Las Ventas. Madrid.

Undécimo festejo de la Feria de San Isidro

16 de mayo de 2010

 

Matadores de toros

 
Por Paz Domingo
Los hombres que quieren ser toreros han omitido la condición primera que es inherente a su oficio. Su función primera, la que da sentido, la que no se puede omitir, es la de matar a los toros. Y aquí es donde se encuentra el norte en este circular y especial mundo. Los toreros de hoy en día ignoran esta dimensión, la condición imprescindible en la que deben estar seguros para lanzarse a los ruedos, la anterior antes de intentar someter a un animal de características únicas a la hora de la muerte. Ser un matador de toros significa que hay que saber matarlos. Con técnica, precisión, inteligencia, valor, arrojo, voluntad, experiencia, dominio, entrega, suerte y certeza.
 

Este protocolo último, y primero, se quedado abandonado a su suerte por los matadores de toros, y dramáticamente por los que quieren llegar a serlo. La van postergando, muy confiados, esperando que un día se le aparezca la Virgen María. Ya es alarmante que no practiquen esta suerte definitiva. Y es verdaderamente increíble, que se planten delante de un toro al que no pueden, ni saben, ni quieren, ni sienten, ni dominan, y además, no atinan a darle la muerte que requiere. Para compensar esta degeneración profesional se han inventado un formulismo eufemístico y eutanásico muy de moda, y que consiste en dejar el estoque donde sea, que ya vendrán otros que justifiquen sartenazos por estocadas con salutaciones de fallos comprensibles, o comprobar cómo los susodichos matadores perpetran suculentos bajonazos –la muerte más infame para un auténtico toro de lidia- y el público ignorante en la importancia de esta condición, aplauden a rabiar. Así, que optan por el camino lineal: hacerlo aparente.

Y este mal afecta por igual a matadores consagrados, y a novilleros en ciernes. A los que quieren ser de los primeros. A los que quieren salir de los segundos. Por los tanto, en este ceremonial monótono, deplorable, escandaloso, todos han concluido en convertir este lance o suerte descomunal en una indecencia.

Los tres toreros, que apenas torean, que les pusieron en cartel en una feria que no merecían, en una tarde de bajas expectativas -las menos de todo el ciclo-, no mataron ni remotamente, y uno de ellos escuchó tres avisos. Los toros tampoco eran para recibir honores, ni por guapos, ni por listos. Y a los empresarios se les debería pedir muchas explicaciones por tantos despropósitos que nos endilgan, porque a quien hay que darles un ultimátum es a su inoperancia, a su cara dura, a su insultante buena fe.

Pero no podemos estar justificando esta situación porque afecta a chavales que quieren ser toreros, que se apañan mal en este mundo de fieras, que hay que darles oportunidades, que no hay nadie de su confianza que les enseñe con verdad el oficio. Muchas demandas hay que hacerles, la primera es la primera, por ejemplo algo de adiestramiento. Y al ganadero que cría toros tan feos que se busque la vida en otros menesteres. Al empresario que los compra de saldo, que se dedique a corretear en el campo. Al veterinario que los escruta, que se compre gafas y revisen su miopía Al presidente que lo consiente que revise sus voluntades y concrete a quién tiene que defender. A los representantes de tribunas excelsas que difuminan este escarnio que aporten valentía y criterio. Al público que lo tolera que no vuelva más.

Poco se puede decir de esta tarde gris. Ni remontarla pudieron algunos detalles en banderillas, algún puyazo medianamente decente. Solamente presenciamos la soledad anímica, el desasosiego de tanto despropósito. Un mundo incierto al que los taurinos militantes y depravados van a dar un escandaloso bajonazo. Por guapo.

 

Las Ventas. Madrid. 16 de mayo de 2010

Undécimo festejo de la Feria de San Isidro

Presidente: Trinidad López-Pastor

Lleno. Con muchos huecos.

Se guardó un minuto de silencio en el noventa aniversario de la muerte de Joselito, el Gallo,  en la plaza de toros de Talavera de la Reina.

Cuatro toros de Los Bayones, encaste atanasio-lisardo. Mansos de entrada, sin fijeza, abantos, sin pelea en el caballo, que llegaron a la muleta con casta muy justa, pero a la que todos terminaron entrando. Muy mal presentados, con escaso trapío. Se salvó de la quema el 5º. La mayoría acusaron flojedad.

Fue remendada con dos de José Luis Perera, lidiados en 3º y 4º lugar. Anovillados, especialmente el 2º, con nobleza muy sosa. Se les dio dos puyacitos de rigor, y al 3º ni eso.

