EDITORIAL

Montarse un trío

El concurso para la gestión de Las Ventas será un fiasco si la gestión de la plaza madrileña quedara adjudicada en vergonzante monopolio a una empresa creada ad doc por los tres únicos empresarios que podrían optar por separado según los requisitos de la licitación.

Hacía ya algún tiempo que cundían los rumores. Los aficionados advertidos -por su propia experiencia- de los unilaterales movimientos del estamento taurino, aquellos que pregonan la revolución pendiente de la Fiesta de los toros pero que engrandecen sus bolsillos sin escrúpulos, ya se mostraban muy escépticos sobre el concurso para la gestión del coso, pues decían que la plaza de toros de Las Ventas “ya estaba dada”, lo que vino a confirmar -en cierto modo- las exigencias del pliego de licitación que presentó la Comunidad de Madrid cuando redujo en las condiciones de la subasta, y como única posibilidad, a tres empresarios taurinos para la llevanza de la administración en Las Ventas.

Estos tres únicos competidores de manera individual eran Taurodelta, con los Choperitas (empresarios hasta ahora), Simón Casas y Antonio Matilla, pero ninguno de los tres ha terminado de convencer en su trayectoria como administradores de cosos de primera categoría ni por sus maneras de hacer las cosas en las gestiones, ni por todos los intereses que personifican en el citado estamento al tratarse de empresarios, ganaderos, dueños de agencias de representación taurina, apoderados de toreros de gran tronío, además de otras muchas connivencias taurómacas y de ofrecer ninguna garantía para ser fiadores de independencia, rigor y buenas aportaciones en este mundo de toros que ya se derrumba.

Todo se ve muy claro. Si la plaza hubiera caído del lado de Taurodelta, que partía como favorita, según todo pronóstico, se hubieran montado no pocas críticas, pues su gestión en la calidad de la mayor feria taurina del mundo -tanto en exigencia como en resultados- ha derivado en la conversión a una plaza de escasa referencia tangible. Nadie se fía de Simón Casas porque en los cosos que tiene bajo su administración se protagonizan fabulosas algarabías ganaderas, además de toreras. Para Casas el principal problema es, precisamente, su escasa credibilidad, a pesar de incluir en su candidatura a un diestro respetabilísimo que venera la afición y que nadie comprende cómo se ha metido en este avispero; a pesar de cortejar a la única figura capaz de llenar los tendidos y de arrastrarlo a sus propios territorios; a pesar de alumbrar las más pintorescos ofrecimientos para este mundo taurino en crisis y de ofertar una mercadotecnia de increíble ejecución. Y nadie consideraba al tercer opositor en liza, Antonio Matilla, prototipo del súper consejero delegado con mando ejecutivo en plaza, muy hábil en las distancias cortas (que son las ganaderas en propiedad) y las de sus afamados poderdantes.

Algunos aficionados manifestamos nuestros temores porque calificamos esta propuesta coaligada como de escandalazo inadmisible. Ante nuestros ojos se simboliza la desnudez de las opulentas carnes de los desvergonzados protagonistas empresariales que se solazan abiertamente aprovechando su ardoroso deseo sexual fuera de todo control, improvisando el acontecimiento de la revolución pendiente sobre el panorama taurino en una orgía descomunal sin precedentes. Es decir, se han montado un trío, y que la cama de sábanas de seda la ponga la Comunidad de Madrid. Pedimos perdón por el tono, pero es que desde esta humilde tribuna realizada por mondos aficionados, dicha componenda empresarial nos parece como poco pornográfica, y si el Centro de Asuntos Taurinos coquetea, tolera, asume y apechuga con este atraco a la afición de Madrid, a sus intereses en defender la integridad de la Fiesta, en su decidido esfuerzo -que tanto pregona- por dar a este espectáculo el lugar que debe tener dentro de las instituciones públicas y en la sociedad actual, si lo hace, insistimos, es que van a ser muy ciertos los más malintencionados rumores que hablan del beneplácito de este centro taurino madrileño hacia la asociación componedora y monopolística montada ad doc para pagar un canon económico irrisorio anual por la concesión; repartirse limpiamente los más abultados beneficios que una plaza de espectáculos taurinos pueda generar; eliminar cualquier competencia; hacer del lugar el patio de su casa, de su finca, de sus amigos, familiares, socios, clientes y demás; y, en general, para proclamarse emperadores tuertos en un país de ciegos.

La Comunidad de Madrid, propietaria del coso, tiene dos opciones. Una, frotarse las manos con alegría, dar por bueno el concurso que ha convocado, aplaudir el triunvirato y entregar la llave “del futuro de la Fiesta de los toros” –como definen los ideólogos taurinos a la plaza de Madrid- al monopolio que rentabilizará los escasos despojos que aún quedan. Dos, reconducir el asunto de esta pantomima de adjudicación; explicar que todo el mundo tiene el derecho y las opciones para ser el gestor, siempre y cuando sus propuestas empresariales, culturales, imaginativas y organizativas (que con tanto énfasis se apuntan en el pliego) cuenten por originalidad y viabilidad; y, sobre todo, que hagan valer su condición de  garantes de los intereses de los ciudadanos madrileños con lealtad, independencia y responsabilidad.