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Jñana yoga. El yoga de la sabiduría.

publicado a la‎(s)‎ 15 abr. 2017 8:19 por Ricardo Cob   [ actualizado el 15 abr. 2017 8:32 ]


Una aproximación a la esencia del Vedanta Advaita o No-dualidad.  

José Manuel Martínez Sánchez  


El viaje del conocimiento tiene un camino propio: va hacia dentro. Aquel que está en el mundo, que sale a él necesariamente e interactúa en el mismo, pronto descubre que ese "yo" que dice que es, no es su verdadera identidad, pues sufre y tiene deseos, inclinaciones y aversiones, siente placer con lo que le gusta y rechaza aquello que no le gusta, sintiéndose al final balanceado por las circunstancias, movido por unos hilos que le separan de sí mismo cuando más le repiten que es "esto" o "aquello". Su verdadero ser no es modificado por esos movimientos del yo condicionado, por las circunstancias temporales y personales. Hablamos pues de una identidad real que se asemeja a un Ser Absoluto, espíritu incondicionado o Atman, que llamamos también Brahma (“Ayam Atma Brahma”, “Este Atman es Brahma”, Mandukya Upanisad). Es por Brahma que surgen todos los seres y fenómenos, pero a Brahma no le afectan o condicionan en absoluto salvo en la apariencia o ilusión (maya). Es decir, puede aparentarlo, pero no es la realidad última.

 

El sabio (jñani), sabe que es el Todo

La identificación con el ego forma parte de la mente ilusionada. El jñani se ha liberado de toda dualidad, pues él es el puro Brahma y no queda nada fuera de él, incluso la mente es Brahma y cuando esta mira en esa dirección, la del Ser, queda disuelta en la Consciencia. Quien practica el yoga de la sabiduría, paradójicamente, ya ha abandonado toda práctica, entendida como aquella que es realizada por alguien, pues mora en la conciencia última, aquella que siempre estuvo en él, de que es Eso, sin nombre y sin forma, que se manifiesta en todas las cosas y que es pura conciencia, verdad, dicha y sabiduría. El jñana yogui ha indagado profundamente a través de la pregunta esencial, "¿Quién soy yo?", y ha obtenido la respuesta más obvia y sencilla posible: "Yo soy". Con eso le basta, ¿cómo no le va a bastar si lo incluye todo no añadiendo nada? No es "esto" o "aquello", él "es", simple y sencillamente, y en ese verbo infinito y latente en todo, radica su sabiduría. Yo es Ser, un Ser que incluye y disuelve al Yo limitado. Y también se da cuenta que ese Yo verdaderamente no hace nada, pues forma parte de la identificación, pensar que uno es hacedor de cosas. La naturaleza de la conciencia es espontánea y fluye por sí misma, aunque forme parte de maya o ilusión pensar que es uno mismo que realiza las acciones. Así para el jñani el karma no le afecta, pues no se considera vinculado a las acciones. Éstas no son de nadie, pues no hay identidad que se las apropie en la conciencia no-dual de Brahma, de donde surge la apariencia de "yo", que en el plano ficticio de "maya" sí puede considerarse 'hacedor' de karma.

 

Sujeto y objeto disueltos

El "yo" no se diferencia del "tú", del "él" o del "ello". Ramana Maharshi nos dijo que el estado supremo es la conciencia "yo-yo", en lugar de "yo-tú", y que se manifiesta en el silencio. El silencio es libre de toda dualidad, es el espacio puro del ser que le permite morar en su misterio indecible y sagrado. El sujeto queda también disuelto respecto del objeto, y viceversa. Todo es un mismo Ser. A ello se le llama Unidad o No-dualidad, ya que no hay dos, se disuelve la idea de separación. Aquel que es, es presencia libre no condicionada a una identificación restrictiva con las cosas. Conocedor, acto de conocer y cosa conocida se unifican en una sola visión indiferenciada. La única identificación posible del individuo es con  Atman-Brahma. El resto de identificaciones pertenecen a maya. Recordemos la  máxima de Shankara: Sólo Brahma es real. El mundo es irreal. El individuo no es otro sino Brahma”.

 

¿Quién soy yo?

Esta pregunta, cuando es formulada sinceramente, parte como una flecha directa al centro del ser. Algo se busca a sí mismo, la energía vital toma consciencia de su movimiento, y esto sucede por medio de la atención. Puede que la mente busque respuestas y quiere identificarse, tener una identidad: ese es el instinto de la mente, dar nombre y forma y creer que es eso circunstancial que elabora. Sin embargo, el sabio va más allá de la mente, la observa a ella, su fluir, su ir y venir, sin apegarse. Logra trascender la mente y pone su atención en el océano silente de la consciencia. Es así la pura consciencia que no se identifica con nada y lo es todo con ello. Su atención, su tomar consciencia, este darse cuenta es todo cuanto necesita pues es aquello que sucede espontáneo y real. Lo real acontece sin más. El ser real es aquello que el jñana yogui realiza, es aquello que descubre que es. La dicha que procede de la conciencia de ser es ananda, la verdadera felicidad de aquel cuya identidad ha desaparecido y pertenece a todo y a nada, al puro Brahma manifiesto en todas las cosas. Y más allá de lo manifiesto: al Brahma latente, no manifiesto y causa sin causa de todo lo manifestado. Aun así Brahma nada tiene que ver con la ley de la causalidad, afirmaba Sankara. Pues lo Absoluto, carece de atributos (nirguna), de opuestos o de causas. “Atma nunca deviene manifestado, aunque es el principio esencial y transcendente de la manifestación en todos sus modos” (Réne Guenón). Brahma, que es Atma, no es esto ni aquello (neti, neti). No se puede definir en modo alguno, ni siquiera concebir. El conocedor, jñani, advierte que Brahma no se puede conocer. Brahma es más allá del conocimiento. “El último punto de vista es que no hay nada que comprender”, afirmó Nisargadatta. Lo que queda es, pues, Parabrahman. Más allá de Brahma. Más allá de cualquier identificación o limitación de espacio-tiempo. Sin tiempo ni espacio, ni forma, ni atributos o cualidades; sin causa ni efecto; sin nombres… Ahí apunta todo. Y nada más puede decirse entonces.


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TEXTOS TRADICIONALES - LA TRADICIÓN

Tradición e igualitarismo

publicado a la‎(s)‎ 4 mar. 2017 16:07 por Ricardo Cob   [ actualizado el 22 mar. 2017 12:48 ]

por Laureano Luna – Esta Modernidad tardía es la época de la no discriminación. Se trata de un “tic” obsesivo que hace que se torture al lenguaje para someterlo al igualitarismo perfecto o que esté mal vista la fabricación de pañales específicos para niñas y niños. Y la obsesión se presenta con un aparato coactivo material y espiritual del que forma parte, amén de las leyes de propaganda, el chantaje lingüístico, el sambenito: “racista”, “sexista”, etc.

Desconsiderando por un momento la necesidad del capitalismo multinacional de homogeneizar el modo humano de vida en el planeta y la triste reducción de la izquierda política a propagadora del discurso igualitarista que el capitalismo necesita, cabría preguntar: ¿No encierra la decidida voluntad de erradicar toda discriminación un evidente valor moral? En otros términos: ¿No es este igualitarismo esencialmente concordante con la espiritualidad tradicional de las grandes religiones y de su contenido metafísico y ético?

Si dejásemos votar a mano alzada a una concurrencia numerosa veríamos probablemente levantarse un mar de manos aprobando: ahí estarían las manos de muchos religiosos cristianos, de muchos izquierdistas, de muchos liberales y, seguramente, la mano de la gran masa de los televidentes. Entonces, dando paso al coloquio, plantearíamos la siguiente dificultad: si así es, ¿cómo es que las sociedades tradicionales inspiradas en tales corrientes religiosas y metafísicas no han sido igualitaristas? Se nos respondería con facilidad: por pura inconsecuencia con su esencia originaria, por debilidad ante los ricos y poderosos. Si en este momento adujésemos una segunda dificultad, como, por ejemplo: ¿Por qué entonces los grandes movimientos igualitaristas modernos son antirreligiosos? Se nos respondería en general que precisamente por eso, porque la religión ha traicionado históricamente su mensaje; además, porque la emancipación, la mayoría de edad del hombre, no necesita ya de la tutela de un dios para realizar la igualdad. Con facilidad pondríamos en movimiento el entusiasmo igualitarista de la gente. Pero sólo de manera efímera; si de repente preguntásemos: “A propósito, señores, ¿qué fue del comunismo?”, reemplazaríamos el entusiasmo por un brusco desconcierto.

“Señores –diríamos haciendo sonar una campanilla-, tal vez sea el momento de plantearse esto con algo más de seriedad”.

I. El origen del igualitarismo

La fuente última del igualitarismo no puede estar más que en una cierta capacidad para desconsiderar las determinaciones finitas del ser humano, que siempre son diferenciales. El igualitarismo es por consiguiente un punto de vista, una perspectiva que permite desatender la finitud diferencial humana, sea declarándola inexistente, sea declarándola no significativa, lo que en realidad es una forma de declararla inexistente. Se trata en definitiva de centrar la atención en el concepto abstracto de ser humano desviándola de sus encarnaciones concretas: hombre, mujer, blanco, negro, amarillo, español, italiano, etc. En el pensamiento metafísico occidental, no en la metafísica tradicional, esto se categoriza mediante la hipóstasis del concepto abstracto de “hombre” en una substancia humana indeterminada que es un núcleo frente a sus accidentes o determinaciones particulares: varón, hembra, blanco, negro…

Esta substancia humana es percibida a nivel individual como “sujeto” o “yo”. Recuérdese que las palabras latinas “substantia” y “subiectum” son versiones del griego “hypokeimenon”. El yo es la substancia de la vida psíquica y a ella son atribuibles todos los predicados y accidentes: yo soy hombre, mujer, blanco, negro… en cualquier caso soy “yo”, siempre soy un “yo”, y ese yo permanece siempre idéntico a sí mismo, como perfecta autoconciencia o puro ser para sí, más allá de todas las determinaciones contingentes. El igualitarismo consiste, pues, en la substitución del ser humano real por un yo indeterminado.

El origen último de la indeterminación del yo, y el origen último de toda indeterminación, radica en la figura lógica de la autodeterminación a través de la auto referencia. Desde el comienzo de la filosofía occidental, las paradojas lógicas por auto referencia han constituido un escollo insalvable a esa pretendida “completitud” de la razón discursiva en la que Occidente ha radicado buena parte de su esencia. Entre los griegos hizo estragos la paradoja del mentiroso: “Epiménides el cretense afirma que todos los cretenses mienten siempre”. B. Russell encontró una paradoja análoga en teoría de conjuntos: “¿Se pertenece a sí mismo el conjunto de todos los conjuntos que no se pertenecen a sí mismos?”. Finalmente, Kurt Gödel demostró que todos los modelos formales –como el que pretendieron Russell y Whitehead para la aritmética en Principia Matemática– resultan incompletos porque implican la existencia de verdades indemostrables en su interior: precisamente, verdades auto referentes. De todo esto se deduce un principio: la auto referencia, en razón discursiva, provocaindeterminación. Herbart había demostrado tiempo ha que en la auto referencia implicada en la palabra yo había una situación semejante. En general, podemos comprender con facilidad que nada puede determinarse a sí mismo: si la determinación de x depende de la determinación de x nos veremos envueltos en un regreso infinito al intentar determinar a x. Cuando la conciencia se tiene a sí misma por objeto en la pura autoconciencia, carece en general de todo objeto que pueda determinarla. Esta indeterminación ideal –que se manifiesta en contradicciones y regresos infinitos en el discurso real del pensamiento- es la que aparece en la conciencia humana como la ilusión de un yo puro indeterminado, que en realidad es absolutamente imposible dado que ningún ente real puede ser indeterminado.

Esta indeterminación contenida en la figura lógica de la autodeterminación por auto referencia es el hardware inconsciente que está detrás del igualitarismo, y con ello de toda ideología social contemporánea. Es sin duda el resultado de una larga travesía histórica que muestra hitos bien reconocibles. El dualismo de la metafísica griega, con su división entre un mundo sensible y un mundo inteligible, es el primer expediente que permite colocar al hombre más allá de toda determinación histórica, social y biológica; el antinaturalismo judío; la concepción romana de la “persona” como sujeto de derecho, precedente del actual sujeto abstracto de deberes y derechos; el concepto de “alma” humana en el Medievo; el antropocentrismo renacentista; la autoconciencia pura del “cogito” cartesiano; la concepción del hombre como nóumeno en la razón práctica kantiana, hasta las ideologías de la Ilustración, todos estos constituyen pasos notables en el paulatino acercamiento al puro yoísmo contemporáneo.

Ahora bien, ¿no coincide todo esto con la tradición espiritual? ¿No concuerda con la enseñanza cristiana? ¿No es cierto que una sociedad iniciática –la masonería- participó activamente en la Revolución de 1789?

