Morante de la Puebla en un quite por chicuelinas en el cuarto toro de Victoriano del Río.
Fotografía de Paco Sanz.
 
Plaza de toros de Las Ventas.

Vigésimo séptimo festejo de la Feria de San Isidro

8 de junio de 2011

Corrida de Beneficencia. Cinco toros de Victoriano del Río y uno de Cortés para Juan Mora, Morante de la Puebla y El Juli

 

Los ni-ni

Por Paz Domingo

La explosión de este petardo todavía se está oyendo en los confines del mundo. Para quien lo quiera escuchar, porque ya conocemos el grado de sordera de muchos. La corrida del año en la que se debe cuidar hasta el último detalle fue un despelote mayúsculo, desde la ponderación de la nada por parte del público asistente -gran parte estafado por los abusivos precios que pagaron por ver este cartel de lujo, hasta la aberrante transfiguración de unos hombres vestidos de toreros en comediantes vulgares, protagonistas de escenas dantescas, grotescas de ejecución y burlescas de emoción. Un bodrio inenarrable. Y como aquí todo el mundo se toma licencias de tipo múltiple –impunemente, por supuesto- pues convengo en denominar a este fraude escandaloso, taurino, torero y aficionado, como la generación Ni-ni. Ni se ponen, ni se quitan. Ni estudian, ni trabajan. Ni van, ni vienen. Ni se disfruta, ni se barre. Ni se avanza, ni se rectifica. Ni somos tontos, ni nada que se parezca. Ni aliviamos nuestras almas toreras, ni se apacigua nuestro espíritu. Ni tienen decencia, ni la van a tener. Ni esto es admisible, ni nada que se le parezca.
 
Ya les vale a todos estos ni-nis; voceros de grandilocuentes epopeyas; engañadores de almas cándidas; politicastros venidos a rentables cargos; negociantes enriquecidos con pelotazos urbanísticos y metidos a sofisticados ganaderos que crían miserias por doquier; artistas postineros transformados por el márquetin en espejos inmaculados; personajes mentirosos empeñados en reivindicar la verdad. Y así, señores, hasta donde ustedes quieran, porque se puede avanzar en esta horripilante consideración. Por mi parte prefiero parar en este punto, porque ya me han llamado la atención, que por describir estos despropósitos soy mala persona, y por contárselas me han puesto en la lista negra rodeada de símbolos raros.
 
A nadie le gusta que le señalen con el dedo. Que le digan: ¡Ahí va ése, que dio un mitin que nos dejó limpio el bolsillo! Me pongo en su lugar y paso un mal rato, todo sea dicho. Aunque si se compara con los muchos ratitos que nos han propinado, si se hacen cuentas de los saldos corrientes –para los que están en la nómina abonada y para las comisiones que añaden a los advenedizos- pues el asunto empieza a tiznarse, tanto que el temple se empieza a acabar y se corre serio peligro de transformarse en tentativa impulsiva.
 
Tuvo mucha gracia lo que sucedió. Cuando ya hubo pasado la sutileza muy escondida a sabiendas de Juan Mora, cuando había pasado el primer envite del ciclón artista de Morante, cuando se hizo presente la aberrante escenificación de El Juli –por cierto, tan aplaudida como desacreditada- y cuando los más veteranos pensaban que ya estaba el lío mediático (dícese de la actitud que tienen los que van a los toros con cartilla aleccionadora para los toscos aficionados que se pasan las horas muertas en el duro granito, sencillamente porque son tontos), pues allí mismo se hizo presente la confluencia del justo precio y no fueron necesarias las divisiones de opiniones. El julipie (término inventado con mucha aserción para denominar al saltito del torero -creador a su vez de las lopecinas- en el momento decisivo en la cruceta) quedó trasformado a los ojos de todo bicho viviente en un estoconazo enhebrando el costillar del inclasificable bovino, y que sin pudor lució el mamífero –como alma que lleva el diablo- por el albero sacrosanto.
 

De buena se salvaron estos pobres aficionados que se desloman habitualmente bajo soles inclementes, que se desgañitan en tantos cabreos. Porque si El Juli descarga el bajonazo del julipie un palmo más arriba (igualmente en los bajos) se arma la de “Dios es Cristo en Las Ventas”, una culminación tan cacareada aunque nunca consumada.  Pero la Virgen María, sintió compasión, se confabularon los elementos y todo el universo taurino se mostró tal y como está: hecho una comedia inenarrable.

Los ajustes y finuras estuvieron errados toda la tarde tan torera. Cayeron donde cayeron. Por ejemplo, a Morante le retrocedían. “Morante, que es p’adelante”. Y el capotero sin sombra decía que para atrás. Lo dijo, y lo reiteró siempre. En todo acto, En toda intencionalidad. Los acólitos de esta patraña seudo convertida en verbo divino asegurarán que no tenía con qué hacer arte. ¡Cómo si colocar bien la patita fuera consecuencia de inspiración! ¡Ay, Morante, Morante! Y Morante nos dejó sin el nervio entregado, sin el alma completa. Estuvo justificándose todo lo que pudo y más, incluso en la simulación de un quite arrebatado con el maestro Mora, y ambos quedaron para la profusión de las buenas intenciones en desajustadas y distantes chicuelinas y enganchones en los lances por las alturas. Entre uno y la contestación del otro, todo quedó en rancio romanticismo.
 
