Morante en estado puro del toreo de capote. Fotografía de Paco Sanz
 
Las Ventas. Madrid.

Vigesimoctavo festejo y tercero de la Feria del Aniversario

Corrida Extraordinaria de Beneficencia. Fuera de abono

2 de junio de 2010

 

Los altos vuelos del capote

Por Paz Domingo

 

¡Qué hermoso es el toreo de capa! ¡Qué inmenso cuando lo expone en plenitud Morante de la Puebla! ¡Qué dimensión ofrece cuando está olvidado! Una profundidad que arrebata la belleza en la profundidad del alma. Así se mostró el inspirado Morante, entregado, más voluntarioso que nunca, creador de una perfección ya lejana en la que él es el único exponente de garantía total. Ahí estuvo Morante, con su estética arrebatadora, entre los vuelos de capotes alados, elevando la hermosura envolvente, acercando la profundidad del movimiento, recogiendo en la cintura una fascinante torería, saboreando la magia propia. Ahí también quedaron unos aspirantes que merecen ser recordados porque se dejaron arrastrar en la estela del maestro. Cayetano y Luque intuyeron el desafío, ofrecieron sinceridad, riesgo y hasta nobleza. Ahí subsistieron unos toros, por debajo de las fuerzas, de las formas, entregados y pastueños, muy adecuados para retos artísticos. Un alivio después de tanta inmisericordia prolongada en un mes.

 

Llegó Morante en estado de gracia, que se expuso en categoría máxima en la arrancada de quites en el tercer ejemplar muy justito de varas, de trapío, de fuerzas, y que protagonizó a petición de un nervioso Luque. Quedó en una verónica inmensa entre pocas. Respondió Luque con media de remate ajustado. Volvió Morante para enganchar cuatro chicuelinas, voladas y arrastradas de temple, cosidas a la cintura, definidas de verticalidad, profundas de sentimiento, variadas de vistosidad, de plenitud grandiosa, de asombro. ¡Que sigan daño medias!, decían. Y allí nos hubiéramos quedado por los siglos, admirando la hermosura de la belleza del torero de capote. Tocó altura el quite, porque Luque demostró en estos momentos la casta para emprender competencia con el maestro, y un Cayetano que vendría después, en el cuarto de la tarde, en el que aseguró su orgullo con delantales, con temple extremadamente suave, con aroma grande, con estética que acompaña. En este intervalo saboreamos el hermoso toreo de capote, el que intuimos que existe pero ya está olvidado porque nadie lo enseña.

 

Arrancó la tarde con un Morante que no pudo ni esbozar recibimiento a un flojísimo animal que abría plaza. Mostró decisión, medio pecho, ensayando el temple, acompañando con desbordada maestría, con una planta que convence por torería, pero al que no pudo llevar abajo porque el animal volteaba y al que no pudo matar decentemente porque le colgó un estoconazo al estilo metisaca y a la altura de la rodilla. La falta de recursos del maestro inconmensurable que se salía de la suerte, que pinchó, que oyó pitos, quedó olvidada definitivamente en el quite mencionado al tercero de la tarde, y remontado en su segunda oportunidad donde elaboró una sobredosis de talento en un tercio alargado por el presidente en homenaje a su portentosa estética. Dejó al animal -de capa jabonera- con una larga contorneada, volada, ajustada en la cintura en el camino del caballo, para rematar con una media posterior de las suyas. Hizo quite Cayetano, también nervioso, intuyendo responsabilidad, y dando la cara y la montera para arrancar al animal desde la distancia. Dejó una revolera tan hermosa como la del maestro, unas gaoneras a la espalda y a la cintura, para concluir con un remate ceñido.

