Las Ventas. Madrid.

Decimosexto festejo de la Feria de San Isidro

21 de mayo de 2010

 

Remontar lo insalvable

Por Paz Domingo

 

La tarde de expectación se definió en los primeros instantes con una tragedia. Y se dimensionó a lo grande en los últimos, a través de unos lances magistrales de un capote olvidado en los tiempos, más una torería de remontada que paliaba las dos horas largas de calvario. Las oscuridades de la caverna se consumaron en un ganado feo de cabo a rabo, de vericuetos indescriptibles, por insanos, acumulados al montón, de ausencia de casta, sin ánima, sin talento, sin fuerzas, de hechuras disonantes, de temperamentos borreguiles, de autenticidad desnaturalizada. Unos seudotoritos sublimados en la nada, sucesores de aquellos con los cuales el ganadero -llamado caballero- invadió  la cabaña brava con genes artistas indiscriminadamente, y a los que han afilado tanto sus transgénicas entrañas que han hecho imposible incluso su reconocimiento, una aventura desvalorizada, hasta el punto de ser espectros mutados en su demérito. El afán del ganadero ha acabado con los prototipos pintureros y ahora se desvive por estos fantasmas que no sirven ni para ser feos, ni acaso para la venta de carne al por mayor. Este monoencaste -que dominó para quedarse- hace imposible cualquier atisbo de verdad. Y tan aberrante era la materia, que no merecieron los juanpedros ni las espesuras dramáticas que provocaron, ni los excesos de torero portentoso que se evidenció después de harturas y protestas.
 

Apareció un jabonero de formas horribles, de capa interesante, de escasa arboladura manoseada. El maestro de nombre Julio, otro tiempo reconocido como niño Aparicio, de alguna remota batalla ganada, empeñado en volver a los ruedos, regaló una media verónica de buena clase a su flojedad y escasez boyante. Pasaron unos picotazos allá por los terrenos de jamelgos, más unos buenos pares de Ángel Otero. En los primeros tanteos se vio un maestro a la deriva. Fue visto y no visto, pues ante las cercanías del jabonero sin genio cayó el maestro, quedando a la merced de la bobalicona codicia del animal que metió pitón -sospechoso y escobillado- por debajo de la axila, le entró por el cuello, rompió la mandíbula, perforó el pómulo y dejó constancia de la crueldad que puede gastar el destino, aunque éste sea de cartón blanco. Se lo llevaron en volandas a la enfermería, y la tarde, sin empezar, quedaba en un mano a mano, en un correturnos de toritos adocenados de casquería clónica que exasperaron hasta la ronquera, y de maestros que no terminaban de enderezarla por imposible.

Muy tranquilo salió Morante del lejano burladero. Parsimonioso, con gestos de pura contradicción en las circunstancias inesperadas, pareció incluso que ensayaba el natural, pitón que había quedado en una probatura. Empezaba el jaleo de los imitadores morantistas que manifestaban su entrega antes de consumarse, y con unas manoletinas, unos alivios arriba, dejó Morante con una cuchillada en los bajos, atravesando riñones, a un flojo animal más desmembrado de lo que ya estaba. Escuchó silencio.

El Cid llevaba diez minutos con la montera puesta. Se intuía que tenía prisa, y recibió con lances infantiles de capote al inválido toro que le había caído de su parte en el sorteo. Hasta quedó desarmado por el inválido en el quite, tras puyacitos placebos, aunque cayeran sobre los lomos. Una lidia horrible, un Boni que fallaba. El torito mansurrón -que se caía de caerse- también aprovechó tontorronamente, como su propia condición, a un fluctuante y descubierto matador que citaba haciendo muro de muleta, para levantarle, darle una vuelta en pitones escasos de contundencia, pero certeros cuando se evidenció los desgarros que llevaba de El Cid en su taleguilla. La gente no daba crédito que estos matadores de muchas arenas trabajadas quedaran a merced de insólitos caprichos de toritos desnaturalizados. Mientras Morante se descomponía, pensando toda la materia desanimada que le quedaría por matar si este trasiego incomprensible se definía en un monólogo. Respiró hondo cuando vio regresar a Manuel hecho un fenómeno desafiador buscando la muleta perdida, para dejar mucho teatro de péndulo ante el hocico moribundo y de arboladura también escasa y sospechosa, por cierto. Algunos presumirán de un torero que se creció en coraje tras el revolcón, pero en realidad amontonó arreones a tanta insufrible materia bovina. Consumó la ceremonia iniciática con un pinchazo; otro; media trasera tendida caída y se desplomó el presunto mamífero bravo como un saco de patatas, llevándose una pitada en el vertiginoso arrastre. Estuvo Manuel haciéndose de rogar. No quiso salir a saludar, y también muy prudente, que ante los requerimientos –él sabía que inmerecidos- hacía gestos con la mano que querían decir “luego, luego”. El “luego” se lo cuento después.

