, se le llama Ouhai-Psoi, porque el oasis de Psoi encerraba una ciudad de este nombre o por que se hallaba enfrente de esta ciudad del Egipto, la cual era la capital del nomo y vecina de Abidos, conocida hoy con el nombre de Oasis de Khargeh. Se va a ella desde Esnech, Grigeh y Syout. Muchos viajeros modernos han seguido el camino de Syout (Mr. Cailliaud).

El valle de El-Khargeh es muy rico de vegetación abundando las fuentes y otras producciones como vino, etc. En tiempo de León el Africano había allí ciudades habitadas; según el Edrizy no se veían más que edificios arruinados y ninguna población y se cococia una capital con el nombre de Hibe donde en el bajo imperio romano habáia un puesto de caballería."

 

(De Wikipedia) 

 

 

Dioses egipcios

Neftis, Nebet-Het "Señora de la Casa" (de Horus). Simboliza la oscuridad, la parte invisible, la noche, la muerte. Está íntimamente asociada a Isis y representa lo opuesto a esta.

  • Nombre egipcio: Nebet-Het. Nombre griego: Neftis.

Iconografía: Mujer con el jeroglífico de su nombre como corona, Neb-Hut (una cesta y una casa). A veces lleva unos cuernos con el disco solar y otras tiene la forma de milano.

Por ayudar a Isis a embalsamar a Osiris se la relacionaba con los ritos funerarios, uno de los acontecimientos más importantes en la vida del antiguo Egipto.


Diosa Neftis De imdice-elpais.es

Hija de Geb y Nut, hermana de Isis y Osiris, esposa-hermana del perverso Seth. Como no pudo tener hijos de Seth, mantuvo relaciones con Osiris y concibió un hijo: Anubis.

Se le veneraba en Dióspolis Parva. También en Komir, junto a Anukis, y en Sepermeru, junto a Seth.


Papiro Ani: Neftis dijo a Osiris Ani, cuya palabra es la verdad:

"Te rodeo para protegerte, oh, hermano Osiris. He venido para hacer de protector tuyo. Mi fuerza estará junto a ti, mi fuerza te acompañará, para siempre. Ra ha escuchado tu clamor y los dioses han hecho que tu palabra sea verdad. Te has alzado. Tu palabra es verdad respecto a lo que has sufrido. Ptah derrocó a tus enemigos y tú, a Horus, hijo de Hathor"

 

 

 

 

 

Pirámide Inclinada de Dashur.