Decimocuarto festejo. Madrid. Plaza de toros de Las Ventas, 23 de mayo de 2012.
Toros de Juan Pedro Domecq para Morante de la Puebla, Alejandro Talavante (que sustituía a Cayetano) y Juan Pablo Sánchez (que confirmaba alternativa)

Oda al torito artista

Por Paz Domingo
¡Cantemos una oda al torito artista! A este pobre animal que salía por los chiqueros con el alma encogida, con el crédito arrastras, con el descaste congénito, con las hechuritas de pitiminí, con la fuerza de la calma chicha, con movilidad de molusco, con agonía crónica, con el entusiasmo disciplinado, con cara de niño, con pitones arrebatados a la naturalidad, con credibilidad cero, con el desánimo absoluto. ¡Vayamos todos con flores a Morante! Al genio que arrebata, a la inspiración que surge a chorros, al arte sureño, al pellizco gitano, a la música callada, al hombre singular, a la mayestática santidad, al protagonismo superlativo. ¡Hablemos todos de engaño!, que en verdad es lo que sucedió.

Dicen los más sabios, de esto que se llama estamento taurino, que las demandas de la afición de Madrid, en cuanto al gran volumen de los toros, está sacando a los encastes de tipo para que al final los toros no tengan la movilidad necesaria que se requiere hoy en día para realizar ese torero bueno que tanto se exige, que las mismas corridas que se lidian en Madrid si se llevaran a otros puntos de la geografía dispar irían con cincuenta kilos menos dando la talla de lo que se necesita para el lucimiento del arte. Bueno, pues la corrida de Juan Pedro venía al gusto de los compositores poéticos del género lírico, muy empeñados en estas odas agitadoras que no se lo creen ni ellos. Ni ellos, ni los demás. Pero, es lo que toca: una apología por todo lo bajo.

Las afueras llenas de coches oficiales. Los adentros arrebatados de gratitud. Los aficionados en un cansancio fenomenal. Los animalitos indefensos de fuerza, carácter, tipo, que desfilaban en alfombra roja, a duras penas se mantenían en pie. Daba pena sólo mirarlos. Aniñados, asustadizos, aburridos, desamparados. No era tan difícil el examen y todos suspendieron en actitud, en ganas, en conocimientos, en psicología, en credibilidad, en honradez, y en todo lo que se les ocurra. Morante de la Puebla, hijo de la inspiración capaz de arrebatar, se presentó a una prueba preparada expresamente a su lucimiento místico, pero su alma estaba en agnóstica y la comunión fue imposible. Se le vio su gran corazón como cooperante en causas perdidas en las indómitas selvas africanas, en los primeros auxilios del boca a boca a un torito que se desmayaba. Esto en su primera actuación, de la que sólo quedó unos apuntes en algún lance de capote apretado y el desplome absoluto en la incapacidad para dejar el estoque. Todo en un marco incomparable y casuístico, pues con Morante, dicen, nunca se sabe. El vendaval orgiástico empezó a levantarse después, con el otro torito de poesía, que aunque clónico al resto, tenía sus dos tanditas. Poco importa si acertó con los terrenos adecuados para arrebatárselas al animal, o si el maestro los escondía. El caso es que el público se animó en los primero instantes de muleta, y al mismo ritmo se desinfló entre tanto enganchón, trapazos a los ojos bovinos, carreritas... Estaba demostrado que Morante no quiso. Y fue que no. Que no dio ni media, ni colocó estoque acuchillador, para rematar al arte del descabello, desafiando con su peculiar rictus altivo cuanto le convino.

Morante es así para muchos. Para el resto, que incluso mantienen en la memoria aquel flechazo que produjo su hermoso capote novilleril hace ya algún tiempo, es el momento de exigirle un poco de pundonor torero. A él, y a Talavante, sin ir más lejos. Y es que Alejandro, al cual llamé en una ocasión el torero extemporáneo, capaz de regalar la excelsitud en momentos inspirados, estuvo peor de lo que es habitual cuando está realmente mal, de una vulgaridad insufrible, de unas maneras inconcebibles incluso para los verdes novilleros, hasta para los asiduos a los lances en cualquier capea de bodas y bautizos. Con las afueras, con las indecisiones, con múltiples tirones, con vulgaridad pesadísima, con desesperante imposibilidad también para matar. Esto en su primer poemario protestado, sin trapío, sin fuerzas, sin decoro. Y en su segundo, mucho más. Es decir, que parecía que no tenía ni idea.

Es suficiente con decir que hasta el torero mexicano que confirmó alternativa estuvo muy por encima de los dos maestros. Esto sin exagerar para Juan Pablo, que así se llama, pues se creció desmesuradamente en lo muy poco que hizo acertadamente: dejó el estoque en las entrañas de los animales. Tomaba muchas precauciones y muchas artísticas maneras del toreo que se lleva. Pero disimuló y se marchó. También nos fuimos todos. A toda prisa, entre palmas de tango y palos flamencos, entre odas y odas.

Toros de Juan Pedro Domecq: De aspecto anovillados, sin tipo, sin trapío, sin fuerzas, sin casta, sin carácter. A ninguno se pico, aunque si les practicaron el simulacro bajo los petos. De pitones presuntamente enfundados, y algunas astas daba pena verlas. Se protestaron por inválidos, por inservibles, por muermos, por impresentables en Madrid. Las palmas de tango hicieron furor.
Morante de la Puebla: al octavo intento dejó estoque así tal cual, un instante antes de que el toro se desmayara a sus pies (bronca, aunque algunos dicen que oyeron división de opiniones); mató con el descabello después de pinchar varias veces y oír un aviso (pitos).
Alejandro Talavante: pinchazo tirando el engaño a los lomos del animal indefenso de carácter y fuerza, estocada caída lanzando el trapo de igual manera (silencio); sucesión de metisacas a los blandos y pinchazos para que el toro acabara suicidándose tras un aviso (pitos).
Juan Pablo Sánchez: estocadas en ambos sin destacar en ejecución ni trasmisión (algunos aplausos en ambos).
Presidente: Julio Martínez.
Veterinarios: Cruz Carpintero, Francisco Javier Fernández y Fernando Morales.
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