Las Ventas. Madrid.

Vigesimotercer festejo de la Feria de San Isidro

28 de mayo de 2010

 

La trampa para los leones

Por Paz Domingo

 

Dispuestos a cargarse todo lo que se mueve, los oficiantes del estamento taurino se superan día a día. Por ejemplo un día como el de hoy, es más que una circunstancia aciaga, donde la vara de medir sigue cayendo en los riñones, dejando el pabellón de la suerte del deslome en un arte insuperable para cualquier tiempo y para cualquier animal que pertenezca a la cabaña de bravo. Los picadores de toros han sublimado el carácter primario de la tauromaquia en un espectáculo pornográfico, su esencia de comprobación de casta y bravura en un atentado contra la vergüenza torera, el sentido común, el hermoso oficio que le define, contra el orden que debe fundamentar y configurar la autenticidad en el mundo de los toros. Y no nos dejan ver nada.
 
No vemos las características del animal, sus condiciones de pelea, sus ganas de resistirse al sometimiento, su capacidad de lucha, su enfrentamiento, su condición combativa. Lo que nos dan es todo igual, pues los animales colocados con desgana, ignorancia y teatralidad bochornosa en la suerte infame que les espera, con mantazos perpetrados a la manera incansable, a empujones les arrastran bajo el peto, donde les espera un jinete entrenado en el espectáculo del paredón, con estética de individuo de tribu indígena que blande la lanza en actitud de cacería de tortugas, que la ajusta al cuerpo como animadoras en desfiles de poca monta, que dejan caer la punta del arma vencida por la gravedad sobre el animal ya capturado, y como hay amplitud de carne, para dejarla caer, como la tostada, por el lado de la mantequilla, en los mismísimos epicentros dorsales, en los aledaños de delicados riñones, en la entretelas más íntimas. Y da igual que sea fuerte o asquerosamente inválido el animal. Da igual que no lo sea. Porque no se trata de medir la exactitud de la vara, sino de perpetrar la profundidad y el tiempo de ejecución. Una regla de tres que tienen computada al milímetro. Si lo que sale es un enfermo de cuidados intensivos, pues les dan señalamientos figurinistas muy bien escenificados dejando la vara como el que mide la hondura de las aguas profundas. Si el animal está con ganas de recorrer mundo, incluso de desafiarlo (circunstancia cada día más improbable) pues le cogen por banda ancha, le someten a base de mantazos hacia depresiones ecuestres, hacia disparaderos oblicuos, y cuando está en alguna jurisdicción, de relance de acuchillan los órganos de drenaje, con tanta intensidad, con tanta saña, con tantas malas artes, con tanta sofisticación como insidia, pues está lo suficiente ponderado para que en la segunda entrega se le añada lo mismo, y esta vez olvidan el calado y apuran en pasar el trámite reglamentario.
 

Estas espeluznantes maniobras se repiten alevosamente, dando igual que sean toreros de castoreño antiguos de oficio, o nuevos en la mina. Estas trampas para leones de época tan modernas se dan todos los días por igual. Y todos los días nos privan de ver las verdaderas condiciones de los animales. Muchas e infinitas tardes daría igual que se esmeraran en su especulativo nuevo oficio, porque muchos animales ya están muertos antes de salir, pero para algunos otros la cuestión es verdaderamente sangrante. Como por ejemplo, este día que nos ocupa. El momento, esperado por unos pocos ilusos que todavía soñamos con tardes mágicas en las que se vean toros en su verdadera dimensión, correspondió a los encastados animales de la ganadería de Palha, ganadora de todos los premios en el ciclo anterior.

La tarde de los toros portugueses fue imponente. De genio, de casta, de crianza, que se quedó muy corta de hechuras. Después las imposiciones fueron tremendas –supongo-, pues ya va quedándose Folque Mendoça en el camino de la rotundidad que no es plena. Dicen que sus toros eran pequeños para que pasara la corrida completa, y así lo reconocieron los veterinarios de Las Ventas, muy suyos -como se sabe en cuestiones indescifrables-, porque cualquier argumento para echar abajo unos toros está desautorizado precisamente por otros momentos en que se han abierto las puertas a los coladeros. La historia es que el ganadero portugués dejó cuatro toros para ser lidiados. Cuatro toros de justito trapío, por debajo de lo exigible, pero con casta, temperamento, acometividad, de los que interesa seguir su desarrollo, su capacidad, su evolución en la lidia. Pues no vimos nada de esto. Nada. Nadie quiso ver nada, y nadie se enteró de nada.

Ni los tres hombres de la terna de marras, con alivio evidente por las circunstancias incompletas de la tarde, ni por los jinetes apocalípticos, ni por el presidente y asesores múltiples, ni por los asistentes en disfrutar un poco de la esencia verdadera cuando se da, después de infinitos bodrios sin paliativos.

Pues nos quedamos en la suerte del deslome, en la incompetencia de todos estos oficiantes para ejecutar y deslumbrar, en el santo divino que ya no protege a estos animales únicos y en que hay que tener suerte hasta para ser toro. Todos ellos dejaron en inéditos a los cuatro toros portugueses, y a uno de ellos -extraordinario en casta buena- sin opción a ser el más premiado de esta feria ausente de verdad.
 
