Las Ventas. Madrid.

Decimoctavo festejo de la Feria de San Isidro

23 de mayo de 2010

 

Ponerse en torero

Por Paz Domingo

 

Se presentaron seis tíos de hechuras imponentes, con casta de sobra, con nobleza entregada, con exigencias de sitios certeros, tan evidentes de tronío que quedaron desorientados porque los responsables de sacarles la esencia clara no estaban puestos en toreros. Tampoco los toros de Celestino Cuadri exigían mucho, si acaso que no les endilgaran pegapases en las afueras, en terrenos desconcertantes, en asuntos monótonos, en circunstancias sin enjundia. Ya se sabe, de las corrientes hoy en día, se sustentan en tandas iguales de ejecución, en tiempos exactos, en alivios todos, en despreocupación inteligente. Y todos se fueron inéditos en algún lance de torería adecuada. Y nos quedamos sin ver a los toros en la certeza que exigían. Cuestión de maestría, quizá de un oficio que se aprende mal, que vale para mamíferos desangelados de esencia taurómaca, que aburren hasta las ovejas, que están tan faltos de recursos como de verdad.

 

Los maestros se empeñaron en hacer las costumbres de tanta rentabilidad metafísica que sustenta el toreo moderno. Hasta el punto, que lo más ofensivo no es que no sepan, o no puedan, sino en los aberrantes ajustes de los tiempos que hacen los oficiantes. Se trata de que el animal entre las dos veces reglamentarias, con soberbios puyazos traseros, absurdos, innobles, barreneros en unas ocasiones en que se vislumbra el toro boyante, o bien administran picotacitos de señalización, ejecutados a la manera indígena de personajes de tribu en cacerías exhibicionistas. Pero dos. No más. Ni por un milagro. Y cuando la ocasión lo requiere, aunque sean contadas, no podemos ver cómo se entrega el animal al caballo, si es necesario volver a ejecutarla, simplemente averiguar si corresponde. En fin, que nos quedamos sin ver los toros en su dimensión. Y esto, señores del castoreño, no tiene perdón de Dios, porque están terminando con cualquier atisbo de credibilidad por su ineptitud alevosa, de sosiego porque no se ha visto una vara medianamente decente y, por supuesto, porque se empeñan en destrozar una portentosa profesión, llevándose por delante la majestuosidad, la hermosura, la valentía y el porte que encierra la más excelsas de las suertes para someter a un animal único y poderoso, trasformando el sentido que tiene el arte de lidiar toros en un asunto pornográfico. Y no están solos. Están los maestros que les contratan, los presidentes que consienten, los delegados y asesores que no saben, los ganaderos que crían al montón individuos de casta borreguil, más todos los que abundan y se empeñan a toda costa en hacer justificable su desaparición.

 

Toros de Celestino Cuadri. De excelente presentación. Con una media de 600 kilos, hondos, cuajados, largos, hechos, de badana prominente, con cornamenta ajustada al tipo. Destacaron 3º, 4º y sobre todo 5º. Algunos flojearon como el 1º y 2º, y también más evidente el 6º que recibió protestas. Todos aguantaron y recuperaron fuerzas en el último tercio. Corrida encastada, con fijeza, con alegría al inicio del tercio de muleta, y todos querían trapo si se les hacía el torero de frente. Nobles 1º, 2º, 4º y 6º. Mansos encastados resultaron ser el 4º y 5º, con mayor movilidad y trasmisión. A estos últimos, y también al 6º les dieron varas descomunales, por fieras y mal ejecutadas. El 3º casi ni las vio. Alguno recibió ovación en la salida, y otros en el arrastre como 3º, 4º y especialmente el 5º.

Resultó muy curioso ver tirar a las mulillas en su función de despeje, pues se veía que llevarla a cabo les costó un esfuerzo considerable precisamente por las dimensiones de los animales. Se merecen una ración extra de paja.

 

López Chaves. Estructuró una faena sin altos ni bajos. Y es como no decir nada, pues se conformó con no ahogar a un flojo, pero muy noble animal que aguantó bien el último tercio. No se atracó de toro, y le faltó la fórmula para estar, aprovechar y ponerse a torear. Estuvo fuera, ausente. Estuvo, pero no se puso. Dejó un pinchazo al estilo sartenazo, con suerte que no entró, y ejecutó una estocada atravesada con rueda de peones escandalosa por horrible. Llegó el aviso, más dos descabellos. Por su cuenta saludó desde el tercio. En su segunda intervención, aún le quedaron fuerzas para estar más desmotivado. Con un manso de trapío imponente, que huyó de hierro a la primera, y que a la segunda rompió. Y también se rompió debajo del peto de un jamelgo cuyas riendas capitaneaba Sandoval, pues le propinaron ambos una tunda a lo grande, y allí estaba el maestro de lidia alejado, abandonándolo a la suerte del deslome, asegurando un varazo de dimensiones colosales por desmedidas, sin puntería buena, de profundidad hasta las entrañas. Ahí nos quedamos, sin sacar al toro, sin volverlo a poner, sin ganas que tenían, sin vergüenza del maestro, que antes de realizar el quite para atisbar la codicia y las fuerzas del animal, ya hacía gestos circulares de manita para pedir cambio de tercio. Quedó el toro mirón, echando la cara arriba. Había que llevarle muy toreado, bajarle la expresión desafiante. Resultó muy listo el animal que, misterios de la ciencia taurómaca, cuando el matador pisaba terreno obligado y bueno el toro pasaba, cuando se descolocaba el diestro, el animal no se movía ni para atrás. Pedía sitio, pero el bueno. Tenía claro dónde era. Y López Chaves quería endilgarle el toreo pegapasista. Así, hasta que dejó un cuchillada atravesada de metisaca, pues quedó el toro muy entero y le molestaba en exceso al matador que tampoco se enteró dónde y cómo debía conducirle al final. Un desenlace inédito para el cuadri, un tiarrón de trapío descomunal. Acabó en un bajonazo, palmas en el arrastre y un silencio para no hacer mucha pupa a los ánimos de Chaves, un luchador que ayer dejó claro que perdió una oportunidad para salir del olvido.