 

Gabriel Picazo: Anduvo de pitón a pitón con miles de probaturas y ningún dominio. Buscó terrenos en las afueras, dejó algo de temple, pero no terminó de coger el tranquillo adecuado, hasta quedó desarmado. Dejó pinchazo hondo delantero y contrario, ejecutando la suerte a lo bruto, pues se quedó acostado sin saber salir de la cabeza del toro. Silencio. Su segunda intervención se la tendría que haber ahorrado, ¡qué favor nos hubiera hecho! ¡Qué vulgaridad! Iba suavecito el torito, y el diestro le regaló pico, muro y tirones de muleta, circulares horripilantes, ahogadillas sucesivas, dejando la situación soñada en una pista de circo. Contribuyó con un pinchazo, un aviso, una estocada horrible delantera y atravesada, con rueda de peones, descabello y una soltura que le llevó al tercio para saludar, y de paso escuchar una bronca merecida por ponerse florido.
 
Emilio de Justo: Con capea impresentable, con una lidia nefasta, el incierto toro de salida, terminó metiéndose en la muleta, pero no por las artes del presunto matador, sino porque quiso entregarlo todo en un trasteo ,que le própinó De Justo, insulso sin dominio, sin distancias certeras. Pasó miles de apuros, y hasta doce veces pinchó con el brazo mal armado. Con mucha inseguridad, con nula técnica, y con algo de decencia (porque pudo hacer trampas) no consiguió matar a este toro. Recibió los tres avisos reglamentarios, aunque retardados, y el animal fue apuntillado en el ruedo. Evidentemente, no paraba de llorar. Pero también es para rasgarse las vestiduras por tanta inoperancia de su parte y por parte de cuadrillas, apoderados y un largo universo adulador y mentiroso en el que está rodeado (él y todos). Se montó bronca, dirigida principalmente a estos últimos que, en vez de ayudar, se recrean en la debacle. Le tocó después lo más potable y presentable de la tarde, que le dieron fármacos placebos desde el caballo porque blandeaba. Y construyó una simulación de sucesivos pases por fuera. En todos dejó enganchones espectaculares con mucho mérito. Se dejó crudo al animal y tras pinchar la primera vez se temía lo peor. Pero la Virgen vino en su ayuda, pues tras colocarse muy mal, dejó la mano divina una estocada desprendida, pero estocada. Esta vez, escuchó silencio.
 

Israel Lancho: Con un torito anovillado de Pereda -que parecía más pequeño por la altura considerable del matador-, además sin picar (un puyacito y un golpe en el peto) se puso a ahogarle, a retrasar la muleta, desconfiado, con miles de enganchones. Pero, todo el mundo andaba recordando la cogida del año anterior, en buena parte, porque había brindado al hombre que le salvó la vida (literal) que es el cirujano de Madrid Máximo García Padrós. Aquella cornada, pesó toda la tarde, pues le dieron una ovación de entrada, y parece que le ha transformado en el ánimo quejumbroso y demasiado pesado para el matador. Al segundo toro, de casi ningún trapío, le habían picado casi en condiciones. Estuvo Lancho muy reservado, eligiendo terrenos incomprensibles a las condiciones del animal, desarticulado, ofreciendo muro por muleta. El toro terminó en las tablas y nosotros aburridísimos. Dejó una estocada con mucha facilidad por ventaja corporal. Silencio y algunos consejos desde los tendidos, que cariñosamente le decían que se lo pensara mejor esto de los toros. Bueno, y todos muy aburridos. Sólo hay que fijarse.

 

Fueron las lidias de las pérdidas de capotes, y muchos terminarán en la basura, o en el sastre remendón.

Una tarde inspirada de Domingo Navarro, que estuvo en la brega, en las banderillas, en las ayudas a los compañeros, siempre bien colocado. Muy ejemplar y muy gratificador. Un par de Curro Robles al primero. El picotazo suavecito y alevoso al tercero de la tarde por parte de El Avispa. El complemento fue un golpe con la grupa, haciendo esta suerte en inédita. El picador Juan Carlos Sánchez señaló con la puya en la penca al segundo del festejo. Y, el también picador de la cuadrilla de Lancho, Guillermo Marín, que fijó, cogió y ejecutó bien al sexto, pero sin pasarse en elogios.
Tarde muy lenta de desarrollo. Y eso que no se devolvieron los toros.
Aunque es para devolver este abono por completo, por la estafa generalizada en que han convertido la capital mundial del toreo.
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