El daño antropológico en Cuba.

El daño antropológico en Cuba

Editorial Revista Vitral No. 74, Año XIII , julio-agosto de 2006
Pinar del Río, Cuba.

Con frecuencia encontramos en Cuba que las más perfectas formas de organización de un evento fallan. Encontramos también instituciones con los más altos fines y los mejores métodos, pero no funcionan como se desearía.

En otras ocasiones, cuando están creadas las indispensables condiciones económicas, sociales, políticas y culturales para ejercer plenamente determinado derecho, las personas hacen dejación de su libertad, no ocupan el espacio que les corresponde y no asumen el protagonismo cívico que debían desempeñar.

Podemos comprobar que no se trata solamente de ignorancia de sus derechos o deberes, se trata de una debilidad interior, de una fragilidad personal, de cierta quiebra de la persona, una tendencia irrefrenable a abandonar la lucha por la vida, de una ausencia invencible de responsabilidad.

Ante esta realidad, que casi siempre pasa como inexplicable, nos preguntamos: ¿qué sucede que esas personas no tienen consistencia propia, no hay cohesión interior, no hay fortaleza de espíritu, ni libertad interior, ni responsabilidad, ni poder de decisión, ni proyecto de vida?

Esta cuestión nos lleva más allá de condiciones sociales, políticas o económicas, aunque pase y se enrede en ellas. La realidad de la ausencia de respuestas conscientes y adecuadas, nos conduce al interior de la persona humana, aunque esté disfrazada de exterioridades y circunstancias. Uno puede constatar que el fallo viene de adentro, que hay otras personas que en esas mismas condiciones no presentan esta debilidad o fractura interior.

Así, después de bregar por el laberinto de todas las razones externas que existen y condicionan el comportamiento humano, luego de un largo camino de callejones sin salida, llegamos a la más subterránea, íntima y fundamental de las causas que pueden provocar esa profunda incoherencia humana: el daño antropológico.

Podemos considerar este quebranto de la esencia de la persona humana como el más grave problema de nuestra sociedad hoy.

Aquí llamamos daño antropológico a la lesión infligida a una de las facetas estructurales del ser humano. Se trata también de la mutilación de una o varias de sus dimensiones fundamentales. Se trata, en fin, de ese deterioro de la subjetividad personal que se manifiesta, en ocasiones, en forma de atrofia o parálisis de una o varias de las capacidades de cada persona para ser ella misma y no una copia de otras.

En efecto, se causa un daño antropológico con secuelas imborrables cada vez que una persona o grupo de personas, es dañada en su cuerpo a causa de la violencia física, la tortura, el encierro en condiciones crueles o degradantes o el simple encierro en una celda o habitación, o se le destina a trabajar con las mejores condiciones pero, por decisiones injustas o intenciones aviesas, ese espacio se convierte en una “jaula de oro” que no deja de infligir un daño físico y psicológico al confinado sin que su conciencia personal ni la justicia verdadera le recrimine absolutamente algún crimen.

Cada vez que se provoca un aborto, la eutanasia y la pena de muerte, se comete el mayor y más irreversible daño antropológico contra el primero y más primitivo de los derechos: el derecho a la vida íntegra, en libertad y en paz desde el momento de la concepción hasta la muerte natural.

Cada vez que una persona deja de pensar con cabeza propia para repetir consignas por miedo o por conveniencia, es como si le hubieran mutilado su cabeza o su cerebro. Este es un daño antropológico porque destruye o limita la capacidad de estas personas para conocer libremente el mundo y usar sin miedo su inteligencia, para razonar con criterios independientes, sin manipulaciones o restricciones totalitarias.

Cada vez que una persona tiene que esconder sus sentimientos más sanos y veraces y comienza a vivir en la hipocresía y el disimulo, por miedo al qué dirán o a lo que me puede pasar, es como si le hubieran mutilado el corazón. Este es un daño antropológico porque destruye o paraliza la capacidad de estas personas para amar, vivir y expresar lo que sienten, sin que nada ni nadie manipule sus emociones con fines políticos, religiosos o de cualquier índole.