El primer momento de Morante llegó con otro jabonero con cuatro verónicas, de una en una, más una media. Después del trámite de los simulacros de deslomes, la antojadiza capa del animal se quedó en blanca flojera. Pero el diestro de la Puebla del Río le obligó un poco abajo, y en las profundidades quedaron ambos. Uno intentado la suspensión, otro el trasteo. En la suerte suprema se tiró el fino diestro de cabellera oscura, a paso de banderillas, sobre la alvina silueta animal en la cual dejó media cuchillada tabernaria y suficiente. Sonaron palmas de tango después del silencio prolongado por expectante.

Salió el cuarto que debía haber hecho sexto desparramando invalidez. Un juguete roto desarticulado de entrada, rematado en varitas de fama actual. Fue devuelto por floja condición. Salió el primer sobrero titular de la ganadería de Gavira, tan cercano en apariencia con el anterior que se hacía muy sospechoso el asunto genético y muy difícil su aguante sobre cuatro patas. Dejó Manuel Jesús algunos naturales al becerro, con ajuste de temple, forzando el cuerpo con dobleces de cintura para llegar a un sitio distante, y ensayó teatralidad de cierta clase. Pero no tenía sentido, pues con el citado casi utrero de estampa, tostado, chorreado en verdugo según el programa -y que nadie evidenció-, con la muerte en la boca no vale ponerse dominador. Pero, algunos se lo creyeron. Le regalaron aplausos después de una estocada casi entera, trasera, tendida y caída. Ahora empezaba a creerse la ovación, hizo el intento de salir, pero los ánimos del personal ya estaban inflándose de tanto despropósito.

Entramos en el quinto de la tarde -que era quinto en verdad- y casi no salimos. Morante despliega gran capote y se hace el silencio, de nuevo, por unos segundos, hasta que el mamífero de podredumbre espectacular se derrumbaba con los pensamientos. Se desparramó en el primer tercio. Muchas veces. Más protestas. Más ritmo con palmas de tango. El presidente sordo y ciego se decidió a efectuar la devolución cuando el subalterno dejaba los primeros palos, costándole un disgusto (al presidente, evidentemente). Y los aplausos se los lleva Florito, el mayoral de plaza con más éxito de todo el orbe taurino. Puestos a hacer negocio, igual podrían contratarlo para las tardes domingueras de agosto y que se dedique a hacer exhibiciones de cabestros bien educados. Es un suponer, se entiende, porque no se alcanza a comprender tanta rotundidad por un trabajo bien ejecutado, pero no sustancial al verdadero que nos ocupa.

Volvemos al quinto bis. Una sardina de campo propiedad de Gavira. Enaltecido en experimentos, impresentable, flojo, manso, inválido, protestado y besucón de suelos. “Hola”, dijo Morante desanimado. “Adiós”, dijimos al torito los demás, y encontró carantoñas en un cabestro rijoso que Florito acompañó al espectáculo.

Estamos en el quinto tris. Una anovillada silueta sin divisa, tesoro de corrales, y que encandiló a un Morante descomunal y decidido. Alargó tela. A paso lento le buscó. Una detrás de otra dejó cinco verónicas, volando la grandiosidad de los lances eternos, acercando amplitud, asentando profundidad, parando y recogiendo la embestida, prendiéndola despaciosamente, desplegando la maravilla olvidada que es el torero de capa y que ya no vemos, ni sentimos. Aún dejó dos más en el quite, pero el animal ya había doblado las manos varias veces y la cercanía no llegó a invadir. Volvió el silencio. Desplegó muleta inmensa también con ayudados en el tercio. Se decidió por un pitón izquierdo que parecía más aprovechable, pero la profundidad se quedó en molinetes vistosos, en porfiar en el natural que no llegaba a producirse. Concluyó con un pinchazo al estilo atravesado; otro; más media cuchillera.

Queda un sexto, que era un titular, y en la misma línea de la tarde, aunque con más alegría. Y El Cid también quería intentar el remonte. Dejó un capote de menos profundidad que su compañero retador en esta maravilla de toreo, pero la ejecución fue efectiva para afianzar su autoconfianza, como dicen los muy modernos. Con la misma fe agarró muleta y dejó tandas de derechazos algo precipitadas, inusitadas distancias, dominadoras, recordadas por otros tiempos, retadoras a su desgana, impulsoras de lo que puede recuperar en su cansado genio torero. Mató con una estocada entera, dándole grandeza a la muerte. Se llevo una oreja, la vuelta de sus impulsos verdaderos y la complicidad de Morante. Juntos en el paseíllo desandado, emprendieron el camino a casa con el alma crecida, seguros de su proeza descomunal para remontar una tarde insalvable.

El desastre ganadero quedó. Sigue en miles de dehesas. Una casta ausente, un aspecto horripilante, unos genes podridos y clónicos. Una solución que está en la quema de tanta porquería invasora. Esto lo han remontado en apuntes un Morante o un Cid, y quizá alguno más. O nadie. Más bien, no se puede remediar.

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