Madrid-Paris-Berlín-Moscú

Hablar de la Europa real, es decir, de l´Europe puissance, o de la Festung Europa, en todo caso de la Europa continental, implica referirse, geopolíticamente, a cuatro capitales: Madrid-París-Berlín-Moscú.

Efectivamente, por algo el poder marítimo paso a lo largo de la historia de Vigo a Brest, luego a Kiel, luego a Krondstadt y a Murmansk; y el terrestre, de Carlos V y Felipe II a Luís XIV y Napoleón, y luego a Guillermo II e Hitler, para culminar en Stalin y (aun, guste o no) en Putin. Ciertamente, Europa es mas que eso: excepto China y la India no existe otro gran espacio poblado (y no digamos ya si se amplían sus límites, como lo hacen algunos, hasta la frontera norte del Sáhara, Israel, y hasta más allá de los montes Urales); si sumamos las industrias francesa, italiana, alemana, checa, española, polaca, sueca y rusa, los demás hacen figura de modestos aspirantes a "podercito" económico; no sólo no existe en el planeta espacio geográfico de tal profundidad estratégica (hasta el punto de hacer de una de sus partes, Rusia, un país prácticamente invencible por indigerible) sino que su variedad es planetaria: ¿no dijo un geógrafo que Europa es como la reproducción de toda Asia: la India, Italia; el Ganges, el Po; el Himalaya, los Alpes; Ceylán, Sicilia; el Caucaso, los Pirineos; la Rusia anterior, Francia; Siberia, Alemania del norte; el Yangtsekiang, el Danubio; Indochina-Indonesia, Grecia; "y también Asia se va ensanchando hacia el Este" (Verstrynge, J. El sueño eurosiberiano: ensayo sobre el futuro de Europa, Madrid: Instituto de Europa Oriental, 1992, p. 87).

 

Pero el eje citado, desde Madrid hasta Moscú, es la espina dorsal del continente. Europa es como una mano abierta hacia el mar: el antebrazo es Rusia, la muñeca Alemania, la palma Francia, y España su dedo índice o extremo (más al norte Escandinavia, más al sur Italia, Grecia y Turquía). Tal triángulo tiene como cúspide a España, puerta hacia América, África y el mar abierto; Francia, núcleo duro euro-occidental, puente entre las islas anglosajonas y la Europa del sur, al igual que entre la Europa central y el Atlántico. Alemania, núcleo duro euro-central y puente entre el mundo oceánico y el continental; y Rusia, la base del triángulo, y puerta hacia Asia, la India y la tierra abierta, y según los geógrafos el centro geoestratégico o el pivote del macro-continente compuesto por Europa, África y Asia, el Hearthland de la World Island de Mackinder...

 

Pero profundicemos un peldaño más, hacia la "comunidad de Espacio Franca" (a la que algunos llaman ya la "Confederación" o "Republica del Rhin"), o sea, el eje Paris-Berlín, por ahora lo más sólido de entre lo que estamos analizando. Ha costado ciertamente llegar a é1, o mejor dicho retornar a él, desde la catastrófica división del Imperio Carolingio y el cisma entre los francos del Este (que no renunciaron a su lengua) y los del Oeste (que si lo hicieron). La bronca entre ambas partes de un originariamente mismo pueblo es la historia misma (tantas veces lamentable) de Europa, que casi nos llevó al suicidio como civilización. Olvidando incluso aquel viejo adagio geopolítico según el cual tu aliado vocacional es, no el enemigo de tu enemigo, sino tu vecino de medianería, a un lado del Rhin la pregunta fue, durante siglos: "¿Es el diablo alemán?" (ver Jörg Von Uthmann: Le Diable est-il allernand? 200 ans de préjugés franco-allemands, Paris: Denoël, 1984), mientras desde el otro se le hacían guiños a quienes (anglosajones, rusos y españoles) podían constituir un obstáculo para la perennización de Francia como "la Grande Nation". Incluso en esta segunda mitad de siglo (es decir, pasadas las dos masacres civiles que para ambos países fueron también las dos guerras mundiales), cuando ya teníamos una Alemania reventada, perdida la tercera parte de su territorio y ocupada, y a una Francia que tras el mayor derrumbamiento militar de su historia fue ocupada durante cuatro arios y tuvo hasta el Estado desaparecido y la independencia discutida por los USA, incluso así no han faltado meteduras de pata como las dudas de Mitterand en cuanto a la reunificación alemana (que De Gaulle estimaba inevitable), o el intento de París de atar a Alemania económicamente mediante el euro y política y militarmente mediante la creación de una PESC europea (ver de Pierre Béhar, “Entre Paris et Berlin, une alliance de raison”, Le Monde Diplomatique, abril 2004), lo último explicable, quizá, por el deseo de Francia de impedir que otros puedan utilizar Alemania contra ella…

 