Cada vez que alguien tiene que actuar de modo diferente al que piensa o siente; cada vez que a una persona le confiscan su voluntad cotidianamente a nombre de un “voluntariado” impuesto desde arriba o por decreto; cada vez que una persona pierde su fuerza de voluntad y se convierte en una frágil marioneta movida desde afuera y desde arriba por los hilos del poder, del tener o del capricho, es como si le hubieran mutilado las manos. Este es un daño antropológico porque destruye o quiebra la voluntad humana hasta convertir a las personas en instrumentos sometidos a los deseos de otro.

Cada vez que alguien tiene que esconder su fe, o disimularla o se ve perseguido, perjudicado o presionado por aplicar sus convicciones religiosas al ámbito laboral, social, cultural, político o económico de su propio país; cada vez que una comunidad religiosa se ve sometida a un total y minucioso control político, económico, social, es como si a esa persona, o a esa Iglesia, le cortaran el agua y la luz, le impidieran el oxígeno con que respirar y la asfixiaran en un mar de trámites burocráticos y jurídicos sin sentido que se muerden su propia cola volviendo de regreso al mismo punto de salida, luego de una inhumana pérdida de tiempo, esfuerzos, credibilidad y confianza, es otra forma de daño antropológico, quizás uno de los más sutiles por imperceptibles a los grandes públicos pero de los más perniciosos porque asfixian la capacidad de las personas de trascender su propia existencia material y rastrera y le obstruye el camino y los medios para abrirse a lo espiritual, lo absoluto, que llamamos Dios. Quien limita esta dimensión humana que se llama libertad religiosa, afincada en la libertad de conciencia no solo daña la esencia del ser humano, sino que lo condena a vivir tejas abajo en el más absurdo de los sentidos: el sinsentido de una vida sin proyecto trascendente, sin futuro y sin esperanza. Aún más, cuando este daño se ejecuta por años y a nivel social, se bloquea el sagrario inviolable de la conciencia del ser humano y se usurpa, queriéndolo o no, el lugar y la autoridad del mismo y único Dios.

Miremos a nuestro alrededor y comprobemos por nosotros mismos, sin prejuicios ni miedos, si es verdad o no que esto ocurre en nuestras familias, en nuestros barrios, en nuestros centros de trabajo, en nuestras relaciones humanas, en las relaciones del poder o del tener con los simples ciudadanos, en nuestras cárceles o en los diferentes ambientes de nuestra sociedad civil, en el mundo de la cultura y el arte, en el mundo de la ciencia y de la literatura, en el mundo de la política y de la religión.

Cuando se trata de un daño antropológico, es decir, de la depredación o el desgaste de una sola de las capacidades, potencialidades o dimensiones de la persona humana; cuando se trata de una sola persona por muy desconocida o irrelevante que sea para muchos o para otros, basta con que sea un solo hombre o mujer, un solo niño o adolescente, un solo trabajador o desempleado, un solo político o disidente, un solo religioso o ateo, un solo enfermo o preso, quien sea lesionado en uno solo de sus sentimientos, en una sola de sus justas y pacíficas ideas, en uno solo de los gestos de su buena voluntad, en una sola de las expresiones de su espiritualidad, en una sola de sus legítimas relaciones humanas, en una sola de sus facetas como persona y como ciudadano de este país y de este mundo, cualquiera de estas circunstancias bastan para llamar la atención de todos, para no quedar indiferentes, para reflexionar seriamente sobre las consecuencias de este desgaste antropológico a corto y a largo plazo.

Bastaría con que todos los cubanos y todos los que nos observan, admiran o critican aquí o allá, todos los que nos ayudan o nos perjudican desde cualquier esquina de la Isla o desde cualquier lugar del mundo, nos detengamos un momento y con verdad y responsabilidad tomemos, por lo menos, conciencia de que este daño antropológico es la más grave y profunda calamidad que arruina esa fundamental y más grande riqueza de este pueblo que son los cubanos y cubanas que lo formamos.

Y una vez que tomemos conciencia de este daño pongamos manos a la obra para remediarlo como únicamente se puede hacer: con mayores grados de libertad y responsabilidad, respetando todos y cada uno de los derechos de la persona humana, creando las condiciones, es decir, los espacios de participación para que puedan desarrollarse cada una de las dimensiones y capacidades de los cubanos.

