Decimonoveno festejo. Madrid. Plaza de toros de Las Ventas, 28 de mayo de 2012.
Novillos de Guadaira para Alberto Durán, Gómez del Pilar y Damián Castaño

Agua clara

Por Paz Domingo
Agua clara nacía de un terruño seco, brotó a borbotones y corrió alegre inundando de frescor nuestras almas toreras. Se llama Gómez del Pilar y es ya torero de Madrid. Con un espíritu arrebatado, con presunción de novillero antiguo, con gallardía innata, con torería exquisita, con arriesgada hombría, con dominio preciso, con temple del bueno, con pases de pecho ensoñadores, con alegría apabullante y hasta con improvisación, nos envolvió Gómez del Pilar en el misterio poderoso en esta tarde primaveral, en la que lo más difícil era torear la encastada corrida de Guadaira, estar a la altura de la belleza de los animales, para después dominarlos con la maestría reservada a fenómenos de la tauromaquia.

Tenía delante este novillero impetuoso el riesgo y la posibilidad de triunfo, esta cualidad que pocas veces se da y que no es otra que hacer frente con torería a la casta de unos animales que aportaban bravura, nobleza, y entrega en labores dominadoras. Todo el encierro de Guadaira fue hermoso de hechuras y comportamiento y si ahora estamos hablando de Gómez del Pilar es sencillamente porque él mismo quiso que así sea. Él nos contagió de su furor juvenil y sucedió de la siguiente manera.

Después de la sosa actuación de Alberto Durán con el novillo que hizo primero, que aunque con su resorte de casta resultara el menos claro en esta materia de todo el encierro, Gómez del Pilar enfiló la puerta de chiqueros, se arrodilló entre las dos rayas, desplegó capote al enmorrillado y hermoso ejemplar, que con la velocidad del rayo rebasó ajustado la cara del novillero envuelto en la larga, se llevó el capote prendido en un cuerno y al novillero tras él en busca de su engaño. Allí, sin prolegómenos, este novillero desconocido encendió la sorpresa con lopecinas ejecutadas con vuelos tan perfectos como la arboladura colorista de los pavos reales, inició el galleo de maestro antiguo, quitó con revoleras de frente y estuvo pendiente de dejar y sacar al extraordinario novillo que a esas alturas ya era de escándalo por su empuje en el caballo y su acometida en busca de los engaños.

Rodillas en tierra, fue el inicio de su faena, pero llevando al animal, acercándolo a sus adentros. Las tandas resultaron sin dominio extremo, quizá porque el novillo hubiera necesitado un poco más de puya, pero la perfección estaba en el temple acariciador de este hombre, en la largura de los pases de pecho, en su ajustado sitio, en su valor y ese impulso refrescante, juvenil, variado, impetuoso, audaz, osado y torero que dejaba al público turulato y curioso buscando en el programa datos del protagonista. Sabía Gómez del Pilar que tenía algo grande en su mano, apuntó al sitio preciso en dos ocasiones y falló, para dejar en los blandos una firma desacorde con su preciosista faena.

Trascurrió el tercero. Hermoso, noble, más flojo por las artes devastadoras de los caballeros, envuelto en muchos enganchones y desanimado toreo moderno que le proponía Castaño. Trascurrió el cuarto. Más tardo, más suelto, pero con su casta, y Durán estuvo a la deriva de sus deficiencias, enseñando al novillo un cabeceo molesto debido a tantos tirones descompasados, y terminó muriendo el animal de manera inmerecida.

Empezó el trascurso del quinto. Gómez con capote desmayado al hombro, camino de la puerta gayola. Esta vez más cerca. Esperó la salida despaciosa del animal, largó capote con dibujo envolvente, se levantó con rapidez, recogió al animal con verónicas imponentes allí mismo, en la cara del animal, y cuando el novillo quiso adentrase en los terrenos del albero, el joven le llamaba al capote con revoleras de perfecta curvatura, de vuelo en perfecta verticalidad, enganchando con destreza añeja un galleo alegre, intuitivo, espectacular que puso al novillo en el sitio para lucirse en la carrera a los petos. El jinete le dio dos varas a cual peor, con costalada entre medias, pero Gómez no se desanimó después de su empeño en cuidar tan encastada y noble materia, es decir, otro novillo de escándalo.

Pendiente en todo momento se la lidia, de las entradas y salidas del caballo, también en las banderillas, mandando. Todo el mundo se contagió de tanta alegría y cuidado. El subalterno de su cuadrilla llamado Fernando Sánchez dejó dos pares de banderillas de las que hacen creer en Dios. Dejándose ver, citando al animal con elegancia y bamboleo armonioso, caminando despacio, arrancar igualmente, clavar arriba, y salir con la torería necesaria de la seguridad.

Todo iba a más. El novillero por supuesto, que empezó a crecer como si de un gran maestro se estuviera viendo. Se echó la muleta a la izquierda por el mismo centro del estaquillador; citó de frente para dar naturales con superioridad; alternó con pases de pecho que ahogan los olés por la largura de ejecución; templó a ritmo sosegado, improvisaba inspirado; para concluir animal y hombre dominado y dominador. Únicamente falló Gómez del Pilar en su precipitación con el estoque, que aunque se volcó bien terminó dejándolo en el sitio caído. Esto después de fallar el primer intento y perder su salida por la Puerta Grande. Fue premiado con una oreja, pero el conjunto de toda su actuación quedó retenida para siempre entre las imágenes que los aficionados cuidan en su memoria.

Trascurrió el sexto. Igual a sus hermanos y un Castaño perdido en el laberinto de los pases despegados y el toreo que no emociona. Ya se había visto lo que se puede hacer cuando a alguien le da por torear.

Toros de Guadaira. Bien presentados, hermosos, enmorrilados, ensillados, en la línea de Jandilla, desentonando quizá entre todos el primero, que también lo hizo en comportamiento. Todos quisieron caballo, a algunos les dieron torticeramente bajo los petos, pero todos aportaron su casta, bravura y nobleza. Destacaron especialmente el 2º y 5º, que fueron ovacionados en el arrastre; el 3º algo flojo, el 4º algo tardo y un 6º con nobleza.
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