Nueva entrega sobre el concurso de adjudicación de la plaza de Madrid
EDITORIAL

Piedra sobre piedra
Reflexiones de un aficionado desencantado

Dejo de asombrarme un poco más cada día. Debe ser por este carácter nada admirativo que me acompaña desde el nacimiento y que lógicamente cultivo poco. Para compensar, el destino natural tampoco me convirtió en piedra, circunstancia que me hace ser agradecido en este acomodo, porque entre las suertes genéticas que uno puede adquirir caprichosamente en el momento mismo que viene al mundo estaría -en este aspecto- el poder haber sido: piedra angular, piedra filosofal e, incluso, piedra pómez. Y con ninguna de las tres estaría a gusto, me arriesgo a suponer.

Dios provee, ya lo creo. El asunto es certificar cómo. Es decir, o caes de pie del lado de la piedra fina o caes tumbado a fuerza de pedradas. ¡Así de dura es esta Edad de Piedra!, todavía viva, además perpetua, como certifica la ideología corriente y moliente que proclama la refundación de cualquier obsoleto pedernal y que pretende dotar de vida a las estatuas a golpe de martillazos.

Este circunloquio no tiene más fundamento que llevar el símil a la cantera taurina, más concretamente a la gema tan cotizada de Las Ventas -lo que viene a ser algo así como el mármol de Carrara-, objeto de deseo que alcanzan pocos maestros de obras y cinceladores afamados, siempre empeñados en esculpir la belleza. Pues bien, el propietario de la piedra preciosa de este colosal edificio taurómaco ha convocado un concurso público para su adjudicación, que lleva camino de ser el único -en todas las etapas de la historia- en ser dinamitado con triple carga de nitroglicerina para extraer el filón abundante de las mismas entrañas mineras, las más inaccesibles de la explotación.

Los promotores licitantes divulgan para la galería planes arquitectónicos con el objetivo de recuperar todo el esplendor que el gran arte de la tauromaquia merece, pero de puertas a dentro se han dedicado a los poderes asociativos, que aunque pudieran originar desavenencias, les permite poner pie en el lugar sagrado, a un coste bastante barato, y asegurando la veta por largo tiempo. Si el dueño de los terrenos da por bueno este nefasto negocio de cartón piedra; si acepta de grado el pedrusco en tejado propio; si no pide a los aprovechados y únicos licitadores  que se vayan a pujar por los miles de chiringuitos de playas que se han quedado varados por la crisis; si ellos, como propietarios que son, no quieren picar piedra abanderando la gestión; pues deben asumir que su credibilidad baje en la misma proporción inversa como sube la prima de riesgo.

Los aficionados somos de nuevo los convidados de piedra, y nunca mejor empleado dicho paradigma. Por dos razones. La primera, porque somos los paganos que sustentamos como colosos los pilares este Atlas fabuloso. La segunda, porque nos llueven pedradas a porrillo. Vamos, que además de esforzados contribuyentes somos ingenuos apedreados. Aunque tontos del todo, no. Todavía nos preguntamos dónde se han metido las estrellas vociferantes que demandaban más cultura para este mundo de cuernos, dónde los intelectuales que exigen más admiración social para tan formidable espectáculo, y dónde los sabios de la tauromaquia del siglo XXI que proponen implantes de intelectos racionales para estos picapedreros de Edad Pretérita. ¿Dónde? Parece que se han escondido en el último rincón, convertidos en estatua de sal, aunque no crean que por mentirosos o especuladores, sino que sencillamente tienen en alta consideración su sabia circunstancia de analistas, todos ellos expertísimos profesionales en cuestión rentable.

Una mención destacada merece el posicionamiento de los medios de comunicación taurinos y algunas de sus cabezas más destacadas, los cuales han perfeccionado por igual la técnica de no lanzar la piedra ni esconder la mano, pero que se encuentran bien amurallados con cascos múltiples para protegerse el nervio auditivo y el temperamental. Así que la crisis instalada en el orbe taurino, y en el que no lo es, con todas sus consecuencias, más la revuelta emprendida por los taurinos en el ascenso a la gran y alta escala política, les ha pillado bien posicionados, y por la misma quietud se hace inviable que cualquier juicio crítico, sencillo, incluso comedido, pueda producirse y, mucho menos, poner ni siquiera colorados a tanto súper protagonista que recorre los rocosos ruedos.

Las cabezas pensantes que pregonan esta nueva arquitectura taurómaca son piedras de moler. Por un lado, mantienen texturas de porosidades volcánicas, esponjosas, pero muy capaces de rayar el vidrio y el acero, pues son usadas para desgastar y pulir. Por otro, su estructura recuerda a la del canto rodado sin rugosidad posible y sin posibilidad a base de escasez de intuición, afición, voluntad y trabajo verdadero, y sin solución que evite que el mundo grandioso de los toros, -colocado ya al borde del abismo-, se despeñe quebrada abajo.

Este juego pedregoso es un jardín sin flores, de alma reseca, de desencanto a base de pedradas. Un lío fabuloso que se zanja a cantazo limpio. Eso sí, unidireccional, siempre encaminado a descalabrar a cualquier aficionado con dos dedos de frente. ¡Zas! (Al suelo) 

redaccion@toroaficion.com

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