Plaza de toros de Las Ventas.

Vigesimonoveno festejo y cuarto de la Feria del Aniversario

10 de junio de 2011

Toros de Javier Pérez Tabernero para Alberto Ferrera, Sergio Aguilar y Rubén Pinar.

 

El muro de carga

Por Paz Domingo

A lo que hemos llegado es a un despropósito, sobre todo, tal y como está planteado el universo de los toros. La mayor de las certezas es comprobar cómo ha desaparecido prácticamente de la cabaña brava –de su selección, crianza y variedad genética- la bravura y, principalmente, la casta. Y el colmo de los sumos es ver que cuando raramente se da, no hay nadie que sepa afrontarla, ni manejarla, ni someterla. Están construyendo esta “evolución taurómaca” -inspirada en vanguardias modernas de último grito- en cimientos movedizos, frágiles tabiques, con cubiertas de uralita, con aislantes de amianto, con reforzamientos de silicona, y con muros de carga tan endebles que bailan con temblores agónicos. El derrumbe es inminente. Eso sí, estéticamente el conjunto sigue siendo soberbio, a pesar de que las grietas están empezando a afear escandalosamente.
 
Todo el peso está recayendo en paredes abultadas, hinchadas por humedades que han cambiado la perspectiva, incluso la de los arquitectos. Los aparejadores del espectáculo taurómaco han convenido en levantar paredes sin huecos por los que divisar la lontananza. Por ejemplo, dejando atrás la metáfora, ayer se produjo una historia poco común pero descorazonadora. Sobre plano, los materiales de la construcción no ofrecían muchas garantías, pues aparentemente resultaban muy toscos para proyectar el arte pericial y habitual. Los maestros vieron en seguida que los bloques mostraban mucha dureza, pero que se prestaban a modelaciones interesantísimas, a conclusiones firmes y seguras. Había que subirse al andamio, amarrarse bien, disponer bien las piezas, sellar bien los ladrillos de sólido barro y dejarse llevar por las rotundidades férreas y estéticas.
 
Los expertos operarios dijeron que allí no subían. Ni los albañiles querían riesgos. Ni los peritos pusieron pegas. Ni los proyectistas exponían la verdadera causa de semejante desconcierto.  Y todos hicieron su muro de carga propio. Donde hay, hay que tapiar. Donde se puede solidificar, hay que escavar recovecos. Donde se ofrece solidez, hay que difuminar. Por supuesto, lo del andamio para el gato, que se ven muy bien los toros desde la barrera de seguridad. Y los tres maestros constructores arremetieron contra las leyes lógicas de la gravedad; los sometieron a prolongadas descargas percutoras en forma de barrenas para ver si los partían en dos; largaban los bloques a terrenos lejanos; los magrearon sin ningún pudor; los molieron a mantazos en las afueras; no se colocaron en el sitio ni por asomo; no ofrecieron el trapo con la más mínima responsabilidad; no expusieron pecho descubierto, ni pericia levantisca, ni aguerrido esfuerzo. Y los seis animales con casta para lucirse en el sometimiento se fueron inéditos al desguace.
 

Los tres fracasaron. Poco importa que uno tenga más soltura para esconderse. Que otro componga mucho la estética castellana pero en este recubrimiento sofisticado no demuestra técnica incuestionable. Que el más joven exponga los bríos propios con demasiada impericia, una vulgaridad gladiadora bastante preocupante. Y los tres en conjunto no fueron capaces de poner ni una piedra. Ni una. Todo un despropósito taurómaco que cuando se da, produce un verdadero cataclismo descorazonador, una certeza de hundimiento inminente. Porque si no, ¿cómo se explica que ni los arquitectos, ni los aparejadores, ni los peritos, ni los técnicos, ni los albañiles, ni los constructores, ni los prestamistas, ni los testaferros den la voz de alarma de lo que sucede en este oficio (que es el suyo)? No me digan, que esto sólo lo ven los pobres propietarios, que además de romperles las ilusiones y saquearles la cuenta corriente, les van a dejar en la calle, víctimas de una catástrofe. Por supuesto, compuestos y sin hogar, con la correspondiente hipoteca por pagar y sin compensación por daños morales.

 

Las Ventas, Madrid

10 de junio de 2011

Presidente: Julio Martínez

Más de media entrada.

