Propósito de enmienda. Querer es hacer

Por Paz Domingo

 

“La unidad hace la fuerza”. Este lema legendario y revolucionario lo han hecho propio los miembros del estamento taurino, ante los problemas que consideran alarmantes en el panorama actual. Por ejemplo, la iniciativa legislativa popular que el Parlamento catalán está tramitando, puede concluir en la próxima primavera en la prohibición de las corridas de toros en esta comunidad. O lo que puede ser mucho peor, que sería la aprobación de los espectáculos incruentos –que excluyen las partes de la lidia donde se pica, se banderillea y se da muerte al animal en el ruedo. O, lo que sería mucho peor de lo peor, la adopción de estas fórmulas en el resto del territorio nacional, que será lo que los políticos propongan probablemente, porque así no se pillarán los dedos con ese buenismo tan preocupante como inconsciente, ignorante e irreversible.

Ante este desafiante acoso que sufre el espectáculo taurino, se ha convocado un acto de declaración de intenciones en defensa de la Fiesta y lo ha organizado la Mesa del Toro, con Eduardo Martín Peñato -como director general- y Eduardo Miura –como presidente-, y congregó a numerosos miembros del estamento, en activo y retirados, que reivindicaron la importancia del mundo de los toros, su tradición y su permanencia. Los miembros de esta plataforma (que agrupa a varias asociaciones taurinas) propusieron la creación de un Instituto Superior de Estudios Taurinos, con un proyecto de fomento de este singular espectáculo, pero no se concretó la fórmula para abordarlo y expusieron igualmente, la financiación de los proyectos, en un exhaustivo régimen de cuotas a pagar según la categoría profesional y la jerarquía de sus miembros. También se propuso medidas como el turismo taurino, la rebaja del IVA y la exigencia de solicitar la retransmisión de festejos taurinos en TVE.

 

En primer lugar, era necesario escenificar el voluminoso e importante sector económico, profesional y social, que aglutina a todo el conjunto del estamento taurino. Esto último casi lo consiguen, pues los empresarios rechazaron su exposición pública porque se sentían al margen de todos los trabajos realizados para su puesta en marcha. En segundo lugar, había que hacer una declaración de intenciones, de contar a todos que hay una propuesta seria y conjunta para trabajar en la misma dirección. En tercer lugar, había que concretar -y ahí se quedaron cortos de explicaciones- las propuestas para poner remedio a la profunda crisis del sector, que fueron efectistas algunas, otras interesantes, alguna otra bastante pueril, y alguna otra demasiado mercantilista.

 

La creación del Estudio Superior de Estudios taurinos es una magnífica idea, a pesar de su posible rocambolesca financiación. Pero, esto es como todo. Si no hay alguien eficiente al frente -y por descontado independiente-, que sepa de qué va esto, que le avale su destreza y su inequívoca capacidad romántica por este espectáculo inconmensurable y cada día más incomprendido, no servirá de nada. Si no hay alguien que esté por encima del peloteo oficial (y muy extendido), de los intereses personales y profesionales de sus miembros, donadores, socios, asociados y demás adláteres, se convertiría en un instrumento más para conducir este espectáculo al abismo. Si no hay nadie con la suficiente valentía en cruzar el desierto para mostrar arrojo ante las extensas inclemencias del tiempo (léase presiones de figuras muy consolidadas), pues esto señores, no tiene sentido. Si no hay nadie que trabaje honrada y honestamente no merece la pena este largo viaje. Si no están dispuestos a abordar este ambicioso plan, desistan del intento y se ahorran el bochorno, innumerables quebraderos de cabeza y rencillas varias.  

 

Respecto al fastuoso proyecto del “taurismo” (turismo taurino), y al cual Martín Peñato lo define como “una línea diferencial que crearía afición y economía”, sería una fórmula que ya existe en este momento, pues muchas ganaderías y dehesas abren sus puertas a las visitas. Quizá,  debería ser más ambicioso respecto a la posibilidad de crear afición, pues si no hay acceso al sentido principal que fundamenta la cría del toro bravo, se corre el riesgo de convertir estos espacios únicos (tanto en el concepto de selección del ganado, explotación empresarial y singularidad medioambiental) en parques temáticos donde los visitantes pasan de largo en la esencia y se enteran de nada.

 

Asegura Martín Peñato que “el segundo espectáculo de masas de este país se adapta a las condiciones exigidas por el Parlamento Europeo para ser objeto de un IVA reducido”. Ignoro la cifra grande y pequeña de estos pormenores económicos, y por tanto las dudas al respecto son infranqueables a mi juicio. Si la solicitud, los trámites, la adecuación del nuevo reducido impuesto compensa el “ahorro de de más de 100 millones de euros”, supongo, que estas razones, explicadas con esta vehemencia, tendrán sus argumentos económicos para asegurar la permanencia de las explotaciones ganaderas y empresariales.

