Decimoctavo festejo. Madrid. Plaza de toros de Las Ventas, 27 de mayo de 2012.
Toros de Baltasar Ibán para Fermín Spínola, Serafín Marín y Rubén Pinar

Oficiales de caballería a las órdenes
de soldados rasos


Por Paz Domingo

La actuación de los oficiales de caballería fue laboriosa en demolición. Contra los petos de sus cabalgaduras se estrellaron los toros encastados de Baltasar Ibán, quedando abandonados los animales por los maestros respectivos a la suerte toricida de los puyazos delanteros, traseros, laterales, con saña, sin salida, sin cuidado. Ésta parecía la consigna y la hicieron materia de ley militar. Los tres soldados rasos se emplearon en el camuflaje de las buenas, verdaderas y propias condiciones de los toros, desarrollaron el toreo de las afueras, pretendieron el dominio inexistente, estudiaron la ocultación de los fondos nobles y quedaron todos por debajo de las circunstancias, que no eran otras que la maravillosa fortuna para hartarse de toreo y de gloria. Pues bien, los seis animales que ofrecían condecoraciones, se quedaron inéditos.

Los tres matadores no tuvieron su día en verdad. Ese día en el que hay que estar, en el que hay que demostrar que se puede estar. Era la tarde para inflarse a torear verdaderamente y cuando ese momento llega no valen excusas. Los toros de esta ganadería madrileña, ya convertida en genética rara, llevaban nobleza y disposición a la entrega con su cabeza baja, ofreciendo en bandeja la posibilidad de lucimiento, colocación inequívoca, muleta adelantada, toreo de frente, remate atrás. No había equivocación posible, ni probaturas, ni remilgos, ni dijes, ni monstruos resabiados. Y entre tanta claridad surgieron las penumbras de los tres matadores. Los tres, que ya tiene mérito. Pero todos dejaron pasar el tren del triunfo camino del arrastre.

Tampoco se vio ganas de rectificar cuando pasaba la mitad del festejo. Al contrario, se reafirmaron en su incompetencia, miedo y artes misteriosas. Los tres realizaron lidias, faenas y ejecuciones matarifes todas clónicas, todas idénticas en cada uno de los diestros e iguales entre todos ellos. Estrellaban a los toros contra los caballos, sin ninguna suavidad, y como los animales empujaban, pues allí mismo desplegaban los picadores la pica por la punta, los ensartaban volcando su lozanía, retorcían con saña, giraban el jamelgo tapando la salida, y anclaban al torito bueno en interminables instantes de quebranto cervical. Mientras, los maestros haciéndose los despistados en los tercios, en técnica de camuflaje pétreo, y los subalternos intentando sacar a los animales de la molienda sin mucha convicción, pues ya se sabe para retirar al toro hubiera sido necesario poner el capote en la cara para tirar de él hacia los medios, y no al revés, que fue lo que hicieron.

Se sucedieron las imposibilidades, y el miedo se remontaba toro a toro, sin comprender muy bien el motivo, pero así fue. Spínola tomó muchas precauciones, mucho pico de muleta, mucho terreno inapropiado, mucho encimismo en su primera intervención, y más de lo mismo en la segunda. Tanto Serafín Marín y Rubén Pinar se mostraron contenidos en gestos ostentosos de sus respectivas personalidades, para quedar al final igualmente desbordados, sin autoridad y reincidentes en sus toreos de perfiles. Marín no pudo aguantar ni dos pases consecutivos en el encastado toro que hizo segundo. Fracasando en el dominio necesario y en el aguante que se necesitaba. Es decir, que el animal se le fue sin torear. Realizó el toreo de asfixia de parón al quinto, todo lo contrario de lo que correspondía hacer.

Respecto a Rubén Pinar fue más de lo mismo, salvo que se le vio más deficiencias precisamente porque le tocó el toro más boyante en bravura y casta. Expuso la muleta retrasada, el sitio recurrente del acompañamiento de perfil y la retirada del dominio que se precisaba. Se acrecentaron sus inseguridades en su segunda intervención. No pudo soportar el miedo y a los primeros lances de capote tuvo que tomar el olivo. Empezó a contagiarse el recelo y entre todos, maestro y cuadrilla, realizaron una lidia de desastre que acabaron con las condiciones de casta del animal, quedando en verdadera confusión la bronquedad que desarrolló, pues para algunos fue de su propia naturaleza, y para otros el resultado de un sentido desarrollado por no haberlo querido ni ver.

Toros de Baltasar Ibán bien presentados, encastados, nobles, fueron al caballo, y recibieron varas demoledoras. Destacaron el 2º y 3º, bravos, fuertes, de mayor poder y trasmisión y se les aplaudió en el arrastre. El 6º fue bronco, pero con casta. Todos quedaron inéditos.

Fermín Spínola: estocada caída (silencio); bajonazo en el blando rincón (silencio)
Serafín Marín: pinchazo, estocada tendida, aviso y un descabello (silencio); dos pinchazos tirando los engaños, aviso y sartenazo (silencio).
Rubén Pinar: estocada caída (silencio); media estocada de efecto fulminante (algunos aplausos)

Destacaron algunos pares de banderillas de El Chano, Domingo Siro y Vicente Osuna.
Comments