Desde el bando más o menos igualitarista hay muchos sectores dispuestos a contestar afirmativamente. Desde el bando antiigualitarista –en la tradición nietzscheana- es frecuente la acusación a la esencia misma del cristianismo de no ser más que un precedente espiritualista del igualitarismo moderno. Es una postura que mantuvo incluso Julius Evola.

II. Tradición e igualitarismo

¿Qué decir respecto de lo que suele llamarse “Tradición” con mayúscula y que engloba en una ortodoxia, real o sólo pretendida, a autores contemporáneos como Ananda Kentish Coomaraswamy, René Guénon, Titus Burkhardt, Frithjof Schuon, y a culturas y religiones como el Hinduismo, el Vedanta, el Budismo Zen, etc? El Vedanta hindú, punto de referencia más común de esta tradición, habla efectivamente del Sí Mismo (“Atma”) que, constituyendo la verdadera identidad del hombre, está más allá de toda determinación finita, y este tema es reconocido como el centro de la metafísica upanishádica. En el Zen es recordada la expresión del maestro Lin Chi: “El hombre verdadero sin rango” (1), como designación de la verdadera naturaleza búdica del ser humano. Con frecuencia resuena la sentencia de San Pablo: “ya no hay judíos ni griegos, ni hombres ni mujeres…”

No cabe duda de que existe al menos una analogía entre la consideración espiritual del ser humano propia de estas tradiciones y el igualitarismo moderno. A pesar de ello subsisten los hechos de que:

1º) Muchas de estas tradiciones han informado un orden social no igualitarista: desde las castas hindúes hasta el “mulier in ecclesia taceat”.

2º) Estas tradiciones se muestran en general hostiles al espíritu del mundo moderno y esto es perfectamente manifiesto en los citados autores contemporáneos que quieren enmarcarse en la Tradición.

¿Se explican estos hechos como una pura inconsecuencia –probablemente interesada- o es necesario buscar en otra parte la explicación?

Nuestra reflexión sobre el asunto nos llevó en primer lugar a intentar comprender cómo se hacían compatibles, en el discurso de las doctrinas tradicionales, la confesión de esa instancia humana trascendente por encima de toda determinación diferencial y la ordenación social no igualitarista. Y la respuesta resultó bien sencilla. Momentos que se enfrentan como contradictorios se hacen compatibles ocupando niveles distintos, esto es, jerarquizándose. Las doctrinas tradicionales en general apuntan a una concepción del hombre y del ser que reconoce en uno y otro una pluralidad de niveles. La interpretación que Guénon hace del Vedanta, y que parece haber sido ampliamente aceptada en estos medios, comienza por distinguir entre “manifestación” y “no manifestación” dentro de las posibilidades del Absoluto; a su vez, dentro de la manifestación se distingue entre manifestación informal –que parece corresponder a un mundo ideal o “principial”, semejante al “Mundo III” de Popper- y manifestación formal. Esta última contiene la manifestación sutil –el ámbito mental o psíquico- y la manifestación grosera que es el nivel material que aparece a los sentidos externos. En el microcosmos humano se distinguen en general los mismos niveles de manifestación y lo no manifestado, pero aquí los niveles suelen presentarse agrupados en tres instancias: la del espíritu, la del alma, la del cuerpo. En general, para nuestros propósitos, podemos considerar dos grandes dimensiones: la que está más allá de toda finitud o determinación –en el hombre es el “espíritu”– y la que está sometida a las condiciones finitas de espacio y tiempo, que en el ser humano son el “alma” y el “cuerpo”. Y –esto es lo más importante- esta diversidad de niveles permite considerar la finitud humana en una cierta esfera y la infinitud en una esfera superior. Naturalmente, la ordenación social cae bajo el ámbito de la finitud y en consecuencia ha de atender a la determinación diferencial humana, de modo que no puede ser igualitarista. Así, desde el punto de vista de la Tradición, el igualitarismo moderno no es más que la consecuencia de haber clausurado el hiato entre dos niveles distintos y haber transportado los modos de lo infinito sobre el nivel de lo finito.

Esta transformación es reconocida en general así desde el campo igualitarista como desde el campo antiigualitarista, tradicional o no. En general, el igualitarismo ha interpretado esta modificación a través de la teoría de las superestructuras: la igualdad espiritual era un sucedáneo de la igualdad material destinado a entretener la presión a favor de ésta: el liberalismo habría hecho descender la igualdad desde lo espiritual hasta lo político-jurídico, y posteriormente el comunismo la conduciría hasta el nivel mismo de la materialidad económica. Esta sería más o menos la interpretación desde el igualitarismo más radical, el comunista.

El antiigualitarismo no tradicional, de raíz nietzscheana, reconoce que el igualitarismo cristiano era menos nocivo porque al mantenerse más allá de la realidad natural y mundana contradecía y deterioraba menos la naturaleza de ésta última; el igualitarismo moderno aparece entonces como una “secularización” del igualitarismo cristiano.

Esta hipóstasis cada vez más profunda de los modos de lo infinito sobre la esfera de la finitud humana tiene el efecto inevitable de desplazar esta finitud expulsándola de su territorio, del ámbito mismo que le corresponde. Aparece entonces como “racionalismo”, como sustitución abusiva de lo real por lo ideal o lo racional, y puede presentarse en cierto sentido como una “espiritualización” de la vida humana que incluso llega a tachar de “materialistas” las etapas antecesoras en la Historia. Así, el “marxista heterodoxo” Henri Lefebvre afirmó en su día que sólo con el comunismo el espíritu vencería a la materia como motor de la historia humana y ordenador de la sociedad.

¿Es, pues, esta hipóstasis una verdadera espiritualización de la vida humana, un movimiento semejante a la “encarnación del Verbo”, una vuelta histórica a la edad de oro primitiva o algún tipo de redención efectiva? ¿Cómo debe juzgarse este proceso desde las perspectivas de la sana razón y de la Tradición?

Según la doctrina tradicional de la multiplicidad de los estados del ser y de la naturaleza específica de cada uno de ellos, las cosas y los conceptos no pueden pasar de uno a otro plano sin modificarse para adaptarse a las condiciones generales del nivel de llegada. En consecuencia, el traslado de los modos de lo infinito desde el nivel trascendente al que pertenecen naturalmente hasta el plano de la manifestación finita no puede consistir en una simple traslación hacia abajo, sino que ha de ir acompañado de otras modificaciones. En primer lugar supondrá, como ya hemos dicho, una expulsión de los contenidos naturales del nivel invadido: de ahí la desconsideración de la finitud humana. En segundo lugar se produce una desnaturalización de lo hipostasiado, que es obligado a adoptar las formas de un nivel que no es el suyo: lo infinito, que no está sometido al número, aparece en el plano de la sociedad humana pluralizado en una multitud de yoes incondicionados que se constituyen incondicionados que se constituyen como otros tantos infinitos, dando lugar así a la situación imposible de la existencia de muchos infinitos, de un infinito múltiple. En tercer lugar, este proceso se presentará como una inversión de la doctrina tradicional, como una imagen especular, en la medida en que tomará lo que sólo es una proyección o un reflejo sobre otro plano por el ser real de lo infinito. Esta inversión va necesariamente acompañada de una subversión que resulta inevitable desde el momento en que se han atribuido los caracteres de lo Absoluto a una parcela de la realidad manifestada, desde el momento en que se concede infinitud al yo humano mismo. Por decirlo en una palabra: las dimensiones relacionales y cualitativas del “campo” hacen que una traslación en su interior implique una modificación que puede ser a veces esencial.

Debemos detenernos un poco más en la naturaleza de esta inversión. Todas las tradiciones espirituales afirman la existencia en el hombre de lo incondicionado: esa es su esencia. Ese incondicionado está necesariamente más allá de cualquier determinación particular. Pero ese incondicionado –que la tradición hindú denomina Atman– no es colocado en el campo de la pluralidad finita manifestada y por tanto no la desplaza; se halla más allá de la multiplicidad y por tanto de la determinación: en la medida en que no es múltiple, “Atman” es el fundamento de la doctrina de la “Suprema Identidad”. Esta doctrina establece que desde la perspectiva adecuada la pluralidad de los seres es rigurosamente ilusoria, y esta afirmación es el tronco del “Advaita Vedanta”, el Vedanta de la no-dualidad. La tradición hindú distingue con precisión entre Atma y Jivatma, que designa la personalidad psicofísica del ser humano vivo. Esta distinción impide que esta dimensión psicobiológica vea conculcados sus derechos como resultado de una invasión celestial. Con el mismo rigor se discierne entre Atman y ahamkara, que suelen, en este contexto, traducirse respectivamente por “Sí Mismo” y “Yo”. Ahamkara es la ilusión de la autoconciencia real; Atman es la verdadera identidad infinita que trasciende lo real.

Como consecuencia de esta cuidadosa segregación de niveles, la Tradición no habla de “igualdad de hombres”, sino de la “suprema identidad de todos los seres”. En efecto, mientras que la igualdad sólo puede convenir a lo plural, la coincidencia de aquello que se halla más allá de toda pluralidad no es igualdad, sino identidad. La distinción de planos permite a la tradición metafísica aceptar la diferencia y su juego en el ámbito de lo social –que pertenece a la finitud- rechazando el concepto de igualdad de lo múltiple como una imposibilidad que sólo ha podido nacer del desconocimiento de las determinaciones cualitativas del espacio.

El igualitarismo moderno se presenta así no sólo como un formidable error, sino, además, como una inversión y una subversión emparentada con el “luciferismo”. Es la rebelión del yo humano finito –el “ego”– que se atribuye la infinitud del Sí Mismo y, en virtud de esa usurpación, se declara libre de todo tipo de vinculación y determinación. Esa desvinculación se expresa también en el NON SERVIAM luciferino. Numerosos autores han señalado como esencia de la rebelión de Satanás la anteposición del propio yo sobre el ser universal al que todo ente finito se halla sometido por ley natural. He aquí, a propósito, unas palabras de San Agustín:

“La causa de la felicidad de los ángeles buenos es que ellos se adhieren a lo que verdaderamente es; mientras que la causa de la miseria de los ángeles malos es que ellos se alejaron del ser y se volvieron hacia sí mismos, que no son el ser. Su pecado fue, pues, el de soberbia.” (2)

El igualitarismo moderno no es, por tanto, consanguíneo con los principios de la espiritualidad religiosa y tradicional, sino que representa, más bien, la proyección hacia abajo y con ello la inversión y la subversión de los principios espirituales. Varios autores tradicionales se hacen cargo de este hecho. Partiendo de la idea de que la sustitución de Sí Mismo por el yo comporta la sustitución de la identidad por la igualdad y con ello, según hemos explicado, de la unidad por la pluralidad y de la calidad por la cantidad. René Guénon, en su obra El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos se aproxima a esta problemática. Este autor constata la tendencia de la espiritualidad moderna a reemplazar la suprema unidad cualificada por la uniformidad de los átomos ínfimos y carentes de cualidades. Recojamos algunos párrafos:

“Llegamos ahora a la siguiente conclusión: entre los individuos la cantidad habrá de predominar sobre la cualidad tanto más cuanto más cerca se encuentren de no ser en cierto modo más que simples individuos, más separados por ende los unos de los otros (…) Tal separación se limita a hacer de los individuos otras tantas ‘unidades’, en el sentido inferior de la palabra, y de su conjunto una pura multiplicidad cuantitativa; en el caso límite estos individuos no serían ya más que algo comparable a esos supuestos ‘átomos’ de los físicos que carecen de toda determinación cualitativa. Así, a pesar de que de hecho nunca pueda ser alcanzado tal límite, ésta es la orientación que sigue el mundo actual. Nos bastará para mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta del esfuerzo general que se produce por doquier para reducirlo todo cada vez más a la uniformidad, ya se trate de los propios hombres o de las cosas entre las que viven; es evidente además que este resultado no puede obtenerse más que suprimiendo toda distinción cualitativa en la medida de lo posible; sin embargo, también merece un comentario la extraña ilusión que hace a algunos tomar esta ‘uniformización’ por una ‘unificación’ cuando en realidad supone exactamente lo contrario, buena prueba de lo cual es el hecho de implicar aquélla una acentuación cada vez más evidente de la ‘separateidad’. (3)

En el capítulo siguiente introduce Guénon el simbolismo del triángulo para ilustrar esta relación:

“En cualquier caso se podría representar geométricamente el ámbito de que se trate por medio de un triángulo cuyo vértice es el polo esencial, y cuya base podría ser el polo sustancial, es decir, volviendo a nuestro punto, la pura cantidad concretada en la multiplicidad de puntos pertenecientes a dicha base por oposición al punto único que sirve de vértice superior.” (4)

La figura muestra con claridad la relación de inversión y proyección de la unidad del Sí Mismo en la multiplicidad de los yoes.

