Las Ventas. Madrid.

Décimo festejo de la Feria de San Isidro

15 de mayo de 2010

 

Control Zeta

 

Por Paz Domingo

El día del cartel grande, el día del santo patrón, el día de la fiesta grande en Madrid, el día de no hay billetes, el día en que confluyen los elementos para que la Fiesta grande se evidenciase en categoría de toreros mandones del revés; en fundamento de toros desnaturalizados; en la esperanza para los artífices de este fraude que ya no saben cómo excusarlo; en argumentos empresariales que evaden impuestos y trasladan las querencias a paraísos fiscales; en el despropósito traducido a pantomima, engañifa y ridículo; en los públicos vergonzantes en comportamiento ignorante y adoctrinado en ideologías chabacanas; en la desvergüenza torera que se gastan algunos popes de tribunas periodísticas definiendo el torero moderno, estructurando en esta bazofia la tauromaquia del nuevo siglo que empezamos, argumentando lo increíble; pues en este día no se pudo salvar más que algún ingenuo que esperaba celebrar de todo corazón algo memorable.

Allí estaban los mandamases del escalafón taurino, y la gloria bendita se tradujo en un patetismo indescriptible, insoportable, indefendible, insultante, indigesto, inimaginable, inexpugnable, increíble, incierto, indómito, inigualable, imbécil, irrisorio, sencillamente indescriptible por descarado, fraudulento, soberbio, estafador y todo lo que no se pueda enumerar.

Pues bien, allí quienes mandaban eran El Juli, el segundón preferido de Castella, el aprendiz de brujo llamado Duque, las cuadrillas juagando al torito que me coges, el empresario haciendo asomadillas por si alguien tocaba una flauta, los corderitos que lucían sospechosa cornamenta, el ganadero recolectando impuestos de recogida de basura, el presidente satisfecho y muy ausente, los asesores iletrados en el palco, los veterinarios ciegos de pócimas secretas, el delegado gubernativo entre gente guapa, los corrales en la oscuridad, los gentíos que presumen de adhesiones y colocados estratégicamente aplaudiendo su ignorancia, la reventa iniciando temporada, el público que sabe de qué va esto conteniendo las ganas de hacer una quema a lo grande; un ex duque extraviado; muchos muy defeccionados ante esta contrariedad santera; y entre tanto poderío de descaro espeluznante, soberbia innata y estupidez grandiosa, estaban algunos en tribunas de comunicación reverenciadas, y algunos otros en refugios gubernativos muy vistosos, pero absolutamente sordos.

Dicen de El Juli que ejecuta el toreo. ¡Amos, anda! ¡No tiene gracia ni ná el asunto! Se deben referir a esta modalidad de torero moderno. Un toreo acorde con las nuevas tecnologías, que son muy eficaces en los campos telemáticos, y también muy resultonas en los taurinos, pues amañan, manipulan, mienten, engañan en la distancia corta en los corrales, y en la larga en el ruedo. Algo así como una fórmula patentada muy acorde con tiempos fundamentados en ideologías espumosas, muy fácil de ejecutar y muy difícil de explicar, o en su defecto de tragar.

Verán. Un aspirante a toreo moderno se placea en poco tiempo. Coge fama de la buena con prontitud. Salé de un día para otro. Va y viene por doquier, dice mil estupideces de tópicos recurrentes. Se consagra en un escalafón indeseable por falto de verdad. Empieza a circular con ganado adocenado y aborregado. Se compra empresas inmobiliarias y juega a la bolsa. Vuelve a los ruedos con dos toritos diseñados a imagen y semejanza y exigen que no se sorteen. Si sale bien la engañifa, dicen que se merecen el cielo. Si sale mal (improbable), se trata de un mal día.  

Por ejemplo, El Juli, el sumo sacerdote del arte moderno. De estos que se conectan en Río de Janeiro y se comunican en Nueva York, que manejan las redes sociales por aglutinadoras de espacios de debates muy concretos en temáticas, pero de escasa profundidad imaginativa, que son verdaderos expertos de programación o computación –según en el sitio taurino del mundo en que ofrezca su destreza-, que lo mismo abren un blog vistoso, de mucha ligazón, de poco contenido, que maneja programas de instalación rápida, de rendimiento momentáneo, de expectativa propagada, que se desenvuelve como maestro de ceremonias en el emepécuatro, y lo que venga no le da miedo. Aquí está él, el sumo sacerdote que maneja la situación on-line, esa de citar aquí, de el toro allí, de paso atrás, de control zeta, del torero al revés.

Lo más asombroso es que todo el mundo quiere copiarlo. Pero, el joven diestro va camino de ser inimitable. En estos pormenores identitarios se encuentra casi todo el escalafón actual, y el que se supone que vendrá. Por ejemplo, un Castella, un chico que ni ya es capaz de justificar alguna fama, alguna orejita cortada a golpe de estatuarios fríos, insulsos, anodinos, y que ahora quiere ser un Julián de parones, de personalidad propia, pero abusando de los resquicios de absurdas propiedades. El más definido en las artes plagiadoras es este chaval que se ha puesto como torero en dos corridas y que necesitaría cuatrocientas para llegar a intuirlo. Se llama Luque, y ya ha dejado soberbios petardos en su breve carrerita y se pavonea, se codea, se tutea con todo quisque renombrado.

Una buena nota en el arte del control uve y control pe, la destila el ganadero. Un afamado Domingo Hernández que dice que compró ganaderías para salvarlas de la quema por su espíritu aventurero, romántico y aficionado, que saneó el asunto arrasando como general cartaginés, que pactó con el emperador romano Juanpedro, que puso mucho empeño en la salvación genética de la patria. Pero el Ejército que preparó, alimentó, adiestró y llevó al campo de batalla era cochambroso, estúpido, sin defensas que impusieran, sin orientación certera. Viendo el espectáculo, y que algunos querían su cabeza, no tiene que volver más por estos mundo de gente de buena fe. Pero, no se lo crean. Hay un pacto entre generales, emperadores, y guerreros fantásticos para seguir amañando el asunto hasta la extenuación absoluta. Lo sé de buena tinta. Se lo aseguro.

