El diestro francés Juan Bautista, triunfador de la tarde y de la Feria.
Fotografía de Paco Sanz
 
Las Ventas. Madrid.

Trigesimoprimer festejo y sexto de la Feria del Aniversario

5 de junio de 2010

 

La puerta se abrió para ventilar

Por Paz Domingo

 

En el extremo se abrió la puerta grande de la plaza de Madrid por la que muchos estaban suspirando, en un intenso desesperado por establecer corriente que se llevara los miasmas de tantas horas de insufrible calentura. Pero, la ventilación arrastró algunas pelusas que quedaban a la vista, insuficiente para dejar entrar el aire fresco tan urgente para la recuperación del enfermo. Juan Bautista se llama el enfermero que dio la patada definitiva aunque sin mérito, ni condición indiscutible, por supuesto sin enjundia, y a la que muchos se apresurarán a dimensionar y definir como “el pie de Dios”. Mi obligación está en contarles lo que sucedió, pero también en advertirles que no se crean nada de divino en esta hazaña porque resultó a medias, en intervalo, inmerecida de tanto triunfo, con un destoreo ponderado en gloria entusiasta, en la ausencia total de emoción y dominio. Por supuesto, la aventura urgía. Se necesitaba desesperadamente. Más bien se trató de echar pelillos a la mar.  

 

Por las mismas se dirá, que los toros guapos de El Cortijillo se dejaban torear, que metían la cabeza buscando tela, adulando ponderadamente estas actitudes muy destacables para los taurinos de hoy. En mi parecer todos los animales se expresaron de la misma manera. Se presentaron de trapío bajo, de agujas, de salero, de pitones y de contundencia. Salieron defendiéndose del capote, con frenadas de pánico desconfiadas, aliviándose con derrotes en forma de topetazos. ¿A qué tendrían tanto miedo estos seres de condición descomunal? ¿A qué tanta prevención al enfrentamiento? Quizá ya han mantenido contacto anterior. Quizá ya saben cómo se las gastan algunos de intenciones enfundadas. Alguna explicación tiene que darse a que todos, todos, aparezcan por los ruedos con idéntica elocuencia. A continuación se pierden en carreras despavoridas por el albero, buscando salida, jugando al pin pon de un caballo a otro, queriendo pero no empleando fuerzas. Si se olvidan del miedo en algún instante, allí mismo les endilgan una tunda que ya quedan absolutamente desorientados, optando por esperar al refugio de las tablas en el segundo tercio, haciendo de este protocolo la desesperación absoluta, la imposibilidad de aproximación, la incapacidad de colocar de manera eficaz, de un riesgo potencial altísimo, de un milagro para algunos que se ven en este difícil trance. Una vez superado malamente, el animal queda quebrado, sometido antes del dominio de la muleta. Cuando parece que la condición de manso impera, el matador le arrastra a los medios, y allí el bueno del toro se deja torear, como se dice profusamente ahora. Vamos, que son pastueños hasta más no poder. La emoción anterior de animal fiero e indómito se transforma en borreguil y adocenada, pero tan quebrado en el cuerpo y en el alma que soporta bien los miles de medios pases sin rematar, incluso en el sentido figurado y en el auténtico. Es una animal se embestidas descompuestas, pero que aguantarían faenas de miles de tiempos, imposibles de apostar por el temple, salvo en breves instantes que suceden cuando entrega todas las fuerzas y la resistencia postiza. A esto ahora se le llama nobleza, y que no es otra cosa que un animal resabiado por miles de ajetreos previos, que llega avisado de avatares, que se defiende y que entrega el alma y la vida mucho antes de intentar el sometimiento, y humillado antes de intuir la entrega.
 

Pues en esta condición nos manejamos toda la tarde. El primero llegó de esta sutil manera descompuesta a la muleta de Miguel Abellán. Cabeceaba en exceso pero entraba como un primor. El diestro madrileño, dispuesto, pero con su propia idiosincrasia taurómaca le hizo muro de muleta, para terminar no trasmitiendo sitio bueno ni méritos destacables, a excepción de su empeño decidido. En los segundos tiempos de esta transformación del animal antes reseñada, cuando manifiesta condición pastueñísima y atemperada, Abellán se propuso el jugueteo, para seguir y seguir incansable, con péndulo incluido y aburrido. Se le premió con aplausos su decisión evidente. En su segundo animal de textura noble en el último tercio, al que se le dio de lo lindo traseramente bajo el peto infernal, dejó algo de dominio en algunos naturales meritorios y en algunas garbosas llamadas al animal que galopaba feliz al encuentro. No mantuvo el buen tipo, y volvió a las andadas de vulgares maneras, con pases por detrás, cambiados, incluso el parón recurrente. No se concentraron en la suerte final ni matador ni toro, ambos despistados, uno con los terrenos y el otro con el trasiego del callejón. Se enfrió la emotividad y se le escapó el trofeo.

