Opinión. Segunda parte

Cuidado con las imitaciones

 

Por Paz Domingo

El disparate vivido los últimos días sobre el tema taurino en el Parlamento catalán está haciendo estragos en las voluntades de las señorías socialistas en la Cámara de esta comunidad autónoma. Hoy mismo ya están reculando. Con perdón. Quiero decir que ya se están pensado cómo hacer para no quedar como los malos de esta película. Según parece, las encuestas no les favorecen y las elecciones se aproximan. La escenificación de dar libertad a sus parlamentarios, no sujetarse a una posición común bajo las siglas del partido -para luego esconderse cuando emiten el voto- son circunstancias que no se han encajado bien socialmente. Las presiones han arreciado por tanto liberalismo indeterminado y las críticas por parte del mundo taurino se han orientado a la ambigüedad que muestra este partido respecto a los toros y su defensa en el mundo de hoy.

Las enmiendas que presentará el PSC a la iniciativa legislativa popular (que pretende prohibir las corridas de toros en Cataluña) se redactarán a partir de enero próximo, y el debate en el Parlamento tendrá lugar aproximadamente en abril, según los plazos previstos. Ahora, y esto es lo más preocupante, los socialistas ya manifiestan su posición para suavizar esta propuesta de ley. En primer lugar, tranquilizan a los críticos asegurando que esta vez no darán libertad de voto a sus parlamentarios, y en el caso que no prosperen las enmiendas, votarán en contra. Así, les resultaría muy ventajoso todo este lío, porque dejaría el desenlace a Convergència i Unió, que en sus filas hay abundancia partidarios de la abolición de los toros. Por tanto, es una perogrullada, porque los 37 votos del PSC, más 3 de Ciutadans, más 14 del PP, hacen un total de 54, y les faltarían 9 votos más evitar la prohibición.

Con lo cual el grupo socialista no arriesga nada, salvo su imagen, y para un futuro, si se diera la hipótesis de que este dilema se pueda plantear en otros puntos de la geografía, sería una referencia respecto a la claridad de ideas (aunque de esta sutil manera) sobre el tema taurino.

Y esto es lo que les preocupa, salvar la estética propia. Y no se les ha ocurrido otra cosa (bastante predecible y tan peligrosa) que explotar este buenísmo desafiante soltando -como quien no quiere la cosa- que hay dos caminos que pudieran desatascar el embrollo. El primero consistiría en defender una posición intermedia, introduciendo gradualmente la prohibición. (Sic). El segundo sería apostar por las corridas incruentas, donde no se daría muerte al animal. ¡Socorro! ¡No, por favor! Esta solución, no. Si ya demuestran ser unos ignorantes proponiendo esta aberración, además se conviertan en los ideólogos de una pantomima, de una estupidez que produciría tanta vergüenza ajena como sinrazón.

Señorías, en este soporte digital recordábamos lo siguiente: “Si eligen la triste solución de las corridas incruentas, que sepan que ocasionan un daño irreparable a este espectáculo, que definen su final, que ajustician su muerte. Su irresponsabilidad señorías es irreparable, su demagogia es ridícula, la ausencia de esta Fiesta en el panorama cultural es insalvable, pues su singularidad de cuantas manifestaciones ilustrativas se han dado es inimaginable, su trayectoria en nuestra historia, en nuestro lenguaje, en nuestra formación, en nuestra literatura, en nuestro arte, en nuestra vida y en nuestra alma torera es concluyentemente insustituible. Sólo queda decirles que sean valientes y consecuentes. Que elijan entre el sí o el no. Escojan entre posiciones determinantes, y no se decanten por las medias tintas. Por favor, no contemporicen, no se equivoquen, no falten a la verdad, no discriminen. Su arrojo para discernir rotundamente entre el sí o el no a la fiesta de los toros no será entendida por todos, pero no les quede la menor duda que sí será defendida por todos aquellos que exigimos autenticidad, verdad y criterios firmes y razonables en nuestras vidas, y trabajamos para que se desarrollen en el mundo en que vivimos”.

