ESTEBAN CAAMAÑO

Es difícil escribir de Esteban Caamaño sin que se nos venga a la mente de todos los UGEtistas del Puerto al trabajador comprometido por su clase hasta la médula. Esa conciencia de clase la llevó desde su infancia hasta la tumba; la llevó desde la escuela republicana, hasta la biblioteca personal en la UGT del Puerto; la llevó desde la bodega, hasta el campo; desde la HOAC, en su juventud, hasta los jubilados de UGT en sus últimos días; desde su vivienda, hasta la cárcel; desde el templo de su fe, hasta el Parlamento, el Senado o el Parlamento Europeo; desde el Sindicato hasta el Partido; desde una Europa rica, a los países pobres; desde que se levantaba, hasta que se acostaba. Siempre. En cualquier lugar.

Creó un Sindicato de clase en la clandestinidad (USO) para que muriese, como los afluentes, en el río de la historia sindical (UGT).

Aprendió rápido. No podía esperar. Su clase humillada, no podía esperar. Había que cambiar las cosas. Aprendía luchando, luchaba aprendiendo. Y sus conocimientos tenía que llevarlos a los trabajadores. Era autodidacta. Tenía una clarividencia poco común. Era socarrón.

No descansaba. Denunciaba cualquier injusticia cometida a los trabajadores. En la bodega, en su casa, en la calle, en las fábricas, en el campo, en las escuelas, en la universidad, en el Ayuntamiento, en el Parlamento, en los hospitales, o en la naturaleza, en el Sindicato o en el Partido, en el norte, sur este y oeste de este país. En cualquier rincón, dónde lo llamaran … o no.

Perseguido, encarcelado, maltratado, multado, calumniado, difamado, vejado, ofendido, humillado, incomprendido, … seguía luchando.

Hombre de Partido, sí. Pero sobre todo del Sindicato. Cuando venía de Madrid, Bruselas o Estrasburgo, lo primero que hacía era ir a la Casa del Pueblo de la UGT del Puerto en la calle Palacios, en la calle de los Toreros. ¿Qué novedades hay? Su carpeta iba llena de problemas para Cádiz, Sevilla, Madrid, Bruselas o Estrasburgo. Si era la feria, a echar una mano en la caseta. Si era un congreso en la antigua-nueva sede de UGT-Puerto, a echar una mano. Sus libros, para la biblioteca de la UGT.
Siempre a disposición del Sindicato. Le faltaba tiempo para que en un conflicto obrero de la provincia no intentara desde su puesto parlamentario, la búsqueda de la solución.

Buscando siempre soluciones para su sector: antes que nada, arrumbador. Antes que nada trabajador. Antes que nada, de los más necesitados. Antes que nada, sindicalista. Antes que nada, socialista. Antes que nada, demócrata. Antes que nada, honesto. Antes que nada, coherente. Antes que nada, fiel. Antes que nada, exigente. Antes que nada, cordial. Antes que nada, entregado.

Inflexible del dictador, y de las dictaduras. Inflexible ante el injusto y la injusticia. Inflexible ante el trepa, y los navajazos políticos. Inflexible ante el incoherente y la incoherencia. Inflexible ante los inmorales y la falta de moralidad política, social o económica. Inflexible para con los “camaleones”, conversos oportunistas a la democracia… Inflexible con los nacionalistas y los nacionalismos. Internacionalista.

Gran lector, pero sobre todo, hablador. Siempre quería transmitir ideas a su clase, Hablando con todos: en el Sindicato, en el Partido, en el bar, en la “Placilla”, en la calle, en la plaza.. Siempre buscaba una palabra de orientación, una reflexión, un ánimo a la lucha, a la denuncia, a no callarnos, a comprender que está pasando. Con una visión de futuro, en muchos casos, proféticas. Memoria prodigiosa, podía llevarse horas contando hechos pasados, de la vida política y sindical de su pueblo, provincia o país.

Si viviera, no nos iba a perdonar este homenaje. Enemigo acérrimo a los mismos. Hizo lo que hizo porque lo tenía que hacer. Sin más. “Los líderes obreros no necesitan homenajes”. Al luchar por los trabajadores lo está haciendo también por sí mismo. Esa es su recompensa.

