Imagen perteneciente al soporte digital de Las Ventas (http://www.las-ventas.com/)
referente al apartado de la ganadería de El Ventorrillo
Se llama Cervato, con número 26 y de 526 kilos, tiene guarismo 7 y nació en octubre de 2006.
 
Las Ventas. Madrid.

Octavo festejo de la Feria de San Isidro 2011

17 de mayo

 

Toro pintado

Por Paz Domingo

Apareció un toro coloreado con caprichosa imaginación. Una capa castaña salpicada de términos y accidentes que recordaban las reminiscencias de su sangre vazqueña. En la base las tonalidades pardas, amarronadas, retintas en los extremos, fijadas a modo de capirote en la cabeza, de calzón en las nalgas, imprimadas en las rotundidades del amplio pecho. Falso lombardo. Girón de belleza irregular. Burraco en el vientre. Algo más que bragado, con un mapa de manchas blancas pecosas en forma de lunares negros de maravillosa singularidad. Blanco gargantillo, en el comienzo de la badana, delineado inequívoco en el hocico, con unas sombras perfectamente dibujadas sobre la curva ocular para realzar la mirada, con flequillo pajizo y arremolinado, coronado en el lomo izquierdo por asombroso tatuaje, tan original como desconocido. ‘Cervato’ era bajo de agujas, de extremidades cortas, con perfil recto, brevilíneo, amplia capacidad torácica, morrillo mediano, de encornadura discreta. De rápida arrancada, de prontitud a los engaños, alegres en las correrías, de los que van a los petos ecuestres pero no se rompen las superficies ni las entrañas, de los que luego aguantan entregados a faenas medias en los diez minutos, pero de bravura muy contenida.

 
Y así fue. Fiel a su encaste. Representante de su casa. Clónico en su genética. Hijo de la vaca que le parió y del ganadero que lo diseñó. Un calco del origen en juanpedro. Tal cual. De libro, como se dice. Un ejemplar de línea pura en morfología y comportamiento, nacido de la línea vazqueña, de mezcla insistente con Conde de la Corte, dulcificado en hechuras, refinado en altura y muy cómodo para las galopadas modernas y taurómacas. Impuesto en las dehesas por sus altos rendimientos con sus increíbles modas. Animales oriundos con firma de la casa, ahora no tan exclusivos por exceso de competencia. Y ‘Cervato’ parecía sacado de un cuadro de verdes praderas. Un animal entonado que le vino que ni pintado al gran jefe sioux de acusada personalidad, del que se esperaba su entrada en combate desde hace algún tiempo. Y esta tarde, fresca, de mayo caluroso, Talavante afirmó su singular e incontestable calidad con un toro pintado que hizo las delicias de todos los presentes, de la afición que espera verdad, de los taurinos que se les acaban los argumentos y de todos en general, inmersos en instantes apoteósicos.
 
La expectación vino con el derribo que provocó este bello ejemplar al picador Tulio, el cual cayó de cabeza. Milagrosamente se puso de pie sin conmoción aparente. No había llegado a poner la pica sobre el lomo lustroso del animal, incluso el segundo encuentro fue circunstancia acariciadora. El presidente César Gómez dio por bueno este medio picotazo para echar en saco roto los preceptos del reglamento. ‘Cervato’ se fue creciendo. Bueno, él y cualquiera, pues después de tantos consentimientos vinieron los mimos de Talavante, que inició y acabó faena con la mano izquierda y que sostenía con línea firme, con celosía obligada, con inusual seguridad, con tranco rastreo, con vuelos que llevan, con el acoplamiento de ritmo preciso. Y aquí el hombre -de toreo esperado- se emborrachó con incontables naturales, de tandas desordenadas pero categóricas, de enlazar seguidos pases de pecho con pases desgarbados, con algún innecesario circular, con la profundidad en los terrenos justos, con el remate atrás, con la hondura de romperse los riñones. Así toreó, así es Talavante. Un torero particular, de acusada fragilidad, de notabilidad, de idiosincrasia, de inspiración, de contradicciones de manual, de sueños y desencantos, de ponerse al torear y hacerlo tal cual. Como en esta tarde de cielo nublado en que el jefe sioux de desgarbada figura se paseó victorioso por los desolados campos enseñoreando a un toro pintado.   
 