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Líneas abajo menciona el autor el principio de Leibnitz de la “identidad de los indiscernibles” según el cual no pueden existir dos seres idénticos porque serían, de ser idénticos, el mismo; principio este que restablece la igualdad en la unidad y más allá de la multiplicidad. De ahí que Guénon afirme “ … que tal uniformidad nunca es verdaderamente realizable.” (5) A pesar de esto sostiene: “Este es el punto hacia el que tienden, desde un punto de vista puramente social, las concepciones ‘democráticas’ e ‘igualitarias’ para las que todos los individuos son equivalentes entre ellos…” (6)

Un poco más adelante, en la misma obra, compara el filósofo la anulación del individuo en la Suprema Identidad con la anulación de la personalidad en la masa numérica: “Acabamos de decir que el individuo se pierde en la ‘masa’ o que al menos tiende cada vez más a que así ocurra; pues bien, esta ‘confusión’ en el seno de la multiplicidad cuantitativa corresponde una vez más, por inversión, a la ‘fusión’ en la unidad primigenia” (7) Y poco después: “Así, en razón de la extrema oposición que existe entre una y otra, tal confusión de los entes en la uniformidad aparece como una siniestra y ‘satánica’ parodia de su fusión en la unidad.” (8)

El proceso de progresiva descualificación e indistinción al que alude Guénon repetidas veces, y que coincide con una cuantificación –reducción a la pura cantidad- y con un descenso hacia el polo substancial del ser, coincide con la concepción substancialista del yo humano y con la indeterminación originada en la auto referencia, que ya hemos dado como estructura profunda de la mentalidad moderna y que volveremos a considerar más adelante.

Por su parte, el autor italiano Julius Evola dedicó un capítulo de su libro El Misterio del Grial al proceso de inversión de la mentalidad tradicional en la mentalidad moderna a propósito de la naturaleza de la masonería. Según este autor, la organización en cuestión es ejemplo de la inversión pura y simple de una herencia iniciática tradicional en el racionalismo moderno. La esencia de esta inversión radica en la atribución al hombre vulgar de la cualidad que sólo corresponde al iniciado. En lenguaje metafísico, esta atribución viene a coincidir con la concesión al yo de la dignidad infinita del Sí Mismo, por más que el autor no toque aquí directamente este tema: “Ya en la llamada secta de los iluminados de Baviera tenemos un ejemplo típico de la inversión de tendencias, a la que hace poco hemos aludido. Ello resulta del mismo cambio experimentado por el término ‘Iluminismo’, que, en su origen, estuvo relacionado con la idea de una iluminación espiritual superracional, pero que, sucesivamente, poco a poco, se hizo, por el contrario, sinónimo de racionalismo, de teorías de la ‘luz natural’, de antitradición. A este respecto, se puede hablar de un uso falseado y ‘subversivo’ del derecho propio del iniciado, del adepto. El iniciado, si es verdaderamente tal, puede colocarse más allá de las formas históricas contingentes de una tradición particular (…); finalmente, puede reivindicar para sí la dignidad de un ser libre, porque se ha desligado de los vínculos de la naturaleza inferior, humana. Del mismo modo, los libres son también los semejantes, y comunidad (sic) puede se concebida como una confraternidad. Pues bien, hasta materializar, laicizar y democratizar estos aspectos del derecho iniciático y traducirlos en términos individualísticos, por haber sufrido los principios-base de las ideologías subversivas y revolucionarias modernas (sic). La luz de la mera razón humana sustituye a la iluminación y da origen a las destrucciones del libre examen y de la crítica profana” (9)

Haciendo una referencia a Los Protocolos de los Sabios de Sión, con cuya autenticidad, sin embargo, no se compromete aquí, escribe: “El presunto Imperio es sólo la suprema concretización de la religión del hombre terrestrizado, que se ha convertido en última razón de sí mismo y que tiene a Dios por enemigo” (10) Esta conversión del hombre terrestre en última razón de sí mismo es, evidentemente, una consecuencia de la atribución al ser humano finito de las cualidades del Sí Mismo infinito, atribución de la que se desprende, como luego veremos, el ateísmo militante.

Por su parte, Coomaraswamy se aplica en distinguir el verdadero Yo (Atman, Sí Mismo) del yo de la individualidad finita del que, haciendo una crítica al racionalismo de la concepción vulgar, niega la verdadera existencia: “Todas nuestras tradiciones metafísicas, sean la cristiana u otras, mantienen que ‘hay dos en nosotros’, este hombre y el Hombre en este hombre; y que esto es así es todavía una parte y parcela de nuestro lenguaje hablado en el cual, por ejemplo, la expresión ‘control de sí mismo’ implica que hay uno que controla y otro sujeto a controlar, pues sabemos que ‘nada actúa sobre sí mismo’. De estos dos ‘sí mismos’, el hombre interior y el exterior, la ‘personalidad’ psicofísica y la Persona verdadera, está construido el compuesto humano de cuerpo, alma y espíritu. De estos dos, por una parte el cuerpo y alma (o mente), y por otra el espíritu, uno es mutable y mortal, el otro constante e inmortal; una ‘deviene’, el otro ‘es’, y la existencia del que no es sino que deviene, es precisamente una ‘personificación’ o ‘postulación’, puesto que no podemos decir de algo que nunca permanece lo mismo que ‘es’. Y por necesario que pueda ser decir ‘yo’ y ‘mío’ para los propósitos prácticos de la vida cotidiana, nuestro Ego de hecho no es nada más que un nombre para lo que realmente es sólo una secuencia de comportamientos observados”(11). Y más tarde: “No podemos tratar la doctrina del Ego extensamente; diremos solamente que, en cuanto al Maestro Eckhart y a los sufís se refiere, ‘Ego, la palabra Yo no es adecuada para nadie excepto para Dios en su mismidad’” (12). En la atribución de un yo real a la finitud radica para este autor el ser de lo satánico: “Es su orgullo (mâna, abhimâna, “oiema”, “oiesis”: opinión-de-sí-mismo, pago de sí mismo) la convicción satánica de su propia independencia (asmimâna, ahamkâra, el cogito ergo sum…)” (13).

Por su parte, Frithjof Schuon, en su ensayo Castas y Razas nos recuerda que existe una dimensión diferencial y una dimensión igualitaria de lo humano, legítimas ambas en la medida en que responden a dos aspectos de la realidad: “El sistema de las castas, como todas las instituciones sagradas, descansa en la naturaleza de las cosas o, más precisamente, en un aspecto de ésta, en una realidad, pues que (sic) no puede dejar de manifestarse en ciertas condiciones; la misma observación vale para el aspecto opuesto, el de la igualdad de los hombres ante Dios. En suma, para justificar el Sistema de castas, basta plantear la cuestión siguiente: ¿Existen la diversidad de calificaciones y la herencia? Si existen, el sistema de castas es posible y legítimo. Y lo mismo para la ausencia de castas, donde ésta se impone tradicionalmente: ¿Son iguales los hombres, no tan sólo desde el punto de vista de la animalidad, que no se discute, sino del de sus fines últimos? Es seguro, pues todo hombre tiene un alma inmortal; así pues, en alguna sociedad tradicional esta consideración puede prevalecer sobre la de la diversidad de calificaciones (…) No cabe imaginar mayor divergencia que entre la jerarquización hindú y el nivelamiento musulmán, y sin embargo, no hay en ello más que una diferencia de énfasis…” (14). Después de esta diferenciación de niveles, Schuon arremete contra el igualitarismo moderno: “La uniformización moderna, que hace que el mundo se estreche cada vez más, parece poder atenuar las diferencias raciales, al menos en el plano mental y sin hablar de las mezclas étnicas, y esto no tiene nada de sorprendente si se piensa que esta civilización uniformizadora está en las antípodas de una síntesis por arriba, es decir, que se funda únicamente en las necesidades terrenas del hombre” (15).

Aquí tenemos de nuevo el tema del igualitarismo moderno en su uniformización de lo múltiple como inversión de la unidad trascendente. Creemos que queda con esto suficientemente expuesta la diferencia que existe entre este igualitarismo y la espiritualidad tradicional.

III. Filosofía moderna e igualitarismo

Hemos esbozado lo que podría ser una crítica al igualitarismo desde el lenguaje de la Tradición. Quisiéramos ahora introducirnos en el mismo tema con los métodos y la perspectiva de la filosofía moderna.

Al principio hacíamos radicar en la concepción substancial del yo humano la indeterminación que hay que buscar necesariamente para explicar el origen del igualitarismo: en efecto, sólo en la desconsideración de todas las determinaciones diferenciales puede fundarse el igualitarismo. Probablemente como un reflejo del fundamento Absoluto que es Atman y que se halla más allá de toda determinación finita, la razón discursiva tiende a poner en la indeterminación el fundamento de todo ente particular, y así se origina el concepto de substancia: la materia (“materia prima”) es la substancia de los seres a los que accedemos por los sentidos exteriores y el yo es la substancia de la vida interna. La indeterminación substancial es la imagen invertida de la determinación universal de Atman. Parece estar en la naturaleza de la función causal de la razón discursiva el no satisfacerse jamás con determinaciones particulares, el que estas aparezcan como contingentes y carentes de razón suficiente en sí mismas. La razón suficiente debe buscarse legítimamente en la determinación universal. Ahora bien, la razón discursiva no contiene tal concepto, y como pretende constituirse en sistema cerrado, se ve obligada a poner como fundamento la pura indeterminación. Así nace el concepto de substancia como fundamento del ser. El origen del error igualitarista se encuentra, por tanto, en la ilegítima pretensión de la razón discursiva de ponerse como modelo cerrado. La importancia de este error aparecerá aún más clara en lo que sigue: es el mismo conato de la razón discursiva de encontrar en sí misma lo infinito el que la condena a producir una parodia de la infinitud en la vacía indeterminación del yo puro. Así se genera un infinito abstracto, lo que Hegel llamaba un “universal abstracto” o “negativo” que implica la confusión de la perfecta cualificación divina con la infinitud extensiva y numérica que nunca puede de hecho ser infinita sino sólo potencialmente, esto es, indefinida (16).

La razón discursiva, así como el mundo manifestado al que conviene, están incapacitados para la infinitud por la sencilla razón de que su ser, en cuanto manifestado, contiene una finitud constitucional. Para adquirir infinitud, la razón discursiva tendría que ser capaz de cerrarse a sí misma, esto es, de referirse a sí misma para fundamentarse. Ahora bien, esto es precisamente lo que no puede hacer. Y la causa es la siguiente. Está en la naturaleza de la razón discursiva el contener la dualidad referente/referido que puede aparecer en las formas de forma/materia, predicado/sujeto lingüístico, sujeto/objeto, etc., según la esfera epistemológica a la que estemos aludiendo. En virtud de esa división interna –que le presta su naturaleza finita-, la razón discursiva no puede referirse a sí misma, porque precisa de una materia ajena y previa sobre la que ejercer su función de referencia. La ausencia de esta materia o contenido, única situación en la que sería posible la auto referencia, deja al discurso en un formalismo vacío, es decir, cuando la razón discursiva intenta cazarse a sí misma sólo encuentra una cáscara vacía, pura indeterminación. Intente el lector decidir si la siguiente oración afirma verdad o mentir:

    “esta oración es falsa”

Es la famosa paradoja del mentiroso. Con todo, la indeterminación es igual de obvia en esta auto referencia sin contradicción:

    “esta oración es verdadera”

También aquí es imposible decidir sobre la verdad o falsedad del enunciado. La auto referencia está, pues, en el origen de las paradojas lógicas, la paradoja del conjunto de todos los conjuntos que no se contienen a sí mismos que descubrió Russel y otras similares que presentan la misma estructura auto referente que el Teorema de Gödel. Kurt Gödel desarrolló una demostración de que el modelo en el que Russell y Whitehead intentaron formalizar la aritmética resultaba incompleto: existía al menos un enunciado verdadero que no podía demostrarse, y ese enunciado era, desde luego, auto referente (17). El Teorema de Gödel puede considerarse la demostración de la incapacidad de la razón discursiva para cerrar su modelo. En los sistemas ideales, la auto referencia provoca indeterminación, pero, como ningún sistema real puede ser indeterminado, la auto referencia ha de ser imposible en ellos (18). Eso quiere decir que en la función mental de referencia no puede darse la verdadera auto referencia, o sea, que el yo es imposible. Ningún sujeto puede referirse a sí mismo, pensarse o captarse a sí mismo porque no captaría a la vez su captarse a sí mismo, y por tanto no se captaría verdaderamente como es en el momento de la captación. Manfred Frank, en un libro reciente (19), ha hecho una revisión de este problema –sin solución- en la historia de la filosofía contemporánea. Un gato no puede cogerse la cola y una conciencia no puede tener verdadera autoconciencia: podemos decir que necesitaría poder revolverse a velocidad infinita, y en ningún sistema real está permitida la velocidad infinita: en el sistema del universo físico, por ejemplo, y según la Relatividad restringida, no puede superarse la velocidad de la luz (20).