Amado por los trabajadores, respetado o temido por los ricos y los poderosos. Los trabajadores del Puerto queríamos este homenaje, le debíamos este homenaje. La UGT es solo el instrumento del mismo. Había que hacerlo, a él y a todos aquellos trabajadores anónimos que fueron capaces de transmitir unos valores desde una época difícil, hasta la democracia y desde la transición, hasta nuestros días. Recordar, que con su sacrifico, su entrega, su generosidad, su lucha por la justicia, por un mundo mejor para una mayoría de la población de la que ellos forman parte, necesitan este homenaje. Necesitan este recuerdo. Las nuevas generaciones tienen que saberlo. Que no olviden.

Hasta siempre compañero,
Unión General de Trabajadores.

CAAMAÑO

El día 4 de septiembre de 1982 aparecía en el Diario de Cádiz el artículo que acompaña a esta nota recordatoria. Salía entonces al paso de una campaña que se había desatado contra Esteban Caamaño, a la sazón diputado en el Congreso por el PSOE, y desde distintos frentes políticos provinciales y locales. Se perfilaba la idea de presentar a Esteban como cabeza de lista a las elecciones municipales del año siguiente. La idea desconcertó e incomodó a los otros partidos. Lo veían como un competidor que gozaba de un gran prestigio, intacto e inmaculado. Es verdad que a esas alturas uno tenía ya la suficiente experiencia como para saber que “en política vale casi todo”. Sólo me rebelaba que esa máxima pudiera tener como destinatario alguien como Caamaño, el político más bondadoso y generoso que muchos habíamos tratado. Ante ese trance vino en mi auxilio mi condición de profesor de filosofía. Y pude mitigar mi indignación contra esa campaña recordando el juicio de Sócrates en la democracia de Atenas 25 siglos antes. Esteban no era un pensador como aquél pero sí tenía análogo sentido de la justicia. También en su caso podía decirse aquello de que pocos ciudadanos tan justos y ejemplares como él se habían paseado entre nosotros.

Tuve la fortuna de que su humanidad y su extraordinario “saber hacer” me acompañaran muy de cerca en los años más intensos de mi vida política. Él luchó por la libertad ejerciendo de antifranquista cuando Franco vivía. No como tantos que ahora airean su antifranquismo treinta años después de muerto el dictador. Él puso en valor la memoria histórica desde el principio. De modo tan discreto como eficaz. ¡Desde el primer día en que pisó las recién inauguradas Cortes Democráticas tuvo como dedicación constante resolver expedientes, pensiones, jubilaciones de cientos de represaliados! Su voluntad real de contribuir a la reparación de la injusticia infringida a los marginados por la dictadura fue una misión, un trajín tan honorable como incesante desde el primer momento de la democracia restaurada hasta su muerte.

Su humor entrañable y su eterna deportividad nos enjuagaron trances muy diversos, algunos pintorescos y otros dramáticos, como el de aquella noche del 23 de febrero de 1981 secuestrados en el Congreso. Ya sé que unos glosarán su extraordinaria figura, otros recordarán su ejemplo. Habrá, incluso, quienes han preferido guardar sus alabanzas hasta ahora, para que resulten sólo a título póstumo. Prefiero, en mi caso, reproducir lo que pensé y dije, entonces, en el fragor de una de tantas refriegas políticas. Lo hice para que los demás lo oyeran. Pero también para que lo oyera él.

Siempre me sedujo su sencillez política. Y a la vez su grandeza moral. De ahí su limpia sonrisa, que será para mí la imagen de su gratificante recuerdo.

Ramón Vargas – Machuca

ESTEBAN CAAMAÑO BERNAL

Esteban Caamaño Bernal nació el día de Navidad de 1925 en El Puerto de Santa María, provincia de Cádiz, y murió el 19 de junio de 2006. Su padre era un trabajador de imprenta, un activo republicano y conserje en la Colonia Escolar Obrera Jerezana, una casa de veraneo para hijos de trabajadores de Jerez de la Frontera, que estaba en la portuense calle La Gatona, esquina calle San Francisco. Su madre, que era hija de unos cocineros de una buena casa de Jerez, se dedicaba al cuidado de los tres chiquillos: Estebita, María y Vicente, a los que crió con rígidos principios. Los obligaba a ir a la catequesis y decía que los niños no debían estar en la calle; quizá, por eso, durante el verano por las mañanas los mandaba lejos de cualquier peligro a una miga –que, para los lectores que no sean de esta tierra, aclararé que era una molesta escuelita de una sola maestra en una casa particular–, y los llevaba por la tarde a la playa, a jugar en la arena y nadar en el mar. Además, la mujer tuvo que trabajar de cocinera en una casa de la ciudad cuando en el año 1936 las cosas se torcieron, pero eso se contará más tarde.

