Las Ventas. Madrid.

Decimonoveno festejo de la Feria de San Isidro

24 de mayo de 2010

 

A falta de un gran hervor

Por Paz Domingo

 

Lo más doloroso en esto del oficio de cronista es enfrentarse a las novilladas que se dan hoy en día. Es un puro desasosiego. Créanme. Se hace un fuerte propósito a la hora de plantearse fríamente la situación. En primer lugar, en la firme evidencia de abordar la comprensión, entender que estos jóvenes aspirantes a matadores de toros tienen un mundo muy cerrado por delante con acceso restringido a privilegiados astutos; muy injusto porque los altos beneficios se los reparten algunos pocos; imposible si eres individuo humilde de conciencia; penoso en la acometida; e injusto si se compara con la sabiduría escasa que desarrolla la abundancia del escalafón al completo.

Pues bien, estos chicos, con esta escuela de la vida como referencia, con esta ideología arrebatadora donde los que están más altos no son porque tengan cualidades a lo grande; con esta concepción de su oficio tan desnaturalizada por ir contra la misma gravedad experimental; con esta metafísica de toreo al revés de ser triunfador antes que maestro; con esta desvergüenza espeluznante porque falta verdad y autenticidad; con esta virtualidad de ausencia de toro; pues así con todo lo dicho estos chicos quieren ser toreros.
 

Y ya lo son, dicen. Ya se comportan así, como se ve. Son tan toreros como los más altos del escalafón, como se puede comprobar. El paso por la alternativa está tan desvirtuado como cualquier otra cosa en este acabado mundo de toros. Dentro de unos días, cualquiera de los tres (o los tres), estarán tomando alternativas sin evidenciar que están preparados para ello. La ciencia adquirida, el aprendizaje del oficio, la experiencia que da grados es perder el tiempo, están superados por inabordables, pues el agua ya no hierve, ya no borbotea, ya no explosiona, ya no asombra en su ebullición.

Y como les decía, es un sacrificio enorme hacer crítica de estos chicos que protagonizan carteles tan importantes y como se intuye, y se ve, están muy por debajo del grado creíble de hervor. Necesitan aliño, buenas manos, sazonar y cocción lenta. Bueno, siempre y cuando en verdad quieran ser toreros en la dimensión que merece el término. Si es así, siento una profunda tristeza decirles que no lo serán nunca, jamás, si se siguen empeñando en la fermentación con agua clara. Si quieren ser de verdad toreros que busquen un cocinero sensato, sincero, de confianza; que aseguren conocimientos y que aporten ingredientes; que cuezan a fuego lento; y que explosionen a su tiempo exacto. Pueden ilusionarse porque otros muchos han alcanzado ese sueño. Pueden creerse estas mentiras porque otros las han fundamentado. Pero reflexionen, miren en su corazón, si sus ganas son poderosas, y sus creencias certeras, el camino es la verdad, el aprendizaje, el oficio, y la humildad. Siempre la humildad.

Cuando sale un toro que lleva casta, acometividad, y bondad es más sangrante este despropósito, pues los novilleros (o matadores consagrados) se lo toman como un contratiempo que no veas. Y no se pueden imaginar, señores, cómo me duele el corazón decirles a estos chavales jóvenes que no van a ser jamás toreros, siendo lo más duro la condición de que no cuentan con nadie que les diga con la esa evidencia tan despreocupada que así jamás serán toreros. Jamás.

 

Novillada de Guadaira encastada, muy noble, también blanda en los tres primeros, desiguales de presentación, a los cuales les faltó trapío para Madrid, especialmente 2º y 3º, sin cabeza y sin hacer, y muy flojos. Los tres últimos, más en tipo, resultaron lo más interesante de la tarde, pues el 4º fue hasta bravo, noble, con acometividad, de cierta complejidad fue aplaudido en el arrastre; un 5º más manso pero noble, y un 6º también manso que resultó difícil de encauzar, entre otras cosas por la horripilante lidia que le dieron. Al 3º también se aplaudió en el arrastre. Todos recibieron unas varas desastrosas. Los tres primeros con suaves picotazos para que no se vinieran abajo, y a estos tres últimos, toros más poderosos, les dieron una tunda a lo bestia, especialmente al 4º, mientras que al 5º y 6º tuvieron muchas dificultades de ponerlos en suerte y se quedaron con el lomo lleno de miles de agujeros.