 

Respecto al la exigencia de trasladar a TVE la vuelta de los toros a la parrilla televisiva es una proclama de lo más utópica. Precisamente, porque los dirigentes, especialistas, programadores  -ideólogos y estrategas televisivos en general-, consideran que más que un aporte cultural es un agravio a la sociedad por su violencia innata, lesionan la inocencia del público infantil y perjudican la imagen de organismo multicultural, funcional, antixenófobo, moderno, contemporáneo, europeo y actual. Se olvidan de esta seudo proclama cuando es muy rentable explotar las imágenes dramáticas que el público generalista consume ávidamente.

La Mesa del Toro está en su derecho de reclamar este espacio, precisamente porque hasta el momento el ente es público, y por tanto pagado por todos y dependiente en su financiación de los Presupuestos Generales del Estado. Por esta razón, debería dar espacio a todas las manifestaciones culturales que se dieran en este país. A todas, sin exclusión. Y más si se tiene en cuenta que este espectáculo es el segundo en cuanto a relevancia social, les guste o no. Pero, por lo citado anteriormente, es una batalla más que perdida.

Quizá no es el momento de entrar en el detalle del papel de la televisión en la difusión de la Fiesta en este país, pero quiero apuntar de manera somera mi opinión al respecto. En la distancia larga de los últimos veinte años, la propagación televisada de espectáculos taurinos ha contribuido a devaluar más el concepto general que la sociedad tiene del mismo, y en particular el juicio que tienen de las retrasmisiones los propios aficionados. En primer lugar, mucha culpa la tienen los profesionales de los medios informativos –encargados de difundir los festejos- que han creado una peligrosa uniopinión, empobreciendo los referentes para comprender el mundo taurómaco y que resultó escasamente crítica con los desmanes que se producían en este estamento. Se intenta defender a ultranza el aburrimiento supino que se sucede insistentemente, halagando desvergonzadamente a las figuras de postín que pitan en el momento, olvidando enseñar la esencia de este singular espectáculo, la verdad que lo argumenta y los fundamentos que generan la credibilidad de la Fiesta, con su arte, su estética y su carnalidad. También se omite  cualquier intervención crítica, marginando el debate y ahogando cualquier intento de regeneración estructural. Al mismo tiempo, se elige mayoritariamente para su difusión espectáculos devaluados en calidad, pantomimas que se venden como perfume Chanel, cuando en realidad son bodrios sin paliativos. Mientras, los ejecutivos de las televisiones pagan millonadas (o pagaban) a los empresarios para comprar los derechos de retransmisión, y éstos se resisten a abonar a los protagonistas de los festejos los derechos de imagen.

Evidentemente, el medio televisivo es un buen puntal en la difusión de la Fiesta. La idea es muy seductora. Pero, la esencia de que la propagación por este medio (y por cualquiera) consiga sus propósitos está en cuidar escrupulosamente la verdad y el respeto, además de saber contarlo. La falta de interés puede ser tan perjudicial como la falta de definición.

 

La solución a todos los males es la exigencia de calidad. La exigencia desde todos los estamentos, desde ganaderos, toreros, empresarios, autoridades políticas, institucionales, políticas, veterinarias hasta policiales, desde medios de comunicación hasta aficionados. Si no se es capaz de abordar esta declaración de guerra, de poco servirá las buenas intenciones. Si no se asume la profunda decadencia en la que está inmersa la Fiesta, no será creíble que existan aficionados y profesionales en el futuro próximo que puedan dar continuidad y desarrollo a este espectáculo singular. Si no hay una afirmación rotunda de perseguir el fraude se corre el riesgo de hacer sospechoso a todo el mundo de esta impostura, llevándose por delante a quien trabaja decentemente. No hacen falta ideas imaginativas, sino verdad y humildad. De esto nos beneficiaremos todos.

En un alarde de prepotencia, me permito la licencia de citarme a mí misma, recordando a todos los protagonistas “que ahora es cuando tienen que defender esto. Ahora es cuando deben poner freno al despilfarro y a los despropósitos, porque si algo se puede salvar entre tanta decadencia está en su mano, en su voluntad, en su compromiso, en su propósito de enmienda, en su buen hacer, en ganar menos pero más honradamente y en ser, de una ver por todas, sinceros. A los aficionados que exigimos un espectáculo íntegro, verídico y decente nos han condenado por molestos, simplemente porque queremos disfrutar y amparar este mundo peculiar y porque lo concebimos únicamente desde la autenticidad y desde nuestra sensibilidad. Ahora, señores, deben saber que los aficionados (…) defendemos la singularidad de este espectáculo, sus fundamentos intransferibles, su desarrollo, su originalidad, la reglamentación que lo sustenta, su hermosura y sus defectos, su grandeza, su romanticismo, su intuición y su verdad. Y de paso, señores, defenderemos nuestra alma torera. Ahora, ustedes deberían hacer lo mismo (…)
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