Undécimo festejo. Madrid. Plaza de toros de Las Ventas, 20 de mayo de 2012.
Toros de Herederos de Salvador Guardiola Fantoni (estaba anunciada Peñajara) para José Pedro Prados, El Fundi, José Ignacio Uceda Leal y Rubén Pinar.

Ante las circunstancias vividas hoy…

Por Paz Domingo
Así comenzaba el mensaje de texto enviado por la empresa Taurodelta a los móviles de los periodistas, que llegaba a las 20 horas y 56 minutos, para comunicar el ofrecimiento que hacía a El Fundi para despedirse de la afición de Madrid en la próxima feria de Otoño, pues el toro del adiós se le había ido a los corrales vivo. Pero, no fue la única extravagancia que se asumió. Si alguien a estas alturas de la tarde infernal había sido capaz de aguantar con estoicismo los excesos de confianza cometidos, con tanto aplomo, por los ideólogos de esta pantomima taurina, era para que la empresa le mandara un ese-eme-ese pidiendo, como poco, “arrastradísimas disculpas”, prometiéndole recado al estilo protocolario y real de: “lo siento, no volverá a suceder”, al mismo tiempo que adjuntaran un cheque con el importe de la entrada, más un adelanto del precio total del abono, con un ramo de orquídeas salvajes de las planicies del Congo, enviado a su domicilio por un mensajero encopetado y oliendo a azahar, más una tarjetita en el que nos ofrezca eternamente como el amoroso Neruda: “la mañana llena de tempestad en el corazón del verano”.

Esto para empezar. Esto, si los aficionados no somos tontos de remate. Se verá lo que sucedió. Bueno, a decir verdad, como ciertas cosas no se han explicado -no se ha tenido esta gentileza-, pues estamos en la libertad de decir lo que nos plazca. Se anuncia una ganadería: Peñajara para más señas; se traen dos más –algo así como camiones enteros para el gusto discriminatorio de los veterinarios de Madrid-, que van, vuelven y vienen otra vez, como es el caso de los mostrencos mamíferos bovinos de Guardiola que saltaron definitivamente al ruedo, todos con los años bien cumplidos y las entrañas deslavazadas. En medio de estas apreturas también llegaban al finger venteño (término en inglés que significa dedo y que se refiere a la pasarela para acceder a las aeronaves) otros vehículos de trasporte terrestre a rebosar de seres indescriptibles (provenientes de la ganadería de El tajo de la reina), un calificativo que no pretende ofender a nadie, pero que suponemos acertado porque se aprobó –como el chiste- uno o ninguno de los animales propuestos. Si esto pasa una vez, alguien de buen corazón puede llegar a pensar que los males galácticos confluyen circunstancialmente. Pero, como ya sucede en varias ocasiones -creo que seis-, pues convengo, porque a mí también me lo pide el cuerpo, en asegurar que no nos creemos ni papa, ¡señores!, por mucho que le echen la culpa a los que pasan por ahí (léase los veedores) que cobran una comisión del diez por ciento en cada transacción.

Bueno, vamos a las circunstancias vividas. Domingo por la tarde. Desapacible. Borrasca. Frío. Las siete de la tarde y lloviendo con ganas. Los valientes en los pasillos circulares esperando el minuto cero. Se anuncia que por la megafonía de la plaza que el festejo se retrasará quince minutos. Vale. Los toreros que no hacen ni el amago de revisar el ruedo. La gente que debe entrar a prisa. El paseíllo hecho. Despliegue de paraguas. Los maestros sin entusiasmo, sin arriesgar con los flojos y correosos seres. El diestro titular, menos todavía que, viendo el panorama de despiste entre tanto chubasquero, se dedicó al regate como fuera, y eso que le habían recibido con una ovación en la tarde que debía ser la de su despedida de Madrid.

Aún quedaba mucho por aguantar. El mar se desbocó encima de los benditos sufridores hartos de reumas, y también de insolaciones. No se lo pueden ni imaginar, ¡la que nos cayó! Literal. Un manso de insolencia poco creíble, correteaba a las tablas. Uceda Leal que quería aprovechar el tirón que ofrecen los toreros machos, de los que se crecen en medio de los ciclones tropicales. Arrastró al corpulento mamífero al centro del ruedo para demostrar que poco podían hacer ambos para abrir las aguas del mar como lo había hecho Moisés en un milagro histórico.

