Las Ventas. Madrid.

Tercer festejo de la Feria de San Isidro

8 de mayo de 2010

 

A puntapiés

Por Paz Domingo

 

Pasaban de las ocho de la tarde oscura, cuando el toro que hacía quinto derrumbaba sobre el ruedo su deslomado cuerpo. No era de la ganadería titular. No era lo suficientemente adiestrado para el matador de marras, apodado El Capea, que es hijo de su padre, sobrino de algunos amigos y ahijado del empresario (se supone). Dicho artista movía la cabeza con teatralidad contrariada. Impulsaba la muleta a modo de gancho para echarle el cable que izara los quinientos kilos aplomados. A su auxilio acudieron impetuosos los subalternos, y el que evidenciaba mayor responsabilidad en las lides imprevistas, con mucho disimulo, se puso a darle puntapiés en las mismas posaderas al infortunado mamífero, descompuesto en la agonía de la muerte. Con mucha artimaña, dicho personaje se colocó estratégicamente a escasos milímetros de la penca que asomaba, de espaldas a la galería protestona, y a escondidas de las cámaras, para seguir propinando al espécimen puntillazos con menos fuerza que un bebé atizándole a una lata de cerveza. Así, hasta largos minutos. Entre tanto, hacía que tiraba del rabo, pero le pareció que le iban a pagar poco por estos menesteres -que no son de su competencia-, y prefirió seguir dando pataditas de trámite. Este encontronazo no le pareció nada bien al afectado, que le dio por levantarse. Uno en su lugar, habría hecho lo mismo, porque las tonterías se aguantan hasta que a uno se le inflan las narices. Claro está.

Y es que el maltrecho animal no servía. Esto mismo se lo decía su padre (del torero) desde el callejón, que de esto sabe mucho. ¡A matar! ¡A matar!, le indicaba asomando el brazo entre las tablas simulando la suerte en el aire. ¿Pero, qué iba a matar si ya se había muerto antes de empezar faena, antes de desplomarse, antes de levantarse? Pues sí, el animal ya estaba muerto cuando se encontró en sus correrías a un jamelgo acorazado, montado por personaje siniestro, que le partió en dos el espinazo, le dio una tunda en los riñones, le hizo una brecha en todas las partes deshonestas, le retorció la vara perforadora, le estrujó contra las tablas, le cerró la escapatoria, le tiró como saco de patatas por los suelos, y le dijo: ¡Ahí te quedas vida mía!

Y ahí se quedó. Allí estuvieron pasando el trámite. Sin vergüenza. Atónito el matador cuando sobresalían las protestas. Contrariado el animal cuando arreciaban las misivas a su integridad. Y todos los oficiantes en la disposición. Mirando para otro lado el presidente que está para presidir festejo cuando le place, y es bien poco. Aquellos señores de plumero y batuta buscando paraguas para esconderse. Los comisionados de la propietaria de la plaza pensando en el plan de pensiones para desgravar en impuestos. Los empresarios mostrando su malestar por esta contrariedad, ellos que tanto empeño han puesto en que todo saliera bien. Más allá  los amigos excusaban, y los amigos de los amigos también. Pero, ya se sabe, que como se trata de amigos, éstos no cuentan.

Y las miles de almas que no festejaban las gracias, aunque era para desternillarse, no daban crédito a tanto desahogo. Les dio por el cabreo. Pero de verdad, como esos enfados morrocotudos que se cogen porque no hay más remedio, y con poca templanza se pusieron a dar palmas a ritmo de tango. Estas pobres gentes estaban descorazonadas. Más bien, estafadas, diría quien sabe de movimientos especuladores. Aquellos inversores piden respeto a estos sufridores engañados y timados, y les recuerdan que se den con un canto en los dientes, porque cualquier día, además de comprar la entrada, acudir presuroso al encuentro festivo, mantener el ánimo alto cuando todo decae y presenciar este bochorno, pues además, le van a dar un mamporrazo de cuidado. Eso por protestar, que no deben.

¡Vaya tarde de toros que nos dieron! ¡Cielo santo!

La ganadería titular remendada. Se ignora cómo pasaron el reconocimiento veterinario aquellos que no pudieron volver a la dehesa. Los jinetes siniestros de peto y sartén estaban avisados. ¡Cuidado, que se caen de caerse! Vale, dijeron. Y no se cayeron, porque le pusieron las varas en los lomos a modo de simulacro, y con eso bastó. Quedaban dos huecos que cubrir, y como era menester, que no desentonaran mucho. Salieron los remiendos con un poco mas de categoría, es decir, más movilidad, algún atisbo de genio, o algo de poco más. Aquellos jinetes también estaban avisados de esta eventualidad y les dieron de narices. Uno cayó en las artimañas de Diego Ochoa, primer picador en la cuadrilla de Uceda Leal. Al segundo ejemplar, relatado anteriormente, le hizo los honores Carlos Pérez. A ambos, queda desearles suerte en otra faceta profesional que emprendan, porque en esta lo hacen demasiado bien. Tan bien, que los dejaron para el arrastre. Literal.