 

Salió Morante con impulso decidido para dejar su toreo de muleta. Medio pecho, medio sitio, sin llevar la pierna atrás, sin obligar porque cae el animal, sin concluir porque protestaba, pero hermoso aunque fuera a medias, y descomunal para matar en lo que es él, porque descubrió la espada montada que llevaba en las entretelas, se perfiló, cerró los ojos, se volcó resuelto para dejar medio estoque ladeado y desprendido, con un desgarro en su taleguilla. El animal murió haciendo reverencia, y un Morante, maestro e inmenso, que recorrió el ruedo con el aroma más antiguo, midiendo bien los tiempos, las miradas justas, la barbilla alta, la muleta recogida con esmero, el saludo completo.

Cayetano venía con poco que perder, pues ya lo poco que ha demostrado en Madrid lo había vendido barato en la nefasta Corrida de la Prensa. Pasó sin mucho tino con un inválido y anovillado animal, pastueño hasta el final, al que se le picó con picotazos en ambos caballos. Aunque dejó un inicio de faena con estatuarios fríos y muy precisos, después se limitó al trasteo sin profundizar. Mató de media travesada, escuchando palmas y pitos por igual. En su segunda intervención, tuvo un animal dócil, con picotazos traseros, justo de fuerzas que casi no aguantaron, al que ofreció un quite por delantales hermoso, decisión, mucho temple, pero desajustado de terrenos, entregado en la materia pero frenado por el corazón, confirmado en la estética pero sin concluir en el alma, insistente en voluntad pero no llegando al sitio verdadero. Acabó con cinco pinchazos, cruceta y protestas nada contundentes.
 
Pues sorprendió Luque, que venía con todo perdido, y manifestó clase. Aunque al diestro sevillano le falta mucho, entre otras cosas sitio y poder. Manifiesta buenos arrestos, y ya se sabe que hoy en día es un factor muy meritorio. A continuación de la profundidad de los quites, en su primer encuentro con la muleta, desarrolló algunos ayudados buenos, algunos estatuarios iniciales fríos, para descolocarse en las afueras después, rectificar continuamente porque tiende rápido a las otras distancias, para terminar con el recurso del ahogamiento de dulces embestidas ya menguadas, y hasta hizo muro con el cuerpo. Dejó incomprensiblemente una estocada desprendida en la suerte contraria, tras algún pinchazo. Al animal –protestado en la salida porque estaba muy por debajo del trapío- se le aplaudió en el arrastre, dimensionado innecesariamente su condición de pastueño y nobilísimo. El joven matador saludó desde el tercio, y también tiró a lo grande dando una vuelta rápida al ruedo por propio empeño, no midiendo bien estos detalles de los tiempos justos que son tan importantes y estudiados en Madrid. Concluyó la tarde con una actuación similar al muy noble animal, también cortito, que hizo sexto, con un recibimiento intencionado, pero sin colocación y rotundidad en el mando, matando de igual manera.
 

Los afamados toros de Núñez del Cuvillo, que el ganadero trajo para esta corrida extraordinaria, son prototipos de lo toreable y demandable por las figuras. Cortos de trapío, salvados por dimensiones de pitones, nada espectaculares, pero sí aparentes. Algunos sospechosos en estas cuestiones. Muy justos también de fuerzas, al que se les puede dar un monopicotazo y tan tranquilos. Pero son dulces, colaboradores, entregados a los paños de los verdaderos protagonistas. Pastueños de alma, bonachones de carácter y nada problemáticos, de intenciones medidas con pulcritud científica. Y si salen otra tarde que no esté la plana mayor por los contubernios de despachos se monta la de Dios. Se protestó uno, y había mucho de decir. Por supuesto, se fueron con los apéndides intactos.

 

La Beneficencia quedó preservada, entre trasiego de lleno rotundo, de claveles y cubatas, en la misma estética morantista. ¿Qué tiene ese Morante? ¿Qué tiene? Que eleva los vuelos del capote, que olvida el desasosiego, que remonta otra vez lo insalvable, que derrocha hermosura.

 
A continuación Paco Sanz nos deja algunos momentos de la tarde.
 
 
 
 
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