Por tanto, el yo como figura real en la mente finita es imposible. ¿Cómo es que existe el yo entonces? Creemos que sólo cabe una respuesta: nunca como figura real sino siempre como “estructura” ideal. La naturaleza ideal del yo explicaría que la Tradición hablase de un solo yo –Suprema Identidad- y su confusión con un ser real en la ideología moderna explicaría el postulado de la igualdad de una pluralidad indefinida de yoes. Los seres ideales no admiten multiplicidad: el Teorema de Pitágoras es uno y el mismo aunque esté escrito en mil pizarras. La confusión del yo con una estructura real implica un error “formalista”, implica el creer que el referente puede tenerse a sí mismo como referido. El yo, pura relación consigo mismo, pura forma, al ser tenido por real desplaza el contenido real de la personalidad humana –sus determinaciones de sexo, raza, cultura, etc.- y la vacía sustituyéndola por una pura forma. El relleno de la forma con pura forma es lo que provoca la indeterminación –siempre “ideal”- y permite el igualitarismo.

La simple distinción de niveles, la articulación en instancias diferentes de lo real y lo ideal, de lo material y lo formal, permitiría deshacer los equívocos del igualitarismo. Cuando, con voluntad de equidad, decimos que todos los hombres son iguales o todos los pueblos son iguales, no queremos decir que sean o deban ser materialmente iguales, sino, en el fondo, que cada uno es igual de importante para sí mismo que cualquier otro, aunque esa forma de la autoconciencia encierre en cada caso un contenido muy diferente: la forma de la auto referencia se ejecuta en cada caso sobre una materia diferente; la presencia de esa materia impide el error formalista y la indeterminación aunque, lógicamente, impide a la vez que la auto referencia sea verdadera como real.

La auto referencia parece el fenómeno distintivo de nuestra cultura: no sólo la encontramos en el yoísmo, o en las paradojas lógicas, o en Gödel, Escher, Bach; está también en las relaciones de incertidumbre de Heisenberg, en la especulación bursátil, en las expectativas económicas autoconfirmadas, en el formalismo de la democracia liberal. Está por doquier. Es la gran falacia de la espiritualidad moderna y a la vez el límite definitivo de una cultura construida sobre la pretensión de la razón discursiva de cerrarse sobre sí misma soltando todo contenido finito, en una parodia de la verdadera infinitud. Es la figura madura del racionalismo moderno. Pero el intento de la razón discursiva de cerrarse sobre sí misma en el bucle de auto referencia implica un dejar de lado el contenido real finito al que esta razón tiene necesariamente que estar referida; implica, en consecuencia, una desatención de la finitud real y su substitución por la pura forma. Cuando este vaciado se ha realizado sobre el concepto del hombre, aparece el yoísmo y, con él, el igualitarismo. Ahora bien, el sello del yo pretendido real no sólo desconsidera el contenido real finito del hombre, sino que además impide tenazmente la evolución hacia el verdadero Yo como se manifiesta en la Suprema Identidad. Por esta razón se habla en todas las tradiciones espirituales de la necesidad de la aniquilación del yo como etapa imprescindible para la realización espiritual.

Esperamos que esta introducción del problema en lo términos de la filosofía moderna haya servido para demostrar la posibilidad de acercarse a la Tradición con estos medios: jamás será posible acceder con el discurso al verdadero núcleo de la espiritualidad, en la medida en que éste se halla más allá de todas las limitaciones de la razón finita, pero si se tiene en cuenta que la razón discursiva, incapaz de cerrarse positivamente, sí es, con todo, capaz de cerrarse negativamente, esto es, de comprender sus límites, no hay nada extraño en que sea posible un tratamiento fecundo de este problema en los términos de la Lógica y la filosofía modernas.

IV. Conclusión

El modelo yoísta, sobre el que está construida toda la ideología moderna y con ella nuestras instituciones sociales, es una enorme falacia racionalista. No es el resultado perfeccionado, racionalizado o secularizado de la herencia de la tradición espiritual, sino más bien su imagen invertida. Eso no significa, sin embargo, que no conserve un ápice de la verdad espiritual originaria: la Tradición misma nos advierte que nada puede subsistir si no contiene la presencia de la verdad en algún sentido y en alguna medida. El igualitarismo moderno es la imagen invertida, pero es la imagen de la Suprema Identidad. En el sentimiento igualitarista existe sin duda una reminiscencia del anhelo espiritual original, por muy desviado que haya sido, por paradójicas y desastrosas que resulten sus consecuencias.

La ideología de la modernidad sólo podrá ser superada si se asume, respeta y mejora la verdad que existe en ella, y la única manera de hacerlo es restituirla a su fuente originaria. Si el modelo del yo puro, libre, igual y supremo ha proporcionado un paradigma ideológico a la ordenación política y jurídica, universal y fácilmente inteligible, elegante, formal y de apariencia racional, un perfeccionamiento no podrá venir de cualquier formulación particular, contingente, voluntarista o arbitraria. Sólo un paradigma igualmente universal, pero de racionalidad superior, se constituirá en posibilidad de un verdadero paso adelante. En la constatación de que el racionalismo moderno ha fracasado y de que su fracaso amenaza la racionalidad misma, debilitada ante la oscilación hacia el irracionalismo, puede ser oportuno el proponer que se tome en consideración la doctrina de la espiritualidad tradicional. Es muy posible que la única alternativa a la igualdad universal sea la Suprema Identidad. El ideal de la infinitud del yo real quizá no pueda ser substituido más que por el ideal de la evolución espiritual hacia el Yo trascendente; en la medida en que esta evolución es siempre personal y libre, este ideal se convierte en garantía de la libertad más profunda; el ideal de universal equidad que pueda encerrar el igualitarismo es expresado en su forma correcta por la Suprema Identidad; pero, además, estas formulaciones, al atenerse al orden real de las cosas, se verán libres de efectos paradójicos: sabrán hacer un sitio a los derechos de la finitud.

Por este camino tal vez lleguemos algún día a las verdades del sentido común; a entender, por ejemplo, que lo equitativo no es que todos –en igualdad material- calcemos el mismo número de zapato, sino –en igualdad formal- que cada uno calce el suyo. Podremos quizás entender en un sentido más correcto y más profundo la conocida prédica de San Pablo:

“Todos, pues, sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Porque cuantos en Cristo habéis sido bautizados, os habéis vestido de Cristo. No hay ya judío ni griego, no hay siervo o libre, no hay varón o hembra, porque todos sois uno en Cristo Jesús.” (Gálatas 3, 26-28).

Notas:

(1) Toshikiko Izutsu, Philosophie des Zenbuddhismus. Rowohlt Taschenbuch V. Renbek bei Hamburg, 1986.

(2) De Civitate Dei, XII, 6.

(3) Ed. Ayuso. Madrid, 1976. pp. 55-56

(4) Ibidem, pp. 57-58

(5) Ibidem, p. 59.

(6) Ibidem.

(7) Ibidem, p. 74.

(8) Ididem, p. 75.

(9) Plaza y Janés, Espulgar de Llobregat, 1977. pp. 289-290. (Nota difusor: hay traducción más reciente en José de Olañeta Editor)

(10) Ibidem, p. 301.

(11) “¿Quién es Satán y dónde está el Infierno?” en “Búsqueda”, nº 0. Ed. Sirio, Málaga, 1990.

(12) Ibidem.

(13) Ibidem.

(14) José de Olañeta Editor. Barcelona 1982. p. 7.

(15) Ibidem, p. 46.

(16) Véase: Guénon, René: Les Principes du Calcul Infinitésimal. Gallimard, 1946, pp. 13 y siguientes.

(17) Hofstadter, Douglas. Gödel, Escher, Bach. Un eterno y grácil bucle, Tusquets, Barcelona, 1987.

(18) Nuestra argumentación es correcta aunque aparentemente quepa buscar auto referencias que no provoquen indeterminación; no podemos ampliar aquí la discusión.

(19) Selbstbewusstseinstheorien von Fichte bis Sartre, Suhr-kamp, Frankfurt am Main, 1991.

(20) Dice Guénon que en el mundo manifestado es imposible trazar una circunferencia : el punto en el que termina el trazo no es ya el mismo en el que empezó. El Simbolismo de la Cruz. Ed. Obelisco, Capellades, 1987. p. 114.

Publicado en la revista Hespérides, nº 2, especial dedicado a la Tradición.


LA TRADICIÓN - TEXTOS TRADICIONALES

Ciencia versus Religión: la visión india.

publicado a la‎(s)‎ 4 mar. 2017 10:04 por Ricardo Cob   [ actualizado el 24 abr. 2018 8:19 ]

     
por Joaquín Albaicín – La lectura de un voluminoso libro recién salido de imprenta me ha hecho retroceder con nostalgia bastantes años atrás en el tiempo. Viajaba en avión desde Benarés hacia Delhi, un vuelo que se suponía duraría poco más de una hora. Por razones que nadie me aclaró nunca, tres horas después seguíamos en el aire mientras el piloto se disponía a tomar tierra en Bhubaneswar, algo así como el quinto pino. Aguardamos bastante en la sala de espera antes de volver a surcar los aires ya retomado el rumbo, y estaba fumando cerca de la pista de aterrizaje, contemplando una maravillosa puesta de sol, cuando entablé larga y cordial charla con otro pasajero algo mayor que yo y que hablaba muy bien español, Avinash Chandra. Al llegar a Delhi intercambiamos nuestras direcciones y teléfonos, nos despedimos y no hemos vuelto a vernos, aunque habremos cruzado algún que otro correo de cortesía en el curso de los años.

Pero no cabe duda de que Avinash Chandra ha debido seguirme como lector, pues es el autor de ese libro publicado por José J. de Olañeta que acabo de recibir en mi buzón: El científico y el santo. Los límites de la ciencia y el testimonio de los sabios, en el que tengo el honor de que se refiera a un escrito mío y, además, el de ser citado en el índice onomástico como parte de una lista de “científicos, pensadores y santos”de diferentes épocas y lugares. Hasta la salida a la calle de esta obra, cuando mi nombre ha sido incorporado a las listas de esa clase adosadas a libros de temáticas menos específicas, Albaicín, Joaquín solía por lo general aparecer entre Alba, Cayetana y Alberti, Rafael, lo que se convendrá que es caminar más que bien posicionado alfabéticamente por la vida. Pero figurar -como figuro- en el índice del libro de Avinash Chandra entre el Sheykh Ahmad al-Alawi y San Alberto Magno, la verdad es que supera todas mis expectativas, en especial si se repara en que entre los pocos citados en la misma página se encuentran San Agustín de Hipona, Abulafia y Abraham, padre espiritual de judíos, cristianos y musulmanes. Como no soy científico, quiero pensar que Chandra me taxonomiza en el grupo de los pensadores tirando a santos.

No está la vida como para desaprovechar la ocasión de adquirir este libro, que conforma ante todo una sosegada, pero implacable reivindicación del sentido común frente a la vesánica chifladura que en los últimos doscientos años ha convertido el mundo, merced a la desatada expansión de la civilización occidental moderna, en una degollina perpetua acompañada de la tala de todos los bosques donde los blackwaters de la globalización han creído detectar la existencia de un bosque donde crecieran los Árboles de la Sabiduría. La fantasía darwinista y sus propagadores han sembrado en la mente de los occidentales la absurda creencia en que, como son los humanos más “evolucionados”, ostentan el derecho y el deber de imponer al mundo entero su rígida y endeble cosmovisión basada en el ateísmo práctico, el culto a la tecnología y la simiesca ficción antedicha, cuya autenticidad jamás ha sido probada por científico alguno y que no es en verdad más que un conjunto de maximalismos ideológicos reciclados para integrar los principios dogmáticos de una religión laica.

En efecto, teniendo en cuenta que las ciencias actuales no resultan sino de la fragmentación y degeneración de las antiguas ciencias tradicionales, ¿resulta lógico, como se pregunta Chandra, que se considere normal que las hipótesis científicas renuncien a fluir en armonía con la visión de las cosas sostenida siempre, desde que el mundo es mundo, por los más eminentes pensadores? Frente a la chusca polémica librada entre darwinistas y “creacionistas” (resultante esta última de la incomprensión y olvido por los propios cristianos de los fundamentos doctrinales de su propia tradición), son de gran interés y valor las precisiones por él señaladas acerca de la doctrina emanantista sobre el origen del mundo, subyacente a todas las doctrinas tradicionales, si bien de modo más explícito en el hinduismo y el taoísmo. Y son importantes sus reflexiones sobre cómo a las herramientas propias de la ciencia positiva se les escapa tanto el concepto como la esencia de la consciencia, que es eje del pensamiento metafísico indio.

