Vigésimo cuarto festejo. Madrid. Plaza de Toros de Las Ventas, 2 de junio de 2012.
Toros de Adolfo Martín para José Luis Moreno, Juan Bautista e Iván Fandiño.

La polémica

Por Paz Domingo

La corrida de Adolfo Martín es, una vez más, polémica. Como siempre, el círculo no puede completarse y el juego de los toros no puede convencer con plenitud. De las entrañas debía brotar casta sin comisuras, en su generalidad. Pero las vetas de mansedumbre, la decisión que cuesta, la entrega controlada bajo los petos, el carácter tardo, la flojedad evidente y la bronquedad a ratos, son pruebas irrefutables que de algo no termina de funcionar. Aunque fueran maltratados en el caballo –que también sucedió-; aunque saliera Madroñito con nobleza a raudales; aunque apareciera un ejemplar cornipaso de estampa antigua; el caso es que el conjunto de los seis ejemplares no sirvió, una vez más, para atar todos los cabos. La polémica estaba como siempre servida. Y en esta ocasión no venía de los despachos, ni de los estrictos veterinarios, ni de las exigencias de ciertos tendidos, ni de las características del encaste. Más bien, emergían de una apuesta sin resolución.

El rompimiento se esperaba, o se necesitaba, según el caso. Por los terrenos internos, los ideólogos de este ciclo rezaban para sus adentros para que algo sucediera y templara los ánimos desasosegados de las almas penitentes  que han digerido este infierno sin casta y sin sobresalientes faenas. Esta vez, cortejaban al ganadero, al cual habían desairado en otras ocasiones. Por el platillo aparecían los toros saltillos de Adolfo Martín sin convencimiento para el público, en dos fases y en seis caracteres de distinta materia. Por los tendidos no cesaba el runrún, primero de expectación, para trastocarse después en desconfianza, cuando se vio que la claridad de la casta estaba indefinida y algún ejemplar manifestaba flojedad. Por el cartel desfilaban nombres de difícil asociación en una tarde catalogada de excelencia para el público aficionado.

Aún quedaba Fandiño, el torero de entrega, de espadazos categóricos, de fuerza lidiadora, de entrega por las bravas, de seguridad plena, del gusto de la afición. Cuando parecía que nada podía con él, cuando se esperaba todo para darle la gloria merecida, entonces se descompuso y quedó reducido en el abatimiento. Le tocó como siempre cal y arena. Una de jugársela y otra de imposible. El tercer animal en orden de lidia, de arboladura antigua, con dos enseñas afiladas y direccionadas a discreción, en el que destacaba el posicionado a la derecha que lucía gancho de los que ensartan sin contemplación. El bello animal fue de incierta claridad y de entrega muy medida, pues acudía a la llamada de muleta de Fandiño desde el otro lado de la plaza y terminó en los tercios desafiando y defendiéndose.

El torero arrancó varias tandas por el lado derecho, ligadas aunque faltara recorrido para rematar en profundidad los pases de pecho. Otra polémica recorrió como la pólvora por el tendido. Alguien había protestado la flojedad del animal y Fandiño le respondía desde el ruedo con gestos presuntuosos. También alguien le reclamaba la tanda obligada por la izquierda, y cuando el diestro lo intentó, ya el animal de defendía en los tercios y manejaba la arboladura cornipasa como una devanadera. Saber a estas alturas si la prueba por ese pitón hubiera sido conveniente con anterioridad, o en otro terreno, ya poco aclararía la situación, pues la conclusión de una buena faena, de gran premio seguro, quedó anulada tras los intentos de Fandiño de dar muerte al animal. Todo concluyó en una imposibilidad, puesto que esta enseña derecha en forma de puñal era lo suficientemente convincente para no arriesgar en la suerte natural, que era lo apropiado. Así que Fandiñó se aturdió en muchos y desastrosos intentos en la suerte contraria y, perdón por el panegírico, quedó él también absolutamente descompuesto. Por allí, con Mulillero, se le iba su sueño y, quién sabe, si también su afirmación. En el sexto estuvo ocupado en sortear la descastada materia, con bronquedad incluida, y sus propios desasosiegos, apagados con agua helada cuando ardían incandescentes.

