Editorial
Los daños colaterales del famoseo

El día H se acerca. La noticia que dará titulares se aproxima. La puesta en escena parlamentaria, donde se discutirán las enmiendas a la iniciativa que pretende prohibir las corridas de toros en Cataluña, se avecina. Los medios de comunicación de difusión nacional están dedicando poco espacio a este evento, aunque se supone que la cercanía en el tiempo les haga decidirse por este acontecimiento, pero a buen seguro se mojarán muy pocos.

Y dentro de estas escasas manifestaciones, las que se están ofreciendo con cuenta gotas dan buena idea de dónde estamos, de la cantidad de clichés sin profundidad que se manejan, y de lo extraordinario que es encontrar algo medianamente coherente. En este galimatías, en esta especulación moral, en este buenísmo arbitrario, en esta estupidez alarmante encontramos verdaderas perlas que nos dejan los postulantes y abanderados de la urbana cultureta.

El diario El Mundo ha publicado este fin de semana una relación abultada (y exagerada) de los personajes que considera “rostros conocidos que se muestran al lado de las corridas”, muchos de los cuales los sitúa contrarios a la abolición porque asisten “cada año a los festejos taurinos”. Y ahora, la mayoría de estos personajes citados, un amplio listado desde políticos muy relevantes, escritores, príncipes y famosos al montón ¿Dónde están? ¿Alguien los ha visto tomar posición es este asunto, que además de delicado, es definitivo? Entre todas las opiniones al respecto de los famosos seleccionados en este caso, merece la pena destacar la declaración de Adolfo Suárez Illana que dice acertadamente: “Resulta increíble que tengamos que dar razones de por qué una manifestación artística no debe ser abolida”. Pues sí, en esto estamos, defendiéndonos de los delirios de los políticos, cuando deberían ser ellos mismos los que respetaran y salvaguardaran este espectáculo único y singular.

Evidentemente, algunas de las contestaciones son para echarse a llorar, como la de Salvador Távora que asegura con indolencia y simpleza: “antes que prohibirse, hay otras muchas soluciones, como la de humanizar el reglamento actual”, a lo que hay que añadir: “manténgase alegado de todo esto, por favor”. Loquillo dice que “es vergonzoso”, cuando en realidad es discriminador, abusivo, va en contra de las libertades y del manoseado Estado de Derecho. Victoria Vera saca a relucir la “memoria histórica”, cuando pensamos que se refiere a la Historia con mayúsculas, a nuestro patrimonio, a nuestra cultura, y a nuestra libertad. O cuando la cantaora Estrella Morente habla de que “prohibir supondría volver a la censura”, no alcanzamos a precisar cuándo se ha censurado este espectáculo en este país durante más de tres siglos de desarrollo, salvo que se refiera a la prohibición de los toros en Canarias y que se produjo en 1991, en plena efervescencia democrática y autonómica. Aunque nos ha gustado que defina esta proscripción como “un atentado contra un arte vivo”. Jaime Urrutia dice que “la Fiesta debe continuar por respeto a los mayores, a su afición y a la plaza más bonita del mundo”. Bueno, es imprescindible y hermosa la consideración de todos aquellos que nos precedieron en la admiración de este espectáculo singular, y Urrutia sabe de esto, pues su padre fue un crítico taurino y, por tanto, un referente importante. ¿Y los que están por venir? ¿Y a los que estamos en este mundo de encrucijadas? Luego están los que se benefician de todo y no se enteran de nada, como es el caso de Sergi Arola, que en un pavoneo de propaganda basura añade que “los toros son los culpables de un enfrentamiento entre parte de la población catalana y el resto de España” (¿Mande?). Seguro, que esta frase forma parte de un contexto más amplio, pero que piense antes de decir lo que dice, o mejor, que lea un poco para no decir esto mismo.

De todas maneras, es de alabar que al menos se pronuncien al respecto, porque la mayoría se prestan bien a la foto, y luego -cuando hay que definirse- les entran complejos de mil demonios, esconden la cabeza debajo del ala, y que se peleen otros.

Qué razón tiene Javier Villán cuando dice que “la cuestión de los toros en Cataluña no es una cuestión torera, sino una cuestión política. Por eso, resulta tan difícil su defensa. (…) porque los nacionalismos excluyentes supeditan a una mística identitaria todo lo demás”. (...) Los enemigos de la tauromaquia siguen creyendo que todos los males de España salen de las plazas (…) y podríamos añadir, de la actual corrupción como sistema”. Nada más que decir. Porque Javier Villán lo dice tal cual.

Por último, apostillar que esta confabulación diabólica, delirante e ignorante que promueve la prohibición de los toros nos dejará a todos los aficionados en el ostracismo, apestados y con el culo al aire. Y a los que se dejan ver por las plazas, mostrando postín y peluquería, recordarles que no quedará de este espectáculo ni para hacerse una foto recordatoria. Que de esto no se quieren enterar los muy enteradillos.
 
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