Los acompañantes de terna pasaron como estrellas a años luz, lejos de la galaxia taurómaca, donde apenas se vislumbra su fulgor. A Manuel Jesús, otras veces El Cid redivivo, se le propinó una bronca en su primero porque no quiso entender que el toro cinqueño de El Ventorrillo tenía más de un pase. Después, en su segunda intervención, imposibilitados ambos oficiantes para el toreo a media altura, optaron por las cimas, de cabeza uno y de lances muleteros el otro. El maestro lidiador parece metido de lleno en las exigencias artísticas, sobre todo cuando intenta esconder las cómodas cualidades del ganado. Se le ha visto en esta plaza con arrojo y talento, y no valen estas excusas sin fundamento.
Miguel Ángel Perera aún tiene que elaborar su currículo, de hacerlo irrevocable. Las distancias largas le traen a mal traer. Las carreritas le perjudican. Los terrenos alejados no son buenos. Y los alargamientos en exceso de los tiempos necesarios atizaron el empalago. Aún así, Perera tiene la suerte que le da Fernando Cepeda, su apoderado, aquél que puede explicarle la esencia verdadera del toreo.
Alejandro Talavante, en racha, inspirado, concentrado y arrabatado de locura, quiso intentarlo con el mansurrón que hizo sexto en orden de lida. Pero, esta vez no había materia para la sustancialidad. Ahí quedó eso. Ahí surgió la tarde de cielo nublado en que el jefe sioux de desgarbada figura se paseó victorioso por los desolados campos enseñoreando a un toro pintado.   

 

Las Ventas, Madrid. 17 de mayo de 2011

Presidente: César Gómez.

Lleno, de no hay billetes.

 

Toros de El Ventorrillo, de encaste domecq, propiedad de Fidel San Román.

Bien presentados, de menos a más, pues fueron saliendo en el orden de la lidia con más peso y más hechuras. Ninguno recibió una vara aceptable. Casi todos fueron al caballo en arrancadas pero sin empleo en los petos. Al 3º, dichoso toro pintado, se le dio medio a modo de señalamiento. En general nobles, de comportamiento típico de lo que dio fama al encaste que diseñó el ganadero Juan Pedro Domecq. Con movilidad, cierta clase en las embestidas, proclives a humillar, de aguante largo si no se pican, de estudio del toro artista, con atractivo para las clases medias. Con algo de casta estaba el 1º, con nobleza el 2º, con mansedumbre el 6º, con nada el 4º, con poca fuerza y escaso recorrido el 5º, y con entrega el 3º, el más entero porque estaba sin picar y que “sirvió para el toreo” como aseguran ahora los más modernos estilistas taurinos.

 

El Cid: Pinchazo, estocada trasera y atravesada (gran pitada y palmas de tango); pinchazo, otro y estocada trasera, un descabello (silencio).

Miguel Ángel Perera: sufrió para matar por alargamiento de los tiempos, entró en la suerte tras un aviso y dejó pinchazo, otro, uno más hondo y el animal dobló por el hostigamiento disimulado de los peones (silencio); nuevo alargamiento de faena, pinchazo, pinchazo hondo, entró de nuevo y dejó estocada (silencio).

Alejandro Talavante: estocada (dos orejas): media estocada tendida, aviso, un descabello (silencio). Salió por la Puerta Grande.

 

Otras cosas. Recibieron algunos aplausos el picador de Perera, Ignacio Rodríguez, en la ejecución al segundo; Joselito Calderón, por las banderillas también al segundo; El picador de Talavante “perdió el arre” y cayó de cabeza sin consecuencias graves, aun bien pudo estar afectado momentáneamente pues dejó pequeña puya en los riñones del bello ejemplar; Buen par Juan Sierra al quinto toro, el cual no contribuyó en nada. 

 

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