Esperanza

 
Por Paz Domingo

Me reconozco dentro del grupo de hombres y mujeres que aman, entienden y festejan el mundo de los toros. Entre aquellos que comprenden su esencia hermosa, que la defienden porque creen en ella, que la atesoran porque es grandeza, que la fomentan en sus fundamentos, que afirman el esplendor de su pasado y el futuro que queda por desarrollar, que la entienden en su absoluta rotundidad, aquella que estructura este espectáculo entre la carnalidad más desnuda y su conclusión en arte elevado. La fiesta de los toros vive tiempos difíciles. Pueden ser los últimos –que según aseguran algunas voces acreditadas, está cerca su muerte-. Esta celebración que está presente en nuestras vidas -en las que pasaron y en las que vendrán-, en nuestro ánimo, en nuestro descanso, en nuestra imperfección y en el ímpetu personal para poseer la belleza excelsa, ya no se comprende. Ya no se ama. Ya no se acaricia. Ya no se defiende.


Francamente, entiendo que no todas las personas que están al alrededor mío abracen la determinación de este sentimiento que les expongo. Comprendo que cada uno asume como propio aquello que le parezca. Pero quiero recordarles a todos los que no lo compartan, que este espectáculo que se cimienta principalmente en sentimientos, ya dejó hace muchísimo tiempo de ser individual, se convirtió en humano, se trasformó en social y se sustentó en una verdad reconocible, y por tanto, su desarrollo y continuidad no pudo depender, ni dependerá jamás de decisiones que arrebaten libertades individuales, colectivas o sociales, porque la convivencia de estas posiciones irreconciliables, - las que defienden y detractan las fiesta de los toros- debe sustentarse en asegurar la existencia de ambas. Quiero recordar que, después de casi cuatro siglos de actividad, la tauromaquia ha pasado por todas las vicisitudes imaginables, hasta tiempos de prohibición, otros de exaltación, y ha conocido momentos eminentes, algunos otros excesivamente triunfalistas, otros de absoluta belleza, otros de suprema calidad artística, y también otros de consentidoras simulaciones.

 

Hay una opinión muy extendida que considera que este espectáculo debe ser defendido en primera instancia por los protagonistas de este espectáculo. Mucha  razón hay, porque en definitiva sus posiciones son evidentemente las más interesadas, pues les va en ello su negocio y su oficio. Dentro de este torrente de opinión, están los que suspiran porque la afición reconozca sin complejos este singular espectáculo y lo proclame, cuando en realidad se le viene considerando -en su conjunto- como una masa amorfa sin representación significativa, que aunque demande con exigencia la autenticidad de este espectáculo, su verdad y representatividad, no dejan de ser un colectivo –numeroso e indefinido- bastante analizado por los gurús políticos y sociales que nos consideran seres preocupantes por la vinculación casposa que se tiene al pasado, tendencia que se empeñan últimamente en corregir, claro está, según ellos de la manera más civilizada y moderna del mundo actual, y que es la mismísima proscripción.

 

No me canso de decir que la fiesta de los toros debe ser defendida en primera instancia por los responsables políticos, sociales, culturales que representan el conjunto de la sociedad, en las más altas y bajas instituciones públicas (y en las privadas que lo asuman), que personifican las mayorías y las minorías, que simbolizan nuestras gentes, que deben ser los garantes de nuestras libertades y que con el mismo énfasis, dedicación, trabajo e intuición deben preservar nuestra historia, el patrimonio común, las múltiples y variadas expresiones sociales o culturales de la complejidad y variedad que sea, desde la legalidad y el consenso. Esta dedicación tiene que ser tomada de manera consecuente, y respecto a la fiesta de los toros, con su extraordinaria complejidad racional -que forma parte de todo lo citado anteriormente-, de un bien común sustanciado en expresión artística singular y única de cuantas se han dado en el devenir de la humanidad, que se considere por su grandeza y dimensión, preservada su esencia, y asegurado su desarrollo en el tiempo. Les guste o no. Es decir, sean partidarios de la fiesta, o no lo sean, pues por encima de gustos, opiniones y pensamientos, los políticos deben tener bien claro su cometido regulador, lo que representa la gestión de los bienes materiales e inmateriales, y lo que supone la responsabilidad para reconocerlos, preservarlos, custodiarlos y desplegarlos.  

 

Y en esta confusión de compromisos, en esta irresponsabilidad se encuentra la fiesta de los toros. Una encrucijada compleja, circunvalada por la falta de calidad en el espectáculo que se traduce en una decadencia sin precedentes; por la evolución consentida de un toro al que han expropiado de bravura y acometividad transformando su razón de ser en anécdota; por una olvidada (y obligada) responsabilidad de perseguir el fraude convirtiendo a los garantes de salvaguardar la autenticidad en farsantes y consentidores de la devaluación; por no saber explicar la grandeza que le es innata, así como su carnalidad y su sublimación en arte elevado; por no haberla defendido sus protagonistas desde la verdad que le sustancia; por hacer oídos sordos a los aficionados que exigen un espectáculo auténtico; por el clima social que no comprende la dignidad de esta expresión cultural y social, pero sí el maltrato de un animal; por la dejadez de los responsables políticos en preservar sus fundamentos; por la acuciante y preocupante necesidad de legislar desde la prohibición, llevándose por delante la cuestión fundamental de las libertades; y por la tristeza infinita de todas las almas toreras que sienten y padecen por esta declinación cada día más insuperable.