 

Toros de Javier Pérez Tabernero en general bien presentados, aunque algunos fuera de los trapíos que se exigen en Madrid, por ejemplo el 1º y 6º (muy altos y exagerados en este tipo engalgado). Aunque sin mucha contundencia en las características propias de Atanasio, sorprendieron porque hicieron lo que hacen los atanasios, salir abantos, inciertos, hasta que se van enterando en banderillas, exigiendo poder en la muleta, y con casta se entregan si hay dominio. Pues, llegaron al último tercio con voluntad de embestir, de humillación evidente, voluntariosos en múltiples recorridos, buscadores de sitios certeros y ajustados. Sin bronquedad, sin manifestar peligros. Desarrollaron una nobleza y casta en la muleta, los seis (hasta el sobrero). Padecieron de flojedad, y al último (un ejemplar de imponente alzada y de planta caballar) le devolvieron sin pelea en los petos cuando ya llevaba banderillas en el lomo. Perdió las manos en varias ocasiones, pero se sospecha que pesó más hacer realidad una Puerta Grande si se devolvía y se probaba con otro.

Todos los mimos de los picadores con este animal se habían olvidado con el resto de sus hermanos. Los pica creyeron que los animales llevaban dinamita y les dieron un recital de deslomes a traición. Sin ponerlos en jurisdicción, sin lidiarlos con orden, sin bajarles la mano que reclamaban, se fueron inéditos de sometimiento al desolladero.

El sobrero fue de Valdefresno, encaste lisardo, y parecía hasta primo hermano, pues también estaba encastado, e hizo lo que tenía que hacer un toro encastado: buscar albañil que colocara bien la piedra. Resultó manso de entrada y muy noble en el último tercio. El único problema que constató fue que le habían pintado las puntas de los pitones con titanlux negro brillante, y dejaron la muestra en unos churretones que le caían ostensiblemente.

Dicen que el propietario actual (que había comprado la parte de Atanasio, que estaba separada de la de Santa Coloma) ha apostado enteramente por el encaste Domecq, y este es el último año que lidia lo último que le queda en esta peculiar genética cada día más certera en la desaparición. ¡Cielo Santo! Muro de carga a la vista, pero bien apuntalado por lo que parece.

 

Antonio Ferrera: que no resolvió la nobleza colaboracionista del animal encastado y dejó media atravesada. En el segundo se molestó mucho en colocar al animal al relance bajo los petos y a las barrenas toricidas. Ahogó las duces embestidas con mentiras muy sutiles porque se llevó al animal a la misma puerta de toriles. Ni puso ni una banderilla en su sitio de las doce que promedió cuando el toro ya había pasado. Un pinchazo, en dichas puertas de querencias, otro, más una estocada caída. Silencio en los dos.

Sergio Aguilar. Intenta la colocación pero desplaza tanto la muleta que se queda fuera. Fuera. Una estocada contraria y silencio. En el segundo quedó desarmado a la primera y a la última, siempre paso atrás, Muy pesado se puso alargando una faena que no dominó nada. Más o menos lo mismo sucedió en la ejecución de la suerte final, en la que dejó pinchazo, aviso, estocada delantera o bajonazo pescuecero cerca de la yugular. Silencios también por igual.  

Rubén Pinar. Mucha brusquedad de la muleta utiliza, que llevó al animal más claro de nobleza entregada a base de tirones, de perfil y de brazo extensor a las afueras. Muy vulgar y con estocada desprendida y mucho circo para la galería. Hubo petición de oreja y oreja que presto le concedió el presidente más resolutivo en este ciclo taurino. Con el sobrero de Valdefresno dejó unos ayudados por alto sin atender a razones, y a la nobleza bovina le endilgó el toreo de pin-pan. Uno quería muleta abajo, y el otro le daba vuelcos al aire. El animal -que tenía la suficiente codicia para cabrearse con tanta sutiliza- estaba que se comía al matador y casi se lo llega a merendar de no ser porque el diestro -de insolente experiencia- le propinó enganchones e intentos -de penduleo con circulares propios de repertorio barato- que dejó al animal desorientado entre tanta especulación urbanística. No se entendieron afortunadamente, porque con este desatino hubiera salido de allí con todos los triunfos.  Dejó pinchazo estocada (de la cual salió con golpe en el pechó porque se quedó encima del testuz, solución que interpretan algunos como una posibilidad de que caiga una orejita). Tuvo palmas y pitos, quizá por igual.

Comments