Plaza de toros de Las Ventas.

Décimo festejo de la Feria de San Isidro

19 de mayo de 2011

Toros del Puerto de San Lorenzo para los diestros El Cid. Miguel Ángel Perera y Daniel Luque.

 

Esto va por buen camino

Por Paz Domingo

Los miembros del estamento taurino no están preocupados por la continuidad de la Fiesta de los toros. Lo parece. Es el discurso del momento. En realidad, saben a ciencia cierta que esto va por buen camino. No hace falta certificarlo. En tres días consecutivos se han cortado seis orejas, y muchas sin torear. La grandilocuencia hecha carne de pabellón auditivo. Y en este camino certero, que ya parece definido, está la superación que se avecina en los próximos días. Muchos dicen que la Plaza de Madrid va perdiendo calidad. Vamos, que ya no es lo que era, o debería ser. Francamente creo que a los citados taurinos esta circunstancia les importa un bledo. La hoja de ruta sigue siendo muy rentable, y en los tiempos presentes de crisis es para darse con un canto en las orejas.
 
Sin ir más lejos, en un día como este sirvieron ocho suculentas piezas en forma de pimientos rellenos de carne y los cobraron a precio de atributo de ánade. Sirvieron a los comensales tres reposteros con aspiraciones de jefes de cocina. Con estos mondos ingredientes la cosa estaba complicada, es cierto, pero bien podían haber puesto un poco de mandanga a tanta parafernalia de vuelta y vuelta para terminar pasando el condumio de tiempo, presencia, consistencia, elaboración y presentación. Y los pimientos rellenos de carne no valían ni eso. Ni un pimiento. El último pabellón auditivo se lo regalaron a El Cid por dos naturales y dos actuaciones sobredimensionadas en escenografía y revestidas de supuesta disposición. Se plantó el gorro de alto copete. Agarró la sartén. Le dio dos movimientos espléndidos de subir y bajar al revuelto, y le dieron premio.
 
En su primera actuación –que ni había materia, ni se había calentado el fuego- se hizo el loco en las distancias, olvidadizo en los secretos propios y recreó al personal con esos movimientos tan detallistas como cuando recoge el mandil (léase muleta) que recuerda a los cocineros de viejos fogones. Después, cuando ya se pedía un remedio para tanta repetición gástrica, sacó una veta de artista a la moda, dejó dos naturales después de dos tandas algo distantes y se sobreactuó poniéndose florido, mandando besitos al moribundo suflé que quedaba desparramado, e hizo genuflexión a la extenuada creación ganadera como si fuera flamante caballero en batalla correosa. Empezaron sutiles las campanillas de los pañuelos que ondeaban. Al segundo, ya estaban todos animados. Todos quieren orejitas. Pues, a ello. ¡Será por dar¡
 

Contar lo que hace Perera es repetitivo, como su torero, como el desánimo del exhausto que empieza, como el del camino al revés. Siempre igual, salvo que ahora cada día mucho peor. Le tocó el toro más malo de todos, si por condición diabólica se entiende que el animal vio los enormes huecos que el matador le enseñaba. Con tranco cochinero y con pasodoble de no fiar, allá se puso el chef a darle mandobles sin ton ni son, de la misma manera que se baten los huevos para la tortilla o se monta la nata. Y lio una de consideración. Se buscó un revolcón, que en términos culinarios sería algo así como masa agitada entre los cuernos y el testuz. Salió del apuro desnudo, con la cara demudada, con el color de la cera, pero para volver a dar los mismos mantazos. Se colocó unos vaqueros a la moda pirata -que puede servir de inspiración para los modistos que se descuelgan por platós televisivos taurinos- y volvió al revoltijo en las distancias dejando los estómagos de los convidados para no probar más tan insustancial vianda.

Al jovenzuelo Luque le pasa más de lo mismo. En algún momento el torero sevillano demostró lucimiento con capote. Ahora, juega al parón, al arrimón, al péndulo, a echar condimento con desgana a la carne que no tiene ni media vuelta sabrosa, concluyendo en una pereza que ni entra por los ojos.

 

Toros de Puesto de San Lorenzo, de procedencia atanasio y lisardo.

Mal presentados, con cabezas sospechosas de retoques. Inválidos, arrastrando los cuartos traseros de salida, tan flojos y protestados que dos fueron devueltos y tan descastados que parecían mulos de soberbia actitud. De los que dicen que no valen un pimiento. Todos se fueron al desolladero sin probar las armas toricidas de los caballeros ecuestres. Los picaron después para dar relleno a las verduras.  

El tercero bis de Salvador Domecq fue picado salvajemente en los riñones únicamente porque el animal parecía tener más presencia. Sin embargo, las entrañas estaban agotadas. El que hizo quinto en orden de lidia, y primer sobrero, fue de Carmen Segovia, de la partida que se debe haber comprado para ser sustitutos. Aunque si los venden para carne tampoco pasa nada.
 

Una cosa muy fea: el sexto toro de los “frailes” (apellido de los ganaderos) salió tan campante con los crotales en una oreja. Ya hemos visto este despiste otra ocasión en Las Ventas. Deberían cuidar este aspecto, que hace muy feo y estropea mucho la imagen.

 

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