Personajes de ayer. Sebastián Miranda
Sebastián Miranda y Pérez-Herce (Oviedo 7 de julio de 1885 - Madrid 19 de octubre de 1975)
Extracto del capítulo del libro Personajes de entonces… del escritor Fernando Vizcaíno Casas dedicado a la figura del célebre escultor asturiano y está publicado en la Editorial Planeta (Barcelona 1984). Recogemos esta breve semblanza sobre el personaje que dedicó parte de su obra y de su vida a su pasión a la vida, a la compañía de sus amigos y a la afición que mostró por el mundo de los toros. Es en definitiva un libro maravilloso por el recuerdo sentimental de una época olvidada que dio cabida a hombres y mujeres singulares. Uno de ellos fue Sebastián Miranda.
 
 
Imagen que acompaña al perfil de Sebastián Mirando del libro Personajes de entonces...
 
 

Sebastián Miranda

Por Fernando Vizcaíno Casas

Pasaba ya de los ochenta años cuando venía a los almuerzos de la Peña Valentín, sin faltar a ninguno, y se comía dos platos de cocido, bien regados de Rioja, y después repetía del postre y si tocaban torrijas, porque era la época tradicional, se zampaba tres o cuatro, con absoluta naturalidad. Antonio Díaz-Cañabate que era amigo suyo de toda la vida y siempre se sentaba a su lado en aquellas comidas, no paraba de reprenderle: -¡No seas bárbaro, Sebastián!... ¡Que te vas a poner malo!... Pero Sebastián Miranda, que estaba muy sordo, fingía no enterarse de la regañina (que había oído perfectamente) y encendía la picardía de sus ojillos menudos, extrañamente fosforescentes y vivísimos, aunque perdidos allá en el fondo de un rostro surcado por arrugas sin fin. (…)  Fue inseparable de un grupo de españoles de variados oficios y de gran categoría todos ellos: Juan Belmonte, Pérez de Ayala, Marañón, Indalecio Prieto. Y la verdad es que lo pasó muy bien en esta vida…

 

Había nacido en Oviedo, durante la última década del siglo XIX, en una familia de la burguesía media. A los quince años estaba estudiando en Alemania, en una Escuela Politécnica de Ingeniería; un compañero suyo daba clases de modelado y sucedió que el joven Sebastián agarró un buen día el palillo y comenzó a esculpir sobre barro. Además. Descubrió que le gustaba muchísimo dibujar. Por simple azar, un señor que visitaba la escuela vio sus apuntes y le aconsejó que se dejase de ingenierías y se dedicara al dibujo. Aquel señor era Lehmberg, uno de los pintores más cotizados entonces. Como los logaritmos no le divertían nada, el muchacho escribió lleno de entusiasmo a sus padres, diciendo que había descubierto su verdadera vocación: quería ser artista.

 

Pero sus padres no estuvieron conformes con semejante deseo; antes al contrario, se enfadaron muchísimo y le hicieron regresar a la capital del Principado y le matricularon en la Facultad de Derecho. Donde Sebastián se pasaba las clases haciendo caricaturas de los catedráticos y de toda la gente conocida de Oviedo. Gustaban tanto, que las vendía a una peseta. Como varios cientos de pesetas eran, a la sazón, un capitalito, cuando lo tuvo reunido, mandó a la porra las leyes y se largó a París, que era entonces el ileal de todo muchacho con ilusiones artísticas. Apenas veinte años tenía, cuando se encontró metido en el deslumbrante mundo de los music-halls y los cabarets, y no sólo por las motivaciones sicalípticas propias de su edad.

(…)

Conoció a la Fornarina, que reinaba esplendorosamente en París; ella le presentó al dueño de uno de los mejores restaurantes de la ciudad, quien, a cambio de que ilustrase el menú de cada día, le daba de comer opíparamente. Cuando menos, Miranda tenía ya resuelto un problema importante, de singular trascendencia para él, que, como buen asturiano, era conspicuo de la buena mesa. En el restaurante hizo amistad con otra luminaria de los escenarios frívolos, la Mistinguette: le encargó el dibujo para el programa de su teatro. Finalmente, un español residente en la capital francesa y escultor por afición, el marqués de Perinat, se lo llevó a su estudio, donde realizó varias esculturas, que tuvieron buena acogida.

 

De regreso a España, el escritor Ramón Pérez de Ayala, ovetense como él, le convenció para que modelara una estatuilla de Vicente Pastor, el torero madrileño que entonces estaba de moda. La hizo y le dio inmediato prestigio; hoy puede admirarse en el Museo Taurino instalado en la plaza de las Ventas. Pero Sebastián quería ir más de prisa; así que preguntó dónde estaba el dinero en Madrid y le dijeron que en la Bolsa y en el Banco de España. A la Bolsa se fue y, convencido de que, en efecto, allí se reunían los ricos más ricos, mientras ellos jugaban al alza y la baja de las cotizaciones, él tomaba apuntes a lápiz, que después fue convirtiendo en estatuillas, dentro de un estilo que ya no abandonaría nunca. Pues la personalidad de Sebastián Miranda se centró en aquellas figuras de poco más de medio metro, que recogían cierto sesgo caricaturesco los semblantes y la misma configuración física de sus modelos.

