Plaza de toros de Las Ventas.

Vigésimo primer festejo de la Feria de San Isidro

30 de mayo de 2011.

Novillos de El Ventorrillo para Diego Silveti, Víctor Barrio y Rafael Cerro

 

Novena

Por Paz Domingo

Creo que está sucediendo una cosa curiosa dentro de la decrepitud a la que se está siendo conducida la Fiesta de los toros. Preocupa que la generación que tiene que estar dispuesta –supuestamente- a la incorporación lógica dentro del escalafón no tenga ni ganas, ni conocimientos, ni posibilidades para que se produjera este relevo. Incluso, se da la voz de alarma, convencidos muchos por la desesperanza de comprobar el escaso empuje de estos jóvenes aspirantes a toreros. Todo oficio depende de un aprendizaje y de un desarrollo después. Todo. Pero, la condición previa era vislumbrar que al menos se prepara profesionalmente con convencimiento de vocación o con propósito de aprenderlo.
 
En el transcurso de estas novilladas dentro del ciclo ferial se ha percibido algo que llama la atención de los aficionados. Entre todos los novilleros se han descubierto algunos con un toque propio, con una personalidad definida y con sabor proporcionado a sus exclusivas facultades toreras. Por ejemplo, en esta última novillada de San Isidro, se dejaba vislumbrar la capacidad artística de Víctor Barrio y un buen ensayo de Rafael Cerro. Claro, que todo con matices. El principal es que como todo es necesario investigarlo, reconocerlo y afianzarlo. Vamos, que necesitan de oficio y de que se lo enseñen bien, con los tiempos adecuados y sin especulaciones indecentes. Estos chicos merecen tener la oportunidad de poder demostrarlo y los aficionados de poder saborear la singularidad de su manera de entender el toreo. El problema, entre otros, es que todos los que estén a su alrededor –maestros, oficiantes, ayudantes y consejeros- se van a empeñar en que sea uno más del montón repitiendo las mismas aberrantes manipulaciones en las que está estructurado el torero moderno.
Y esa expectativa de buena educación se quedará en el olvido. Es tanta la necesidad de verdad, tantas las ganas de reconocimiento de liderazgo, tanta la ilusión por un toreo heterodoxo, tanta la expectación por la belleza de este espectáculo que se estaría dispuesto a hacer una novena de corazón y fervor para que estos chicos cayeran en buenas manos.
 
Víctor Barrio sacó repertorio de los clásicos, pero interpretado a su estilo, cosa que está muy bien. Se fue a porta gayola, arrastrando capote con la mano apoyado en la cadera, en un paseíllo descansado, de cabeza baja, de aire flemático. Con aroma antiguo, que gusta porque ya no se ve. Se arrodilló y pidió puerta abierta para dar una larga ajustadísima. Con poco mando sobre la cuadrilla, no organizó bien los tres pasos del novillo encastado que fue de menos a más en el empuje bajo los petos toricidas. Y la batalla comenzó. El torero descalzo, hierático, tranquilo, desesperadamente valiente dejó estatuarios gallardos pero sin arrebatar; con aires muy personales colocándose de manera confusa –a veces lateral, a veces ajustado- pero siempre con una percepción que rebosaba su potente interpretación. El toro de condición mansa, pero con cierta casta, fue el que eligió terrenos, el que vislumbró rendijas en la muleta, en la que pedía ajustamiento, pero que también quedó asegurado de la posibilidad torera del joven aspirante. Tiene genio Barrio, y después de dar una estocada a ley, que se le pidiera la oreja, y que el presidente -con fama de consentidor en pabellones auriculares bovinos para figuras de tronío- no accediera, saludó cortésmente y se escondió en el callejón hasta su segunda comparecencia, esta vez con un animal más incómodo. El novillero, que se las sabe todas, que tiene idea, cadencia y temple quedó desacoplado con los enganchones en las embestidas descompuestas del animal. Su aire afectado, extremadamente postural también quedaron sobredimensionadas y su imagen de carteles de otra época se difuminó en cinco pinchazos y en la aberración de matar a cruceta sin antes dejar estoque en las entrañas.
 
Marcó competencia con Rafael Cerro, o se las vieron ambos, muy picados en los quites que les correspondieron. Este novillero compareció con la expectación del momento pues está apoderado por Ortega Cano que se encuentra en estado crítico después de un accidente mortal. Tiene corte artista el chaval. Maneja muy bien el capote. Es resoluto, pero tiende a esconderse en la vulgaridad del circular a modo de pases de tortilla muletero cuando la faena ha quedado agotada con muy poco. Si logra hacer una barrera entre su importante singularidad y la escenografía barata quedará como una promesa a tener en cuenta. Eso y aprender a matar, porque los dos sartenazos de propinó son de tirón de orejas.  
 
Respecto a Silveti, de la extirpe de toreros mexicana, se le vio escaso de recursos con sus novillos mansos que aportaron casta suficiente para hacer creíble los intentos de sometimiento que buscaban. Pagó las consecuencias de su ingenuidad, y se libró de tres cogidas en sus dos intervenciones. Tan desbordado se vio, -a las alturas de la faena de su segundo animal- que tiró de manoletinas al aire donde cayeran, como quien juega al pimpón, circunstancia que el novillo aprovechó para divertirse un poco, pues hacía por cazar el engaño con los dientes. Pero tanto desconcierto provocó que el novillo mugiera hasta quedarse ronco en la protesta por tanto desacierto y tan estrepitosa suerte suprema.
 

Se debe poner en marcha una novena y pedir al Altísimo un benefactor que aplique enseñanzas buenas a todos los aspirantes a toreros que tienen cualidades para llegar a serlo. Amén.

 

Las Ventas. Madrid. 30 de mayo de 2011

Tres cuartos de entrada.

Presidente: Julio Martínez

 

Novillos de El Ventorrillo, bien presentados y algunos parecían toros, aunque les faltaron un poco de contundencia en los pitones. El 5º estuvo algo por debajo que el resto y se protestó por esta colada. Mansos en general, y con cierta casta casi todos, destacando el 2º, 3º y 6º. Estos últimos recibieron algunas palmas en el arrastre. El 6º además fue nobilísimo. Les dieron varas a lo habitual, algunas con ensañamiento.

 

Diego Silveti: Metisaca, estocada atravesada y alargó los tiempos agónicos del animal sin mucha justificación (silencio). Durante la lidia de este toro sufrí un revolcón sin consecuencias. Después, pinchazo perdiendo muleta, salvándose de un encontronazo, aviso, pinchazo hondo, rueda peones, y se olvidó también de la cruceta. El segundo avisó sonó, y se decidió con premura por el descabello, sacando el estoque con tal énfasis que en el derrote casi lo estampa contra con un subalterno. Descabello y punto. Silencio.

Víctor Barrio; Estocada, petición de oreja que no concede el presidente. Saludos desde el tercio. Cinco pinchazos y un aviso entre medias. Descabelló sin matar a estoque. Silencio. (esta circunstancia en otros tiempos supondría una sanción como poco)

Rafael Cerro: Estocada al estilo sartenazo, aviso y saludos desde el tercio. Después volvió al sartenazo horripilante.

 

Notas: El presidente Julio Martínez tiene el récord de dar orejas en esta Feria. Ayer contrarrestó el cómputo. Quedó bien con las figuras y muy tacaño con los novilleros. Y si la decisión es por cuestión de méritos, ninguno de los agraciados se merecían tantos galardones.

Se siguen viendo capotes que no caben en las troneras, para gloria de los inventores de materiales inteligentes.

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