Las Ventas. Madrid.

Noveno festejo de la Feria de San Isidro

14 de mayo de 2010

 

“¡Nos ahogamos, mi capitán!”

 

Por Paz Domingo

Era un naufragio. Caía agua, y no del cielo. Los nubarrones, oscuros, tétricos, amenazantes, no estaban donde tenían que estar, en las alturas. Surgían desafiantes de las mismas entrañas de este escenario artificial en que han convertido los santísimos ruedos de la geografía taurina. Esta inversión atmosférica no es casual, ni hay que buscarla en el cambio climático. Es un empeño diseñado por los artífices del estamento profesional en todos los órdenes por donde se mire, que echan agua al vino, que tienen la desvergüenza de asegurar que este fiasco es gloria bendita, que argumentan que los males están en los malditos caprichos del tiempo, pues objetan que la culpa hay que buscarla en apetencias fortuitas –imprevistos como cuarenta grados en enero, o lluvias torrenciales en las hermosas dehesas-. Pero la temperatura ahora es, según se mide. Mejor dicho, según quién la sufra. A los valientes que soportamos este bodrio se nos helaron el alma y los pies. A los que lo implantaron, les arden los bolsillos, allá por el hogar confortable. Pero, como ya estamos de agua hasta el cuello, los oficiantes aprovecharon el tiempo y consumaron múltiples, aunque poco sofisticadas, piruetas acuáticas.

 
Las primeras acrobacias corrieron a cargo del presunto ganado bravo que lanzaron a la piscina olímpica. Aquello no eran buques de guerra, se lo aseguro. Aquello, parecía más bien maquetas, en escala pequeña, de barcazas casi aparentes, de hierro oxidado, sin espíritu combativo era evidente, pues al primer encuentro hicieron tiradas en plancha que desorientaron al personal, bucearon torpemente, incluso intentaron volteretas muy vistosas. Pero no convencieron a nadie. Menos al presidente, que porfió mucho hasta que mandó abrir la compuerta de nuevo a otro navío. Creía el Capitán General de la Marina Mercante que era posible encontrar un galeón en la escuadrilla no titular, y a regañadientes le mandó llamar, para así evitar que se precipitara el hundimiento. Pero era más de lo mismo, barcaza aparente por los pelos, y con combustible muy ajustado. Es decir, es inútil. El siniestro no se puede aplazar, ni en uno ni en seis, ni en tropecientos mil que salgan. Se está alargando la catástrofe inevitable. La nave hace aguas y muchas.

Y nos dieron una exhibición estupenda. Más de lo mismo. Intentaron darle circunstancias de las buenas, pero soplaba cierzo, y para aguantar el viento gélido, como poco tendrían que traer la flota verdadera, aunque no se la espera, pues es bien sabido que la han vendido para chatarra, y ahora hay que apañarse con el cartón piedra. Y todos, uno detrás de otro, los buques naufragaban irremediablemente, aunque los dos últimos porfiaron en la exhibición antes de la zozobra.

 

Los marinos conocedores de mares bravíos, enrabietados océanos, miles de aventuras sorteadas con éxito, además de algún encontronazo con piratas, están que buscan puerto definitivo de anclaje, buscando acaso la jubilación. El uniforme reluciente, el grado a la vista, los incondicionales de aroma salado estaban en alerta, el mar en calma y el oficio olvidado. Y se compusieron para dar golpes inciertos de timón, insistir en órdenes contrarias a los miembros de la tripulación, a corretear teatreramente por cubierta. Demasiado buenos fueron los asistentes a este espectáculo acuático, que en vez de echar cubos de agua fría a discreción sobre el cuadro de mando, de una vez se les cayó toda encima. Reaccionaron con la impresión (¡figúrese!), pero respondieron, y a los capitanes les dijeron que se compraran un loro, por lo bien que acompaña a la situación. El aspirante al alto escalafón, anda buscando graduación, aunque puede ser que se quede en grumete si no aprende rápido la esencia de los auténticos hombres de mar. Muestra disposición y ganas marineras, pero en estas exhibiciones casi románticas se hace necesario evidenciar que el título no se ha comprado en cualquier puerto flibre de impuestos. Pudo hacer algo, pero no pudo. Aun así, resultó muy animoso, pero con muchos mares que navegar.

 

Los que mejor nadaron fueron los mastodontes de hábitat desesperante y de peto acorazado, que sin mucho porfiar, se tiraban de cabeza a la piscina, lanzaban las patitas al aire y las movían graciosamente como si fueran sirenas de aventuras fantásticas, y aguantando la respiración, que ya tiene mérito. Los jinetes que las dirigían se refugiaban en las tablas, después de remar mucho, enconadamente, en sentido contrario. La tripulación hacía que se ahogaba, sin oleaje que hiciera creíble tanta debacle.

 

Sucumbieron, por las mismas los organizadores de este montaje acuático, desnaturalizado y maquiavélico, muchos y variados filibusteros que se dan en el mundo marinero, y -con tanta destreza -están trasformando las glorias navales en artes sumergidas; trasladando las memorables batallas en mar abierto, cuerpo a cuerpo, a las profundidades inexpugnables; intentando el abordaje de lo poco decente que queda; llevándose por delante el romanticismo de miles de aventuras a cantinas seguras y olvidadas; vendiendo los cañones en puertos de segunda mano; fortificándose en islas espeluznantes, convertidas ahora en parques temáticos submarinos; fundiéndose los tesoros que otro tiempo se atesoraban; y despreciando el más glorioso oficio de navegante.

- ¡Nos ahogamos, mi capitán!