Poco se puede decir de Jesús Millán, salvo que quedó evidenciado en la posible dulce faena de su primer animal, un diestro indefenso entre una posibilidad sin compromiso, sin el intento, sin complicación, con mucho silencio y sendas estocadas atravesadas. Tuvo la buena fortuna que le salió un toro encastado, con acometividad, el de mayor trapío portugués y que no acertó en nada de cuanto es menester aprovechar. Lo solventó con las soberbias y espeluznantes varas un tal Montiel –picador afamado que opta a todos los premios por indeseable-, que sin molestarse el maestro de lidia en poner al toro en suerte, al menos tres o más veces que requería su condición, quedó bien ejecutado en mantazos y estrellado en las armas toricidas. Aún tuvo arrestos el encastado animal, que muy enfadado con la insensatez de lidia, esperó y defendió sus fuerzas en el tercio de banderillas, protagonizando con Casanova y Arruga buenos momentos de superación, después de un espectacular revolcón al primer subalterno, salvado de milagro. Y Millán, ausente de dominio, quedó al margen de todo, para dejar muchos enganchones, un toro cada vez más enterado de los huecos insalvables, cada momento más exhausto consecuencia de la paliza de Montiel, más escondido por los terrenos elegidos por el maestro, desarrollando revolvimientos y apreturas sin ningún pase de dominio o sometimiento.
 
Fernando Robleño tuvo su gran día para la resurrección. Se merece oportunidades, y que se lo crea, pero en esta tarde su mérito no es consecuencia de su triunfo. A este hombre frágil de apariencia, le hemos visto pelear con verdaderos compromisos, y sucumbir también en situaciones superadas. Su corazón estaba parado, y ahora empieza a bombear tímidamente. Pero, ayer no fue su triunfo. Quedó superado por sus dos animales. El primero de su lote, de la dehesa portuguesa, con casta y aquerenciado, que empujó en el caballo con fuerzas someras, complicado en banderillas, pero que buscaba trapo en las afueras, que hacía por embestir, que quería, dejó sin festín al quebradizo joven sin apetito, con ausencia de dominio sobre la situación y fuera del protocolo en la suerte suprema. Le salió, en segundo lugar, un tío, que sustituía al titular, inmenso en forma y en apariencia, al cual dejó bastante crudo en la lidia del castoreño. Había que doblarse delante de imponentes pitones y alzada, y el matador madrileño optó por corrientes levantiscas, terrenos en los adentros, e indefiniciones, donde el toro apretaba con gañafones. Sin doblarse, ocultando condiciones, intentó el arrimón -lo único que podía hacer para abrir el corazón- y le salió bien pues se lo premiaron con una oreja. A este guerrero de muchos e indiscutibles arrestos, ahora parece que sobrepasados, le regalaron la oportunidad esperanzada de continuar en el campo de batalla, pero Robleño no había toreado -cuando se había comprobado que se podía torear-, porque había nobleza y entrega. Dejó, por último, una buena y decidida estocada.
 

A Francisco Javier Corpas le tocó lo mejor y lo más dulce de todo. Se dice pronto. Vamos, para insistirle en que se deje de tonterías porque nos desespera hasta el infinito. Le salió un toro que opta a ser el toro de toda esta atmósfera horripilante de ciclo isidril. Tenía casta, tipo ajustadito, con pies, con codicia de trapo, que quería que le llevaran, a pesar de puyazos para desriñonar a cualquiera, que le dejaron desorientado entre tanto desorden, sin colocación, sin oportunidades decentes. Pues el buen animal quería dejarse ver, sin malicia, y con tan mala suerte porque se encontró a un hombre ignorante en terrenos, despreocupado en el temple, arrabalero en enganchones, e inoperante en destreza, para ocasionar en el encastado animal una muerte indecorosa. Y para rematar la tarde de interés torista acabó tirándose encima a un toro de dulce –también sustituto- que sin saberlo llevar, toreando con el cuerpo, desperdiciando las oportunidades, los sitios y el sentido.

 

Cuatro toros de Palha, justos de presencia, sin trapío para Madrid sobre todo 1º y 2º, y 3º y más ajustado el 4º. Flojo el 1º. Todos manifestaron casta, sobre todo el 3º y 4º, y los otros dos muy nobles. A todos les dieron varas de incalificable definición, pero suficientes para partirles en dos (excepto al 1º, para mantenerlo en pie), y que a pesar del estropicio, los os toros últimos se mantuvieron en pie con casta de sobra. Dos toros de El Torreón que completaron la corrida. El primero de trapío imponente, como de arboladura, que resultó noble y encastado, y un segundo –más que cinqueño- flojo, más dulce y justito de trapío.

 

Jesús Millán: un pinchazo, estocada casi entera atravesada y desprendida, rueda de peones y un descabello (silencio); dos pinchazos, media perdiendo la muleta (silencio).

Fernando Robleño: Bajonazo, rueda de peones (silencio); estocada con decisión (oreja con división enconada de opiniones)

Francisco Javier Corpas: un pinchazo, metisaca, bajonazo y descabello (pitos); pinchazo, bajonazo con alevosía (pitos).

 

Las Ventas. Madrid

28 de mayo de 2010

Presidente: Manuel Muñoz Infante

Lleno.

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