Este futuro taurino es cada vez menos incierto. O más previsible. Se aproxima desafiante. Da el pego, pues este buenismo, de jolgorio atronador, es insultante porque parece que da lo mismo exponer gallinas que toros de lidia. Y señorías, estudien, porque les aseguramos que no son lo mismo. Este dejar volar al viento es de ridícula simpleza y ahora se comprueba que hasta peligrosa, precisamente por lo grotesca que resulta con la que está cayendo del cielo, del bolsillo y de la conciencia -la propia y la ajena-.

Esta arbitrariedad  tan ingenua está resultando resbaladiza y muy comprometida con los fundamentos de la Fiesta de los toros, de su origen y singularidad, y no para que evolucione –como proclaman los más aventureros- sino para que sobreviva. La iniciativa legislativa popular que está en curso parlamentario en Cataluña no es solamente un debate evolucionista. Es el principio del fin. El final del espectáculo, de su esencia, de su sentido y de su verdad. Suena durísimo. Lo sé. Es lo que pensamos algunos aficionados, por ejemplo yo misma.

Mi pesimismo no es infundado. Creo que lo que va a suceder es que a los políticos la situación les obligará a definirse en este tema, aunque someramente. Hasta el momento estos representantes institucionales (que debían salvaguardar nuestra libertad y nuestro patrimonio cultural) se han limitado a coquetear, repetida y despreocupadamente con el tema taurino. Algunos han jugado a la imagen de la prensa rosa; otros estaban cómodos en un mundo tan pletórico de glamour; a otros se les abrió un circuito estético recurrente y asequible que aplicaron a sus propias iconografías; a otros les da un granero de votos fáciles, de conseguir y contentar. En esta actual encrucijada la ausencia de tesis rotundas será el común de los corrientes. Triunfará el camino más fácil, el de las medias tientas, la contemporización, el supuesto contento de todos. Y no les quepa la menor duda que el verdadero sentido de este espectáculo, su esencia, su historia, sus fundamentos, su sentido y su verdad no se defenderá por convicción ni comprensión. Lo que conviene desgraciadamente es no herir sensibilidades, contentar a todos y aquí paz, y después gloria. Lo que viene son las imitaciones, las corridas incruentas que constituirán el mazazo definitivo para el exterminio del espectáculo, precisamente por que la Fiesta de los toros no se puede concebir sin autenticidad y hay que asumirla tal y como es, con su carnalidad y con su expresión artística.

Entre los ignorantes y los prepotentes, entre los autoritarios  y los demagogos, entre los taurinos y los animalistas, no nos queda más que la desolación más absoluta. Como diría el castizo “entre todos la mataron y ella sola se murió”.

Continuará.

pazdomingo@toroaficion.com

http://sites.google.com/site/toroaficion/opinion/el-viento-cataluna

 

 

 
Opinión. Primera parte
El viento no sopla en Cataluña
 
Por Paz Domingo
Nada hay gratuito estos días, y menos para el mundo taurino. La iniciativa para prohibir la fiesta de los toros en Cataluña ha superado su primer obstáculo en el Parlamento catalán, después de una votación muy ajustada y de una escenografía horripilante, donde unos partidos exhibían potestad absoluta sobre creencias extraterrestres, y donde otros representaban bufamente la libertad fuera del órgano de las siglas, para luego esconderse de miradas ajenas en el momento de apretar el botón.

Los que se han cansado de repetir que esto no es una cuestión política deben pensar que los demás somos tontos de remate. Es incluso más que esto, lamentablemente. La tramoya de la prohibición de las corridas de toros en esta comunidad autónoma se hace desde intereses nacionalistas y mediáticos. No es una coincidencia que se establezca como fecha para dar curso a la iniciativa el último pleno del año, donde se debatían además cuestiones presupuestarias y fiscales. Y desde luego, esta pantomima está muy bien aprovechada por el oportunismo político, que distrae otros asuntos de calado como son el estancamiento en la resolución por parte del Tribunal Constitucional del Estatuto de Cataluña, los escándalos de corrupción de ex altos cargos de la Generalitat, las consultas ilegales soberanistas y en la realidad poco refrendadas, además de la proximidad de la elecciones autonómicas.