- ¡Los jefes y los niños primero!

- Aquí no hay niños. Hay toros.

- ¡Al puesto de mando, tire un flotador. A los toros, por la borda!

- ¡Ah!

- ¡Es una orden! (Lo dijo con la mano en el pecho, y voz atronadora).

Se asentó el frío. Se hizo el silencio. Amén.

 

 

Plaza de Las Ventas. Madrid, 14 de mayo de 2010

Noveno festejo de la Feria de San Isidro

Presidente: César Gómez.

Lleno. Tarde de mucho frío y viento.

 

Toros de Alcurrucén. Ganadería de los Hermanos Lozano. Encaste Carlos Núñez.

Mal presentados, anovillados, sin trapío, con cabezas faltas de contundencia, sin rematar en hechuras, descastados los tres primeros, y los otros tres también, aunque con algo más de credibilidad porque se movían. Flojos 1º, 2º y 4º, especialmente el primero, que fue devuelto. El 2º protestado con palmas de tango. También fue con el único que ensayaron las varas, porque al resto les dieron placebos puyacitos muy lindos, al estilo que se prodiga. El 5º, y sobre todo el 6º, que mostraron algo más. Sin más.

El sobrero era de El Torreón, que salió en capa, hechuras y comportamiento exactamente igual, que aunque de encaste Domecq, parecían gemelos. Una duda de las buenas es la que plantea esta idéntica arbitrariedad. La ganadería es propiedad del matador retirado César Rincón.

Lo más asombroso resultó ser que todos pasaron el reconocimiento veterinario de la mañana. Y los más certero es que computó en el desastre ganadero de lo que llevamos de feria y de temporada, y de lo que rondará, que parece insuperable por el aburrimiento y desesperación que provoca esta situación horripilante en que se encuentra la casta y esencia en este mundo de toros.

 

Uceda Leal. Ausente todo el rato, incluso mató (que es un maestro en esta faceta) desganado, o no mató. Con el primer presunto toro (el sobrero) se escondió en el viento, en sus escasas ganas, en la sosería del ejemplar, en muchos mantazos y en correrías inciertas. En su segunda actuación desconfió de un torito tontorrón al que hicieron reservado por la mala lidia que le perpetraron y por su debilidad congénita. Sin ser la octava maravilla, se llegó a pensar que lo era, pues estuvo por encima del matador, que quedó desconcertado y a la deriva de la nada.

Dejó: estocada caída, rueda de peones (silencio); estocada caída (y bastante) tras un trasteo para la colocación del animal (excesivo por el tiempo e indeterminación que ocupó), (silencio y algunos pitos).

 

Manuel Jesús, El Cid. Se puso muy flamenco con el primer inválido de su lote, y nos aburrió infinitamente con su arte. Algo parecido sucedió con el segundo, salvo que se puso más teatrero, y escondió lo que pudo al animal, que después de la pantomima del pico, de las afueras, de echarse a la mano izquierda (poderosa en otros tiempos gloriosos), de no aprovechar los terrenos buenos que pedía el toro, y que quiso el matador, quedó El Cid sin campear en la verdad, aburriendo soberanamente y dejando en evidencia lo que fue, que parece que no volverá.

Dejó claro que sigue siendo un mal estoqueador, lo que se dice un pinchaúvas, y por tal circunstancia se ha quedado sin hacer rotundos los éxitos de otras batallas. Se apañó con dos pinchazos, estocada atravesada y tendida, rueda de peones y silencio, en su primero. Después, bajonado tras pésima ejecución de la suerte, incluso pareció que quería orejita.

 

Miguel Tendero. Tomó la alternativa por estas fechas festivas y en la “cátedra mundial del torero”, aunque de manera improvisada y sin precisión. Y así parece que anda. Aunque le sobra voluntad, ganas quizá, pero efectivamente esto no es nada porque la abundancia es lo que tiene, desasosiego por lo inmensa que es. Si quiere estar dentro, tiene que olvidar las afueras, coger la muleta por donde se tiene que agarrar, buscar la profundidad, el sitio verdadero, el pico que despliega y mandar un poco, ¡caramba! Se le pasó la oportunidad con el descastado animal, primero de su lote, que por no hacer, no hacía ni tonterías, y el matador curiosamente ensayó la misma inoperancia. Esto hubiera quedado ahí, sin mayores consecuencias definitivas, de no ser porque salió un toro con cierta bronquedad y movilidad, al que le propinaron una lidia infame, una capea insufrible. El joven matador se quedó sin entenderlo y sin torearlo, mucha distancia, parando las embestidas a tirones y pasando algunos apuros para matar. Y completó los insufribles éxitos de la terna en esta suerte portentosa.

Dejó: tres pinchazos, en varios intentos que evidenciaron que no podía ejecutar la fórmula definitiva, y descabelló, sin más. Otro silencio. Después, dejó media atravesada (como pudo) perdiendo la muleta, y algún descabello más. Otro silencio. Pero a esas horas ya estábamos corriendo a las aguas calentitas del refugio soñado. Moribundos, ahogados y naufragando en ánimos.

 

Incidencias marineras: El subalterno Antoñares, de la cuadrilla de Uceda Leal, sufrió rotura de radio como consecuencia de un revolcón por el segundo toro de la tarde.

Les adjunto el cuadro asesor y veterinario de la Plaza de Las Ventas, un día como hoy:

Asesor: Pedro Herranz MartÍn

Delegado gubernativo: Raquel Medina Gil

Veterinarios: Carlos Fernández Zapata, Secundino Ortuño Martínez y Francisco Javier Horcajada García.

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