Los meros hechos no significan nada aislados de su contexto, el cuerpo no se explica sin el alma que lo anima ni ésta sin el Espíritu que es su origen causal, lo cual esclarece Chandra de cabal modo con su precisión de que la circunstancia de que los niños no vean a la persona que maneja los hilos de los títeres no significa que ésta no exista. Otra buena apreciación es su subrayado del comentario de Gagarin en el sentido de que no había visto a Dios en el espacio exterior: C. S. Lewis, nos recuerda Chandra, “observó que esto era como si Hamlet fuera al ático de su castillo a buscar a Shakespeare”…

En un mundo globalizado en el que incluso los occidentales que aún dicen sostener alguna clase de creencia religiosa viven fascinados por el culto a la tecnología, pues predomina una visión exclusivamente racionalista y cientifista de todo, es muy infrecuente que hasta quienes escriben sobre cuestiones de orden religioso o metafísico no lo hagan desde un eurocentrismo y una minimización de fuentes atroz. En efecto, y como observara Huxley: “La mayor parte de autores de libros sobre religión y metafísica, tanto europeos como americanos, escriben como si nadie hubiera pensado nunca sobre tales temas salvo los judíos, los griegos y los cristianos de la cuenca del Mediterráneo y la Europa Occidental”. En India, en cambio y como Chandra nos apunta, la tolerancia religiosa “se basó siempre en la creencia de que todas las religiones son verdaderas, al menos desde un cierto punto de vista, y de que las diferentes personas necesitan diferentes caminos espirituales”. Nada distinto del recordatorio por William Blake de que: “Las diferentes religiones de todas las naciones se derivan de la diferente recepción por cada nación del genio Poético, llamado en todas partes el Espíritu de Profecía. (…) Así como todos los hombres son semejantes (aunque infinitamente variados), así todas las religiones y todo lo que es similar tiene una única fuente”.

Platón, Guénon, Schuon, Lings, Eckhart, Coomaraswamy, Bernardo de Claravall, Jacob Boehme, Leonardo, William Law, Rajiv Malhotra, Plotino, Omar Khayyam, Shankaracharya… cuyas palabras son traídas aquí a colación, nos reafirmarán en ello. Ciertamente, el presente divorcio inamistoso entre ciencia y espiritualidad no podrá ser resuelto a menos que, como sugería Elémire Zolla, la primera deje de usurpar el papel de ama de la casa y acceda a regresar a su lugar de criada. El problema, claro, estriba en que, en el presente estado del mundo, los individuos supuestamente movidos por razones de espiritual índole suelen ser tan materialistas y obtusos de mente como los cientifistas, con lo que admito no saber qué ganaríamos en firme con la reinversión de los papeles, dejando de ser gobernados por los ulemas de la ciencia para pasar a convertirnos en súbditos de los ulemas de un cristianismo en poco distinto a una ONG o de un Islam cada día más parecido al mormonismo. Porque del darwinismo al “creacionismo” hay, ciertamente, muy poca distancia ontológica. Me temo que alguna catástrofe de gran magnitud vendrá a reducir a cenizas esta pseudo civilización antes de que el debate nos haya llevado a parte alguna.

Quizá entonces empiece a aclararse el panorama…





Sobre las Cuatro Mahavakyas por José Manuel Martínez Sánchez.

publicado a la‎(s)‎ 14 dic. 2016 7:06 por Ricardo Cob   [ actualizado el 5 ene. 2018 16:00 ]


(O GRANDES SENTENCIAS DEL VEDANTA ADVAITA) 


"Mahavakya" significa "gran contemplación", son las grandes sentencias que se hallan en las Upanidads (recogidas por Shankara, el gran sistematizador y comentarista del Vedanta) y aunque hay más de cuatro, se denominan las Cuatro Mahavakyas a las más importantes de todas ellas, que ejemplifican la esencia del Vedanta en cuanto a expresiones que representan los contenidos fundamentales del pensamiento vedántico. Estas expresiones son fuente constante de reflexión y meditación dentro del contexto del Vedanta Advaita o no dualista. En tres de las cuatro mahavakyas aparece la palabra Brahma, cuya raíz etimológica significa "conocimiento" y "expansión", aquello que todo lo impregna. Significa, por tanto, el mundo o el universo entero manifestado. También se traduce por la Realidad Absoluta. Veamos la primera de estas cuatro sentencias para ir profundizando:


1. Prajnanam brahman.

Esta sentencia, que aparece en la Aitareya Upanisad, podría traducirse por "Brahman es el Conocimiento Inmediato o Supremo. Decimos "inmediato" por el prefijo "Pra" que significa "antes de" y que precede a Jnana", conocimiento. Jnana Yoga se denomina generalmente también al yoga del conocimiento no-dual. Si antes tradujimos "Brahman" como la Realidad Absoluta podríamos inferir que el significado de esta sentencia diría algo así como que la la Realidad Absoluta es el Conocimiento Inmediato o Supremo. Aunque parezca una tautología, si miramos de más en profundidad la frase, advirtiendo también que esa realidad absoluta equivale también al Mundo, nos daremos cuenta que el conocimiento real del mundo se obtiene con el conocimiento inmediato, antes de que lleguen los pensamientos, imágenes, sensaciones y otros elementos guardados en la memoria. El conocimiento del mundo es inmediato en cuanto a su realidad absoluta que es antes de cualquier otro conocimiento secundario.


2. Tat Tvam Asi

En la Chandogya Upanisad encontramos esta sentencia que se traduciría como "Tú eres Eso". Antes dijimos que en tres de las grandes sentencias aparece la palabra Brahma, pero en ésta, aunque no aparece, el Eso (Tat) apunta a Brahma. Apunta y va más allá de Brahma al mismo tiempo, va más allá en el sentido de que no lo nombra, va más allá de la palabra, de lo representado, para presentar esa realidad absoluta como innumerable y acaso incognoscible. Y aquello a lo que apunta, tan absoluto que no hay palabra que lo abarque, es lo que eres. Brahma, como palabra, señala a la esencia, al igual que una joya es el oro, así un alma es Brahma o una ola es el océano. Esto es fundamental comprenderlo para no confundir Brahma con "algo", pues aunque toda palabra tiene "nombre" y "forma", lo que señala en este caso no lo tiene, pues es el origen y materia prima de todo nombre y forma. Por eso también se le llama ESO, pues ¿quién puede nombrarlo? Sentencia que el maestro repetiría sin cesar a su discípulo, sentencia que señala dos realidades, un Tú y un Eso como un mismo Ser.


3. Aham Brahmasmi

Aquí, en esta sentencia recogida de la Brihadaranyaka Upanisad, la perspectiva es desde uno mismo. Ahora, la identidad de Brahma nos invita a introducirla en nuestro interior. Aham, lo interno, el yo, se identifica con la realidad absoluta, y, por tanto, se deduce que esa realidad absoluta no está fuera sino dentro de nosotros, que somos la misma cosa. Igual que reconocíamos que la joya es el oro, ahora asumimos que nosotros somos la joya y que aquello de lo que estamos hechos, más allá de nuestra forma aparente llamada "joya", es oro, es Brahma. He aquí esa famosa pregunta, ¿quién soy yo?, esa indagación que tanto recordaba Ramana Maharshi, como el método infalible del autoconocimiento. Esa pregunta, sin duda, nos conduce a esta misma realidad. Realidad que, más allá de una sentencia, de unas palabras, es un reconocimiento íntimo, interno, más allá de cualquier pensamiento, cuya identidad esencial se reconoce Brahma, la realidad absoluta.


4. Ayam Atma Brahma

En la Mandukya Upanidad se lee esta sentencia. Se traduce por "Este Atma es Brahma", donde se iguala la identidad entre Atma y Brahma, entre uno mismo y la realidad absoluta. Como anteriormente se dijo la ola individual del océano es el océano mismo. Aquí se despeja la gran incógnita de nuestra identidad real y su completa correspondencia con la Conciencia Absoluta. Una incógnita que, ciertamente, se despeja en la mayor parte de las mahavakyas, aunque expresada de maneras muy distintas. A diferencia de "Tú eres Eso" o "Yo soy Brahman", aquí el Ser individual está referido en tercera persona, creando una especie de conciencia testigo, donde poder asimilar la identidad sin formar parte un punto de vista personal. Hay "algo" que ve esa identidad entre el Alma y Brahma, entre todas las almas individuales y un alma universal absoluta.


Conclusiones:

Pasando del tú al yo, salimos al Él, ampliando la perspectiva, llegando al Testigo, a la fuente desde donde ver el Yo soy, que es igual a Ti, como Uno y Todo. Variando las diferentes perspectivas hay algo que no cambia, que todas son Brahma. Esa es la naturaleza de este mundo ilusorio, ese cambio de perspectivas, esa infinidad aparentes de personajes, de realidades, como un juego de sombras, como una pantalla donde está siendo proyectada una película, como una cuerda que parece ser una serpiente pero que no lo es… Podríamos poner más ejemplos clásicos o modernos para entender lo que sin duda no ha lugar a dudas (duda viene de dos), lo que sin lugar a engañe es innegable, lo que por mucho que se repite a veces no puede verse pero no por ello no deja de ser evidente. Lo que desde el principio de los tiempos habita como una gran dualidad fuente de toda ignorancia y engaño: el ego, la mente divisoria, la maya que todo lo vela en el juego cósmico (lila). Pero, sin embargo, finalmente, cuando todo queda despejado, cuando el agua se calma y transparenta la esencia de todas las cosas, en ese momento sin tiempo, puede verse la verdad que todo lo impregna, Brahma, como la verdad también de nosotros mismos. De Tí, de Mí, de Eso, del Atma… Todas las personas, todas las perspectivas, todos los mundos… todo es Uno, o es sin Dos. Todo es Brahma, la Realidad Absoluta. 


Cerebro de pan del Dr. David Perlmutter y Kristin Loberg.

publicado a la‎(s)‎ 15 sept. 2016 12:56 por Ricardo Cob   [ actualizado el 18 may. 2018 16:24 ]


https://sites.google.com/site/tradicionrc/colaboraciones/_draft_post/cerebro%20de%20pan.jpg
Uno de los libros que tengo en la lista de leer urgentemente es “Cerebro de Pan“ PDF, la devastadora verdad sobre los efectos del trigo, el azúcar y los carbohidratos, del Dr. David Perlmutter. Me lo han recomendado dos amigos en los que tengo gran confianza, en estos temas sobre medicina natural y nutrición: Flora Müller y Donner Espinal, ellos están ilusionados con la información que han encontrado en este libro. 
El Dr. Perlmutter es un renombrado neurólogo norteamericano que, además, es nutricionista. Su enfoque en el tratamiento de enfermedades neurológicas está basado en la nutrición. Además de médico y escritor, Perlmutter da conferencias en universidades como Harvard, Columbia o la Universidad de Nueva York. Escribe en el Huffington Post y es consejero médico del famoso programa televisivo “El show del Dr. Oz”. También ha publicado artículos en el Journal of Neurosurgery, el Southern Medical Journal, el Journal of Applied Nutrition y en Archives of Neurology. Por si fuera poco, ha recibido premios por su enfoque en el tratamiento de enfermedades neurológicas como el Linus Pauling Award en 2002, el premio Nacional al Nutricionista del año de la Asociación de Nutricionistas Norteamericana en 2006 o incluso el premio al Medico Humanista del año del American College of Nutrition en 2010. Sus apariciones en radio y televisión son numerosísimas, destacando Larry King Live, Oprah, The Today Show, CNN, 20/20, Fox News, CBS y por supuesto Dr. Oz, donde colabora desde 2002.