Ayer fue ridículo. Fue indescriptible. Fue un ensayo de las miles de estafas que quedan. Y otra más.

La verdadera debacle está por llegar.

Rápido. Control Zeta, para estos toreros posmodernos. Control Zeta, para este ganadero engañador. Control Zeta, para estos toros de todo a cien juanpedrero. Control Zeta, para el gentío postinero, ignorante y adulador. Control Zeta, para el empresario de oficio detestable. Control Zeta, para presidentes de políticas antidefensivas. Control Zeta, para esta bazofia. Control Zeta, para toda esta ‘merdé’ que quieren transustanciar en gloria bendita.

Que se vayan.

Que se vayan, se vayan, se vayan, para no volver.

Control Zeta. Error de programa. Espere que se cierre el programa. Si ejecuta finalizar perderá los últimos cambios y la información acumulada.

Finalizar.

No puedo más.

 

Plaza de Las Ventas. Madrid.

15 de mayo de 2010

Décimo festejo de la Feria de San Isidro

Presidente: Julio Martínez

Lleno de “no hay billetes”.

 

4 toros de Garcigrande y dos de Domingo Hernánez. Es lo mismo. El empresario y ganadero meten de rondón los dos animalitos que han cuidado para que no desentonen con los otros (nada imposible, pues son hijos de la misma madre de genética juanpedro), regalados posiblemente, pues el máximo representante quiere antigüedad, con el añadido que fueron escogidos desde becerros, diseñados por  apañaditos  para toreros (también muy apañaditos) que ejecutan toreo del moderno, alimentados transgénicamente, reducidos de defensas, pero publicitados soberbiamente. Salieron sosos, flojos, blanditos, recortaditos, de carretones insulsos, desnaturalizados, asquerosos en definitiva. Curiosamente pasaron el reconocimiento veterinario, y a pesar de las protestas, no se devolvió ninguno. Tampoco se llevó ningún animal una vara medianamente aceptable. Puyacitos placebos dieron muchos, los justos. Con catitas anovilladas, cuerpos regordíos, y pitones de limpieza integral.

 

El Juli. Con su animal primero, de parecido gemelar asombroso, por recortadito, voluntarioso, y sin fundamento verdadero. Lo soltó al peto de una manera muy fea y bastante habitual en el diestro madrileño. Y el corderito “se dejó” ir y venir, y el torero en coger esta mano, o esta otra. Y como siempre. Las afueras, las afueras, y más afueras ligadas. A muchos les daban espasmos orgásmicos. A unos pocos se los llevaban los demonios. A otros les traía sin cuidado tanta desvergüenza y cantaba la gloria bendita. Y casi se lían a cantazo limpio. Para que vean las pasiones que levanta el artífice de la modernidad en el toreo.

Mató muy mal, rematadamente mal. Dos pinchazos. Fue avisado. Dejó un solemne sartenazo transformado en media atravesada, caída, ladeada y horripilante.

Después: mantazos ejemplares, capea rigurosa, brazo extensor prodigioso que alarga cuanto sea posible, dominio del revés, lío de interpretación, y el soberbio julipié, que con saltito dejó coquetamente otro solemne sartenazo transformado en media atravesada, caída, ladeada y horripilante. Le dieron aplausos en el tercio y un alucinante silencio.

 

Sebastián Castella. Le tocó un feo pasado de cinqueño, con pelo en pecho, pero sin nada dentro. El matador eligió para este manso desnaturalizado terrenos centrales. No supo dónde estaba en toda la tarde. Ensayó el torero de parón que tantos éxitos le dieron en otros tiempos. Estuvo desarmado de ganas, de muleta, en las afueras, mal educado, grosero de formas, a merced del arrimón y de las voluntades tontorronas del mamífero de cornamenta manipulada. Dejó otro solemne sartenazo transformado en media atravesada, caída, ladeada y horripilante, pero en los riñones. Después se puso a bailar el chotis, y lo hizo tan mal, que daban ganas de darle un coscorrón importante. Tras metisacas y avisos. Dejó de aburrirnos y desesperarnos.  

   

Daniel Luque. Con toritos sin picar en los mínimos engañó con ese toreo de vanguardia los más variopintos trapazos arrabaleros, sublimando el arte en posmoderno. Sin saber, sin taparse, sin vergüenza torera, sin don, sin son, así quedó esta precipitada figura del escalafón. Y a las tablas fue conducido por el mamífero tan especial para dejar la suerte en pura infamia con otro solemne sartenazo transformado en media atravesada, caída, ladeada y horripilante, después de múltiples pinchazos y antes de un rotundo desconcierto, más un silencio. Terminó en una charlotada, con parecido asombroso al Bombero torero, con brindis y todo. El manso se superó en tontería, y el maestro en arreones de muleta. Se llevó una fascitis de tanto zapatillazo, y una bronca que resultó muy suave, para lo que debía consumarse. Dejó dos metisacas en los riñones, y después otro descomunal sartenazo transformado en media atravesada, caída, ladeada y horripilante. Y fueron seis. Pleno al seis.

 

Una mención destacadísima a los oficiantes en forma de cuadrilla que acompañaron a estos toreros tan sublimes en el arte del revés, que contribuyeron a terminar con el oficio con mucha desvergüenza y ningún talento. La anotación de merecidísima la dejaremos para los asalariados de Daniel Luque, por méritos propios. 
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