Plaza de toros de Las Ventas.

Vigésimo cuarto festejo de la Feria de San Isidro

2 de junio de 2011

Toros de Cuadri para El Fundi, Iván Fandiño y Alberto Aguilar.

 

Gallardía

Por Paz Domingo

Viajen a un destino olvidado. A otra época que se recuperó en nuestra nostalgia. A un mundo diferente tan recóndito de disponer. Seis poderosos caballeros de imponentes armaduras, de sólidos pechos reforzados, de petos rotundos, de colosales yelmos, de fabulosos espaldarcetes, de andares pesados, de lanzas cargadas. Seis caballeros que venían a disputar un torneo de trámite, pues con su presencia en la palestra pusieron a los presentes a revivir las justas de siglos atrás. Y allí convenimos todos que cuando hay gallardía todo tiene sentido. Sin necesidad de buscar damas en apuros, puentes levadizos que atravesar, almenas que escalar, incluso castillos normandos que conquistar.

Ahí estaban. Tal cual. Casi todos salieron al campo de batalla andando, con sosiego, sin alteraciones. Se pasearon luciendo descomunal estructura reforzada, brillante, larga, de tan perfecta hondura que los ilustres invitados se maravillaban con la idea que a los caballeros les diera por el enfrentamiento fiero y que explotaran sus entrañas a través de las rendijas armadas. Su nobleza quedó en entredicho. Su enfrentamiento a las bravas tampoco se confirmó. No se entregaron a la repetición, y ni mucho menos a las tonterías de damas en apuros. Por supuesto pidieron verdad, luz del día y oponentes para largos combates. Los tres hombres destinados para esta cruzada entablaron diferentes estrategias. El más avezado en difíciles batallas campales estuvo firme en su primer acometimiento, aunque sin exposición completa a actitudes radicales. Este resolutivo despacho quedó zanjado para los restos cuando rompió con los protocolos a que se deben los nobles hombres después de jurar códigos de honor en este crucial viaje. Incluso pareció que le faltó el decoro, circunstancia que afeó mucho su actuación y sus hazañas pasadas, muchas de las cuales son digas del recuerdo.

Se presentó el segundo contrincante. De rodillas se descubrió. Dispuesto a ser armado caballero, la concurrencia pletórica entre tanta maestría del aspirante afirmó que había llegado el momento excelso. Él mismo se lo había ganado. Condujo la empresa con arrojo, con la generosidad de la técnica para disfrute del pueblo; del conocimiento en los terrenos más peligrosos y apropiados para la lucha; de la soltura para el riesgo; de la maravilla ante las dificultades del sometimiento. Realizó dos sorprendentes intervenciones. La primera de ensueño heroico. La segunda avanzada en destreza. En ambas, se sobrepuso sin miedo al encuentro final, entregándose con el pecho descubierto y el alma serena. Así, al joven hombre que es un colosal lidiador se le tocó con la gracia de golpe al hombro con la espada confirmadora.

El tercer oponente tuvo en vilo a cuantos admiran la hombría de la lucha poderosa hacia el sometimiento. Salvado de milagro, impedido por la falta de experiencia y devuelto a la vida en varias ocasiones debe tener claro que necesita buen entrenamiento por maestros de otra época. Estuvo, y es mucho. Mucho. Estos combates tan categóricos los pueden resolver muy pocos. Hay que tener sangre en las venas, azul si es posible, únicamente reconocible en este viaje al pasado. No los busquen en tronos del momento. Es mi consejo.
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