La infancia de Estebita fue alegre, rodeado de cariño y de ideas, que le llegaban a través de su padre, quien, con la intención de quitarle a su mujer de encima a uno de los tres chiquillos, se llevaba al mayor cuando salía de casa al atardecer para quedar con los compañeros en una taberna a charlar de política alrededor de un vinillo. Y así, el chaval rodeado de paredes cargadas de carteles de toros, a los que se aficionó, permanecía callado, sentado en un taburete y moviendo sus inquietas piernas, que ni le llegaban al suelo, junto a los amigos de su padre, oyendo hablar de política, de sindicalismo, de la UGT, la CNT, los salarios de hambre, la falta de trabajo, el trajín de la bodega, el de la imprenta, las labores del campo... con lo que la mente del niño se iba llenando de palabras nuevas, de ideas y de preguntas. También acompañaba a su padre a las asambleas de la Casa del Pueblo, que solían dar comienzo con la banda de música amenizando la velada con una pieza.

Siempre fue un chico fuerte como un roble y sano, que no conocía casi el frío, que comía como una lima, jovial y charlatán. ¡Quién se lo hubiera dicho a su madre!, con lo preocupada que estuvo durante sus primeros años porque el chiquillo no rompía a hablar hasta que, por fin, a los cuatro años, un día se estrenó diciéndole a la mujer: “Chaqueto”, y esta palabra se convirtió en fuente de bromas familiares. El chaval descubrió pronto lo que los libros podían darle y empezó a leer todo lo que caía en sus manos, encontrando gran placer en este hábito que lo ayudaba a crecer de otro modo. Además, en sus primeros años, la escuela le ofreció valores muy fuertes a través de unos maestros que hacían de su trabajo su vocación y que impregnarían al pequeño alumno de unos principios de exigencia, honradez, esfuerzo y responsabilidad que lo acompañarían siempre. Estas bases iban a marcar intensamente sus relaciones personales, su trabajo y su actividad sindical, política y social.
De la entrada de los nacionales a El Puerto, el día 19 de julio de 1936, supo el niño cuando iba con sus hermanos a la miga, y la maestra los mandó volverse a su casa y les dijo que se habían escuchado disparos en el Ayuntamiento. Más tarde, sabría de las detenciones de varios amigos de sus padres y de otras personas, de la cárcel llena a rebosar, de los fusilamientos en la tapia del cementerio, cuyos tiros se oían noche tras noche... de la guerra.

Ya se menciona antes que en 1936 la vida familiar recibió un fuerte golpe. Los Caamaño vivían en la Colonia Escolar Obrera Jerezana, que ocupaba un edificio grande que daba a dos calles, la calle San Francisco y la calle de La Gatona. Tenía, entre otras dependencias, un patio hermoso, una cocina amplia, enormes dormitorios para las niñas o los niños de Jerez, hijos de obreros que desde hacía unos años iban a El Puerto a disfrutar de la playa durante el verano. Lo hacían por separado las niñas de los niños, en dos turnos. El inmueble albergaba también la casa del conserje, y ése era el hogar de Esteban y los suyos. Lo fue hasta poco después de empezar la Guerra Civil, cuando entraron los militares y los sacaron a la calle. Ellos perdieron la casa, pero dos buenos amigos de los Caamaño, el maestro tipógrafo Juan Máximo y su esposa Carmen Hombre, una maestra de un colegio de religión protestante de Jerez que estaba embarazada, y que habían sido el alma de la Colonia, perdieron la vida fusilados y dejaron huérfano a un niño de pocos años. Los militares se quedaron con el edificio de la Colonia Escolar Obrera Jerezana y enviaron las camas al colegio de los padres Jesuitas, que estaba a unos doscientos metros, donde se creó el llamado Hospital de Sangre, en el que se atendía a los heridos del bando nacional.

Los Caamaño se encontraron en la calle: sin casa y sin el trabajo de conserje, pero la solidaridad vecinal les buscó cobijo enseguida. Tiempo después, volvieron a perderla cuando un rico gaditano afín al Régimen quiso construirse una hermosa vivienda y dejó a todos los inquilinos sin hogar, así que de nuevo unos vecinos de la zona vaciarían los trastos de un cuartucho que había al fondo del patio de una casa de vecinos, y el matrimonio y sus tres hijos se acoplaron en la habitación lo mejor que pudieron. De allí saldría un joven Esteban, bastantes años después, el día de su boda, para casarse con Dolores Teja, Lola.

