Las Ventas. Madrid.

Decimoquinto festejo de la Feria de San Isidro

20 de mayo de 2010

 

Si los toros hablaran…

 
Por Paz Domingo
Si los toros hablaran nos contarían grandes aventuras, y miles de secretos de dehesas. Si los toros hablaran podrían cambiar los destinos de miles de ruedos, de todos los toreros que en verdad quisieran serlo, y quizá, de la misma concepción, –ahora tan desnaturalizada-, del futuro incierto de la Fiesta, y de todos los oficiantes en ella. Si los toros hablaran dirían cosas hermosas y muchas horripilantes. Los científicos están confundidos buscando la clonación genética, como si se tratara de la revolución pendiente, cuando en realidad hay ya millones de genes y toros clonados, a mogollón, como Dolly, como borregos por los andurriales taurinos. Pero, como estos acreditados investigadores no van a los toros, no saben que el invento está hecho, que lo que se hace urgente, y verdaderamente retador, es dotar al animal de lenguaje articulado e inteligente para que puedan expresar las muchas cosas que necesitan aportar a la comprensión de nuestro pequeño mundo.
 
Si los toros de Baltasar Ibán hablaran contarían todas las confidencias que se hicieron, allá por la sierra, al resguardo de vientos fríos guadarrameños; nos contarían cuentos del viejo mayoral, de la mezcla que se hizo en sus entrañas; nos contarían sueños de un héroe que antaño se crio en la dehesa, de cómo imaginan poderosas batallas, de cómo se podrían ganar; nos contarían el trasiego que se dan por los campos cuando les colocan tocados faltos de estética, que les congela el ánimo y su genio poderoso; nos contarían qué hay que hacer, dónde hay que ponerse, por qué así, cómo hay que ejecutar su muerte.
 
Esto último hubiera sido de mucha ayuda a los tres toreros que se dieron cita en la plaza de Madrid para recibirles en suerte. Ninguno de los tres entendió nada de las pláticas que requerían los seis cómodos toros que tenían delante. Evidentemente, se piensa que es porque los toros no saben hablar y los maestros no les entienden. Y no entendieron nada. Si los toros de Baltasar Ibán hablaran hubieran expuesto a los tres oficiantes que ellos eran chicos educadísimos, que no revolucionan, que son pacíficos, agradecidos, y de temperamento suave, que sienten preferencia por algún terreno, que les pongan trapo con fundamento y ellos pasan sin problema, que entienden su suerte pero que quieren muerte ajustada a cánones.
 
Si los toros articularan lenguaje, no sería necesario que hablaran por gestos y miradas intrigantes. Pero, con estos animales no hizo falta averiguar el pensamiento, lo traslucían a las claras. Querían sitio certero, a ser posible para las afueras soleadas, un poquito de mando y una muleta antibloqueo. Los maestros celebraron lo habitual: un discurso desarticulado, con muro por trapo, atrás, sin pies ni cabeza, sin pases de ritmo sabrosón, sin que les molestara un genio animal, con pérdidas de trastos, sin gracia, practicando el deslome toricida y la suerte suprema en oblicuo. Y no fue la única artimaña transversal.
 
La tarde empezó cruzada. El diestro catalán Serafín Marín, nacido en tierra ahora antitaurina, hizo el paseíllo tocado con barretina y envuelto en señera. Para unos fue un gesto reivindicativo que aplaudieron a rabiar. Para otros, una salida como el que saca los pies del tiesto. La intención se dimensionó. Evidentemente, no era el lugar, ni el momento. Estos actos reivindicativos, legítimos, personales y universales se deben producir, pero no en la liturgia mientras exista. Se imaginan que los profesionales de los ruedos aparecieran con disfraces según modas, campañas publicitarias o peticiones políticas. Más de uno anda ya a esta hora dándole vueltas a la cabeza para idear algo en este sentido. No se puede consentir estas salidas de tono, son muy perjudiciales e imitables. Cuidado. Después, intentó Marín, el brindis por la unificación, de tintes reivindicativos igualmente, y los ánimos estaban en diagonal, divididos igualmente.
 
