Plaza de toros de Las Ventas. Madrid

Segundo festejo de la Feria de San Isidro 2011

11 de mayo de 2011

Toros de Vellosino para Uceda Leal, Miguel Abellán y Rubén Pinar

 

Contorno de ojos

Por Paz Domingo

Una de las leyendas de mayor divulgación entre las campañas publicitarias en cosmética revolucionaría es la solución reparadora, rápida y, por tanto, muy eficaz que anuncian como el poder antioxidante para los dramáticos efectos que produce la gravedad en los surcos del rostro. Resultados visibles, dicen. Nada mejor para las arrugas. El ácido hialurónico regenera la elasticidad de la cansada piel. ¡Sálvense!, con un buen contorno de ojos. El receptor del milagro, deslumbrado por la milagrosa maquinaria antirrides se decide doblemente. Primero, porque la necesidad es un hecho; después porque hay que pagarlo. Usted, lector medio, sabe de qué estoy hablando.
 
Lo más probable es que entre tanto desasosiego reformador, el sujeto que espera el paliativo remedio quede con el cutis muy hidratado, la conciencia insidiosa quizá realizada, el bolsillo algo más raso, e indeciso de si picar con un mes al sol vivo para lucir cuerpo morenazo o darse un homenaje de restailing en las ojeras.  
 

La decisión es difícil. Depende del momento. Esta comparación traída por el ejemplo de las arrugas, mal comparada, se podría asemejar a las rugosidades de la Fiesta de los toros. Parece que está traída por los pelos, pero ahora les explico.

Los voceros del reino animal, bovino y taurómaco, están muy preocupados porque aseguran que la cabaña brava no embiste. Que no se mueven. No hablan de casta, ni de bravura, ni de oficio, ni de las cosas bien hechas. Pregonan la urgencia de conceptos tales como movimiento, repetición, colaboración, consentimiento, tragaderas, y no sé cuántos términos eufemísticos para la bobería congénita de llevan en las entrañas tan pobres animales. Algún día les hablaré de mis frases favoritas. Hoy les expongo la solución reparadora para despreocuparse del paso inexorable del tiempo. Un buen contorno de ojos, que tratándose de términos taurinos se podría llamar algo así como la súper crema reparadora que reduce los malditos riesgos temporales y de efecto visible casi al instante, de suave efecto peeling, con ácidos frutales para una piel lisa y radiante. No se rían. Los publicistas no van a los toros, no se han empapado de la hidratación del lenguaje taurino del momento, y se pierden la maravillosa oportunidad de agregar terminología que no tiene desperdicio, tales como “bálsamo para la delicada cara con muchos pies”, “el arte de la fricción colaboracionista”, “la esencia con mucho motor”. Solamente existe un riesgo, que traspasar la delicada línea entre la delicadeza y lo pornográfico es tentadora, tanto como sujetos serían capaces de arrebatarse con estos atributos publicitarios.
 
El día de marras, en que se exhibían animales sacados de crianzas e investigaciones de acuerdo a la modernidad imperante, traía el sello reparador para el contorno de ojos, pues los ejemplares embasados para la reparación facial embestían. Para que ustedes me entiendan, es algo así como si a los tarros añaden un poco más de vitamina c, unos cuantos efectos para mejorar el tono de la piel, disminuyendo las manchas, reduciendo los poros dilatados, dando elasticidad. Pero, los sujetos que debían aplicarse la crema renovadora dijeron que no les venía bien a las características de tan lustroso cutis. Vamos, que hicieron mutis por la hidratación y se dedicaron a darse friegas en el vacío. Y esta historia no se entiende si no fuera cierta. Los ejemplares de la ganadería no tenían complicaciones. Algunos mansearon, pero con sutiliza. Quizá, querían huir, pero terminaban haciéndose los encontradizos. Colaboraron a la causa tan demandada, salvo porque lo único que reclamaban era terrenos adecuados para lucir cierta castita (como se denomina hoy en día, literal).
 
Uceda Leal, torero de viejas formas, de eternas promesas, de empaque grácil, de resultados nunca rematados, aportó en breves lances un poco más de sobriedad, pero optó por la absorción lenta del mismo potingue que los otros dos protagonistas de la tarde. Dio buenos estatuarios, aunque en las alturas, durante la faena al flojísimo animal que le correspondió. Sin materia arrebatada para la profundidad se dedicó a meter riñones, se adornó como sabe, se puso pinturero aunque no le pegue, y la magia no fue posible ni creíble. No midió bien los tiempos, alargó con circulares sin sentido. Después, aburrió. Con arranque de abajo a arriba, con mucho gusto, con  más toro colaboracionista, y al final no dijo nada. Vamos, que ni se lavó la cara.
 