 

En la escenificación absurda, mediática y políticamente manipulada que hemos presenciado estos días pasados, localizada nada más y nada menos que en un debate dentro de una comisión parlamentaria autonómica que escucha a los defensores y detractores de la fiesta de los toros, previamente a que la cámara alta catalana se pronuncie sobre la prohibición o no de la fiesta de los toros en esta comunidad, hemos sido conscientes de la puerilidad de esta exposición de argumentos, si es que se pretendía acercar posiciones, cuando es lógico que en las cuestiones que se defienden por ambas partes son irreconciliables. También se ha evidenciado la dificultad de los interlocutores taurinos para exponer la importancia de este espectáculo en nuestra sociedad, optando evidentemente por sus experiencias personales, aunque dramáticas algunas, no son suficientes por incompletas. Sin embargo, lo más lamentable, lo protagonizaron los argumentos de determinados comparecientes antitaurinos cuando desplegaron un torrente de descalificaciones, insultos, irracionalidades y comparaciones, -que como ustedes bien conocen, son irrepetibles-, evidenciando el más absoluto de las descaros imaginables, manifestando niveles alarmantes de ignorancia, prepotencia, desvergüenza, dictatorial furia, y demagogia gratuita.

 

Pero, las réplicas del terremoto estaban por llegar. Al día siguiente Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, anunciaba la declaración de convertir las corridas de toros en Bien de Interés Cultural dentro de esta autonomía que ella gobierna, que blinda localmente, en cierta forma, cualquier futura contravención sobre la legalidad de las corridas de toros (otras comunidades le han seguido en esta iniciativa), aunque no ha explicado administrativa y reglamentariamente cómo lo va a llevar a término. Las reacciones no se hicieron esperar. La segunda jornada de las intervenciones en la comisión parlamentaria catalana quedó en un plano remoto en la actualidad del día. Y todos se vieron abocados a definirse. Los que manifiestan su simpatía y cercanía al mundo de los toros ven en esta medida un acto de afirmación, de contundencia y de valentía, sin pedir un análisis reflexivo más allá de la declaración de intenciones y su indefinido desarrollo posterior. Los que se sitúan en la posición contraria definieron a la presidenta madrileña de oportunista, de incendiar la cuestión identitaria, y de apuntarse el tanto en beneficio político. ¿Pero es que hay alguien en toda esta fuerte marejada que no haya sido oportunista? Entiendo que estos argumentos oportunistas son precisamente los mismos que se mueven respecto a la utilización que los dirigentes catalanes han hecho de la Iniciativa Legislativa Popular - propone la prohibición de los toros localmente-, y que aprovechan política y mediáticaticamente una situación preelectoral, acuciados también por las causas abiertas en otros frentes y que no es necesario enumerar. Por tanto, no creo que sea más oportunista la presidenta Aguirre que el resto de los responsables políticos, y dentro de esta generalidad se puede situar todo el mundo, porque si alguien no tiene la certeza de que la continuidad de la fiesta de los toros en la comunidad catalana (o en el resto de autonomías, o del planeta taurino) no se vaya a aprovechar por jugosa, que no se trasformará en positivista por los réditos mediáticos y mercantilistas que genera, y que no será utilizada como arma arrojadiza, es que no tiene los pies en el suelo o rugosidad en el cerebro.

 

También han mostrado abiertamente este oportunismo los medios de comunicación, obligados por las circunstancias a concretar un juicio preciso sobre la polémica de la prohibición, o no, de la fiesta de los toros y su supuesta enjundia política y social. Nada sorprendente por otra parte, salvo que de un lado reflejaban la salida en escena de muchos miembros del estamento taurino anunciado la enhorabuena de la noticia con la consiguiente repercusión en la defensa del espectáculo, y por otro, convirtiendo la medida de Esperanza Aguirre en traca iracunda que se cuela en donde no debe, por ejemplo, en el pasmoso debate de la comisión parlamentaria catalana y en rivalidades propias y ajenas.

Quizá lo más pasmoso, a mi juicio, ha sido comprobar la gran procacidad de casi todos los medios cuando en sus editoriales, titulares e informaciones confundían premeditadamente prohibición por abolición, cuando, por ejemplo, el Parlamento catalán no se ha pronunciado en firme (votación de sus miembros) aún sobre la prohibición de la corridas de toros en esta comunidad (más bien parecía que se estaba promoviendo a todos los rincones de España), y de lo significaría imponer su abolición, que como se deduce afectaría a la erradicación de las corridas en todos los lugares y a todos sus efectos.
 

