Las Ventas. Madrid.

Duodécimo festejo de la Feria de San Isidro

17 de mayo de 2010

 

Un soberano entre iletrados

Por Paz Domingo

 

Se anunciaba una novillada y era una corrida de toros. De soberbios toros hermosos, con casta, con bravura, con querencias, con genio, de los que se resisten consecuentemente al sometimiento, pero que se entregan a la verdad. Venían de Palma del Río y se fueron inéditos. Salieron por chiqueros con portes de reyes y se los llevaron con homenaje de héroes. La soberanía del auténtico toro de lidia se evidenció, se sustanció, se entregó. Era sangre azul para mandatarios ignorantes en reconocer la fortuna, recrearse en la suerte, en la fortaleza de la propiedad, en el respeto sincero y en dominio seguro. Entre todos los delegados se patentizó un soberano de magnificencia imponente, de gesto altivo, de resolutivo imperio, de apostura indiscutible. ¡Qué desastre ver morir tanta nobleza de manera tan vil! Jamás de los jamases se había presenciado nada igual. El despropósito más absoluto, el absurdo sublimado en catástrofe. Una desgracia para los súbditos que soñamos con un reinado digno y rotundo. No tienen justificación que aquellos mandamases iletrados que aparecieron en el campo de batalla fueran a alardear en el desatino. Merecieron el calabozo por maltratadores inoperantes, alevosos, ignorantes y descabellados, perpetradores de la masacre de una casta que era una bendición si supieran enfrentarse a ella. Hasta alguno se ganó el destierro. Según las normas impuestas por los cortesanos del reino, hay que justificar este dislate porque son caballeros jóvenes. Pero, jueces divinos, ¡dioses todos!, esto no tiene atenuantes. Las huestes les acompañaron en el desierto. Y la infantería de pega. Y la caballería homicida, y quien mandaba la cohorte, y de paso al senador romano revestido de autoritas, igualmente embaucador, y mucho más especulador. Entre todos cometieron un asesinato en serie, de escalofriantes inutilidades. Nos queda un deseo.

¡Larga vida majestad!, le deseamos los súbditos que reconocemos su grandeza, que esperamos su plenitud. Hasta la muerte.   

 

Así quedó el campo de batalla. En novillo que abrió plaza puso el tono a la tarde. Ya se barruntaba el mitin que darían los encargados de despachar una de las mejores ofertas de ganado bravo que se esconden en dehesas poco visitadas por veedores y no consentidoras a los sueldos de postineros de tronío. Resultó el más indefinido en trapío, pero se le fue vivo a un tal Paquito, llamado en el cartel Paco Chaves. A partir de este momento, el novillero extremeño da nombre a un fenómeno que se conocerá como chavismo. Dícese de la prepotencia de la ignorancia en grado superlativo, en la ostentación de la vulgaridad potenciada por un narcisismo increíble, en el analfabetismo funcional, en la conducta adversa que se alía con dotes egocéntricas extraordinariamente infundadas, en el que se cree dramaturgo y no pasa de feriante de tres al cuarto, en aquel que hay que rendirle pleitesía después de preponderarse en el absurdo, y a quien hay que asegurarle que ha nacido para ser Frascuelo y no es más que un personaje de pacotilla gratuita. Y si no le ríes las gracias, aténgase a las consecuencias.

Pues como se decía, al novillo encastado, bravo, no muy apuesto, de nombre Muletero, le dieron dos varas de esas que se acumulan en la memoria. Los oficiantes no se podían creer lo que estaban viendo. Un animal de acometividad, de genio en el caballo -al que perdonó la vida-, que sintió mucho respeto por un jinete que no se lo merecía, pues el animal, intuyendo que se le caían encima, les colocó respetuosamente en la verticalidad. Hizo correr a los componentes de la cuadrilla como maletillas en su primer viaje iniciático, que abandonaban trastos, que se defendían echando los capotes a los ojos, que no pararon porque era evidente que no sabían. Y allí mismo el niño chavista se puso aflamencado intentando el torero al revés, a la desesperada, a que sabía más que nadie, a corretear por todo el ruedo, por delante, por detrás, a merced de un toro que a esas alturas sabía que podía con el mundo entero, y por supuesto, con mindundis de espuma. A merced de la ignorancia, empezó a consumarse el asesinato. Dejó navajazo en los riñones, y se llevó al toro a los medios donde pretendía certificar su estulticia. Quería recibirle, rubricar una gesta. Corrió el fenómeno chavista a la remanguillé, y enhebró la espada en el costillar, de lado a lado. Empezó el descuento. La inutilidad de hacer desaparecer el arma del crimen duró cinco minutos, con disimulos infantiles que consistían en colocar muletas y capotes para arrancarla a tirones; técnica articulada en colocación por la penca; arrojar trastos como sacos de patatas sobre el lomo; e intentar meter manita. No conseguían evidentemente sus propósitos, pues el animal llevaba la cabeza alta y el genio intacto, entre otras cosas porque a nadie se le ocurrió dominarlos. Después, le endilgó un bajonazo, con sartenazo espeluznante, tan sumamente caído que quedó paralelo y atravesó el pulmón. Sonó el tercer aviso, y la gente, entre la atronadora algarabía y tantos desatinos, quedó impresionada de semejante espectáculo nunca visto. El animal seguía en el ruedo, con una indigna muerte, que no llegaba al final, a la que se resistió en dos ocasiones el genio de la casta, y se transformó en guerrero que rechaza alivios. Fue apuntillado en el ruedo.
Y a partir de aquí se tomó nota de tanto desastre y se fueron copiando maneras, formas, despropósitos, insensateces, ignorancias y todo cuanto se pueda imaginar. Salió a recibir a Espartero en la porta gayola. Con un mantazo al aire de cuidado, el novillo avispado, fuerte, hermoso, con casta descomunal, con arrojo majestuoso agarró el capote en el aire y lo venteó con apostura de rey de la creación. Quería Chaves con este gesto congraciarse. Vamos, lo que se dice arreglarlo. Pero los olmos no dan peras. No vale de nada que uno se ponga flamenco de monerías infinitas, y quedar como un arrabalero tramposo, cuando no sabes de la misa la media. La ceremonia fue dejarle como un colador los riñones, a golpes de pinchazos infames, durante muchos minutos y cinco intentos para perpetrar el desparrame del animal que manseaba incierto y desorientado entre tanto indocumentado. Se lo pueden creer, el presunto matador, era un prepotente de cuidao, que no se enteró de nada, salvo de evidenciar impotencia y estropicio en grado mayúsculo, pues se atrevió de nuevo con banderillas indescriptibles. Y el público ya no estaba para coñas de niño tonto. Le dieron tal bronca, merecida, que el susodicho fenómeno chavista se arrebató de absurdez, e intentaba la muerte súbita al animal entero, verdadero, aquerenciado, y a la defensiva de energúmenos. El esperpento duró. Un espadazo enhebrado en los costillares que lució el novillo con sucesivas vueltas al mundo. Un aberrante condecoración y la cabeza altiva a la vista del universo. Volvió a entrar con pinchazo incluido, y nos cercioramos de lo peor de lo peor ya irreparable. El novillero Chaves, emprendió desde la puerta de chiqueros al refugio del burladero con cabeza alta, mirada desafiante, los humos crecidos en indiferencia, y retador a las víctimas de sus barrabasadas.
 