Todo el mundo hablará a estas alturas del segundo ejemplar de la tarde que te tocaba en suerte a Juan Bautista. Bueno, en suerte relativa, porque una vez que realizó un buen capote -con media verónica flexionada y categórica- ; que llevó galleando bonito al caballo; que lució al ejemplar cárdeno en distantes terrenos de arrancada; que quitó y replicó a Fandiño; que los subalternos se contagiaron con la torería; pues allí quedó desarmado Bautista, sin entender ni aprovechar la gran nobleza del animal y sin solucionar la ya rajada retirada del mismo. Allí se quedaron ambos aquerenciados como estatuas de sal, la suavidad del toreo evaporada y la posibilidad desperdiciada. Después le tocó al diestro francés en más flojito de todos, que llegó a la muleta en estado de coma, desplomado y moribundo. Por supuesto, imposible de todas todas.

José Luis Moreno ya no está para estos avatares. En estos carteles, o se está o no se viene. Sencillo. No se puede justificar sus prevenciones. Había que enganchar en la muleta al toro de apertura, que aunque de retorcido genio y complicado manejo, tenía que exponer, llevarlo, engancharle, ponerse y, como poco, intentarlo. Sin embargo, realizó la técnica de la asfixia y la parada. Pero, lo peor de lo peor, es que permitiera la muerte premeditada del cuarto toro en los petos de su picador. Esto, señor mío, sí que no tiene perdón, por muchas zancadillas que le hayan puesto en su vida torera.

Ahí se fue la feria. Ahí se implanta la polémica, vestida de flamenca, a lunares de arte y cultura, de programación insidiosa y de fracasos plenos, de desvergüenza torera y de descastada materia. Si quieren que volvamos a la plaza que traigan cante jondo, bailaoras sin juanetes y ramos de flores a nuestros pies. Atentamente.

Toros de Adolfo Martín, desiguales de presentación, con caracteres asaltillados los tres primeros y un sexto fuera de tipo. El 4º y 5º con falta de remate, -este último resultó inválido-. Respecto al juego hubo de todo.
El 1º, un manso con casta que sacaba en prontos sueltos, fue al caballo con empuje, salió suelto de las varas y resultó de difícil manejo por sus querencias. Hubo algunos pitos en el arrastre, aunque no fue para este juicio. El 2º, con casta, con nobleza, que se entregaba en suave embestida, y se quedó sin torear. Aplausos en el arrastre. El 3º, de estampa antigua, cornipaso, con un pitón derecho que daba miedo, fue poco claro y poco picado. No terminó de entregarse. También recibió aplausos en el camino al desolladero. El 4º, quedó muerto bajo el peto toricida, y eso que no tenía muchas fuerzas, para llegar agónico literalmente al último tercio. El 5º, de menor trapío, abanto, flojo y después inválido, manso y sin emplearse. Fue protestado. El 6º, picado también a la manera salvaje, y después de la primera vara descomunal quedó sangrando copiosamente inundando de charcos el terreno donde se aposentaba. Le costó decidir la arrancada al caballo, y todo se quedó en bronquedad e inmovilidad.

José Luis Moreno: dos pinchazos, en uno de ellos tuvo que salir a la carrera, estocada desprendida, aviso y dos descabellos (silencio). Casi entera (silencio).
Juan Bautista: media estocada arriba (saludos desde el tercio); media estocada caída (silencio).
Iván Fandiño: mucho tiempo de preparación para la suerte, aviso, primer pinchazo que resbaló en una banderilla, otro, otro recibiendo, metisaca en los blandos, un descabello (sin dejar el estoque) y el matador quedó descompuesto. Todos los intentos realizados en la suerte contraria, pues en la natural suponía el paso infranqueable de un abierto y desafiante pitón derecho. (Saludó desde el tercio). Pinchazo, bajonazo a paso de banderillas (silencio).
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