Pues bien, a grandes rasgos, lo que Perlmutter concluye en su libro es que la ingesta de carbohidratos, tanto refinados como no refinados, está directamente asociada con la diabetes, el Alzheimer, las enfermedades cardiovasculares y, en general, gran parte de las enfermedades neurológicas. De ese modo, Perlmutter defiende que enfermedades como el Alzheimer son reversibles a través de la nutrición, algo que ya postuló (y probó con su marido) la Dra. Mary Newport y que está relatado en este artículo.
Basándose en datos y estudios, Perlmutter relata como en 1992 el gobierno norteamericano redobló sus esfuerzos por eliminar las grasas de la dieta lo que produjo un aumento espectacular del consumo de carbohidratos. Al tiempo que se ponían de moda los productos light (bajos en grasa), aumentaba el consumo de granos, frutas y verduras. ¿Qué cifras arroja este cambio nutricional a gran escala que tuvo su punto álgido a partir de 1992? Pues según el CDC (Center for Disease Control), los casos de diabéticos en Estados Unidos se triplicaron, pasando de 7.5 millones en 1992 a 13.6 millones en 2002 y 20.9 millones en 2011. Si ya has leído mi libro La gran mentira de la nutrición, esta información no te sorprenderá, pero si todavía no lo has hecho, te puedo asegurar que hay muchas más cosas que ni te imaginas que te darían mucho que pensar en el ámbito de la nutrición.
El riesgo de padecer Alzheimer se dobla en las personas que sufren cualquier tipo de diabetes, por eso, es fundamental tratar de evitar o revertir la diabetes a través de la nutrición. Según Perlmutter, mientras el gobierno norteamericano, a través de su departamento de agricultura, nos dice que comamos lo que ellos producen, promulgándolo como el alimento más sano, nada podría estar más alejado de la realidad. Las dietas ricas en grasa -elabora Perlmutter- reducen considerablemente el riesgo cardiovascular y están directamente asociadas con la reducción del riesgo de padecer demencia. Esto se publicó en el Journal of Alzheimer’s Disease en Enero de 2012 en un estudio de la prestigiosa Clinica Mayo. Según este estudio, las personas en una dieta rica en grasas tuvieron un 44 por ciento de reducción del riesgo de padecer demencia. Aquellos sujetos en una dieta alta en carbohidratos -que los gobiernos siguen recomendando- tuvieron un incremento del 89% del riesgo de padecer dicha enfermedad. En otro artículo del New England Journal of Medicine de 2013, los investigadores concluyen que unos niveles altos de glucosa son un factor de riesgo para sufrir demencia. En el mismo artículo se asocian enfermedades degenerativas como el Alzheimer, el cáncer y las enfermedades cardiovasculares con el consumo de carbohidratos, diciendo que incluso pequeños aumentos del nivel de glucosa dañan la estructura del cerebro y conllevan la reducción del mismo. Como verás, son datos absolutamente alineados con los que yo publiqué en mi libro Adelgazar sin Milagros en 2013 y que están soportados por los testimonios de los lectores del mismo.
Perlmutter relata que de acuerdo con un artículo publicado por la doctora Deborah Barnes, de la UCSF (University of California in San Francisco) más del 50% de los casos de Alzheimer no tienen porqué ocurrir y lamentablemente ocurren y no existe tratamiento eficaz contra la enfermedad. Esto es, el 50% de los casos de Alzheimer son evitables con una correcta alimentación.
Por todo ello lo hemos puesto a vuestra disposición, esperemos que sea interesante, bienvenidos sean todos los avances de la ciencia y el conocimiento humano.


Puedes dejar tu opinión sobre este libro pinchando en la siguiente imagen:


El hombre del Tao.

publicado a la‎(s)‎ 14 may. 2016 16:52 por Ricardo Cob   [ actualizado el 18 mar. 2018 2:23 ]




El espíritu del valle nunca muere.
Tao Te King 



El corazón señala la ruta del caminante, nada busca en su camino y así encuentra las huellas más verdaderas de sí mismo. Nada hay que conseguir o que ganar... el camino está para emprenderse, confiando en el destino que nos guía tan puntual y claro como el amanecer del sol en la mañana.

El destino, el Tao, el gran camino, no puede dejar nunca de brillar, de ser lo que es, de funcionar tal y como lo hace. Y el hombre del Tao se integra con su proseguir, con su rumbo natural y sigue su estela como nuestra mirada se fija y se detiene inevitable cuando vislumbra la belleza, una melodía nacida del alma o un riachuelo rebosando frescura y trasparente esplendor de agua y pájaros cantores.

El hombre del Tao no tiene un destino, su destino es estar siempre abierto a la verdad natural del ser, al punto donde todo nace más allá de todo nacimiento, al centro que comprende todos los centros. El gran camino del Tao nada guarda para sí, solamente ofrece lo que es. Es completo dar...

El gran Tao nos entrega todo sin pedir nada y somos Uno en él... sin formas, sin nombres, sin espacios que limitar... El gran Tao está abierto como el cielo, como el universo... acogiéndolo todo, desde un aparente vacío que es amor total lleno de sí mismo.

El gran Tao es eterno y puede contemplarse desde todos los lugares, puesto que no hay lugar que no esté inundado de él. El hombre del Tao ni siquiera pertenece al Tao, y vacío de pertenencia vive el completo y continuo encuentro de su ser real.

Una batalla se ha librado y se ha ganado... Pero la paz siempre estuvo ahí... más allá del movimiento de los opuestos. El Tao parece oculto, como el latido del corazón que apenas se percibe. Pero es por él que todo late, que todo vive y que todo muere para volver a nacer.

Y sólo hay una cosa que no nace ni muere... el Tao. Lo que absolutamente Es.

El hombre del Tao es Uno con esta Verdad Eterna.





José Manuel Martínez Sánchez

www.lasletrasdelaire.blogspot.com


Lo eterno del ahora.

publicado a la‎(s)‎ 5 nov. 2015 11:00 por Ricardo Cob   [ actualizado el 11 abr. 2016 7:38 ]


José Manuel Martínez Sánchez  

Palabras en la no dualidad  

Cuánta vida hay en lo eterno, en lo eterno de un instante, en una mirada entregada al solo mirar, serena y deslumbrante, deslumbrada de paz. Todo lo visto, oído o soñado es uno en la mirada viva del ahora, en suma unificada hacia el infinito, siempre completa en su resultado. Porque el resultado es unísono, la resolución es la vivencia del descubrimiento de ser siendo, tal testigos del milagro de la vida, no pidiendo nada al acontecer: pues éste supone en sí mismo la más evidente culminación. Acontece sin más... y es. Ya es. Obsérvalo. No esperes al encuentro, pues el encuentro ya está aquí: en ti. Siempre lo estuvo.

Allá a donde mires será lo cierto. En lo que ves, está el ser. Y donde está el ser, está tu corazón puesto en él. Únete, intégrate en ello, y eres la unidad. Únete al ahora, y eres el ahora. Únete a lo eterno, y eres la eternidad. No hay esfuerzo en ello, no hay nada que conseguir, solamente es la fuerza de atracción que permitimos que surja al soltar aquello que nos impide movernos: la ignorancia que crea la mente. Y esa fuerza es el amor, la luz de la verdad, lo eterno en ti permitiéndose respirar más allá de la mente, en la conciencia de ser. Respira, observa y sobre todo... relájate: entonces la acción del amor surge espontánea y libre en tu corazón. Permítete ser en cada segundo la libertad surgiendo, lo eterno del ahora, el amor viviendo y resplandeciendo en ti y en todo lo que te rodea. ¿Qué más se puede pedir? 


La mirada silenciosa

Hay en las cosas un ser tan ellas mismas que las hace únicas y enteras en su contemplación. Son lo que son y en ello reside lo que tienen de perfecto, su belleza en continuo equilibrio. Y la belleza, más allá de las cosas en sí, reside en los ojos que la miran, pues ahí nace la vida al ser contemplada por la vida. Los ojos que miran con amor llenan de amor todo lo que hay fuera. La palabra que canta hace del mundo su canción. El silencio llena el abismo de la soledad cuando es escuchado en compañía del ser. La realidad es plena a través del silencio puro y amante que la eterniza. Los ojos del mundo nos contemplan a cada instante y nosotros le devolvemos la mirada, embebidos de mundo y de canción, porque la vida es un embeberse de ella con solo respirar. Y así, bebidos de aire, vividos de ser, vaciamos el aliento hacia la eternidad.

La vida se hace una en el corazón que late con ella. Tu compañía más sagrada es ese corazón que asienta en ti la vida latiendo. Cualquier inquietud queda liberada entonces, en el lugar en que la quietud es el horizonte de todo lo que se ve. La paz del silencio, ese cielo que envuelve la vida, permite a las nubes ir y venir, pero sabiendo ante todo que su naturaleza es ese cielo, ese silencio, y que las nubes son sólo fenómenos que pasan ante la totalidad y espaciosidad reposada que da lugar a cualquier manifestación. Ese cielo es el ser, el espacio de la conciencia, el mundo que es mundo, independientemente de los fenómenos que lo nombren. Cualquier nombre será siempre un adjetivo en esta conciencia que de por sí supone lo esencial y que contiene en su esencia todos los infinitos adjetivos que imaginemos añadir. El sueño imagina adjetivos, la realidad nombra lo que es. Y ese nombre último, es lo no-dual, aquello que a nada se contrapone: pues consiste en ser totalidad inclusiva a cada paso que da. Paso de aparente movimiento, pero que en verdad es un siempre aquietarse en lo total. 


Silencio escuchado

Busca la fuente en la que te has de bañar, es decir, permite que el silencio sea esas aguas que te revivan en el ser: que purifiquen tu conciencia de nacimiento total. Un baño así, desnudo de cuerpo y de memoria, simboliza un auténtico renacer. En ese baño se abandona lo que nos impide callar, ese rumor que niega a la claridad entrar y mostrarnos en lo profundo ese gran paisaje que sin necesidad de hacer nada ni de existir, por siempre está. Es la fuente que da luz a la vida y que permite que veamos no sólo las formas que ella colorea sino la luz misma en su potencia. En el silencio la mirada regresa a su fuente y descansa en la plenitud original: en la quietud del comienzo, en la raíz antes de la raíz, en la creación antes de ser creada y que ya contiene todo lo creado. La vida nace, se crea millones de veces cada segundo, desde ese origen que ya es todo el tiempo y toda la eternidad. Es la fuente primordial, el gran Tao, en que nos bañamos naciendo originales a la verdad completa: aquello que eres ahora y siempre. El hombre, la tierra, el sol, el universo, lo infinito... contenidos en ti y tú contenido en ellos. Latente y partícipe, silencioso y creador, tangible e ilimitado. No hay diferencia ni separación alguna al mirar el todo desde el todo. 


Total como el ahora, tu corazón puede estar aquí, en este instante sin tiempo. Estar en la presencia para divisar lo indiviso, la exactitud del presente. Todo lo que hay aparece en el presente, sin pasado ni futuro, regalándonos la calma de lo completo, de una realidad ya realizada y mostrándose tal cual. Por ello, el presente no tiene tiempo, es el único punto del tiempo que verdaderamente vivenciamos y desde el cual se puede vivenciar igualmente la eternidad. El presente es la morada del ser, el punto donde nace continuamente lo no-nacido, lo perpetuo existente, la llama constante que moviliza la manifestación de las cosas del mundo. Por ello, estar en el presente es estar donde está todo, y el único esfuerzo que requiere lograr esa presencia es tomar consciencia de tu estar aquí. Esfuerzo aparente, pues aunque no tomes consciencia siempre estarás aquí en el presente. Esfuerzo, por tanto, que consiste en abandonar todo esfuerzo para dejarse ser en lo que es. No en la mente, que sólo sueña ser; sino en la conciencia-testigo, aquella que ve el sueño de su estar desde la realidad del ser. Realidad incognoscible, pero que nos penetra como el aire en lo vital del presente. Realidad invisible, pero que da luz a la vista y con ella a todos los fenómenos de la conciencia, no siendo los fenómenos la luz misma sino la conciencia en que aparecen, que ilumina a todos por igual, sin preferencias ni distinciones. Realidad, en conclusión, que, de sólo estar ahí, ya es realización. 


Sin tiempo ni dualidad

Comprender la eternidad es tan sencillo como no decir: ayer, hoy ni mañana. Consiste en no temporalizar, en no poner límites a lo que de por sí es ilimitado. ¿Acaso tiene tiempo el silencio? ¿Quién puede decir -en el silencio- que este silencio ha durado cuatro segundos? En el momento de decirse ya no hay el silencio, lo natural, quedando sustituido por un contenido mental ficticio creador del tiempo: de una representación de la realidad subjetiva, en paralelo, que pretende seguir lo que en realidad no tiene una continuidad lineal. Por ello, ese viaje en paralelo a través de la dimensión del tiempo no puede hallar la eternidad representándola en su peculiar dimensión limitada. Sólo queda olvidarlo todo, sacudirnos todos los conceptos mentales, todas la líneas paralelas y duales, para entrar al silencio sin tratar de contar los segundos que callamos.

Todo el conflicto puede plantearse como un estar cambiando de estación todo el tiempo, pero sin nunca coger el tren en el momento adecuado. Es decir, todo ese esfuerzo supone perder siempre el tren; o, digámoslo de forma más precisa y veraz: no hay ningún tren que coger y por tanto, ninguna estación a la que dirigirse. ¿Puede comprender eso la mente? Sería una buena pregunta. ¿Puede comprender eso el silencio? Parece que esta última pregunta resulta innecesaria pues carece de todo fundamento. No para la mente, pero sí para el silencio. ¿Estamos ante una dualidad (mente/no-mente) o ante un trayecto de inevitable conciliación? En la no-dualidad no hay siquiera conciliación, pues significa el matrimonio perpetuo de los opuestos. Los opuestos nunca han sido opuestos en realidad, pues carecen de nada a qué oponerse: el amor los mantiene unificados y en armonía al no verse contrarios, sino completos. El amor es el silencio que habla o que calla sin referirlo al tiempo, ni a la mente, ni a nada distinto a lo que es en realidad: amor completo sin objeto. 