 

Nada hay gratuito en la privación de las libertades. Desde luego tiene bemoles el asunto que sean los partidos de izquierdas -algunos radicalizados y otros desnortados- los que impongan su privativo discernimiento a base de decreto ley. En cierta manera legislar es prohibir, es cierto. Pero decretar la exclusión de libertades solo puede responder a una conciencia fanática y absoluta. Por supuesto, para todos aquellos que somos aficionados al mundo de los toros no salimos de nuestro asombro, y dentro de muy poco será imposible salvarse del ostracismo.

Se debe recordar a los representantes políticos, sociales y educativos, elegidos democráticamente, que son ellos los tienen que preservar y salvaguardar nuestra historia común, nuestro patrimonio social y cultural, nuestras libertades, nuestra individual elección para formar y defender las expresiones artísticas y poner las condiciones para poder desarrollar nuestra capacidad expresiva. Lo que significa el mundo de los toros -les guste a los políticos o no- atañe a cuanto se acaba de mencionar.

En este soporte digital se decía en el editorial Los males de la contemporización que “es preferible pensar que estos agentes encargados de salvaguardar este patrimonio cultural son unos ignorantes, pues uno se resiste a creer que directamente sean unos agraviadores, que aún sabiendo que prevalece el derecho a la pluralidad, a la libertad, a cuidar de los bienes culturales y de la no exclusión de las minorías, opten por la prohibición –por tanto de la desaparición-, revistiendo tal proscripción de una atribución anticonstitucional (porque afecta a la libertad de todos), antiortodoxa (porque excluye la conciencia cultural) y antimoral (porque falta a la verdad)”.

 

Nada hay gratuito en los clichés, del signo que sean. En estos días de encrucijada se oyen -o leen- topicazos muy recurrentes. Uno de los que optan a “muy favorito” es la mutación de antitaurino en animalista. Los animalistas están ahora de moda, marcando un estilo indefinido, casual, mezclado con suficiencias radicales, y substanciados en valores trasgresores y definitivos. Ahora muy activos, pues les asisten los ventajosos réditos políticos de sus plataformas subvencionadas y de sus exhibiciones con gran parafernalia estética.

Sus preocupaciones se centran en la erradicación de las corridas de toros. Consideran que no es suficiente la legislación actual respecto a la protección de los animales, pues excluye consecuentemente a los toros de lidia de lo que se considera legislativamente el maltrato animal. El ejemplo que ponen es la prohibición que se hizo del espectáculo taurino en la comunidad canaria en 1991. Pero no han podido trasladar sus fundamentos, pues en la ley en Canarias sobre la protección de los animales se malinterpretó con los toros –sin que se nombre en ningún momento expresamente en la ley- y tolera abiertamente las peleas de gallos, pues las consideran (también interpretativamente) hundidas en las propias raíces.

Así, los animalistas dicen barbaridades no reproducibles, pero las más singulares son las que aseveran que esta iniciativa les coloca en Europa, en la cima del civismo, en las más altas cotas de la sociedad del presente siglo y que rompe definitivamente las ligaduras con el pasado casposo. Y a muchos nos parece de un provincianismo sin disimulo, de una irreverencia supina, de una triste ignorancia, de una pobreza espectacular y de un claro reflejo de la desmembración social y cultural que padecemos.    

 

Nada es gratuito para los profesionales taurinos, que ante la crisis –taurina y política- casi ni han aparecido, y cuando lo han hecho ha sido para reservarse en palabras y acciones, y poner de manifiesto todos los tópicos utilizados, casi tantos como los que exhiben los antitaurinos.