 

El triunfador Juan Bautista se reservó tarde para el excelente pitón izquierdo del carretón y cómodo animal primero, cuando ya había sobrepasado los inicios en las distancias largas, mucho destoreo habitual, pero muy evidente con este toro de condición tan colaboradora. Dejó algún natural bueno, por casualidad sería, porque después se dispuso a la escenografía de circulares anti estéticos, con agarradas los cuartos traseros, muy vistosos porque gustaron en derroche, trasladando la exageración al reconocimiento de su faena con una oreja. La otra vendría en la siguiente actuación más evidente para el toreo y quizá más meritoria -por la mayor fuerza y trasmisión de la naturaleza del toro- si hubiera olvidado del toreo al revés, ese que se hace de perfil, hacia las afueras, de manos extensora, de compás tan abierto, de acompañamiento en muro, de ganas en oblicuo. Le salió un toro que jugaba muy bien al despiste. El más parece, aunque como digo todos, toros y toreros se dejaron las prendas. Huido, sin fijeza, cantando la gallina estruendosamente, giró en su áspera condición para volverse buenísimo, para encontrarse con el maestro francés que le dio por pegar pases encorvado, haciendo más muro, con un derechazo que se salvó de la quema, con más teatro de círculos y caminos imposibles, pendular estridente, y concluyó sintiéndose napoleón con gestos entusiastas después de dejar otra buena estocada con algún defecto de colocación. Se le dio una oreja que supo a gloria a muchos, que salvaba la reputación, aunque es difícil de superar este disloque.  

 

Lo que llamó la atención es la otra cara que mostró el torero mexicano. Macías, otro tiempo arrebatado, bullangero, y ahora tímido y reservado, pero en esencia poco preparado para la situación. Se apuntó a los estatuarios de moda, y se acabó todo porque el animal moribundo se quedó apoltronado a duras penas sobre sus extremidades entre intentos pegapasistas y más penduleo. En el segundo, tampoco se pudo hacer nada salvo librar la situación de la querencia exagerada del animal que finalmente no consiguió. Mató horripilantemente mal, con dos cuchilladas haciendo guardia.

 

Cinco toros de El Cortijillo (tercer hierro de los Hermanos Lozano, anteriores gestores de la plaza) y uno de Hermanos Lozano (segundo hierro homónimo de los citados empresarios). De presencia justa para Madrid, muchos anovillados de presencia y bajos de agujas. Con cornamentas discretas, cortas para la exigencia de Madrid, y presuntamente enfundadas en las dehesas.

1º: Manso encastado tan bronco como pastueño. 2º: Anovillado, sin trapío adecuado y carretón, aplaudido en el arrastre (incomprensible) . 3º: Flojo, el de más acometida, con arrancadas más claras al caballo donde le propinaron un soberbio puyazo en la paletilla que acusó claramente. 4º Carretón de muleta, nobilísimo, con dos puyazos traseros, entrando bien al caballo pero no empujando. Se aplaudió el arrastre (incomprensible también). 5º Anovillado, bajo. El dieron monopuyazo con mucha saña en revancha por derribar. 6º. Con tipo, con mansedumbre.

 

Miguel Abellán: pinchazo, otro pinchazo hondo atravesado –aviso- un descabello entre coces (saludos desde el tercio, protestados también); pinchazo hondo con gesto arrebatador del torero, dos descabellos (vuelta al ruedo).

Juan Bautista: estocada desprendida con derribo en la rueda de peones (oreja); estocada desprendida (oreja y Puerta Grande) y escuchó división: aplausos ingenuos y aireadas palmas de tango.

Arturo Macías: estocada tendida perdiendo la muleta, un descabello (silencio); dos estocadas haciendo guardia soberbiamente, la segunda ejecutada al roce de las tablas (silencio).

 

Notas a destacar

- En los tercios imposibles de banderillas, encontramos varios sucedidos. El Niño de Santa Rita se libró de una buena con el primero de la tarde gracias al quite arriesgado y muy atento que ejecutó Juan Bautista.

- Los toreros enloquecen cuando ven cámaras a la vista. Se muestran cordiales, dispuestos, midiéndose sus apariencias en la pantalla. Quizá buscan la probatura de un porvenir. Todos hicieron sus respectivos brindis.

- Por supuesto nada reseñable se puede decir de los toreros a caballos, estos que lucen oro en sus vestidos, reminiscencias de tiempos gloriosos, porque ejecutaron la suerte primera y trascendental de la lidia a la manera chapucera y alevosa. Especialmente los premios del día se los lleva El Puchano, segundo jinete de la cuadrilla de Juan Bautista, que en su primer puyazo, tras el encuentro del animal, con vara que apalanca en los lomos, quedó suspendido varios segundos para caer hecho un pelele sobre la arena. La aventura de levantar al caballo se dio entre ocho personas, incluido el torero del castoreño. Se las vieron y desearon. Cuando volvió a la grupa, buscó al infeliz mamífero, le cogió por banda ancha y le propinó venganza, allá por terrenos alejados, allá donde intentaba la salida del embroque y allá fuera de los tiempos y avisos. Las dos fotografías finales de esta página ilustran bien estos momentos.

Presidente del festejo: Trinidad López-Pastor. Más de tres cuartos de entrada, mucho calor, y un gran alivio para la mayoría que le ven fin a este horripilante e infumable serial festivalero.
 
Remumen fotográfico de Paco Sanz sobre el festejo de hoy, 5 de junio. En primer término el diestro madrileño Miguel Abellán. Después, Arturo Macías. Y finalmente, los dos momentos del sonado puyazo de El Puchano al quinto toro
 
 
 
 
 
 
 
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