 

Las vendió todas y se hizo una inmediata y rentable fama, que mantendría hasta el final de sus días. Para las gentes de mayor prosapia, tener un Miranda en sus salones, era signo de distinción y buen gusto. Pero, además, Sebastián se divertía esculpiendo a las gentes de su intimidad, que ya eran amigos para toda la vida. A Juan Belmonte le llevó al barro, en varias estatuillas deliciosas; y a Pérez de Ayala; y más tarde, a Domingo Ortega y a Cañabate. Porque se sintió muy a gusto en el mundo de los toreros intelectuales, que por entonces eran asiduos de las tertulias de mayor enjundia, incluida la de Ortega y Gasset.

 

Definitivamente consolidado, Miranda se instala en un chalé o palacete de la Moncloa, sobre la Ciudad Universitaria, a espaldas de la tribuna del Estadio Metropolitano. Aquélla es, entonces, una zona residencial, tranquila, muy apta para el trabajo artístico, en un Madrid que tiene todavía más de poblachón manchego que de estrepitosa urbe cosmopolita. Se ha casado con Lucila de la Torre; comparte la casa con ellos una fiel sirviente, la Sariega le llaman, con cariño, que le acompañará muy hasta última hora al escultor. Pues su esposa va a morir en Paris, en el exilio, durante la guerra civil. Para entonces, la posición artística y económica de Sebastián es sólida; su Retablo del mar, una composición singularísima y espléndida, le ha valido el entusiasmo de la crítica. También ha esculpido unos conjuntos muy graciosos de “piculinas” reunidas en el sofá de la casa de prostitución, que escandalizan (entre sonrisas mal disimuladas) a sus clientas de la buena sociedad.

(…)

Admiraba la escultura monumental de los grandes maestros clásicos: Miguel Ángel, Donatello, Bernini… La de los demás le parcela “bastante birria”. Se hizo amigo fraterno de Indalecio Prieto y gracias a él puedo escapar en julio de 1936 e instalarse en París, donde coincidió con otros muchos ilustres españoles, que también optaron  por abandonar la capital española, ante la inseguridad que corrían sus vidas. Ocupa un apartamento amueblado en la rue Daubigny, en cuya casa también se alojan su entrañable Pérez de Ayala y el arquitecto Zuazo. Es el único que se permite el lujo de tener coche.

 

Regresa a España en 1941, viudo y con pocos ánimos; pero los recobra en seguida, cuando vuelve a trabajar sin descanso en su palacete de la Moncloa y reanuda sus tertulias con los amigos y va de nuevo a los toros y puede comer pescado de continuo. El pescado le entusiasma, hasta el punto de que asegura que lo tomaría incluso podrido. Por supuesto. No es así el que consume; prefiere sobre todo, el salmón del Narcea, que le trae recuerdos de su tierra asturiana. No interrumpe su amistad con Prieto, que se ha exiliado en México. Se escriben tanto, que el político socialista publicará en un libro sus Cartas a un escultor, recogiendo las más importantes cruzadas entre ellos. Distantes en la ideología, no por ello se entibió su afecto; cambiaron ideas e incluso reproches (Miranda le afeó a Prieto el expolio de joyas y objetos de valor, propiedad de particulares, llevado a cabo en el yate Vita) y hasta la muerte de don Inda dejaron constancia de la entrañable amistad que los unía. Coincidieron en varias ocasiones, en Francia y en México. De semejante y tan ejemplar relación, ha quedado buena prueba en el anecdotario escrito de Miranda, Recuerdos y añoranzas, que, poco antes de morir, completó con un segundo tomo.

Admiraba a los grandes maestros de su generación, a Clará y a Capuz y a Benlliure y a Julio Antonio y a Cristóbal.

 

-Esos sí que son unos fenómenos… Lo mío es distinto; lo mío es otra cosa…

En efecto, la escultura de Miranda fue (sigue siendo) otra cosa. Algo absolutamente personal, definitivamente incopiable. Algo que sólo él supo hacer; un género específico, que convirtió sus estatuillas en reflejo perfecto de todas las personalidades de su tiempo. Recogió sus gestos con cierta intención  irónica, con una pizca de  mordacidad, en ocasiones. Con aquella picardía tan suya, de niño travieso. Quizá porque lo fue siempre; hasta cuando, con ochenta años, cerró definitivamente su taller y sus manos gordezuelas dejaron de modelar el barro.
 
Imagen de las fotografías de este capítulo, donde aparece Sebastián Miranda modelando en barro la base de la escultura que realizó a Domingo Ortega.
En las otras fotos aparece el escultor con Pío Baroja y Juan Belmonte
 
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