El sector de la imprenta atravesó también malos tiempos, así que el padre trabajaba en todo lo que le salía, la madre se puso de cocinera en una casa de la ciudad, concretamente en la de Joaquina Tosar, viuda de Osborne, y hasta el hijo mayor aprovechaba la época de recogida de la almendra para apuntarse con otros niños de su calle y echar el día en las fincas de la carretera de Sanlúcar, donde ganaba un durillo de jornal. Probablemente por la dura situación familiar, Esteban empezó a trabajar muy pronto: a los trece años entró de aprendiz en una bodega que daba a la plaza de Isaac Peral, casi esquina con la calle Diego Niño. Era una bodeguita modesta, donde un veterano arrumbador inició al chavalillo en las tareas más sencillas y le encargó también la recogida de las botas vacías de las tabernas a las que servía caldos, así como la limpieza y preparación de esas botas para su posterior llenado. Por último, le encomendó que hiciera algunos cobros semanales, por lo que el muchacho salía a la calle con su carpetita debajo del brazo a por el dinero. Estos fueron sus primeros pasos en el mundo laboral.

Al día siguiente de cumplir catorce años, el chaval se atrevió a presentarse en una fría mañana navideña, a primera hora, ante la puerta por la que los trabajadores entraban cada jornada a la bodega de Terry, y se dirigió a uno de los dueños, que se bajaba de una calesa. Le pidió trabajo, el hombre lo aceptó y, a la mañana siguiente, el adolescente entró de aprendiz en la empresa donde se jubilaría a los 65 años y donde principalmente desarrollaría su vida profesional y, también, una buena parte de su labor sindical. El sentido del humor hacía que Esteban contara con mucha sorna que la primera labor que le encomendaron en Terry fue con la escoba, el recogedor, una espuerta y la regadera, es decir, tuvo que aprender a mantener limpio y húmedo el suelo de tierra de la bodega, cosa imprescindible, por cierto, para los vinos. Caamaño fue arrumbador, un trabajo del que siempre estuvo muy orgulloso. Además, le gustaba hablar de los vinos, las peculiaridades de cada tipo de caldo y disfrutaba explicando las labores que hacía en las fincas durante la vendimia, de cómo tratar los caldos y moverlos en la bodega, de sus exigencias y su calidad. El arrumbador siempre se encontró a gusto entre los bocoys, las andanas, las soleras, el olor a alcohol, a olorosos, a amontillados, a finos, a brandys...

El joven conoció a Lola, una chica más o menos de su edad que vivía en la plaza de La Herrería y que trabajaba en la fábrica de botellas. Tras mucho paseo calle arriba y calle abajo, se hicieron novios formales.

En aquellos años de juventud nacieron en Esteban las primeras inquietudes sociales, que buscaron respuestas en los libros, pero también en los escasos círculos que se empezaban a mover en su pueblo. Con los compañeros de trabajo, asistió a las reuniones semanales que impartían los seminaristas de los jesuitas entre los trabajadores de la bodega y también a los ejercicios espirituales que anualmente celebraba el personal de Terry durante la Cuaresma en la casa de La Inmaculada, la finca que tenía la Compañía en la carretera de Rota, rodeada de pinos y enormes eucaliptos, junto al mar, y donde, entre sermón y sermón, el arrumbador se sacudía el hambre porque le dejaban servirse dos platos siempre que quería. Además, respondió a todas las llamadas que recibió, entre otras, la de la Adoración Nocturna, que no terminó de convencerlo porque le dejaba a posteriori una “sensación extraña, de algo incompleto”, según sus propias palabras.

Muy distinto y tremendamente enriquecedor fue su contacto con la Hermandad Obrera de Acción Católica, HOAC. Durante el franquismo, la rama más progre de la Iglesia –y nos referimos tanto al clero como a los seglares– fue parte activa de la lucha de izquierdas. Algunas parroquias eran lugar de coordinación y de reunión, los curas obreros y muchos sacerdotes ayudaron a extender la ideología de izquierdas y funcionaron como foco de información y de formación, de cultura, de cambio... A este respecto, animado por el sacerdote Zambrano, Esteban asistió a una concentración nacional de esta organización que tuvo lugar en Oviedo. Allí sí encontraron respuestas todas sus preguntas y halló además a otras personas, trabajadores por supuesto, a las que movían la misma inquietud y búsqueda que a él, con las que compartía el mismo lenguaje. Por primera vez, comprendió que formaba parte de un grupo que existía, se sintió clase trabajadora, se dio cuenta de que tenía ante sí un proyecto y descubrió un camino a seguir, con objetivos concretos y estrategias para alcanzarlos.