Venga ya ese clima de aire renovado y renovador en que cada cual pueda pensar con su cabeza, sostener sus propios criterios, sin miedo y sin complejos.

Vengan ya esos espacios de libre iniciativa en que todos los hijos e hijas de Cuba podamos desarrollar nuestra inteligencia y creatividad.

Venga también un movimiento de cordialidad, perdón y reconciliación en que todos los cubanos y cubanas podamos expresar nuestros sentimientos y desarrollar nuestra afectividad sin desconfianzas.

Venga ese esfuerzo por darle poder a los ciudadanos y fortalecer la voluntad de las personas para que cada decisión sea firme, cada obra se haga con perseverancia, cada empresa se sostenga con la firmeza de espíritu y la constancia que hacen de un pueblo una comunidad con consistencia propia que es el signo primero de la propia soberanía.

Venga, por fin, esa atmósfera de transparencia y sed de plenitud que permita a los cubanos abrirse a la trascendencia y cultivar su espiritualidad accediendo al encuentro con el Absoluto que llamamos Dios.

Si vamos creando estas condiciones, Cuba será mejor y crecerá como nación porque estaremos reparando su alma. Reparar el alma de un pueblo es reconstruir la subjetividad y las estructuras esenciales de la persona humana.

Ningún pueblo crece sin personas sanas y plenas. Esta puede ser una clave para comprender nuestra historia pasada y nuestro presente.

Podrán venir tiempos mejores en la economía pero si no reparamos el daño antropológico ese crecimiento será mal usado y crecerá una cultura del individualismo, de la avaricia y del sálvese el que pueda.

Podrán venir tiempos mejores en la política con más participación, democracia y libertades fundamentales, pero si no reparamos el daño antropológico con la debida educación ética y cívica, no sabremos como usar la libertad conquistada, ni tendremos fuerza de voluntad para ejercer nuestros derechos y deberes ciudadanos, ni tendremos conciencia crítica y honestidad pública para controlar y evaluar a los que ejercen el poder.

Si en Cuba llega un día, Dios no lo quiera, el tiempo de una mayor corrupción, sepamos que desde ahora estamos alertando de que había que trabajar en el mejoramiento humano y en la siembra de virtudes. Si en Cuba llega el día, Dios no lo quiera, de que la gente no quiera trabajar aún cuando se pague un salario justo, acordémonos de que el origen del mal está en el daño antropológico que descubrimos a tiempo para sanarlo. Si en Cuba se organizaran, Dios no lo quiera, mafias para la violencia y el crimen, recordemos que la raíz de ese fenómeno está en ese daño antropológico que tiene cura a tiempo.

Cuba necesita ya de esa reconstrucción espiritual, de esa reparación del espíritu, de ese clima de serenidad, paz, seguridad y confianza para que vuelvan a nacer, preñadas de libertad y de fraternidad, la carne mutilada y el alma desmantelada de la nación.

Hay muchos hombres y mujeres, jóvenes y adultos cubanos, que no se han dejado mutilar su inteligencia y piensan con cabeza propia. Esa es nuestra esperanza.

Hay muchos compatriotas nuestros que no se han dejado secar el corazón y expresan sus sentimientos y comparten su afectividad en un ambiente sano y cariñoso. Esa es también nuestra esperanza.
Hay muchos que no han dejado que su voluntad se vuelva frágil y anémica y actúan con firmeza y valentía, con perseverancia y paciencia. Eso aumenta nuestra esperanza.

Hay también numerosos cubanos y cubanas que no han permitido que se les seque el alma y alimentan una espiritualidad que les proporciona esa fuerza mística que viene del interior cuando se cree y se espera, se ama y se entrega la vida por una fe.

Esta es, en resumen, nuestra esperanza. Esta es, como decía el padre Félix Varela, “la dulce esperanza de la patria. Y no hay patria sin virtud, ni virtud con impiedad”.

(c) 2008 MINISTRIES TO THE RESCUE - MINISTERIOS AL RESCATE INC.
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