Hemisferio enfundado
 
Por Paz Domingo
 
El asunto de las dichosas fundas es muy preocupante por la impostura que supone la manipulación de las astas del toro y por la impunidad con la que se está acometiendo semejante despropósito. Debo admitir que abordar este tema me plantea mucho desasosiego. Me resulta demasiado emocional. Tanto como mi  imposibilidad para ver el contenido de unos vídeos, que sobre este delicado asunto circulan por la blogosfera torera. He sido incapaz. Lo reconozco. Pero que no haya visto tan atroces imágenes no me impiden asegurar qué significa meter a un toro de lidia, con su temperamento, con su resistencia al sometimiento, en el mueco, un utensilio infame, y del cual no se sale como se entró, es evidente, y al que manipulan sus astas con el mismo libertinaje, impunidad y despotismo como ilegalidad.
 
Estoy cansada de escuchar los argumentos pro funditas que exhiben los personajes que las están utilizando, algunos más de lo que suponemos, que se agarran a ellas como si fuera el medicamento que cura el cáncer, y que aseguran con mucho aplomo, que se toma esta medida profiláctica para evitar alrededor de un 15% la  mortalidad de los animales machos en el rendimiento anual en la explotación ganadera.
 
Las habladurías taurinas dicen que los toros son muy suyos, que se pelean mucho entre ellos, que les sobra genio, que se rascan tanto los pitones que los astillan, los desgastan y no sé cuántas cosas más. Bien, y los que mueren por problemas parasitarios, por enfermedades, los que se desechan por asimetrías en los pitones, o simplemente porque son defectuosos en trapío ¿en qué cómputo los ponemos? ¿En la báscula para carne, o para las pérdidas del negocio? Y si son tan combativos en el campo, por qué no lo son luego en el ruedo. Explican dichas murmuraciones que esta movida se hace para el bien del animal, para que no se lesionen, para que sus defensas permanezcan íntegras, hasta quince días antes de la propia lidia, y que en muchos casos son instantes antes del reconocimiento. Añaden que el animal no sufre, porque para tal menester le adormecen, inyectándole sustancias narcóticas. Para quitárselas también. Que los pitones resultan impolutos, que se desarrollan igualmente, o incluso mejor, pues tienden a ser lo más cercano a la perfección.
 
Entre tanto cuento de hadas, de tanta palabrería, resulta que están apareciendo algunos chinches que están fastidiando este invento redondo. Por ejemplo, el engorroso reglamento. Uno de los ganaderos del momento ha salido a la palestra mediática taurina porque sus animales han dado positivo en afeitado en los análisis post mortem, dos veces consecutivas, y en la misma plaza, ruedo importante de la geografía española. El protagonista, con este escándalo, se ha justificado diciendo que esta circunstancia se ha producido porque a sus toros se les habían colocado unas fundas, y por tanto, son las causantes de este desenlace. Asume que es una manipulación, pero se ha quedado más ancho que largo. Bien parece que la mano que ha intervenido en esta maniobra no es la suya propia, sino, quizá, la de la Virgen María, que por piadosa y por tratarse de quien se trata, nadie duda de su buena fe. A poco que nos descuidemos, cualquier día nos damos de bruces con un milagro. Este ganadero reputado, acreditado como torero, afamado por su recorrido, célebre por sus triunfos, conocido en todo el orbe taurino, considerado por muchos aficionados, e ilustre porque da nombre a una fundación -que entre otras cosas elabora cursos de formación periodística taurina-, pues resulta que considera como simple alteración el proceso de poner las dichosas fundas a los animales, reconoce una manipulación impropia de la ética ganadera de bravo porque se “toca” al animal, pero a él le parece más bien un desajuste de pelillos a la mar, que las utiliza e implanta en sus animales, que aún así seguirá haciéndolo, y por tanto amparando a quienes realizan semejante estratagema. Y no se pone colorado. ¡Para que vean!
 