El ungüento de más calidad le tocó a Miguel Abellán. Los animales tenían ingredientes reparadores, sin ser milagrosos, pero con un ácido glicólico de efectos brillantes y tersos, visibles al instante. El torero madrileño en otro momento se hubiera lanzado al experimento con alegría. Ahora, le dio por ponerse cabezón. Decía que no. Muy metido en el circular, en sitios equivocados, en terrenos indecisos, cometiendo tropelías antiestéticas a tan suculento regalo. Nos mareó. Nos decepcionó con tanto muro para equivocar la trayectoria natural del animal. Nos cabreó. ¡Para un toro que sale, y le toca a este hombre! Pues, señores, le salieron dos, como las tazas de caldo. Entonces, las fuerzas se encaminaron a terminar con la confusión, pero a las usanzas terroríficas: la fuerza bruta para cargarse el objeto de deseo a conciencia. Y manos a la obra. Todos, desde el matador a los coadjutores. Un desastre indescriptible.
 
Al joven torero de alternativa -y manchego- tampoco se puede justificar su anti resolutiva comparecencia. Lleva dos años de alternativa y, por tanto, se le supone cierta madurez para darse algún baño de activos que den turgencia al rostro. Le toco la nobleza afrutada con aroma de malvas en su primer toro, pero hizo descuelgue. Con el segundo intento quedó desbordado con tanta elasticidad, con activos radiantes, una perla potable, un serum desafiante con ceramidas que provocarían resultados buenos y a corto plazo si se hubiera producido el estiramiento necesitado.
 

En fin. Ya les digo, tal y como van las cremas hidratantes, no sé si inclinarme por una mascarilla anti-age, o por una crema regeneradora celular. No sé si dedicarme a la divulgación cosmética, o a la industria reafirmante. ¿Ustedes, qué harían?

 

Las Ventas, 11 de mayo de 2011

Segundo festejo de la Feria de San Isidro

Casi lleno.

 

Toros de Vellosino, encaste Domecq. En general, presentados correctamente, desiguales de peso, hondura y de cornamentas. El 1º inválido –protestado-, y flojo el segundo, éste muy noble y con aporte de cierta casta. El 3º, boyante, algo reservón, embestía noblemente también con cierta casta. El 4º muy bondadoso, el 5º, también más encastado (se fue inédito) y el 6º el más serio del festejo, que también se marchó como llegó. Todos querían huir, aunque lo pedían de manera discreta. Terminaron todos entregados a la muleta repetidora, incluso al punto del aburrimiento, les colocaron en terrenos inadecuados y no dieron posiblemente la normalidad que llevaban dentro. A los dos primeros no los picaron, evidentemente, pero al resto les sometieron bajo los petos a base de aguijones traseros, de técnica de deslome a ritmo de carioca, excepto al 3º que tuvo mejor suerte con Agustín Moreno. La cabeza de este 3º resultó escasa (o altamente sospechosa), por cierto.

 

Uceda Leal: Pinchazo hondo tirándose bien, casi entera, un descabello, un aviso, otro golpe de verduguillo. Silencio y pensamientos circulantes que evocaban pasadas suertes supremas del torero al estilo estoconazos. Después, pinchazo, bajonazo perdiendo la muleta y tres descabellos. Mucho silencio.

Miguel Abellán: Pinchazo hondo, otro, aviso, otro, y cogió la cruceta para dejar dos golpes. En el segundo, intentó matar en la suerte natural (nadie lo entendió así); no pudo a pesar de los dos intentos reiterados, pues propinó un pinchazo más un bajonazo sartenero. Un descabello. Silencio, y algunos pitos.

Rubén Pinar: Pinchazo hondo, volvió a entrar y dejó otro, bajonazo trasero con derrame; estocada y algunos descabellos. Primero silencio, algunas palmas después.

 

Otros acontecidos.

Un picador de Abellán, llamado Jabato, se pasó de sitio y tiró la vara -al segundo de la tarde- en la flamante paletilla, más un innecesario paripé, cuando todo el mundo vimos que no estaba por la labor buena. El otro varilarguero, de nombre Jaime Ruiz Soro, dio una serenata de juzgado de guardia. El Chano, también miembro de esta cuadrilla puso dos pares de banderillas aceptables, pero estropeó su aseada intervención cuando desplegó uno de esos capotes engomados, horripilantes, antiestéticos, duros como lijas y que un compañero de tendido define como la maldad propia para los toros de rejoneo. Recibió una bronca considerable, pero como el matador tampoco estaba por la labor de enmendar el desacierto (ni el suyo ni el del subalterno) pues se fue calentando el ambiente.

Agustín Moreno, agarró bien con la puya al tercero, aunque se pasó de fuerza. Y lo más sobresaliente de la tarde fue el torero con un soberbio par de banderillas realizado por Manuel Montoya, peón de Rubén Pinar, que dejó belleza en el toreo de dejarse ver, de andar en la cabeza, de parar, de colocar en el sitio, de salir despacioso como se entró.
 

La noche se complicaría. Un terremoto dejaba arrasada la localidad murciana de Lorca. El seísmo que se predijo para Roma, alcanzó las tierras levantinas, provocando uno de los desastres naturales más dramáticos de la historia de nuestro país.

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