Lo cierto es que, sin embargo, se cocía desde hacía tiempo algo que indicaba que los francos estaban camino de otra onda. No es necesario remontarse a las tentaciones de Napoleón de reconstruir el “espacio núcleo franco” (tal y como lo define históricamente Jordis Von Lohausen en “Les Empires et la puissance: La géopolitique aujourd´hui”, Paris: Le Labyrinthe, 1985, p. 107) o, a la afirmación, a modo de eco, de Ludwing Börne, de que “es en la ribera del Elba como se defiende sólidamente la columna de la libertad francesa” (en Schilderungen aus Paris, 1823); o al facilitamiento de la unidad alemana por Napoleón III, o al desesperado intento de Gabriel Hanotaux, ministro de Asuntos Exteriores francés entre 1896 y 1898, de acabar con el contencioso de Alsacia y Lorena; o lo intentos, antes de la llegada de Hitler al poder, de interrelacionar tan en profundidad las economías francas que ello hiciera ineluctable, tarde o temprano, el camino hacia la unión, mientras Louis Reynaud escribía que las civilizaciones francesa y alemana eran una mutua prolongación (ver su Histoire générale de l´influence française en Allemagne, Paris 1914, p. 489); y si muchos alrededor de 1940 pedirán un “protectorado alemán sobre Francia” (por ejemplo, Raymond Queneau; ver su libro “Un rude hiver”, Paris 1939, p. 161), esa no fue la idea que animó a Hitler a proponer en 1942 a Pétain la unión de los dos países “para lo mejor y lo peor”, adelantándose así al acuerdo secreto de 1957 entre los ministros de Defensa alemán y francés (F. J. Strauss y J. Chaban Delmas) sobre la construcción conjunta de una bomba nuclear franco-alemana. De Gaulle paró esa iniciativa, que consideraba prematura, pero pasó a firmar el Tratado del Elíseo de 1963, que el General intentó hacer cumplir, que fue torpeado por los USA y los democristianos alemanes y franceses, y que también preveía la fusión entre ambos países.

 

Claro que yo estoy resaltando más una tendencia que otra, pero lo que parece hoy es que la predominante absoluta es hacia esa “República del Rhin” a tenor de declaraciones de personalidades franco-alemanas de peso… ¿Es quizá lo más fuerte de esa relación el romántico planteamiento de Henri de Grossouvre (en Paris, Berlin, Moscou, Lausanne: l´áge d´homme, 2002, p. 61 y ss) según el cual “la historia de Francia y al de los alemanes y de los rusos. Una parte de nuestra historia es común, el imperio de Carlomagno. Migraciones recíprocas han influido duramente sobre nuestros dos países. Nuestro reino fue fundado por los francos, a los que debemos hasta el nombre… Todas las regiones y países que se hallan entre Alemania y Francia, zona correspondiente a la antigua Lotaringia, tienen una cultura doble, francesa y germánica, y aún hoy son bilingües…”. ¿O quizá este otro punto de vista, explicado por Béhar (op. cit)?: “Cuanto más se amplía la UE, menos disponen Francia y Alemania, por sí solas, de medios para influir sobre el conjunto… [Pero] ni la Gran Bretaña –que sólo entró en la construcción europea para impedir que se hiciera contra ella y con el propósito de limitarla a una mera zona de librecambio-, ni la inestable Italia, ni España, cuyo peso económico y estratégico es aún insuficiente, pueden ofrecer a Francia o a Alemania una alianza de recambio. A lo que hay que añadir el hecho de que los dos países constituyen una continuidad espacial de más de 140 millones de habitantes… [En todo caso] la evolución de las mentalidades, ligadas a necesidades geopolíticas y geoestratégicas, que acercan Alemania a Europa y Europa a Francia…. [reforzarán] esta alianza de razón”. Un Frankenreich, reino de los francos (diferente del Frankreich, Imperio franco; y de la Deutschland, tierra de los alemanes) en torno al “plátano azul” (es decir, la concentración industrial más importante del mundo, alrededor del eje Rhin-Ródano-Po con ramificación hacia Bohemia), que combina un posicionamiento geoestratégico excepcional, los mayores ejércitos convencionales de Europa occidental y central, la única capacidad nuclear realmente independiente en el seno del antiguo “mundo libre”, y una cada vez más marcado sentido de que una cosa son los intereses de Europa, y otra los de los USA, e incluso de los anglosajones. Para Washington, “una pesadilla americana…”. Si a esto se añade la posibilidad de prolongar el eje hasta Moscú, la pesadilla se transformaría en catástrofe histórica. Explicó Putin el 25 de septiembre de 2001 en el Bundestag que “Europa no puede, a plazo, a reforzar su reputación de poderoso e independiente centro de la política mundial si no une sus medios con los hombres, el territorio y los recursos naturales rusos, y con el potencial económico, cultural y de defensa de Rusia”. Y es que a lo ya señalado en este artículo hay que añadir que “Rusia es el socio energético ideal para Europa. Es importante para Europa no depender exclusivamente del petróleo y del gas de Oriente medio, zona políticamente inestable y controlada por los norteamericanos… Rusia posee las mayores reservas mundiales de gas e importantes reservas petrolíferas no explotadas, a la vez que desea aumentar sus exportaciones de electricidad hacia Europa. También ha desarrollado una industria nuclear y al estar en el mismo continente, son más fáciles de establecer infraestructuras para el transporte de energía” (H. de Grosseouvre, op. cit. P. 51). Y precisamente porque el potencial de Francia, Alemania y Rusia unido (y más con España) es inmenso en los ámbitos de los energético pero también de lo científico, de lo económico y de lo militar, es por lo que dicho eje es necesario para reequilibrar las relaciones entre Europa y USA, corregir no pocos efectos perversos de la mundialización liberal, y lograr una Europa segura e independiente en un mundo multipolar. Ya lo dijo De Gaulle desde 1949: “Y yo digo que hay que hacer Europa sobre la base de un acuerdo entre franceses y alemanes… Una vez constituida Europa sobre esas bases entonces podremos mirar hacia Rusia. E intentar, de una vez por todas, hacer una Europa entera con Rusia… Es el programa de los europeos de verdad. Y el mío”.

 

 

Jorge Verstrynge