Charles Upton, El sistema del Anticristo y la crisis mundial.

publicado a la‎(s)‎ 25 jul. 2015 2:46 por Ricardo Cob   [ actualizado el 21 jul. 2017 9:05 ]


La Globalización y el Gobierno Mundial no son, en mi opinión, el Sistema del Anticristo, aunque se cuenten entre los factores que harán dicho régimen posible. Creo que el sistema del Anticristo emergerá -está, de hecho, emergiendo- del conflicto entre el Nuevo Orden Mundial y el abanico de reacciones militantes contra él.

En la época de Jesús, el Gobierno Mundial era el Imperio Romano. Los zelotes eran los revolucionarios antirromanos. Jesús tuvo cuidado de no hacer declaraciones que pudieran comprometer la causa de los zelotes y hacerle aparecer como colaborador de los romanos, pero también se relacionó con centuriones y agentes de Roma, como los recaudadores de impuestos judíos, escandalizando a muchos patriotas hebreos. Surgió del pueblo llano, oprimido tanto por Roma como por las clases dominantes coloniales judías que hacían el trabajo sucio a ésta, y denunció a esos sectores -escribas, fariseos, saduceos y herodianos- que hacían causa común con el Imperio, en tanto no dijo una palabra contra los zelotes y los esenios. Pero no se identificó con la "vanguardia" violenta que actuaba en nombre del pueblo. Podemos decir, por tanto, que, por las mismas razones que Cristo evitó ser identificado tanto con el Imperio Romano como con sus oponentes activos, deberíamos ser cuidadosos y no identificar estrictamente al Anticristo ni con el Gobierno Mundial ni con el terrorismo antiglobalista. Ambos proporcionarán el escenario del que emergerá; pero, tal como Cristo evitó ser reivindicado por ningún partido porque su misión redime no sólo a los judíos, sino a toda la humanidad, el Anticristo, para edificar su poder sobre todos los aspectos del alma humana, en los últimos días "jugará en ambos lados contra el centro". El Anticristo, en otras palabras, no es principalmente enemigo de la democracia o la independencia nacional, sino de la humanidad en sí, considerada como creada a imagen y semejanza de Dios. En su más profunda esencia, la batalla entre Cristo y el Anticristo no es entre libertad y tiranía (aunque el Anticristo no pueda entrar allá donde existe la verdadera libertad), ni entre los cuerpos religiosos tradicionales y la sociedad secular (aunque el campo de este conflicto pueda, al menos en algunos casos, estar más próximo a la guerra real), sino entre la sagrada presencia de Dios en el corazón humano y la sacrílega violación de esa presencia: "Cuando veáis, pues, la abominación de la desolación, anunciada por el profeta Daniel, erigida en el Lugar Santo (el que lea, que entienda), entonces, los que están en Judea, huyan a los montes..." (Mt 24: 15-16). 

Al socavar y comprometer a todas las formas religiosas, la globalización se halla en vías de destruir todas las culturas tradicionales y nacionales. Pero oponerse sin más a todo plan y acción a escala global resulta también problemático. La irónica verdad es que, puesto que tenemos el globalismo, necesitamos globalismo. Si el negocio es internacional, las uniones deben también ser internacionales, o los salarios podrían eventualmente descender en todas partes por debajo del nivel de subsistencia. Si las epidemias son globales, los programas de sanidad pública deben cruzar las fronteras nacionales. Si la contaminación es global, los esfuerzos para limitarla deben ser globales. Si el crimen es global, la policía debe serlo también. Si las naciones "emergentes" y las bandas terroristas desarrollan armas de destrucción masiva, deben hacerse intentos para limitar su proliferación. No tenemos otra elección que tratar de gobernar la tierra a escala planetaria. Pero la lucha para conseguirlo está produciendo resultados ambiguos. Si, para consolidar su dominio, los poderes existentes pueden manipular el ecologismo, los programas de salud pública, la pacificación por la fuerza y la guerra contra el crimen internacional, el terrorismo y el tráfico de drogas, lo harán. O, más bien, lo hacen. Quien se oponga al esfuerzo por salvar el medio ambiente, cortar el tráfico internacional de drogas o limitar la amenaza del terrorismo nuclear estará trabajando contra los mejores intereses de la Tierra y de la humanidad. Pero aquel que se identifique con dichos esfuerzos o ponga sus esperanzas en ellos, se engañará. La tierra no puede ser gobernada a escala planetaria, porque las fuerzas del globalismo que aspiran a ese gobierno (...) son las mismas que están en primer lugar creando estos problemas. La extensión global de la industria y la explotación de los recursos -orginada y en la actualidad, pese al interludio comunista, dirigida por el capitalismo transnacional- son el origen de la degradación medioambiental. Destruyendo las economías de subsistencia tradicionales y proletarizando el trabajo (con la enorme ayuda de la brutal colectivización de la agricultura a costa de decenas de millones de vidas en la Rusia y la China comunistas), explotando la mano de obra barata y amenazando las identidades culturales religiosas, las propias fuerzas del capitalismo global han creado el tráfico subterráneo de drogas, armas, especies animales en peligro, esclavos... Todos, monumentos al espíritu empresarial. Posiblemente, sólo un Gobierno Mundial podría limitar el poder destructivo de estas fuerzas económicas internacionales. Pero, cuando tal gobierno emerja, si es que lo hace, incluso aunque pueda tener alguna influencia mitigadora sobre los desastres globales, lo hará como agente de estas fuerzas, no como su adversario.

La política es el arte de lo efímero. Todo lo valioso para el hombre obtenido a través de la acción política es temporal, ambiguo y corruptible. Esta es la naturaleza del tiempo y de la historia, su esencia misma. La lucha por la justicia social o por salvar el medio ambiente es encomiable. Toda persona que logre evitar ser derrotada por las circunstancias y no llegue a convertirse en un explotador y un opresor de otros es una bendición para la especie humana. Cada especie que pueda ser salvada de la extinción permanece como un incomparable espejo de un único aspecto de la naturaleza Divina, y, puesto que no podemos saber con certeza si el fin de este Eón supondrá o no la total destrucción de la vida en la Tierra (incluso la de toda vida humana -cuanto sabemos es que será el fin para "nosotros"), puede -o no- engrosar la biodiversidad en reserva para el próximo ciclo de manifestación terrestre
Pero la batalla contra el Anticristo se emplaza en un nivel distinto. Aunque para algunos pueda incluir una vertiente política, es esencialmente espiritual. "Mi reino no es de este mundo". Es una lucha por salvar no el mundo, sino el alma humana, empezando -y terminando, si procede- por la propia.

*****

De acuerdo con Apocalipsis 20: 7-8: "Cuando se terminen los mil años, Satanás será soltado de su prisión y saldrá a seducir a las naciones de los cuatro extremos de la tierra, a Gog y a Magog, y a reunirlos para la guerra, numerosos como la arena del mar". Según El Apocalipsis de San Juan: un comentario ortodoxo, del Arzobispo Averky de Jordanville, el significado de Gog en hebreo es "reunión" o "alguien que se reune", y el de Magog "exaltación" o "alguien que exalta". La palabra "exaltación" me sugiere la idea de trascendencia como opuesta a la de unidad; "reunión", la de unidad como opuesta a la de trascendencia. La relación de esta asociación es que una de los profundos engaños del Anticristo en los últimos días del ciclo será situar estos dos aspectos integrales del Absoluto en oposición entre sí en la mente colectiva y a una escala global -en "los cuatro extremos de la tierra". En cuanto a la expresión política y económica de esta estéril polaridad satánica, la falsa cohesión de la tiranía izquierdista, así como el actual capitalismo global, caerían bajo Gog, en tanto el falso jerarquismo de la tiranía de derechas y el absolutismo violento de los varios movimientos separatistas "tribales" -tanto étnicos como religiosos- opuestos al globalismo advendrían bajo Magog. En términos de religión, esas teologías liberales, historicistas, evolucionistas, cuasimaterialistas y criptopaganas que enfatizan la inmanencia de Dios como opuesta a Su trascendencia son parte de Gog, en tanto las teologías reaccionarias que exaltan la trascendencia sobre la inmanencia, miran al mundo material como un valle de lágrimas, denigran el cuerpo humano y contemplan la destrucción de la naturaleza con indiferencia (si no con aprobación secreta, puesto que lo mejor que podemos esperar es olvidarnos de todo), son parte de Magog. El conflicto entre ambas es precisamente la falsificación satánica del auténtico conflicto entre el Rey de Reyes y Señor de Señores y la Bestia con su falso profeta descrito en Apocalipsis 19: 11-20. Quienes puedan ser atraídos con engaños a una guerra fraudulenta entre elementos que deberían reconciliarse, porque son en esencia partes de una misma realidad vista en un espejo distorsionador, no oirán la llamada a combatir en la verdadera guerra entre fuerzas que ni deberían ni podrían reconciliarse: las de la Verdad y la Mentira (Nota: el Globalismo, por cuanto suministra el escenario para la emergencia de esa "jerarquía invertida" de que hablara Guénon, contiene también la semilla de Magog, en tanto el tribalismo, como herencia común de cuantos están excluidos de la élite global, sostiene la semilla de Gog: en los últimos días, ningún partido, clase ni sector puede mantener su estabilidad ideológica por largo tiempo; la "velocidad de contradicción" se acerca a la de la luz).

En un mundo profundamente polarizado entre el Gog del globalismo sincretista y el Magog del "tribalismo" exclusivista (una palabra -"tribalismo"- que está empezando a denotar lo que solía llamarse "nacionalismo" o "patriotismo" o "fidelidad a la propia religión"), la Unidad Trascendente de las Religiones representa claramente un camino del medio, una tercera fuerza, al menos en el campo religioso. Se opone tanto al universalismo de las élites globalistas como a la autoafirmación violenta de las "tribus" oprimidas y marginadas por dichas élites. Quizá esta es una de las razones por las que grupos e individuos que sostienen esta doctrina han sido sometidos a ese inmenso grado de presión física que algunos observadores en los suburbios de la escuela tradicionalista, como yo mismo, no podemos dejar de advertir. Es razonable conjeturar que nada gustaría más al Anticristo que subvertir y desacreditar a los tradicionalistas, dado que la Unidad Trascendente de las Religiones es una de las pocas visiones del mundo que posiblemente podrían alzarse en el camino del conflicto estéril y terminal entre globalismo y tribalismo que es la tónica de su "sistema" en la arena social.

Si todas las alternativas posibles a la lucha entre globalismo y tribalismo desaparecen de la mente colectiva, el Anticristo habrá ganado. Puede usar el globalismo político y económico y el universalismo de una "espiritualidad mundial" para subvertir y oprimir todas las religiones integrales y las culturas religiosas, forzándolas a estrechar sus visiones y violar la totalidad de sus propias tradiciones como reacción contra ello. Puede conducirlas a excesos terroristas e intolerantes que les harían parecer bárbaras y obsoletas a ojos de aquellos que se debaten entre una identificación global o una tribal y, al mismo tiempo, lanzar a todas al cuello de las demás. Unir para oprimir; dividir y conquistar.

Bajo este prisma, podemos apreciar que el exclusivismo de la Cristiandad conservadora y/o tradicional es su mayor fuerza a la vez que su mayor debilidad. Lo mismo podría decirse, con ciertas reservas, del judaísmo y el Islam. El exclusivismo de estas religiones abrahámicas las permite encastillarse conscientemente frente al sistema del Anticristo. A la Cristiandad, por su "espíritu de catacumba" y su habilidad -derivada en última instancia del monasticismo- para edificar fortalezas espirituales frente el mundo. Al Islam, por el hecho de que dar-el-Islam continúa siendo el mayor bloque de humanidad que, en parte y aunque a niveles muy variados, está aún social y políticamente organizado en torno a la Revelación Divina, como lo estuvieron la Europa Medieval y el Imperio Bizantino. Por otra parte, su propio exclusivismo ha impedido a estas religiones -salvo en contados casos- hacer causa común contra el universalismo globalista y el secularismo. Permanecen vulnerables a las tácticas de "divide y vencerás" del sistema del Anticristo, una fase que -si damos crédito a especulaciones teológicas tradicionales como las contenidas en Las últimas cosas, de Dennis Engleman- bien podría ser el preludio de otra posterior de "une y oprimirás", de capitulación de los exhaustos exclusivistas, anhelantes del fin de un conflicto sin fin, ante el universalismo satánico del Anticristo.