 

Arturo Saldívar. Este aspirante a matador de toros parecía que estaba más hecho, dejando evidencias que la casta del mejor novillo de toda la tarde -que hizo cuarto- le dejó al descubierto. El joven diestro hizo algo horrible y fue abandonar al animal a la suerte toricida de un tal Romualdo Almodóvar que le propinó una vara de tal calibre en el espacio de los riñones, en el tiempo que duró horas y en las intenciones, pues quedaron bastante claras que quería descuartizarlo allí mismo. Y se hizo. Aún así, se arrancó una segunda vez. Esta salvajada deja patente que le importa un bledo la fortuna que pueda seguir el animal al que él está obligado a cuidar, dejarlo ver, enseñar, dominar y finalmente, si se puede, torear. Pero quedó al margen del asesinato, como testigo que no interviene, aunque consiente y anima.

Tanto detalle estuvo muy feo. Recibió con largas pasadas como se podría aventar a un borrego tontorrón sin paliativos, por arriba, cuando en realizad había que fijar, enseñando recorrido, y colocar abajo la muleta. Y con este animal sobrado de casta, nobleza y, curiosamente después de la paliza, hasta de fuerzas. Se descubrió Saldívar perfilero, que molió a millones de derechazos trapaceros, intentó en un segundo por el pitón izquierdo -que era más poderoso y quedó inédito- hasta que le desarmo a la primera, y volvió a la silueta escorada de media altura y a la molienda sin fin para no dejar nada. Nada. Bueno, sí: un bajonazo grandioso, perdiendo la muleta y la decencia torera, pues se puso flamenco levantando el dedo índice al cielo y haciendo gestos triunfantes de muy mal gusto. Desaprovechó la nobleza pastueña de su primer novillo, pues en esta escasa tesitura se lo llevó a los medios y agotó la escasa fuerza en un ya. Dejó dos pinchazos mal ejecutados -se echaba encima y quedaba acostado (literal) en el lomo-, más siete descabellos y silencios. Es muy sorprendente el cambio de actitud en este hombre, quizá tenga algo que ver su cambio de apoderamiento. Él sabrá, que ya es mayorcito.

 

Luis Miguel Casares. Tuvo un noble y flojísimo primer novillo al que le propinó tantos enganchones como pases, pulcritud para dar muchos a mogollón, pero ninguno de algo mínimo, salvo una estocada. Y si hace examen de conciencia aún le debe estar pesando esta injusticia, pues el segundo animal ya no era lo mismo. Más corpulento, manso, con casta, pero complicado, al cual le regaló muchas tonterías sin pizca de intuición, ni de ciencia, limitándose a arrastrar la ayuda del estoque en cada muletazo. Y esta vez asustó el bajonazo sangrante con el que se despidió.

 

Christian Escribano. También tuvo su novillete. Le dejó unas pedresinas en los medios, y en un momento de inflexión, parecía que la tarde se enderezaba, que buscaba sitio bueno, pero espejismo al fin. Hizo muro de muleta, trazar líneas rectas en el horizonte lejano, tirones descomunales, con mucha indecisión con un animal muy claro, también pastueño, que trasmitía casta y nobleza. Dejó un pinchazo, un aviso, en la suerte contraria, en los adentros del tercio, una espada de colocación similar. El chico de Getafe escuchó alto y claro cómo se le iba el novillo en aplausos, después de los correspondientes pitos a su gestión. Optó por el abandono del complicado novillo manso que quedaba. Le abandonó en todas las suertes, quedando la cosa en capea, pues el animal llegó cabreado por tanto estropicio, enterado de tanta incompetencia, y con dolor de cabeza por tantos gritos del joven que requería algún pase al estilo trapazo. No sacó nada de las querencias encastadas y dejó una estocada haciendo guardia con carrera de huída, más varios descabellos.

 

Madrid. Plaza de Las Ventas
Presidente: Trinidad López Pastor
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