Uceda estuvo que no estuvo. Bueno, participó en esta pantomima. En su primera intervención, con el tercio de varas escandaloso, con el animal masacrado, estuvo aliviándose todo el rato, justificándose con los terrenos, llevándose al animal al centro del albero para que se viera que allí no tenía nada que aportar. Dio pasitos atrás, frenadas de muleta, y hasta despreció que el pobrecito oponente –como suelen llamar ahora al presunto toro- tenía nobleza, pero estaba moribundo. No quiso torear. Y menos mal que mató de estocada con ejecución perfecta, porque fue lo único salvable de la tarde horripilante. En su segunda intervención, montó el espectáculo del paripé. Pa y pe. Y ya. El animal había quedado para la muleta con un solo puyacito, pues el segundo obligatorio se lo había saltado el ejecutor de la suerte y el presidente, también avisado del apuro. Esta vez, cuando se perfiló para matar, ya no era Uceda.

Respecto a Capea Junior, ya se ha contado casi todo. Salvo que le tocó un novillo,  que cumplía mayoría de edad. Tanto emocionó con el acontecimiento al público que le cantaron el Cumpleaños feliz y el picador le regaló dos picotazos, pero suavecitos. Con su torito predeterminado planteó su toreo basado en cuestiones extremas. Mano y pierna atrás. Desparrame de pies. El pecho en el perfil. La distancia larga. Más y más. Siempre a más. El resto ya se lo he relatado.

Javier Cortés es de Leganés (aunque parezca que viene de Albacete). Vino a Las Ventas a confirmar alternativa. He hizo dos actuaciones bien diferentes en sus respectivos toros. En la primera copió mucho a los diestros de postín que ejecutan el torero al revés y en la segunda dejó de copiar para evidenciar algo de talento y de cabeza. Con el semitoro de su confirmación, flojo y tontorrón, que dio varias costaladas muy sospechosas, pues ni pupa le hicieron en varas, estuvo concentrado en ligar y ligar echando todo fuera y no se enteró del aceptable pitón izquierdo. Cerró el festejo toreando de manera muy diferente a como lo había abierto. Se aproximó al sitio verdadero, y se le agradeció que no intentara el innecesario parón con un toro rajado por falta de fuerza. Se le valoró la torería a la comedia, y saludó en el tercio.  

¡Vaya tarde de toros que nos dieron! Y lo que nos dieron fue una soberana patada en las mismas posaderas. Lo de los puntapiés se queda para toritos semis, obtusos en plenitud, que se desparraman por los suelos.

 

Plaza de toros de Las Ventas

Madrid. 8 de mayo

Tercer festejo de la Feria de San Isidro 2010

Presidente: Julio Martínez

Lleno con muchos huecos

 

4 toros de Antonio Bañuelos, sin trapío, sin la presentación que se debe exigir en Madrid, a pesar de los pitones -el 3º muy anovillado y cojo-, inválidos por completo. Sin picar -todos les dieron picotazos y a uno se los perdonaron. Todos fueron protestados y ninguno devuelto.

2 toros de José Luis Osborne (2º y 5º), con fuerzas justas -y las que tenían las dejaron en el caballo tras desastrosas varas- y de presentación también muy justa.

 

Uceda Leal: estocada (ligeramente trasera) tras una ejecución impecable (palmas); media algo perpendicular, volvió a realizar la suerte y dejó un pinchazo, una estocada caía y un descabello (silencio).

Pedro Gutiérrez El Capea: cuchillada cuartelaria con derrame espectacular (pitos); casi media atravesada (como pudo) y dos descabellos (pitos y palmas de tango)

Javier Cortés: estocada desprendida y un descabello (saludos desde el tercio)

Estocada atravesada e insistente rueda de peones, un descabello (saludos desde el tercio)

 

Sucedidos:

La ejecución del deplorable tercio de varas que presenciamos fue de juzgado de guardia, como poco. Ninguno de los seis picadores debería pisar ruedo alguno.

El presidente Julio Martínez cambió el tercio con una sola vara en la lidia del cuarto toro de la tarde.

Se desplegó una pancarta en la que se decía “Consejo dimisión ya” (refriéndose al Consejo del Centro de Asuntos Taurinos de la Comunidad de Madrid.

Si devuelven algún toro (que casi todos lo merecieron) nos hubiera alcanzado la lluvia. Y lo que nos hubiera faltado -después de este despropósito y esta desvergüenza estafadora -haber cogido un enfriamiento.

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