Volvió de Asturias cargado de ilusiones, y de trabajo. Empezó a contactar con otros elementos de la provincia y pronto existió un grupo digno de tenerse en cuenta en Cádiz. Y es que la HOAC fue la cuna de buena parte de los militantes de la provincia, y de todo el país, que dieron mucho juego en la lucha sindical al final de los años cincuenta, los sesenta y los setenta.

Entre las labores que llevaron a cabo muchos militantes, hubo una que Esteban señalaba especialmente orgulloso como el origen del nacimiento de la Unión Sindical Obrera, USO, y en concreto de su Acta Fundacional. Consistió en el reparto de un folleto con una serie de preguntas muy concretas dirigidas a los trabajadores de todo el país, que luego se recogió y se utilizó como base de trabajo para crear la organización. Y es que Caamaño fue uno de los fundadores de la USO, de la que Eugenio Royo actuó como su principal motor. La definía como un sindicato libre, de inspiración socialista, con un talante democrático, político y justo; una organización que perseguía crear un sindicalismo representativo de los intereses de clase, cuyo objetivo era la búsqueda de la unidad sindical, momento en el que desaparecería y, además, pretendía ser instrumento de los trabajadores.

Pero volvamos atrás, a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, el incipiente movimiento sindical se dividió frente a dos planteamientos contrapuestos: la UGT, en el exilio, consideraba que no había que participar en el sindicato vertical, el del Régimen. Frente a esta postura, en el interior del país, muchos trabajadores –entre ellos, Esteban– estaban convencidos de que había que utilizar las estructuras del sindicato oficial para trabajar a favor de la clase trabajadora con la negociación de convenios colectivos e intentar acabar también así con el franquismo. Ante esta convicción, y tras aprobarse la nueva ley del trabajo, Caamaño se presentó a las elecciones en Terry a primeros de los años sesenta como representante sindical y utilizó este cargo para contactar con compañeros de Cádiz, San Fernando, Puerto Real, Jerez... y también para viajar a Cataluña y a Madrid, ciudades donde existía un movimiento incipiente en el mismo sentido. En la capital, conoció a los abogados laboralistas Enrique Barón y Agapito Ramos, y a José María Zufiaur, Aquilino Zapata, Antonio Martínez Ovejero, Bonifacio Rojo, Manuel Zaguirre, De la O, entre otros militantes de la USO, que se convertirán en compañeros de lucha para el gaditano y, con el tiempo, en amigos.

Fueron los duros años de la clandestinidad, y ésta era muy exigente con los militantes. Esteban trabajaba intensamente en la labor de captación y mentalización de nuevos elementos para la organización, pero sobre todo, para el movimiento obrero. Una de sus fórmulas consistía en hacer llegar determinados libros –entre otras editoriales, cabe mencionar a Zeta y a la distribuidora ZYX– a los trabajadores que tenían interés en la lucha o en los que descubría ciertas inquietudes de izquierdas, porque era necesario dar a conocer la ideología socialista y, a la vez, hacer pensar. Estos libros le llegaban fundamentalmente a través del jerezano Juan Conde, un hombre muy comprometido.

Además, son tiempos en los que responder a todas las llamadas, y el sindicalista recorre las carreteras en su Vespa verde llena de panfletos: se acerca hasta pueblos de Sevilla para celebrar reuniones en cualquier latifundio, donde lo esperan grupos de campesinos, muy interesados en conocer y escuchar al socialista. Además, hace kilómetros por la bahía gaditana y se coordina con los hombres de los Astilleros en Cádiz, donde está José Luis Rodríguez Añino; de Construcciones Aeronáuticas, en la que trabajan intensamente sus amigos Pepe Moscosio y García Jurado; de Bazán en San Fernando, donde está el compañero Manolo Cañas; y de los Astilleros de Puerto Real, un pueblo en el que el cura Manuel Gaitero trabajó sin tregua.

También va hasta La Línea de la Concepción, donde se reunía con hombres del Campo de Gibraltar; y asistió a otras citas en pueblos de la sierra ante muchos rostros, trabajadores del campo la mayoría, y en Ubrique habla con un párroco, Francisco González, que hace de contacto para que conozca, entre otros, a hombres de la marroquinería, que empiezan a moverse en la localidad. Pedir a los sacerdotes información y que pusieran en contacto a personas con intereses comunes era una de las fórmulas más habituales para ampliar el número de militantes con menos riesgo y llegar hasta las personas adecuadas sin cometer errores que podían llevarte a la cárcel.

