Vigésimo primer festejo. Madrid. Plaza de Toros de Las Ventas, 30 de mayo de 2012.
Toros de Carriquiri para Carlos Escolar, Frascuelo, Ignacio Garibay y Javier Castaño.

La noche y el día

Por Paz Domingo

Se abrió el cielo cuando ya anochecía. Las oscuridades de una tarde llena en pesadumbres mansas y en acontecimientos insustanciales se despejaron y entre los rayos de luz clara algunos hombres de buen corazón se pusieron manos a la obra divina del toreo para exponer, de manera probada, que la grandeza existe en este mundo de toros, que su razón de ser es irrefutable, que su fe hace milagros y que su argumento es único. En la lidia del sexto toro, Javier Castaño y su cuadrilla hicieron el toreo inteligente, bueno, preciso e inmenso que nos tiene reservado el suceso de la tauromaquia, simplemente con poner al toro en la suerte del caballo como mandan los cánones y repetidas veces y todos nos reafirmamos en la comprobación de la autenticidad, en la belleza rotunda de su naturaleza y en el prodigio celestial que festejan nuestras almas toreras.

Cuando clareaba, Frascuelo se manejaba obstinado en la imposibilidad para resolver las circunstancias físicas del esfuerzo lidiador y artista. Ignacio Garibay insistió en los impedimentos mentales y desmadejado, sin recursos, anduvo a la deriva en el esperpento, quedando únicamente aliviado por su peón Galindo en una brega que evitó el desastre absoluto. Javier Castaño apuntó la seriedad en su primera intervención, pero resolvió, sin nada destacado, una faena sin compromiso en los perfiles y en los esfuerzos titánicos para remontar lo que ya se había demostrado: una mansada en toda regla, un tercio de varas con molienda plena, un desasosiego que ya hace estragos.

Javier Castaño sintió la llamada de la afición, aquella que sabe de sus aventuras de héroe mitológico que batalla en duelos con dragones de seis cabezas. En el sexto manso consecutivo, de comportamiento muy similar al resto, sin poder apostar nada por tan remisas entrañas, el torero mandó al jinete Tito Sandoval su colocación. Le puso el toro en los medios. Le dijo allá va. El caballero llamaba con la puya bien establecida en su brazo, bien colocado de frente, bien sujetada la rienda, bien clavada en los lomos, bien frenada la embestida y muy bien aguantado él mismo en su montura. Y así sucesivas veces, provocando el delirio emocionante de vivir la verdad. Este espíritu se contagió para protagonizar Adalid un soberbio dominio del tercio de banderillas; Galán que precisaba los toques justos con su lidia; y Javier Castaño que arrancó los únicos pases posibles en dos tandas escasas al animal solidificado a marchas forzadas.

A estas alturas, visto lo visto, la grandeza se hacía realidad. Y eso que ni había toro que encumbrar, ni crianza que elogiar, ni tarde que se pudiera salvar, ni vergüenza torera que entronizar. Y a estas alturas a uno le puede dar por calcular. ¿Cuántos toros he visto en mi vida? ¿Cuántos se habrán ido inéditos camino del olvido? ¿Cuántos pudieron servir para realizar el toreo? ¿Cuántos cambiarían nuestras vidas si se hubieran encontrado un torero inteligente, sabio y valeroso? Pues, lo que les digo, a uno le da qué pensar, y pensar puede resultar abrumador porque después de este sueño aterrizamos en la situación arraigada de que ya no quedan toros, ni toreros, ni intencionalidad, ni conciencia, ni sinceridad que se pueda admirar.
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