Las Ventas. Madrid.
Trigésimo festejo y quinto de la Feria del Aniversario

4 de junio de 2010

 

La intemerata

Por Paz Domingo

 

¿Quién asegura que la superación existe? Quien lleva treinta horripilantes festejos seguidos en el duro granito venteño. ¿Quién se ha empeñado en regalarnos las exquisiteces del presunto ganado bravo que crían con el insustancial hierro de La Palmosilla? Los que se afirman en esta genética ganadera -tan aberrante como asquerosa- que especula obscenamente con la esencia verdadera del auténtico toro de lidia hasta hacerlo irreconocible. ¿Quién ha apostado por este cartel inconcebible para los aficionados de buena voluntad? Aquellos que rematan programaciones de ferias en proporción aritmética al incremento de su bolsillo. ¿Qué hace el insufrible Fandi un día como hoy? Terminar con nuestra paciencia. ¿Qué hace el conmensurable Tejela de nuevo? De nuevo lo mismo, pero exagerado. ¿Qué hace Rafaelillo en esta sustitución? Evidenciar que estaría mejor en su casa. ¿Quiénes son estos prototipos de personajes televisivos que sientan cátedra con tanta ignorancia como gastan? Los más aduladores desvergonzados e impúdicos, ya casi delictivos. ¿Quién está dispuesto a defender este tejemaneje insoportable? Algún ingenuo que la vergüenza ajena no le abochorne. ¿Quién sostiene que el futuro existe? Quien se ha librado de este regalo envenenado de ferial taurino. 
 
No tiene ni pizca de gracia. Se lo aseguro. Aunque se pongan poéticos, pues nos sorprendieron con florituras de programa. Al jabonero que hizo primero, sustituto, colocado junto a su hermano de camada por delante de los otros cuatro titulares (que ya tiene retranca la maniobra) se denominó de capa flor de gamón. Seguramente, muchos, los que somos de dominios campestres deberíamos reconocer tan indefinido color habitual en prados rústicos, pero no teníamos idea de tanta sutileza común. Como tampoco la tenía nadie. ¡Vaya cosa! ¿A quién se le habrá ocurrido esta metáfora? ¿Al afamado ganadero de amistades firmes, de afinidades especulativas en la crianza de bravo? ¿A libros recónditos de poetas antiguos? ¿A genialidades sureñas? Pues lo anecdótico resultó que tenía alguna magia encastada y que se fue crecida camino del desolladero pues Rafaelillo se puso pegapasista acelerado, sin dominio, llevando a terrenos adecuados al inicio y concluyendo en los tercios indecorosos a su condición animal, contraviniendo la lógica del sitio alejado de los medios para acabar en la suerte natural. Quedó sobrepasado, porque le tocó lo mejorcito de la tarde, si es que algo bueno hubo entre tan anodina, informe, borreguil, pastueña y pegajosa materia. En su segunda intervención más complicada por las querencias acusadas del mamífero, acabó Rafaelillo defendiéndose tanto como el oponente, escondiendo lo mejor porque le arrastró a los terrenos céntricos, para terminar justificándose. Un borrón que debería tener en cuenta, porque estas oportunidades hay que medirlas, y más en Madrid.
 
Lo que no tiene calificativo es el toreo que desarrolla el diestro granadino, apodado El Fandi, con su vulgaridad recalcitrante, con su soberbio desarrollo del antitoreo, con sus carreritas acrobáticas, con su despliegue banderillero indescifrable, con sus posturas en oblicuo, en su desbordamiento propio cuando el mamífero que le toca en suerte le da por sitios bobos y evidentes. Ya no se soporta a este funámbulo metido a torero de escuadra, de distancias lejanas, de carreras anti lujuriosas. Con el primer moribundo, al que le dieron para el pelo debajo del peto, ensayó su espeluznante tauromaquia a la carrera, dejar los palos en los sombrajos presuntamente taurómacos, provocando una conmoción en los tendidos, repartida entre palmas de tango y entre agradecidas ignorancias, y determinar la imposibilidad muletera en el pendular infame. Después quiso dejar al animal con más reservas, brindó (nadie sabe por qué) y se sublimó en madelman, de todas las maneras, de rodillas, de cúbito supino, de aquí, de trapo fluctuante, de caricias indecentes en la carita del mamífero muerto, de besitos arrebatadores. ¡Qué suplicio! ¡Qué paciencia, cielo santo! ¡Qué martirio! ¡Qué obsceno este teatro de inoperancia verdadera!
 

Lo de Matías Tejela es también indescriptible. No se puede estar más fuera y argumentar tantas escenitas, con ritmo acompañante de cuerpo de baile, para intentar el disimulo imposible. Desplegando carácter tan blando como el animal pastueño y moribundo, con arreones de acompañamiento, con ademanes que no cuelan, con distancias indecentes, con asesinato alevoso en los más evidentes blandos. Lo que vino después se lo ahorro. Se lo pueden imaginar.

La floritura no está en la capa, está en las mismas podridas entrañas que terminan con nuestra afición, con la verdad y con la Fiesta de manera decidida y, ya evidente, irrecuperable. La intemerata, señores. Y ya queda poco para el final.

 

Toros de Torrealta, que completaban a los titulares de La Palmosilla, justos de presencia, salvados por la vistosa ceremonia de la capa el primero (manso encastado) y el segundo inválido, pastueño al uso. Es curioso que pusieran por delante a los sustitutos, pero así fue, y así se avecinaba el desastre de esta ganadería promocionada por estos empresarios y que nos gustaría saber el motivo de tanta acometida. Salieron también al uso y las formas actuales. Flojos, de presnecia indefendible para Madrid, con condición borreguil, sin carácter en las entrañas desnaturalizadas. El último fue devuelto. El sobrero fue de Fraile, con algunos pies. Con nada mencionable pero por encima del diestro.

 

Rafaelillo: pinchazo, estocada delantera (silencio); estocada delantera y en vertical casi entera, un descabello (silencio).

El Fandi: estocada atravesada casi con voltereta propia, rueda de peones con escenificación de saludos en los medios como héroe aventajado, hubo peticiones con pañuelos y se encontró sin oreja y con los ánimos divididos, pues saludó desde el tercio y se llevó sinfonía de palmas de tango; pinchazo, hondo atravesado –aviso- descabello de rodillas (pitos).

Matías Tejela: Metisaca, más que bajonazo (quizá hachazo), pinchazo hondo atravesado con correrías juguetonas de montera palco real arriba, palco real abajo (silencio); pinchazo, estocada caída saliéndose (silencio).

 

Presidió el festejo Julio Martínez. Tres cuartos de entrada. Y muchas devoluciones aprovechando la ausencia obligada de Julio Aparicio del cartel. Las incidencias las protagonizaron los subalternos Javier Gómez Pascual que se cayó delante del tercer toro que siguió sus pasos en banderillas, el animal hizo por él y como está desajustado en las distancias (porque como a muchos les enfundan allá por las dehesas) dio una voltereta espectacular poniendo los pitones entre la cabeza del torero (de frente) y dar la costalada una vez sorteado el cuerpo del hombre. Los miembros de la cuadrilla de Rafaelilo, Mora y Mellinas, dieron una increíble lección de salto de olivo en el cuarto de la tarde. Los picadores y la suerte que perpetran en la misma línea irreconocible y deplorable.

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