¡Ay, Morante, Morante y sus puñales! Dos dio. Soberbios. El primero a la remanguillé con el estoque que llevaba escondido en las inmensas entretelas. El segundo en probaturas de meter y sacar en los terrenos blandengues y descompuestos de un nobilísimo tontorrón de embestida continua y de físico indescriptible. Con este moderno portento de la cabaña brava -esplendorosa en nada consistente- se le vieron de verdad las pocas ganas de hacer honor a su fama. Ha dejado Morante de fumar a la vista de todos, y a tal circunstancia le echan la culpa de todas nuestras desgracias. Los pensamientos son libres. Los vicios, igual. ¿Alguien lo duda?
 
Respecto a Juan Mora se le escapó una mínima posibilidad con el enfrentamiento a la relativa casta de su primer animal, y a mostrar serenidad y clase torera con el mansurrón cuarto. Se empeñó en maestro en llevarle a los medios, y el animal le arrastró -en un suspiro- a las tablas queridas. Ni sacarlo pudo. Ni matarlo arriba. Y cosas del destino van y le propinan unos aplausos a tan certero bovino descastado, y manso a mayor gloria.  El Juli evidenció sus malísimos modales, sus largas distancias, su brazo extensor –prodigio en las afueras-, sus dominios en inciertos terrenos, sus postreros lugares en el momento supremo.  
 

Y lo mejor, queda para este final cada día más seguro. Los toritos indefinibles que aportó Victoriano del Río eran un primor de desecho ganadero. Parecían con el conjunto de cinco como una venganza envenenada. Y aquí se apuntan las especulaciones. Una es que los empresarios están pagando muy poco y el ganadero dijo que "por aquí se va a Madrid". Otros, que tan manoseado está la genética que es una muestra de lo mal que está el kilo de experimento. Para otros muchos, es una maldición, con lo que se ha trabajado para este acto conmemorativo y caritativo, con lo que ha sido este esfuerzo y ¡zas!, que ha sido que no. Es mi obligación añadir, que también hay alguna vocecita que se empeña en gritar que esto es una estafa, venga de donde venga. Pero nadie le hace caso. Ahora, a remar para Cultura y a firmar para que este escándalo se perpetúe por los siglos de los siglos. Amén.   

 

Las Ventas. 8 de junio de 2011

Corrida Extraordinaria de Beneficencia. Fuera de abono y segunda del ciclo postizo del Aniversario.

Presidió Manuel Muñoz Infante. La lista de veterinarios oficiantes la pueden consultar en el soporte digital de la empresa gestora de Las Ventas. Ni me molesto en repetirla.

 

Cinco toros de Victoriano del Río. Descastados, mansos, inenarrables, feos hasta rabiar y tan flojos que daban penita y muchas ganas de quemar las fallas allí mismo. Pequeñitos, pequeñitos, acomodados. Resultaron protestados, pues muchos atisbaron que venían seleccionados a imagen y semejanza de los maestros, con muchas exigencias de Roberto Domínguez y Curro Vázquez, apoderados de tanto tronío. Y así fue. El cuarto fue bravucón, como excepción, y lo tomaron como el apóstol en pleno trance litúrgico. Todos presuntamente enfundados. El ganadero dice en público que para tal fórmula utiliza dardos que adormecen al animal. (No se lo crean)

El toro de Cortés, parecía que era primo hermano de la ganadería remendada. Igual. Indescriptible.

 

Juan Mora: estocada delantera y caía, varios descabellos y silencio. Silencio también en su segundo envite, a la suerte recibiendo, pero la espada se cayó. Necesitó también varios descabellos. 

Morante de la Puebla: estocada endilgada a paso de banderillas y a la remanguillé. Pitada por la estrepitosa muerte. Después vino la dimensionalidad de la bronca torera tras varios metisacas en los blandos más una media cruzada y atravesada, al estilo depurado en delito tabernario.

El Juli. Estocada de julipie que atravesó el costillar e hizo guardia (pero guardia, guardia) envainada espeluznantemente. Intentó el descabello con el estoque colocado y se armó una bronca descomunal. Después dejo casi entera con posición vertical.
 
Nota: presenció el extraordinario festejo el Píncipe de Asturias, junto a la Presidenta de la Comunidad de Madrid y Ramón Jauregui, ministro de Presidencia del Gobierno. La prensa del corazón echó en falta a la princesa Letizia, nada aficionada al mundo de los toros como ha dejado claro en esta ocasión. El Príncipe tampoco le agradan estas aventuras taurinas, pero hay que tranquilizarle, Alteza, a los que amamos este mundo incomprensible de los toros tampoco lo queremos así.
 
Reportaje gráfico de Paco Sanz
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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