Pero, hay un hecho objetivo que evidencia la politización oportunista de este tema, y es que los mismos dirigentes políticos catalanes han sacado fuera de este posibilidad de prohibición los festejos taurinos populares en Cataluña, porque, como se ha informado poco sobre este asunto, les añado que consisten en estructurar la fiesta propia taurina en torno a los correbous, a hacer correr los toros por las calles de la localidad (que surten las pocas ganaderías de la comarca catalana del Ebro), enmaromados, o con los cuernos ardiendo, para después sacrificarlos, e incluso organizar posteriormente una caldereta comunitaria. Pero este festejo taurino lo consideran anclado en sus raíces, ha dividido a sus señorías pro prohibicionistas, aunque también sospechamos que han realizado cuentas sobre su traducción en votos, además de echar mano al bolsillo y a las cuotas de representación en esta zona sur de Cataluña. Por tanto, el argumento estructurado por los detractores de los festejos taurinos respecto a la crueldad intrínseca que caracteriza a estas manifestaciones, ha quedado separado por mano política interventora y, por tanto, ajeno al escarnio público, además de su escenificación es este debate tan trascendental por global y democrático.

 

También son significativas las declaraciones que han hecho al respecto de esta polémica los máximos responsables políticos de este país, y cuando se han producido inevitablemente han sido para barrer ideológicamente para dentro, o pedir respeto al proceso dialogado que se producía en esos momentos, cuando también debían haber solicitado lo mismo el día anterior, en los momentos cumbres del desatino verbal y de inmoralidad sublime por parte de algunos respetabilísimos interlocutores del debate. Por el mismo motivo de extrañeza, he echado de menos una respuesta adecuada, a este tema que nos ocupa, por parte del máximo responsable del Ministerio de Interior, pues se limitó a repetir lo citado anteriormente sobre la oportunidad de la presidenta madrileña, dispuesta a “arañar un voto”.  No se le pide que sea un aficionado a la fiesta (él mismo reconoce que no le gusta), pero sí se le debe pedir precisión en sus declaraciones, pues como se sabe este espectáculo está inscrito dentro de su ministerio, con todo lo que ello significa, desde el reconocimiento de la tauromaquia hasta el amparo que le corresponde, desde la reglamentación que lo sustenta hasta las contribuciones económicas que aporta, desde todos los individuos que comprende hasta las instituciones que deben desarrollarla, desde la protección de sus fundamentos hasta la explicación a quienes no comprenden sus reglas. De igual manera, la reclamación debo hacerla a todos los responsables de Gobernación de las distintas comunidades autónomas, en calidad de órganos oportunos después de ser transferidas las competencias y, por tanto, su silencio aporta más lío a este desconcierto.

 

En esta polémica que más que aclarar parece confundir, tan crucial como manoseada, en esta delicada encrucijada nos encontramos los aficionados, deseosos que tras todos estos oportunismos se encuentre una solución oportuna. Nuestra esperanza es la regeneración de la fiesta de los toros, desde la autenticidad. No su trasformación. Ni su demandada evolución. Ni su adecuado oportunismo. Se necesita calidad en el espectáculo, exigencia en la verdad de la esencia que lo constituye, reconocimiento de su singularidad, y perseguir de manera decidida el fraude para garantizar su existencia. Queremos seguir disfrutando de este singular espectáculo, de su esencia y su historia, de su lenguaje y su cultura, de sus fundamentos verdaderos, de su carnalidad que se transforma en arte elevado. Queremos que se represente con la misma vehemencia y razón que los argumentos animalistas, que la existencia de ambas coexistan y se fortalezcan en sus desarrollos.
 
Todo esto constituye la verdad extraordinaria del mundo de los toros, una certeza que los aficionados asumimos como un bien incuestionable, imprescindible e insustituible. No hay más bien, ni protecciones, ni declaraciones que la defensa de la verdad que lo sustenta, y que por implicación es individual, legal, social, cultural, política y sencillamente humana. Si me permiten una comparación irreverente, todo este jaleo ha evidenciado con fuerza, por una parte, la dejadez y acomodo en la decadencia que se ha traslucido desde las posiciones de la derecha política, y, por otro, las grandes contradicciones sobre la cuestión taurina que conforman a las posiciones situadas en los partidos de izquierdas. Y la urgencia, que también demanda una parte importante de esta sociedad, en la realización de un pacto generoso, reconocible y auténtico, que evite el descalabro de un declive definitivo.

 

A mí me da igual quien quiera asumir este reto en la necesaria regeneración de la fiesta -en su cometido último, que no en su esencia-, en estos tiempos y en estas condiciones. Me da igual que sea marciano o terrestre, humano o divino, pero que aporte valentía, independencia, compromiso, exigencia, verdad, voluntad de perseguir los desmanes, intuición, divulgación y capacidad de trabajo para que este singular espectáculo continúe desarrollándose en sus atributos y alimentado nuestras almas toreras. Si va a continuar siendo objeto recurrente para manoseo cuando convenga, pues casi mejor que la princesa tome de una vez la pócima envenenada, dejémosla que duerma cien años, y esperemos entonces la llegada de un príncipe azul, valiente y entregado, que con un beso reparador trasforme el olvido en enamoramiento, verdad, vitalidad y compromiso. Soñemos, que no viene mal a nuestra ansiada esperanza.