Según Las últimas cosas, el Anticristo se revelará en Jerusalén y se proclamará Rey de los Judíos; la nación judía, así como muchos cristianos, le aceptará. Desde la perspectiva islámica, sin embargo, cualquier regente mundial que fuera inicialmente Rey de los Judíos y al que después se sometieran los cristianos sería reconocido de inmediato y universalmente como el Anticristo. A menos que el Islam tradicional e incluso el Islam fundamentalista vayan virtualmente a desaparecer, es inconcebible que semejante figura pudiera animar a los musulmanes a aceptarla como el Mahdi o el Jesús escatológico. Por tanto, si las predicciones recopiladas por Engleman son en algún sentido exactas, está de hecho presentando como escenario escatológico más probable una masiva apostasía de judíos y cristianos que dejaría únicamente a los musulmanes al tanto de quién es realmente el Anticristo, y listos para presentarle batalla. ¿Cómo, entonces, podría el Anticristo emerger como un verdadero monarca global, aunque satánico? Quizá sea la oposición militante de un Islam desacreditado a ojos del resto del mundo a un "salvador" admirado casi universalmente lo que termine por consolidar el poder de éste. Me apresuro a decir que esto no es de ningún modo una predicción. ¡Dios me libre! Estoy simplemente permitiéndome imaginar varios escenarios basados en las cualidades de autocontradicción e ironía terminal que son la tónica de todas las fuerzas históricas en estos últimos días.

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El Gobierno Mundial en ascenso muestra muchos signos de ser el anunciado régimen del Anticristo. Pero esto, como ya he puntualizado, no es tan simple, pues las fuerzas "tribales" en reacción contra el globalismo son en última instancia parte del mismo sistema. De acuerdo con uno de los muchos escenarios posibles, las fuerzas satánicas operantes en el fin del Eón serían muy capaces de establecer un Gobierno Mundial sólo para construir el escenario necesario para la emergencia del Anticristo como gran líder de una revolución mundial contra ese gobierno, que, si triunfara, sería el verdadero Gobierno Mundial. También el martirio del Anticisto a manos de tal gobierno podría constituir un deliberado e incluso escenificado autosacrificio, farsa escénica de la muerte de Cristo y conducente a una resurrección fraudulenta. No estoy sosteniendo que esto vaya a suceder; no estoy pronosticando. Sólo quiero puntualizar que para edificar su poder -excepto el en último Conflicto Mesiánico, llamado en Apocalipsis Armageddon, que es iniciado y concluido por Dios mismo-, el Anticristo, como falsa manifestación de la universalidad Divina, tendrá la capacidad de usar a todas las partes en todos los conflictos, incluyendo uno global...

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Observando la situación, resulta muy chocante advertir que, aunque ocupadas por fuerzas profundamente diferentes, en la Palestina de hoy existen las mismas "encajaduras" sociopolíticas que hace dos mil años, en los días de Jesús. El gobierno israelí está donde estaban entonces los escribas y fariseos. Los militantes palestinos ocupan el lugar de los zelotes. Estados Unidos y/o la ONU pueden representar al Imperio Romano. Y la posición única de Jesus, en la cruz o cruce donde todas las fuerzas contemporáneas convergen, es ahora ocupado por Yasser Arafat, crucificado en los cuernos de cada contradicción... Pero Arafat, ciertamente, no es Jesús. En ningún sentido trasciende la condición que ocupa; no es más que una marioneta de dichas fuerzas.

Jesús de Nazareth estaba profundamente al tanto de la situación política. Al nivel humano, debía estarlo. Esto no significa, desde luego, que fuera una especie de revolucionario político; de hecho, una cierta sapiencia política le era necesaria para, simplemente, evitar verse forzado a tomar partido a favor o en contra del partido del Templo en su alianza con Roma, a favor o en contra de los zelotes... en un mundo donde se suponía que todos tenían que hacerlo y, en apariencia, todo se precipitaba inexorablemente hacia la revuelta judía de 66 d. C. Por ejemplo, cuando sus oponentes le desfiaron a responder en público si era o no legal pagar impuestos a Roma, creyeron tenerle en sus manos. Si hubiera respondido: "Sí", habría perdido a sus seguidores en el sector zelote, que, puesto que interpretaban el tributo como un acto de la adoración al emperador establecida oficialmente en algunas provincias romanas, lo consideraban una blasfemia contra Yah-weh, especialmente porque el denario romano en que se pagaba el tributo, por llevar la imagen del emperador, era visto por los zelotes como un ídolo, una "imagen de piedra". Habría perdido también su autoridad moral para criticar a los escribas y fariseos que habían llegado a un compromiso con el gobierno colonial romano. Habría sido incluido en el partido de las autoridades del Templo, al menos a ojos del pueblo, lo que le habrían aislado de los zelotes y los esenios. Si, por otra parte, hubiera respondido: "No", habría sido identificado sin más con los zelotes, y habría perdido contacto con su más amplia audiencia. Se habría también visto expuesto a un arresto prematuro o una posible acusación de sedición. Su muerte, pues, no habría significado más que la de, digamos, alguien como Barrabás. Como tantos otros miles, habría muerto como un rebelde "unidimensional" contra Roma, y habría sido olvidado.

Su elección de un camino que sortea las trampas de esta contradicción sociopolítica representa una pieza maestra de "sublimación", y puede darnos una clave de cómo evitar ser incorporados a conflictos falsos o estrechamente definidos y andar -por el contrario- la senda que conduce a la verdadera guerra. Primero, pidió que alguien de la multitud le diera la moneda del tributo, demostrando así que no tenía monedas, que era uno de los "pobres" -en árabe, fuqara, el plural de fakir, que es sinónimo de sufí- a quienes venía a predicar la "buena nueva", y también que la moneda "idólatra" en cuestión circulaba libremente. En segundo lugar, al preguntar: "¿Qué imagen es esta?" - a lo que se le respondió: "La del César"- se estaba distanciando de los zelotes al demostrar claramente que la moneda no podía ser un ídolo, por la sencilla razón de que el César no era Dios, por lo cual uno podía dar al César lo que es del César sin cometer blasfemia. Al mismo tiempo, estaba diciendo, en efecto, que distribuir la imagen del pequeño falso dios de ningún modo era adorar, sino que podría incluso ser un acto de condescendencia por parte de los judíos, que conocían y adoraban al Dios Viviente. Su autopercepción y su privilegiada posición como el Pueblo Elegido no podía en ningún sentido ser violada por seguir la corriente al narcisismo de esos autotitulados césares. Por tanto sin un maravilloso grado de sapiencia espiritual y política, Jesús habría inevitablemente sido incluido en el conflicto político, y su misión habría fracasado (esta, por supuesto, es la situación vista desde el punto de vista de la humanidad de Jesús: desde el punto de vista de Su Divinidad, Su misión, ordenada por Dios; no podía fracasar). Y esta lección sobre cómo evitar verse demasiado involucrado en conflictos políticos prematura y estrechamente definidos que comprometen la percepción espiritual y la disposición a atender la verdadera llamada de Dios tiene también su lado esotérico, como una "parábola activa" de cómo ir más allá de los pares de opuestos y realizar el Absoluto. En la interpretación de los cristianos ortodoxos orientales, "lo que es del César" es el peso de la moneda en oro, y "lo que es de Dios", la forma en ella lacrada del ser humano, creado a imagen y semajanza de Dios. Nuestras vidas pertenecerán siempre, eternamente y de edad en edad, a Dios. Es por esto que, en la resurrección, puede nuevamente "encarnarse" en una substancia gloriosa e incorruptible. La lección es: no es nuestra vida lo que debemos proteger del Anticristo -como ciertos supervivencialistas claramente creen-, sino nuestra forma. En los últimos días, como siempre, la lucha no es por retener nuestras posesiones, ni siquiera nuestras vidas, sino evitar perder nuestras almas. En última instancia, esto es lo único que se requiere de nosotros.

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(*) Extractos del libro The System of Antichrist (Sophia Perennis, 2001). Traducción de Joaquín Albaicín. En Amazon



Roberto Mallon Fedriani.

publicado a la‎(s)‎ 6 dic. 2014 4:45 por Ricardo Cob   [ actualizado el 19 may. 2018 9:09 ]


Psicólogo de formación, lleva años en busca de las bases metafísicas tradicionales que dan sentido a una verdadera comprensión de la psicología del ser humano, más allá de los planteamientos puramente materialistas dominantes en los círculos académicos oficiales. Dedicado desde su juventud al estudio de distintas doctrinas tradicionales, ha traducido y comentando - bajo los auspicios del maestro tradicional: 

Sri Ramakrishnan Swamiji, Dravid Acharya - diversos textos clásicos inéditos en castellano pertenecientes al darsana Vedanta Advaita. 

Contacto: rmallon@ono.com


Colaboraciones
Hasta la fecha ha publicado los siguientes títulos: 


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Título
VIVEKA SUDA MANI ¡Novedad!
Colección: IGNITUS
AutorSri Shankaracharya
I.S.B.N.9788416466030
EditorialIGNITUS - SANZ Y TORRES
Precio:: 17,10 €
Descarga la introducción

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Título
PANCHADASI
Colección: IGNITUS
Autor: Sri Vidyaranya Swami
I.S.B.N.: 9788492948994
EditorialIGNITUS - SANZ Y TORRES
Precio:: 13,30 €

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Título
DIECIOCHO TRATADOS VEDANTA ADVAITA
Colección: IGNITUS
Autor: Sri Shankarachayra
I.S.B.N.: 9788492948864
Editorial: IGNITUS - SANZ Y TORRES
Precio:: 9,50 €

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TítuloNAISHKARMYASIDDHI
Colección: IGNITUS
Autor: Sri Suresvaracharya
I.S.B.N.: 9788492948802
EditorialIGNITUS - SANZ Y TORRES
Precio:: 9,50 €

https://www.sanzytorres.es/static/img/portadas/8415550433.jpg


Colección: IGNITUS
AutorSri Madhusudana Sarasvati
I.S.B.N.9788415550433
Precio:: 9,50 €
 
http://sanatanadharma.blogspot.es/media/cache/resolve/media/files/01/034/531/2016/01/esencia-swarupananda121.jpg
 
Colección: IGNITUS
AutorSwarupananda
I.S.B.N.9788415550433
Precio:: 9,50 €



Javier Alvarado Planas

publicado a la‎(s)‎ 14 feb. 2013 5:43 por Ricardo Cob   [ actualizado el 10 sept. 2017 3:06 ]



El Doctor Javier Alvarado Planas es un profundo conocedor de los métodos y procesos de interiorización y de las doctrinas tradicionales que ha optado por situarse en la óptica del historiador. En calidad de tal ha publicado diversos libros y dirigido diversos cursos, seminarios y masteres en varias universidades como Catedrático de Historia de las Instituciones de la Universidad Nacional de Educación
a Distancia (España). Es académico correspondiente de la Real Academia
de la Historia y de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación y ha obtenido diversos reconocimientos a su labor profesional; Premio Nacional de Historia de España 2009 (compartido) otorgado por el
Ministerio de Cultura, Cruz de honor de San Raimundo de Peñafort otorgada por el Ministerio de Justicia, encomienda de la Orden de Isabel La Católica (Ministerio de Asuntos Exteriores), etc.

Ha impulsado la prestigiosa colección Ignitus de la editorial Sanz y Torres , y también es Director del Master Universitario en Historia de la Masonería y Director del Museo Virtual de Historia de la Masonería.

Actividades

Obras

Historia de los métodos de meditación no dual. - En ingles. 

En esta obra se efectúa un recorrido histórico por algunos de los métodos de meditación que, basados en la atención al presente, a la sensación de ser o autoconciencia, tienen por finalidad el desapego o desapropio de los pensamientos y, en definitiva, de la identidad al cuerpo-mente. Para ello, se han seleccionado y glosado textos de autores tradicionales del vedanta advaita, hermetismo greco-egipcio, pitagorismo, estoicismo, neoplatonismo, de la mística judía (Filón de Alejandría) y de la Cábala, dedicando especial atención al cristianismo a través de autores como Gregorio de Nisa, San Agustín, Evagrio Póntico, Juan Casiano, Dionisio Areopagita, el maestro Eckhart, Nicolás de Cusa, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Miguel de Molinos, etc., concluyendo con un epílogo dedicado a la meditación en el sufismo.

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Desde la más remota antigüedad los hombres han desarrollado ciertos sistemas de señales o marcas para dejar patente su identidad étnica, nacional o familiar (emblemas y pendones dinásticos, signos de linajes, etc.). También se han empleado para consignar la autoría de las manufacturas; por ejemplo, en las piezas de alfarería, las pren-das de tejido, los impresos, las marcas de agua en el papel, la meta-lurgia (las marcas de los armeros, los fabricantes de objetos de plata, etc.); para probar propiedad del objeto marcado (el ganado, col- menares...Y, representar un patrón económico intercambiable, etc. El estudio de tales signos ha originado ciencias especificas tales como la Vexilología, la Heráldica, la Sigilografía, la Numismática, la Filatelia, etc. que pueden agruparse en tomo a lo que genéricamente se denomina Emblemática. 
Una de estas ciencias es precisamente la que estudia las marcas efectuadas en las piedras, es decir, la Gliptografía.



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