Hidalgo y Rosales fueron ineficaces igualmente en la lidia, en capacidades, en conocimientos, pero no abundaron en tintes cómicos, aunque sí -y mucho- en los dramáticos. Hidalgo permitió que su picador Montiel partiera en dos al hermoso ejemplar, de nobleza, de casta, de guapura, y de empuje en el peto. Quedó doblado, con suavidad para el toreo de muleta. Allí había muro en lugar de trapo templado. Terminó el animal siendo el amo con mucha intuición, al que le propinaron otro navajazo y muchos aplausos en el arrastre. Al presunto matador ni agua. El mal trago estaba por llegar cuando salió Orquesano, manso de libro, pero con casta para regalar. Nadie, ni por activa ni por pasiva, el regalaron un insignificante lance torero. No quería hierro, pero cuando entró aguantaba el deslome. El infortunio no se pudo aguantar. Incapaz el diestro de doblarse, ni de hacer nada, le metió un traicionero y descomunal desbarro. Tardó un minuto en iniciar la faena, desde el primer intento de ridículo hasta el último de tres avisos. Muchas veces recurrió a esta astracanada de navajazos sin reparos, corriendo despavorido al refugio del burladero, dejando trastos por el piso y al novillo cada vez más difícil. Quedó en una bronca grandiosa, los avisos retrasados y el toro al corral. Y esta vez, sacaron a los cabestros.
 

Antonio Rosales tampoco se salvó de los toques de clarines, y tampoco de no poder con un verdadero toro de tardes soñadas. Además, de no saber por dónde entrarle. Él se cuidó de este pormenor, dejando indignos e inciertos despropósitos. Le tocó el novillo hermoso, más noble, más creíble, más espectacular de cuantos se pueden dar para ser el nuevo Frascuelo. Empezó por un brindis a medias, siguió con ignorancia portentosa, se descubrió mantero, buen artífice de muros de muleta retrasada, oblicuos y atrabiliarios. ¡Qué desastre ver morir tanta nobleza de manera tan vil! El espíritu se quedó en silencio. El público se lo tomó como un descanso, era la mitad de la tarde que no se podía enderezar. En su última intervención dejó masacrar a Virtuoso en el peto, y como era un chico de dehesa bien educado, de inmejorables maneras, se quedó su honestidad en el limbo porque Rosales se privó del fasto florido. Mató horriblemente mal.

            

Especial mención.
Los novillos de Moreno Silva son para súbditos reconocedores de grandeza, de hermosura porque atesoran apostura entrecana de saltillo puro, de ojos achinados, de pómulos hundidos, de frente rotunda, de musculatura firme, de crianza garantizada, de esencia para mil condecoraciones. A todos se les dio aplausos en su aparición, o en su retirada. A todos.
Suerte al ganadero. La va a necesitar. Le han hecho cruz y raya, por varios años y por todo el territorio que esté a mano. Solamente queda recordar a un Domingo Navarro, que con detalles, fue el único torero del mogollón. Una plaza con tres cuartos de entrada.  

 

Ninguna mención. El presidente del festejo fue Manuel Muñoz Infante, que optó por alargar este suplicio. A unos veterinarios no acostumbrados a trabajar, que aún se están reponiendo de la impresión. A un terrateniente que maneja gabinetes de crisis como si fuera una partida de cartas en cantina de feria. A unos lazarillos que cantan como excelsas las pavorosas derrotas de tan importantes caballeros desde las almenaras cortijeras o mediáticas. 
 
Solicitud. A todo el escalafón que no quieren, no saben y no les interesa la casta.
 
¡Larga vida, majestad!
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