VEGETARIANISMO


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En la carrera tras la esbeltez no nos quedamos cruzados de brazos, sino que experimentamos incesantemente con nuestro organismo, confiando en la intuición y en las dietas de moda. Para estimular nuestros buenos impulsos, la humanidad ha inventado infinidad de “patentes” dietéticas en los últimos 20-30 años: de puntos, de proteínas, sin sal, sin agua. Los partidarios más fervientes del vegetarianismo –cuyo número ha aumentado bruscamente- afirman que todas las enfermedades se deben al consumo de alimentos de origen animal. Otros están completamente en contra de semejante planteamiento. ¿Quién tiene razón?

¿BENEFICIOSO O DAÑINO?

Aunque los orígenes del vegetarianismo se pierden en la antigüedad, sigue teniendo bastante adeptos entre diferentes pueblos de África y del sudeste asiático. En la India por ejemplo, las personas que pertenecen a determinada religiones, aunque se estén muriendo de hambre, no toman leche ni comen pescado o huevos y mucho menos, carne.

La moda del vegetarianismo se adueña periódicamente de Europa. Especial difusión tuvo en la segunda mitad del siglo XIX: se formaron sociedades de vegetarianos que predicaban que los únicos alimentos para el hombre eran los de origen vegetal.

La ciencia moderna y, en particular, los dietólogos soviéticos, han llegado a otras conclusiones. Conforme a las observaciones que desde hace varios años se viene realizando, a los vegetarianos se le alteran las funciones de los sistemas fermentación que asimilan los alimentos, lo que, al fin de cuentas, provoca trastornos en le metabolismo y diferentes enfermedades.

La insuficiencia de proteínas animales es especialmente peligrosa en la infancia. A consecuencia de ella puede haber retención del crecimiento y del desarrollo intelectual, anemia, enfermedades hepáticas y una menor resistencia a las infecciones.

Al mismo tiempo, debemos reconocer que muchas de las enfermedades mas difundidas actualmente en los países altamente desarrollados se deben al desmedido consumo de alimentos de origen animal y, en primer lugar, de carne, los cuales, además de elementos indispensables para la vida, contienen otros, cuyo exceso puede perjudicar la salud; por ejemplo, subir la presión arterial o provocar la gota. Debido a ello, es necesario reemplazar en parte loa carne con pescado, huevos y leche, cuyo valor biológico no es menor.

El vegetarianismo es admisible solo en casos excepcionales, como una dieta temporaria en situaciones forzadas. Se sabe bien que los alimentos vegetales son ricos en vitaminas, sales y ácidos orgánicos, pero, por ejemplo, para poder elaborar a base de ellos los microelementos hematopoyésicos –cobalto, magnesio, hierro y cobre- el organismo debe realizar esfuerzos muy grandes. Los alimentos vegetales, a excepción de los cultivos oleaginosos, son muy pobres en grasa, mientras que el organismo humano necesita, por lo menos, 60-70 g de grasa por día, o sea, alrededor de 5 k g de vegetales. Sin hablar ya de que las proteínas vegetales nunca podrán sustituir a las de los alimentos de origen animal.

Últimamente, se ha puesto de moda comer los alimentos crudos, para que la cocción o la fritura no les quiten su valor nutritivo. ¿Qué hay de cierto en esto?

Muy poco. Citaré varios ejemplos. El repollo, los tubérculos, las leguminosas y los granos son ricos en celulosa que, estando cruda, no solo casi no se desintegra en el organismo, sino que además, impide asimilar las proteínas, los hidratos de carbono y algunas vitaminas. Solo durante la cocción se forman en los granos las sustancias pépticas, que contribuyen a eliminar los excedentes de colesterol, uno de los causantes de la aterosclerosis. Estos hechos nos hacen dudar de la conveniencia de comer todos los alimentos crudos.

Por último, desearía agregar que los longevos, por lo general, no son vegetarianos, ni mucho menos. Por ello, también los juvenólogos son partidarios de una alimentación balanceada que utilice en proporciones sensatas los productos de origen animal y vegetal.

 

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