Los personajes carecen de rotundidad, pues han sido ellos mismos los que no han respetado la integridad del espectáculo, no han defendido su verdad, no han perseguido el fraude, y sobre todo han especulado con los pelotazos empresariales, con la casta de los animales, con el respeto de la afición exigente, con el fomento de un espectáculo hermoso en su esencia pero difícil en su defensa según las novedades sociales, con los fundamentos de la tauromaquia, con la honradez y con la verdad única y desnuda que maneja el arte sublime y la carnalidad de la Fiesta de los toros. Aquellos polvos tarjeros estos lodos.

Ahora le están viendo las orejas al lobo. Ahora, señores taurinos, deberían estar muy asustados con lo que se avecina. Ahora es cuando tienen que defender esto. Ahora es cuando deben poner freno al despilfarro y a los despropósitos, porque si algo se puede salvar entre tanta decadencia está en su mano, en su voluntad, en su compromiso, en su propósito de enmienda, en su buen hacer, en ganar menos pero más honradamente y en ser, de una ver por todas, sinceros.

A los aficionados que exigimos un espectáculo íntegro, verídico y decente nos han condenado por molestos, simplemente porque queremos disfrutar y amparar este mundo peculiar y porque lo concebimos únicamente desde la autenticidad y desde nuestra sensibilidad. Ahora, señores taurinos, deben saber que los aficionados defendemos, en primer lugar, que la prohibición de las corridas de toros -donde fuere- es una irresponsabilidad, una ilegalidad y una irracionalidad. Después (o antes), defendemos la singularidad de este espectáculo, sus fundamentos intransferibles, su desarrollo, su originalidad, la reglamentación que lo sustenta, su hermosura y sus defectos, su grandeza, su romanticismo, su intuición y su verdad. Y de paso, señores, defenderemos nuestra alma torera.

Ahora, ustedes deberían hacer lo mismo.

 

Nada hay gratuito en nuestro futuro taurino. Si esto es un calvario, el infierno está llegando. Nos espera un panorama desolador. Se intuye un deshonroso final. Desde estas páginas digitales, y en el editorial antes mencionado, se pedía valentía a las señorías parlamentarias catalanas para que opten en su última decisión entre toros si o toros no, pero que no se inclinen por las corridas incruentas, en su afán de contemporizar para no quedar mal o perder votos en el camino. Se decía: “Sean valientes y consecuentes. Elijan entre el sí o el no. Escojan entre posiciones determinantes, y no se decanten por las medias tintas. Por favor, no contemporicen, no se equivoquen, no falten a la verdad, no discriminen. Su arrojo para discernir rotundamente entre el sí o el no a la fiesta de los toros no será entendida por todos, pero no les quede la menor duda que sí será defendida por todos aquellos que exigimos autenticidad, verdad y criterios firmes y razonables en nuestras vidas, y trabajamos para que se desarrollen en el mundo en que vivimos”.

Esto es lo que hay que pedir a quien corresponda. A todos. Fervorosamente. Pues, los paliativos buenistas para complacer a todo el mundo se implantarán posiblemente como solución a las disputas, asumiendo la técnica infame de las corridas incruentas, donde no se dan muerte a los animales en el ruedo, “escenificando una pantomima absurda, faltando a la esencia de este espectáculo y a la verdad que representa. De esta manera, esta fórmula desatinada se convertiría en la expiración última y definitiva de este espectáculo. Una medida que se traduce en disparate (porque sin riesgo no emociona), en incongruente (porque su carnalidad y su altura artística son dos caras de una misma moneda) y en absurdamente extravagante (porque dominar a un animal fiero y bravo no es lo mismo que bailar delante de un animal sin defensas)”. Mucho se teme que así será el final degradante para este colosal guerrero. Será una tristeza inmensa.

 

Nada hay gratuito. Ni el viento. Ya no sopla en Cataluña. En el resto de la geografía la calma chicha se sucede. Se espera el aire fresco que no llega.
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