Y hablando de ver, creo que los veedores están que trinan, porque evidentemente van al campo a “escoger toros” y resulta que no los pueden ver bien, porque la mayoría pacen con muy elegantes tocados. Para solucionarlo, ya eligen a los animalitos cuando son añojos o utreros que, aunque están en la más tierna infancia, apuntan maneras. No siento especial compasión por este gremio, que ya está institucionalizado manejándose entre el 5 y el 10% de las ganancias totales. Así que se busquen la vida, como parece que ya lo hacen. Por cierto, cualquier día van a las fincas y dicen: “Prepáreme quinientos kilos de carne, con dos pitones de equis centímetros, con un diámetro de tanto en la cepa de los cuernos, con las puntas para enhebrar una aguja, con cara imponente, con genio que dé el pego, bien musculoso, con un pechos de tableta de chocolate obra del gimnasio, con culata respingona, de capa brillante, que se mueva desafiante en el primer tercio, sometido en el segundo y colaborador en el último, que parezca una fiera de corazón pero algodonosa por dentro. A tanto por esto”. No se rían. Ya saben que la realidad es más convincente y contextualizada que la imaginación más poderosa.


Leo en un blog de referencia torera que las cosas se van complicando para los enfundadores. Otro ejemplo. Hay algunos sitios, también de referencia torera, que tienen la insana costumbre de anunciar en sus programas y carteles de los festejos programados los toros que se lidiarán –literalmente, con su foto, su peso, su guarismo- pero, el problema es que no se pueden disponer de estas imágenes porque los infelices animales tienen sus fundas y resulta muy antiestético mostrarlos públicamente con los tocados de moda. El asunto está retrasando la publicación de los boletines, e incluso, está levantando muchas sospechas entre los aficionados que ya han comprado las entradas y que todavía no han visto el género bovino en cuestión. El ganadero en liza goza de alta reputación entre los aficionados, vamos, que se le tiene en los cuernos de la Luna (con perdón). Es un dato para meterse en razón, de que aquí no se salva nadie, de que este acicalamiento lo están haciendo por doquier, a mansalva, y ni que decir tiene, que con toda impunidad.

Por otro lado, se encuentran los matadores, que son muy suyos, sobre todo los que ya atesoran mando en plaza. Todavía no he visto que estos afamados profesionales se enfrenten a estos pitones desarrollados descomunal y artificialmente, y esto hace sospechar que surgen ajustes estéticos en el camino. Quedan por señalizar cuáles son los puntos negros en esta carretera de angosto recorrido. La paradoja me recuerda a la definición que hace Ramón Gómez de la Serna, con su sorna inigualable, en su célebre novela El torero Caracho, cuando se prepara una corrida de toros para homenajear al máximo representante portugués, y el gobernador civil le asegura al matador -intencionada y despreocupadamente- que el toro que saldrá por la puerta de chiqueros es “muy político”. Queda bien expresado.


Así está circunvalado este nuestro planeta de los toros. En el hemisferio enfundado son muchos, parece. Los profesionales muestran su empeño en este asunto, que aún clandestino e ilegal, les importa y mucho estos procedimientos profilácticos, es decir, la manipulación en la crianza sagrada del toro de lidia, su esencia, lo que representa la humillación de un animal excelso, un animal depositario de un poderío único, y un animal competente para desarrollar una capacidad defensiva sin precedentes en este mundo de mamíferos. Y los ganaderos que asuman sus riesgos, que también los hay, que no son exclusivos de su oficio, no se hagan tanto las víctimas. En este lado del planeta se refugian quienes disponen, quienes hacen, quienes no denuncian, quienes amparan, quienes no protestan, quienes se pasan por allí mismo la legalidad vigente, quienes no investigan, quienes no sancionan, quienes lo consienten y quienes consideran la cuestión de pura banalidad. En el hemisferio contrario, parece que estamos los demás. Los que reconocemos en esta aventura enfundadora un hecho vil, infame, maligno, perseguible e inaceptable. En aquel lado del continente creen que han nacido para la adulación, y que todas las excusas son buenas. A los que estamos a este lado del mundo, y no deseamos probar sensaciones nuevas, nos están tocando la moral y nuestro nivel de hartazgo está a punto de desbordarse. Que se sepa.