Y, por supuesto, la labor más intensa la desarrolló en el marco de Jerez en la elaboración de los distintos convenios colectivos. En El Puerto, sus primeros compañeros fueron Luis Rincón, que trabajaba en la fábrica de botellas; el médico Jaime San Narciso y su mujer, Tina Aguinaco; Calixto García, de la HOAC; Nicolás González, muy activo en los inicios de la USO; Manolo Suano; José Marco; Rafael Rodicio, al que casi podríamos llamar secretario personal de Esteban, de las oficinas de Terry; y el joven Isidoro Gálvez, alias El Niño, que estará unos años en el norte dedicado a la organización y a su hermano Manolín. Y, en la ciudad de Jerez, no hay que olvidar a dos compañeros de la JOC (rama juvenil de Acción Católica): Pepito Rodríguez y Julián Gutiérrez.

Algo más tarde, a principio de los setenta, Isidoro volvió a El Puerto tras casarse con María de los Ángeles Fernández Cortabarría, y entonces también se unieron a la lucha el estudiante Elías Py, Paco Guerrero, Antonio Beato... Y en Madrid, conoce a Antonio López y María Jesús.

En Jerez de la Frontera, comparte militancia, codo con codo, con su amigo Sebastián González, un oficinista de Domecq; y también con los hermanos Gaitero: Ramón y José María, los tres fueron pesos pesados de la USO en aquellos años, y con Sergio Moreno Monrode, de la banca.
Estos movimientos resultaban complicados porque había que despistar a la policía, que sabía de algunas andanzas de Esteban y sospechaba de otras. Por eso, los recorridos nunca eran directos, ni los mismos, sino con puntos de parada para disimular el destino final, muchas veces con Lola acompañándolo en la moto, siempre sentada de lado y con su bolso sobre las piernas.

Y en El Puerto más de una vez se reunieron en un campo de eucaliptos que existía junto a la casa de ejercicios de los Jesuitas, en la carretera de Rota, muy cerca de la playa. Allí celebraron más de un Primero de Mayo, con la tortilla y los papeles. Otras veces, se iba a El Campito, una casita del pago de La Alhaja, donde además aprovechó para veranear más de un militante de Madrid con su familia, y estas vacaciones se utilizaban para intensificar los contactos. Allí se reunió Esteban con Enrique Barón y Adela Kopp; Agapito Ramos y Maribel González; José Luis Zunzarren, más conocido como Koldo; una enfermera vasca que vivía en la barriada gaditana de La Paz llamada Julia Vicuña; etc.

Igualmente, debían ser cuidadosos los envíos de material impreso (folletos que salían de las “vietnamitas”, libros, cartas...), ya que podían llevar a la cárcel a cualquier incauto que fuera pillado con ellos encima. Por eso, Esteban utilizaba como estafeta, que así lo llamaba él, a su madre, a su suegra o a cualquier otra mujer mayor que estuviera dispuesta a prestar este servicio de riesgo.

No menos delicado era el uso del teléfono. Se utilizaba generalmente el de Jaime y Tina, siempre pinchado, ya que era la principal vía de llegada de noticias urgentes desde Madrid y a veces también desde Sevilla, Málaga... Solían usar fórmulas como hablar de hospitales en lugar de mencionar las cárceles, y de enfermos en vez de nombrar a quienes hubieran caído detenidos, se avisaba de los peligros, o en otros casos se anunciaba la llegada a la zona de un militante a quien hubiera que esconder, acompañar o atender de algún modo. Por último, estaba el uso de apodos para proteger la verdadera identidad: Esteban era El Viejo; Isidoro, El Niño; Cañas, El Largo...

El sindicalista defendía que toda persona que quisiera luchar contra el régimen establecido para mejorar las condiciones de vida de la clase obrera debía ser, por encima de todo, un trabajador intachable: buen profesional, puntual, responsable... al que el patrón no pudiera sacar los colores en ninguna situación. Y, con ese principio, quiso mejorar como arrumbador, aunque nunca aceptó la oferta de subir de puesto convirtiéndose en capataz, cosa que le ofrecieron, porque aseguraba que conocía el doble juego que la empresa perseguía con esta tentadora mejora. Y con su profesionalidad como estandarte, fue cada día a la bodega de Terry, donde participó en la redacción de todos los convenios colectivos, desde el primero hasta que fue diputado, y en todos los conflictos laborales que acaecieron durante su larga trayectoria, en la que llegó a tener cargo en el Gremio de la Vid del sindicato vertical a nivel estatal.