Lo del cielo era insoportable, como cuando al niño le da por jugar con el interruptor de la luz, que lo mismo te ciega que te deslumbra, pero que te pone de los nervios y te dan ganas de todo lo peor. Cuando, le tocó el turno a Rubén Pinar, ya estábamos chorreando agua y agradeciéndole a este muchacho de mucho impulso que diera algunos pases más o menos aceptables, aunque sin obligar, ni torear, ni matar. El cielo descansaba. El Fundi, en alarde temerario hizo un brindis al respetable en correspondencia a los aplausos por los veinticinco años toreando lo que no quiere nadie ni ver. Pero, el maestro añejo se revolvió en la angustia de los maletillas nada instruidos en las lides lidiadoras, se lió en las artes defensivas, además de incompetentes técnicas para dejar el estoque, aunque fuera de cualquier manera, y aquello terminó con el toro en el corral, un Fundi inclasificable, y un espectáculo de parodia.

En esto llegó el ese-eme-ese, aún sin recoger al animal en los corrales, con el cual la empresa, muy atenta a las oportunidades, nos informaba de que José Pedro tenía una despedida en mejores condiciones para el Otoño. Y, lo más incomprensible, es que este público generoso, desorientado y calado hasta los huesos, primero pitaba, y luego ahogaba la bronca con aplausos, que el frustrado matador escuchaba altivo sin inmutarse. Los otros dos maestros en liza se apresuraron a brindarle los toros respectivos, como si no hubiera pasado nada. Pelillos a la mar. Sí, sí, a la mar de anchos está el personal profesional. Un maestro también añejo como Uceda Leal que correteaba detrás del manso animal al filo de las tablas, y un joven aspirante con mucha voluntad y escaso sosiego ante otro ejemplar con agua en las venas. Todo, en un marco infinito y extraño, hasta romántico, de las luces que proyectaba el sol entre los oscuros nubarrones, en las gotas pesadas que caían formando espectros como tormenta de agujas, en el ahogamiento de un simulacro que debía haberse suspendido para no agotar la paciencia. Por cierto, seguimos a la espera de las orquídeas salvajes del Congo, aunque cuentan que son tan raras como la fantasía de algunos aficionados, como la casta en las dehesas, como el misterio de la Resurrección. Casi que las doy por perdidas.

Toros de Guardiola Fantoni. Voluminosos, aparatosos, con más de cinco años cumplidos, descastados hasta la monstruosidad, mansos congénitos, y pare usted de contar.
El Fundi: varios intentos de pinchazos fuera de todo orden, cuchillada que no entra, varios descabellos sin dejar el estoque, y algunos pitos. Después, lo mismo pero agravado por la desesperación de colocar la espada, aunque fuera de bajonazo. Se sucedieron diversos intentos, dudas, ejecuciones, alternando con repetidas amenazas de descabellos, desde el anca del animal o a la remanguillé, para oír los tres avisos y dejar al toro vivo. Por cierto, se llamaba Contable, y desde luego que contará. 
Uceda Leal: no dio ni uno de esos espadazos propios de su condición de buen matador, porque apenas entraba para dejar punzadas múltiples y terminar con algunos bajonazos.
Rubén Pinar: Intentó algo más serio, pero en sus dos actuaciones, ante tuvo que correr tirando los trastos haciendo hilo con el animal, antes de dejar como pudo el estoque caído.

El presidente del festejo fue Trinidad López Pastor, que debía haberse planteado la suspensión o aplazamiento del festejo y no someter a esta afición cansada ya de tantos desaires a este horripilante suplicio pasado por agua. El equipo veterinario en liza estaba compuesto de Manuel Durán, Renée Alonso y José Urquía. El asesor del palco fue Pedro Herranz, Madriles, y el delegado gubernativo: Fernando Ruiz.
A los empresarios de la plaza ya los conocen.

Comments