 

Volviendo a mi rechazo visceral sobre esta manipulación, contaré una historia que me sucedió en el pasado verano. Casualmente, por circunstancias no programadas, nos reunimos varios y numerosos comensales en un almuerzo, y también -sin intención previa- me encontré que el personaje que tenía enfrente en la mesa era un mayoral de una ganadería conocida. Como se mostraba abierto a la charla taurina estuvimos departiendo, con otros componentes de la reunión, de temas relacionados con las labores propias de su oficio. El hombre estaba animado. Y la charla se fue fortaleciendo. En un momento dado le preguntamos por el tema de las fundas, y el viejo mayoral aseguraba, con voz muy queda, que por supuesto se hacía, vamos, que la practicaba todo el mundo (ganadero de bravo se entiende). Es más, parecía orgulloso de haber superado los primeros inconvenientes, de pagar la novatada, y que consistieron en fijar las prótesis con un ungüento de silicona, lo que produjo en los inofensivos animalitos tal podredumbre en los pitones que empezaron poniéndose negros, y después con textura de carbón gaseoso y putrefacto. Era el momento de levantarse de la mesa, castigada sin postre y sin café, viendo en lo que derivaba la detallada conversación. El estómago ya lo tenía del revés, y aunque con sueño, era mejor un paseo al aire libre. Pero el camino de la liberación resultó inabordable. Sentada de espaldas a la pared, sin escapatoria, colocada estratégicamente para no poder moverse, no me quedó más remedio que aguantar el flujo del repulsivo tema que finalmente se trataba. Algunos asistentes estaban muy interesados, y el mayoral ere que ere. Finalmente llegó al truco que demostraba cómo se habían sorteado los inconvenientes, y que le había enseñado otro mayoral, amigo y seguro colega, y que consistía en el misterio del tornillito. Ponían artilugios rígidos que fijaban con sencillo instrumento, y que al quitarlos quedaba la señal, pero que subsanaban con un poco de lima “en un plisplás”. Les ahorro los pasos previos anestésicos, post anestésicos, la velocidad de crucero del mueco al cajón del camión y demás lindezas que enumeraba con voz sujetada de volumen, pero suficiente para que todos nos enteráramos de los progresos y las maravillas de la nueva ciencia taurómaca. Y, nos informó, que el precio era muy rentable: para una ganadería de tipo medio, que saca a la venta la producción anual, que tiene cierto nombre, y algún renombre en tiempos pasados como era el caso en cuestión, viene a salir por “medio millón de pesetas cada temporada”. Hagan cuentas y saquen sus propias conclusiones.

 

¡Lo que me hubiera ahorrado si me quedo en mi casa ese día! Por lo menos, una indigestión que aún recuerdo y un cabreo descomunal por semejante atropello detallado, generalizado, ilegal, manipulador, execrable, infame, depravado e impune. Y aquí, en este planeta de toros universal nadie hace nada, nadie dice nada. Salvo los mismos de siempre, que parece que nos va la vida en ello, cuando en realidad son los del hemisferio contrario los que tienen que defender su credibilidad, su negocio, su oficio y hasta su vergüenza torera. Y quieren además, los muy interesados, mostrar la viabilidad de este espectáculo partidista, sus ecodehesas, su fastuosa credibilidad, de esta manera y con este talante, agruparse para ello, presionar para que se les oiga, y amparar sin apocamiento estos abusos fraudulentos, y otros semejantes, y pretender que los demás nos sumemos a esta plataforma, unidireccional en sus propósitos, para la defensa de la fiesta de los toros. Pero, señores, esta verdad, tal y como ustedes la conciben, es indefendible, para cualquiera que le guste generosamente este espectáculo y aporte su afición como garantías. Ya no les cuento la formidable excusa que representa para los que se la quieren cargar de un plumazo.
 

Si están dispuestos a “remar en la dirección correcta”, la verdadera, la auténtica, la magnánima, la honrada, la legal, la única, entones llámennos, que estamos dispuestos a abordar un gran pacto por la fiesta del mundo de los toros, para sacarla de su ostracismo, para enriquecerla en su desarrollo, para hacerla más hermosa de lo que es, y de paso para fortalecer sus negocios y para alimentarnos todos de su incalculable esencia. Pero todos.

Si no tienen en cuenta esta propuesta en estas condiciones, llamen al gato, igual está disponible.
 
Pueden realizar comentarios o sugerencias en esta dirección pazdomingo@toroaficion.com y en pazdomingo.toroaficion@gmail.com
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