Este hombre de lucha fue detenido en siete ocasiones, a veces lo llevaban al cuartelillo y otras a comisaría, curiosamente la última vez fue con Franco muerto. En la cárcel, estuvo la vez que cayó junto a Sebastián González, Isidoro Gálvez, Manolo Cañas y Pepe Rodríguez Añino, en enero del año 1974. Al charlar con ellos y preguntarles sobre los interrogatorios y la cárcel, es curioso comprobar que todos se cierran en banda y coinciden en quitar importancia a sus detenciones y en no querer contar lo que sufrieron. Es como si su hombría no les permitiera relatar lo que en verdad vivieron. En aquella ocasión vinieron desde Madrid dos jóvenes abogados laboralistas y se presentaron en la comisaría de San Fernando antes del traslado de los detenidos a la prisión de Cádiz, eran Felipe González y Agapito Ramos.

Esteban fue un socialista convencido, que se exigía el continuo análisis de la situación sociopolítica y sindical y que sintió que luchaba contra la clase capitalista, pero este perfil de Caamaño no sería completo si no se contara que hubo un segundo adversario político mucho más concreto al que siempre sintió al acecho a través de personas determinadas que vivieron en El Puerto: miembros del Partido Comunista.

En 1975, tras la muerte de Franco, los militantes aumentan su actividad y reciben a nuevos compañeros que se van uniendo poco a poco al grupo empujados por los cambios y los aires de libertad que comienzan a respirarse en la Transición.

Cuando Enrique Tierno Galván empieza a formar el Partido Socialista Popular contacta en Cádiz con el médico José Manuel Duarte Cendán y se celebra, entre otras muchas, una reunión en El Puerto en casa de Tina, quien propone a los visitantes que incluyan a Esteban Caamaño en la lista electoral del PSP. El 15 de junio de 1977, Esteban y todos los españoles con más de 18 años y espíritu democrático votan en las primeras elecciones generales que celebraba el país desde hacía más de cuarenta años. El portuense fue elegido diputado por Cádiz en la Legislatura Constituyente (1977-1979) y, como los demás parlamentarios, asumirá la importante labor de confeccionar la Constitución de 1978. Coincidió en el Congreso de los Diputados con otro portuense, el poeta y comunista Rafael Alberti.

Una etapa dura en lo sindical, lo político y lo personal fue la de la preparación del Congreso de Unificación PSP-PSOE, de la que El Viejo Profesor era muy reticente al principio, pero escuchó la opinión de Esteban, entre otras muchas, que estaba a favor. También fue difícil la preparación del Congreso de Fusión USO-UGT (18 de diciembre de 1977) porque los militantes de la USO en la provincia mantienen unas relaciones intensas, de compañeros y de amigos y, ante la disyuntiva, no todos coinciden al analizar cuál debe ser el futuro de la organización y la fisura resulta dura. Esteban vio con claridad que ambos sindicatos debían unificarse y defendió esa teoría –que también defendió Isidoro Gálvez (Secretario General de la USO en Cádiz), ambos tachados de traidores por algunos compañeros en aquel momento–. Siempre mantenía las posiciones políticas que consideraba acertadas, pero su discurso no tenía ni una pizca de agresividad, ni de violencia, sino que derrochaba un gran respeto al ser humano, ya que era un ferviente defensor de los valores democráticos.
Año y pico después, cuando Antonio Tejero entró a tiros en el hemiciclo del Congreso de los Diputados, el parlamentario portuense estaba ocupando su escaño y fue uno de los representantes del Pueblo español que pasó aquella larga noche del golpe de Estado del 23 F (1981) abatido y convencido de que de allí no iba a salir con vida ni él ni nadie y de que aquel brutal acto echaba por tierra la libertad que tanto esfuerzo había costado a los españoles. A su lado, un diputado tenía una radio muy pequeñita, y la mantuvo escondida y encendida toda la noche a un volumen mínimo. Gracias a ella, pudieron seguir desde el interior lo poco que se sabía en la calle a través de las emisoras de radio: la música militar, las escasas noticias que se fueron dando, etc.

Tras otra legislatura en el Congreso de los Diputados (1979-1982) en el Grupo Socialista, Esteban fue elegido senador (1982-1986), y en esta Cámara estuvo, entre otras, en la comisión Especial de los Trabajadores Españoles Emigrados en Europa. En enero de 1986, un grupo de parlamentarios, 36 de ellos del PSOE, es nombrado por designación Real eurodiputados, en espera a que un año y medio después se celebren las primeras elecciones al Parlamento Europeo en nuestro país (10 de junio de 1987). Esteban Caamaño, como miembro de la Cámara Alta que era, formó parte de nuestra avanzadilla en Europa y, además, permaneció siendo senador hasta que acabó la legislatura.

