Vigésimo tercer festejo. Madrid. Plaza de Toros de Las Ventas, 1 de junio de 2012.
Toros de Hijos de Celestino Cuadri para Rafaelillo, Javier Castaño y Luis Bolívar.

Se fueron sin torear
Por Paz Domingo
La afición se quedó tranquila después de presenciar el espectáculo que es capaz de generar el toro, cuando en realidad se da su verdadera condición. El ganadero Fernando Cuadri, este hombre romántico de la cabaña brava, lanzó una corrida imponente de presencia y toreable en su comportamiento encastado. Y he aquí la contradicción para todos. El valor necesario para realizar la torería ni se esbozó. Con Castaño en la enfermería, Rafaelillo y Bolívar se quedaron a sus anchas para justificarse en la impotencia, para escabullir el bulto, para no dejarnos ver a los animales en el enfrentamiento con el caballo, para no aguantar ni una sola de las embestidas y para recrearse en la astucia de ocultar la condición poderosa que le ofrecían los cuadris. Es decir, que se fueron sin torear. Y el sueño se trasformó en desasosiego. 

Allí en los tendidos se dieron cita los aficionados deseosos de ver toros, algo que en verdad se prodiga poco. Y los vieron pasar. Y los vieron poderosos. Y los vieron con posibles. Y los vieron salir inéditos de lucimiento, sin lucha que les ofrecieran los diestros. Javier Castaño estaba listo en decisión, pero en el quite último a su primer animal, que hizo segundo en orden de lidia, le perdió la cara, salió volteado cayendo sobre la cabeza, y quedó arrollado. El torero con una fuerte conmoción insistió en realizar su faena. Citó en los medios. Provocó la arrancada del animal con auténtica casta congénita. Realizó algunos trazados buenos y naturales, pero su resentimiento por el percance se hacía cada vez más evidente. Con Castaño en la enfermería, la corrida de Cuadri quedó en manos de Rafael y Luis, ambos hermanados en un sinfín de visiones imposibles y realidades ocultas. Y, sobre todo, ambos destacaron en proponer obligatoriamente lidias nefastas para la condición de estos animales y en técnicas demoledoras bajo los petos toricidas.

El desánimo se realizó ya con el primer animal de la tarde. Imponente, hermoso, de perfiles contundentes, que se arrancaba al caballo a pesar que le propinaron tres moliendas tundidores, al estilo barrenero tapando la salida, hasta el punto que el agujero realizado por la puya asesina se veía desde los tendidos altos. Tenía dos pitones posibles de embestida, nobleza y facultad para realizar el toreo. Así se vio, porque Rafaelillo no pudo ocultarlo, aunque se empeñó en confundir al respetable con cambios de terrenos a los adentros, porfías en los enganchones, tirones bruscos, regates múltiples. Había que aguantar, es cierto. Había que ponerse, por supuesto. Pero, ¿dónde estaba el valor y arrojo que ha demostrado en muchas ocasiones? Nadie se lo explicaba. ¡Qué pena de toro!, se lamentaba el público del hermoso animal inédito camino del desolladero.

La triste historia fue que se hizo múltiple. Se repitió, como si de plantillas se tratara, en los sucesivos encuentros entre animales encastados, rebosantes de trapío, y los hombres sin ganas, sin intenciones y sin poderes para sobreponerse. A Rafael se le vio mucho. Tres toros pasaron por sus manos y a los tres con el mismo desaliento. Con el que hizo cuarto, quizá el de una embestida menos clara de todos, hizo el torero lo que no se podía hacer porque, como no quiso ni verlo, se dedicó a la técnica de tocar con la muleta los pitones entre mantazos y tirones. Hasta se enfadó con el público, cuando en realidad debía ser él quien necesitaba de comedimiento y valor. Dejó al toro de Castaño al destino toricida, bajo la irresponsabilidad de las cosas mal hechas en el caballo, en la brega, en los enganchones, en los primeros lances de muleta haciendo muro que acabaron pronto con la embestida.

A Bolívar se le vio también así. Igual. Quizá con menos predicamento, pero en igualdad de condiciones. Desbordado en todo momento, en todos los intentos, en los imposibles empeños de aplicar el toreo moderno al uso. En la actuación del animal que hizo tercero se enfrentó a nobleza repetidora, a la trasmisión de la casta a una poderosa cualidad que tienen ciertos animales que se empeñan en enseñar a torear a quien se lo pida. Pues, ni con esas. El diestro se quedó por debajo de lo que ofrecía el toro de Cuadri. Sin embargo, aún le quedaba otro toro de ensueño triunfador, si lo hubiera querido ver. Bonito, serio de arboladura, más estilizado de hechuras, altivo, desafiante, ágil, con fijeza, con listura, metiendo ya la cabeza en los primeros lances del capote. Bolívar casi ni se acercó y la gente se impacientaba con cabreo del bueno. Acobardado el matador, todo se quedó en nada, hasta que se sucedieron los aplausos en el arrastre y la bronca desde los tendidos. Pues, señoras y señores, así fue. Todo igual. Nada en maestría. Todo a los toros.

Toros de Hijos de Celestino Cuadri, bien presentados, de imponente trapío, con cuajo y perfiles. El 3º de cien kilos menos de media y algunos con más cabeza como el 5º y 6º. Todos fueron al caballo, la mayoría empujaron con fuerza, bravos de condición, pero a todos se les propinó una molienda desenfrenada, con barrena en forma de puya, con salida imposible y con sangría abundante. Todos resultaron encastados, y hasta nobles en la muleta. No se les realizó una lidia acorde a su condición poderosa y si llegaron parados a la muerte fue por la técnica imposible de los protagonistas. Todos fueron despedidos con aplausos (1º, 2º, 3º, 5º) y palmas (4º y 6º). El mayoral saludó desde el callejón.

Rafaelillo: dos pinchazos con descolocación, media contraria y caída, rueda de peones, aviso, un descabello (silencio); tres pinchazos descolocado, pinchazo hondo, rueda de peones, acoso indecoroso al toro, un descabello (pitos y bronca); estocada caída y tendida (pitos y bronca).
Javier Castaño: tres pinchazos y estocada tendida (aplausos). Pasó a la enfermería por una conmoción sufrida por una caída durante la lidia de su primer toro. Con pronóstico leve, sufre un esguince cervical.
Luis Bolivar: pinchazo y estocada delantera caída (silencio); media delantera que degolló al toro, el cual se desangró de manera insoportable, propinándole la muerte más horripilante que se pueda dar a un toro de lidia (bronca). 
Un recordatorio falta. Es para David Adalid, un torero del segundo tercio.
Comments