 

Lo de Salvador Cortés no se explica. Todavía seguimos viéndole en el intento de darle sobredosis de pases medidos, calcados, inermes, contados, de esos que ahora se fundamentan en el toreo moderno. Fuera, perfil, muro de muleta, amontonado de nada sustancial, sin mando, con abundantes correcciones de carreritas, afanados por ligar, para concluir en el atosigamiento, sea cual sea el enfrentamiento que requiera el animal. Esto va con él. Ya lo sabemos. ¿Y él lo sabrá? ¿Qué le vería a su primer toro, que resultó noble, con casta, con fuerzas justas, que se le fue vivo precisamente por los artilugios ejecutorios de no poner, no ajustar, no mandar, no llevar, no templar, para poner trapo evidenciando el estropicio. Luego dirá que el toro se le paró. Lo que va a quedar detenido es el argumento del matador sevillano que no se colocó ni una sola vez en los terrenos justos. Mató como pudo, con un protocolo seguido por sus compañeros durante toda la tarde: pinchazo de feas formas, estocada casi entera atravesada perpendicular, con rueda de peones, dos descabellos y silencio.

Dejó sin entendimiento su primera faena, y la segunda sin posibilidad de enmendarse. Al animal hermoso, de estampa antigua, de color colorao, largo, hondo, formidable y ovacionado de salida, que desconcertó por mansurrón, al cual el maestro también abandonó en las artes catastróficas de los jinetes que alancean armas de destrucción a granel. Se llevó dos varas imponentes. Ponentes en ningún sitio verdadero. De barrena. De deslome. Pero el animal sacó a los medios a la acorazada, la llevó arrastrando al burladero, les emparedó, les remontó cuando se caían, mientras el artista Romero nadaba en las tablas. Después nos ofreció Luis Mariscal un buen par de banderillas. El manso resultó que no era. Que tenía casta para desparramar, por no decir el cabreo poderoso que se apoderó de su ánimo, porque volvió a empujar con genio antiguo, con la cabeza alta porque el maestro le perforaba la espina dorsal. Y tampoco lo sacaron a tiempo, tampoco lo volvieron a poner. Tampoco se recrearon en la suerte buena. En la mala está todo dicho.

Había que doblarse con el pedazo de toro en tres dimensiones: fijeza, casta y buen terreno. Había que llevarlo, pero toreado, desde el sitio exacto, pues el matador lo llevaba a las claras posmodernistas, transformando la embestida de alegría, de querer trapo, en terrenitos imposibles, con perfiles lejanos con siluetas marcadas en glúteos, con pases de cinco y uno de alivio, de ligoteo con carreritas correctoras. Sin ponerse en torero. ¡Hay que torear!, le decían. Pues no. Le colocó para la muerte en la suerte contraria, con una estocada caída, más dos descabellos. El animal fue arrastrado con ovación, y el diestro Cortés con una soberbia pitada.

 

David Mora arriesgó en su primero, pero se le fue también inexpugnable. Se le agradeció que quisiera hacer las cosas bien, llevando al animal al peto. Como flojeaba, le dejaron arreglado con señalamientos traseros. Era serio el toro, perfectamente cuajado, y se llevó de bueno una lidia perspicaz de Rafael Cervantes y un tercio de banderillas decente con Rafael González, dejando patente que cuando se quiere, se puede. Lo que ocurre es que casi nunca se quiere. Se recuperó en alegría el toro que había desarrollado temple de movimiento, pero guapamente dejó claro que era listo, que quería sitio del bueno, y que si no sucedía, estaba dispuesto a plantarse. Quiso el matador hacer las cosas bien, con tandas clásicas, intuyendo temple. Más tarde, bajó las exigencias, y se aliviaba, sencillamente porque el maestro le quería dar distancia de arrancada para luego no poder embarcarla con la profundidad necesaria. Fue de más a mucho menos. Incluso, estuvo muy feo que su apoderado Corbelle estuviera gritándole desde el callejón, pegado el aliento a las tablas, lo que tenía de hacer, y con gestos de tronío se lo reiteraba. Pero, más horrible fue concluir con un bajonazo entre los bajonazos posibles, después de metisaca. Otro cuadri que también quedó original. Y el matador, así de fuera.

En la última lidia de la tarde se consumaron los tiempos agotados. Las varas que perforan entrañas, la cuadrilla que renqueó, y el toro con flojedad que también estaba contento y entregado a las buenas decisiones. Pero le dio Mora tantos pases inservibles que quedó el animal desorientado, desarticulado, acostado en tablas después de ser acribillado por millones de enganchones, metisaca, tres pinchazos, un refugio de querencia de burladero, para allí abastecerle de algunos más, varios intentos, un aviso, y finalmente recurrir al verduguillo. Esta dejadez, e irresponsabilidad en técnica dominadora, permitiendo que el toro se aquerenciase desesperado de esta manera casi cuesta un disgusto, al revotar en una ocasión el estoque dentro del callejón, por cierto, bien concurrido.

 

Plaza de toros de Las Ventas

Madrid. 23 de mayo de 2010

Decimoctavo festejo de San Isidro

Presidente del festejo: Julio Martínez, que controla muy bien las dos varas medidas.

Casi lleno.

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