Estrasburgo y Bruselas fueron, además de Madrid, los habituales destinos semanales del portuense. Cuando iba a Estrasburgo a los plenos, disponía, como los demás diputados, de un despacho individual en el descomunal edificio del Palacio de Europa. Y en Bruselas, donde se reunían habitualmente los grupos de trabajo y se celebraban las reuniones del Grupo Socialista, compartió despacho con tres compañeros de partido: el médico gaditano José Manuel Duarte Cendán; y los catalanes Xavier Ruvert de Ventos, filósofo, político, ensayista y profesor; y el editor Carlos Barral, que falleció en 1989, con quien disfrutaba de las sobremesas nocturnas hablando de política, de lo divino y lo humano.


En Europa, pronto supieron valorar las dotes de Esteban para tratar con la gente y su simpatía, por lo que decidieron asignarle el control de asistencia de los parlamentarios a los plenos, así que lo eligieron para ser uno de los tres Látigos, una labor que solía crear problemas entre los diputados pero que mientras él formó parte de la terna de Látigos se desarrolló sin el más mínimo conflicto. Caamaño contaba que en el grupo de trabajo donde más a gusto se sintió en Europa fue en la comisión de Asuntos Políticos, de la que decía que eso era hacer política pura, y también trabajó en la de Agricultura, donde trabajó en asuntos como el de la contaminación de los ríos de la Sierra de Cádiz por los molinos de aceite.

Después de estos años en el Parlamento Europeo, le llegó la hora de la jubilación, pero ese retiro fue únicamente laboral. Esteban continuó su actividad en el Grupo Parlamentario en Cádiz y también en El Puerto: en la Casa del Pueblo, en la sede de la UGT, adonde siempre se acercó nada más bajarse del avión cargado de papeles que él recibía debido a su labor política en Madrid, Bruselas o Estrasburgo. En cuanto a su colaboración con el Partido en El Puerto, cada vez retrasó más sus visitas a la agrupación local del PSOE debido a las diferencias políticas que mantuvo sobre las distintas alianzas municipales, entre otros asuntos, como se había opuesto abiertamente a la entrada al PSOE de Antonio Caraballo.

Durante sus últimos años, cuando la enfermedad lo acompaña, deja de nadar, actividad que practicaba casi a diario en la playa durante todo el año, y aparca la bicicleta con la que había hecho tantísimos kilómetros por los alrededores de su ciudad. Pero continuó saliendo a la calle todos los días con el periódico bajo el brazo y parándose a charlar con cualquier ciudadano dispuesto a cambiar unas palabras. Cuando su fortaleza lo fue abandonando, mantuvo su sentido del humor, su sonrisa abierta y su guasa, tampoco perdió jamás el cariño que sentía hacia los niños, a los que siempre dedicaba una caricia en la cabeza con aquellas manazas de arrumbador que tenía, ni perdió la simpatía que producía en ellos. Siguió colaborando con un puñado de ONGs: la Asociación Pro Derechos Humanos, Cáritas, las Hermanitas de los Pobres... y le preocupaba cada vez más la pobreza de los países subdesarrollados; continuó trabajando a diario en la UGT, a la que regaló su biblioteca personal, un legado de casi 4.000 libros; permaneció cerca de la familia y de sus muchos amigos y, por supuesto, junto a Lola, a la que ayudó en lo que pudo a sortear la diabetes.

Entre las últimas llamadas telefónicas que recibió destaca por la relevancia política del personaje la del ex vicepresidente Alfonso Guerra, que supo por el compañero Secretario de UGT – Puerto que Caamaño estaba muy enfermo y quiso hacerle llegar el cariño y el respeto que siempre sintió hacia él.

Días antes de morir, dejó dicho que en su lápida, debajo de la inscripción de su nombre, sus apellidos y las fechas de rigor, se incluyera solamente una palabra: Arrumbador.

Podría decirse que la ideología socialista fue el motor que guió a Esteban Caamaño a lo largo de su vida y, aunque esa afirmación es veraz, resultaría muy incompleta. La personalidad del sindicalista estuvo marcada, además, por un humanismo cristiano presente en toda su evolución y por una personalidad generosa, en la que la honestidad y la dignidad fueron una constante. Pidiendo prestadas unas palabras al poeta Antonio Machado, termino diciendo que Esteban Caamaño fue “en el mejor sentido de la palabra, bueno”.

Begoña San Narciso Aguinaco

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