No fue lo único que quedó sesgado. Los puyazos en el lomo a la altura del deslome apuntalado y de caballo esquinado; de juegos de muñeca articuladas y cruzadas haciendo bandera con el testuz, picoteando ojos y escupiendo dominio; la ejecución de un segundo tercio inclinado en el plano horizontal e intranscendente. Las espadas que cayeron atravesadas como navajazos inciertos. Y un calor que seccionaba a plomo cualquier pensamiento bueno.
 

La tarde quedó torcida en fundamento taurómaco, entre toreros que no dicen nada y unos toros que aclaraban cosas evidentes. Un público aplaudidor que no se entera, y los aficionados que no entienden qué quieren estos presuntos toreros que tanto demandan toritos clónicos sin problemas para dar mil pases de miles de orejas. Pues resulta que ayer hubo toritos que hablaban de mucha nobleza sin genio, tontorrona, pero entregada, y los diestros cerraron plaza sin entender ni mu. ¿Alguien se lo explica? Cosas del lenguaje. Mentiras de todos.

 

Plaza de Las Ventas. Madrid. 20 de mayo de 2010

Decimoquinto festejo de la Feria de San Isidro

Presidente Trinidad López-Pastor

Lleno, con algunos huecos.

Tarde muy calurosa.

 

Toros de Baltasar Ibán. Pasaron los seis el reconocimiento veterinario, y se mantuvieron los seis en el ruedo, cosa que no sucedían desde hace algún tiempo. Resultaron desiguales de presentación los cuatro primeros con los otros dos. Los primeros más pequeños, de hechuras con falta de remate, con cornamenta pequeña y sospechosa. Los dos últimos mejor presentados en tipo y arboladura.

Resultaron nobles pastueños, de meter la cabeza sin problemas, a excepción del 5º que manseaba y al que le perfilaron y destrozaron los riñones en la ejecución del deslome, desde el caballo. Esta técnica infame fue la habitual, excepto a uno o dos que se fueron sin picar.

 

Eugenio de Mora. En su primero ejecutó indescriptibles pases de tortillas, con agarraderas en las pencas, evidenció alma gemela anímica con el animal pastueño. Dejó distancia, vulgaridad infinita, mala colocación y dos apoteósicos gritos tarzaneros cuando dejaba el estoque, que aunque de deficiente ejecución de la suerte quedaron en su sitio. Así quedó una estocada tendida y trasera primero, con saludos desde el tercio (por su cuenta). Después sobrepasó estadísticas, superando picos, récor en estética y en infinidad de muletazos átonos. Estocada. Saludos desde el tercio por esta casi proeza hoy en día.

Serafín Marín. Dejó en nada la cosa de su primero. Entre pase insulso y pase enganchado, trasformó en nada la cosa. Con una estocada contraria, caída y aires de emperador saludó desde el tercio por su cuenta. En su segunda intervención, brindó, y los picadores se encargaron de la suerte oblicua. El maestro abandonó al toro más guapo, más manso y más masacrado. Pero tampoco al joven maestro le valió. Terminó con dos pinchazos y una estocada –al estilo tabernario- pescuecera y atravesada.

Luis Bolívar. Al colombiano se le vio muy poco en el sitio adecuado. Se equivocó de terrenos toda la tarde. En su primero, insistía por los adentros y el animal porfiaba noblemente para las afueras. Y no se entendieron. Si el animal habla, el maestro se hubiera enterado. Creemos. Aunque dudamos que tanto empeño se hubiera transformado en consejo. Dejó pinchazo, y bajonazo pescuecero a la manera de sartenazo. En su última intervención intentó en los medios el toreo de pases por alto a un toro hecho en trapío y hechuras y se terminó afortunadamente la incomprensión y el sofoco. Dio muerte al animal de la misma manera que al anterior.

 

Nada destacable pasó ayer en las cuadrillas. Si acaso, los picadores siguen en sus trece y cada día depuran un poco más la suerte del deslome en los riñones, o columna vertebral. De los subalternos a pie se puede decir que no estuvieron ni mal ni bien. Y de todos los demás otro tanto.

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