Octavo festejo. Madrid. Plaza de toros de Las Ventas, 17 de mayo de 2012.
Toros de Victoriano del Río (uno de Cortés, del mismo ganadero) para Sebastián Castella, José Mari Manzanares y Alejandro Talavante.

El corralito sigue

Por Paz Domingo
Llegó el día que debía levantar la fiesta y pasó sin gloria. Un montón de “sensaciones” iban a restaurar la espectacularidad merecida para este espectáculo “increíble”, y a poco más que se lo hubieran propuesto nos matan allí mismo de tanto descaro, mentiras y blandenguería. No sirvió ni para el boato relumbrón del papel brillante y el clavel reventón, ni para hacer unas risas, ni para quitarse alguna que otra telaraña. Pero yo vi un ángel surgir de los tendidos aletargados, airear las alas plateadas, contemplar la escena, apuntar con el dedo divino, señalar omnipotente que lo que allí pasaba no era milagro, ni purgatorio, ni redención de penas, sino un corralito más de estos tiempos posmodernos en los que tanto nos preocupa el estado del bienestar para vivir peor que nunca.

Toros, lo que se dice toros, fueron de pega, de diseño, de los que se procuran en los corralitos de mercadotecnia bovina. Algo así, como prendas sublimes de alta costura, con matices cómodos, sofisticadas hechuras, delicadas presencias, tocados refinados, ligeros de intimidades. Hay que decir, que una vez puestos en el cuerpo, marcaban con éxito su intencionalidad sin excesivas pretensiones, aunque los modelos se empeñaban en denunciar que los trajes les hacían arrugas. Y es que los protagonistas de las pasarelas taurómacas ya no son lo que eran, aquellos que necesitaban cuerpo para lucir tanto una armadura como un tanga. Los toros de Victoriano del Río, como digo, de puritito diseño, que si algo tenían que decir, quedó inédito entre tanta gacela andante.

Hasta el drama fue para no dar crédito. Salió atropellado Castella en el primer cite con la muleta, cojeando y con una mancha de sangre en la entrepierna. Y la mayoría de los presentes creyeron una poderosa actitud del animalito en ciernes que tenía delante, cuando a la vista de unos cuantos, con mil aventuras del torero francés en la retina, sabían que el diestro construye sus insulsas faenas desde la igualdad de formas, estatuarios, mantazos en las distancias lejanas, revolcones varios, para terminar en parones jugando al pendular insomnio. Pero, ayer le funcionó y los que le pidieron la oreja vieron en el maestro poderosas cualidades de dominio dramático donde Castella solo había puesto muchos reparos de mando y aprovechamiento de embestida, además de ocultar el pitón izquierdo del animal algo más aceptable. Encontró un toro más a su gusto de toreo en su segunda oportunidad, pero la solución de Castella fue la misma, quizá algo más rematada porque se perfeccionó el arte del ocultamiento animal, la selección de terrenos menos aconsejables y conducir la poquita nobleza del toro hasta el insoportable juego del parón, para al final dejárselo sin torear. Puede ser, como dicen, que tenga mucho mérito el diestro empeñado en seguir en el ruedo después de llevar una cornada seca en zona tan delicada como puede ser la ingle y, sin embargo, para algunos no nos sorprendió en absoluto su arrojo tan meritorio, pero mucho menos nos pasma sus artes lidiadoras caracterizadas de tan escasa maravilla.

La polémica la puso Manzanares. Convertido en el Mesías de este corralito taurómaco comenzó su primera faena poniendo la miel en los labios para quien presagiaba otra tarde apoteósica del diestro. Algún lance de capote aceptable -aunque muy vistoso-, compacta actuación de la cuadrilla –con algunos desajustes con las picas y un tercio de banderillas de buena colocación - y primeras tandas con la muleta -en las que parecía que el acoplamiento iba a ser posible- cargadas más de estética que de acercamiento.

Las distancias se fueron alargando en los sucesivos encuentros entre toro y torero, de manera progresiva, y se empezó a reclamar el sitio bueno al maestro todopoderoso, que a estas alturas cada vez obligaba menos al animal. Manzanares trasladó la expectación general en desánimo propio y el dominio de la suerte suprema en un inquietante final realizado en dos tiempos: dejar media estocada trasera recibiendo y entera empujando después. Salió trasfigurado en su segunda oportunidad. Allí estaba el matador, tirando de estética, de sobrada justificación, de desconcertante actitud provocadora. Allí mismo, estudiando el parón que le socorriera, el cite con el pico de la muleta, el brazo oblicuo, el cuerpo afuera, el papel de trámite, el revolcón posible, el genio encendido… y el bajonazo como sea. Y el Mesías que debía traspasar la puerta de la gloria, salió del coso con el alma contrariada, y quizá sin propósito de enmienda.

Y Talavante, ese torero heterodoxo que puede explotar la improvisación genial en un momento dado, pues estuvo a remolque de la expectación, entre un torito de juguete y unas verónicas de cierto empaque y pasó por Madrid con aire de eterno segundón, sin molestar y sin sobrepasar. Encima, parece que no se entera, con las veces que en esta plaza se le ha visto –bueno y malo- y no se le ocurre otra cosa que brindar la birria de torito, protestado por impresentable y flojo.

En fin, todo al revés. Sucedió como era factible que sucediera. Menos mal que la sociedad migratoria y trashumante que llenaba los tendidos de Las Ventas no convirtió la decadente situación de este espectáculo en soberbia orgía. Quizá, tuvo que ver el canto de la cacerolada que surgió en los tendidos cuando el ángel custodio insistía que aquello no era milagro verdadero. Quizá. Ya veremos como salimos de ésta y de la que viene.

Plaza de toros de Las Ventas. Madrid, 17 de mayo de 2012
Toros de Victoriano del Río, (uno de Toros de Cortés, hierro del mismo ganadero) de escasa presentación, cómodos de hechuras, flojos algunos, bondadosos de carácter, y alguno de cierta exigencia. A todos les dieron puntacitos en los bajos lomos, nada serio. El segundo recibió aplausos en el arrastre.
Castella: estocada caía (oreja); -aviso- dos veces se perfiló para dejar un bajonazo atrás y tendido, a la manera como sea, y descabello (silencio).
Manzanares: media estocada recibiendo que completa al terminar el vaciado de la suerte, en dos tiempos (saludos desde el tercio); estocada (saludos desde el tercio entre división de opiniones).
Talavante: bajonazo (silencio); casi entera caía (saludos desde el tercio).
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