¿Debate? Ni hablar

Carta abierta a sus señorías parlamentarias catalanas, a sus señorías parlamentarias de cualquier otro sitio, a sus señorías referentes e ideólogos de altísimas cámaras y de menesterosos medios audiovisuales, por su exultante energía de ponderar el debate en su versión más deplorable

Por Paz Domingo
 
Señorías,
El debate sobre la prohibición de la fiesta de los toros en Cataluña se ha convertido en la escenografía más absurda de todas las posibles. Su metodología en la más aberrante. Sus protagonistas en los más irreverentes. Su proyección mediática en la más manipulada. Su punto de partida en el más indefinido. Su justificación modernista en la más ignorante. Sus tesis en las más viciadas de antemano. El juego peligroso está tan bien rentabilizado que produce ya sus réditos políticos y un daño irreparable a este singular mundo de los toros, y al absurdo mundo de los humanos.
 
Estoy muy preocupada, y no precisamente con los procedimientos que los responsables políticos abordan este consenso y el respeto de esta sociedad, y de los individuos que la componemos, pues las intervenciones legislativas se estructuran con fórmulas ejecutorias y prohibitorias. Aunque este asunto es para poner los pelos de punta, u otra cosa de más enjundia, mi incomprensión no es un producto imaginario. En esta sociedad tan estupenda que tenemos, y que parece que todos hemos conquistado, para disfrutar de todas las libertades consecuentes, en este Estado de Derecho en el que se asientan y configuran todas las instituciones democráticas, todas las mayorías y las minorías, todas las voluntades y todos los pensamientos, y en este ambiente débil y amorfo se están cultivando una degeneración social tan abismal como irreparable. Todo esto es muy alarmante, o quizá lo más, porque es una cuestión de libertad, el tesoro más precioso de cuantos se puedan proteger.
 
Pero este asunto neurálgico, trascendental y angular en nuestra vida, en nuestra conciencia, y hasta en nuestra muerte, se agrava mucho más cuando los responsables de preservar las altísimas e incuestionables voluntades, sentimientos, pensamientos, iniciativas, creación, libertad y moral, juegan con ellas, las hacen propias hasta el punto de manosearlas para su desgaste definitivo, las manipulan para ocultar su importancia, las tergiversan para moldearlas a corrientes de moda que ellos mismos crean con sobrada elocuente banalidad, exponerlas a un juicio sumarísimo, inquisitorial y patético, y finalmente decretar -en nombre de todos los poderes que se las han concedido- su prohibición, o lo que es lo mismo, eliminarlas en la hoguera, quemadas para escarnio público.
 
Estoy muy preocupada, porque esta irreverencia, esta ignorancia, este maltrato, estos procesos puritanos, este extravío y, sobre todo, esta vulneración de los derechos y libertades se asumen consentidamente y aberrantemente por el conjunto de esta sociedad débil de espíritu, de conocimientos, de sabiduría, de talento, de argumentos, de intuición, de responsabilidad, de certeza y de verdad. Y aquí no pasa nada, nadie dice nada mínimamente coherente, nadie aporta algo merecedor de un respeto. Nos hemos convertido todos en una masa sin voluntad. Sin oxígeno. Manipulados para catequizarnos en consentidores de la manipulación. Eso sí, es para nuestro bien, o eso dicen. Para redimirnos como asesinos; para quitarnos los vicios que hieren, para hacernos más modernos, más buenos, más sociales, más animalistas, más amantes de la naturaleza, más sofisticados, para mudarnos en personajes tan espléndidos como ignorantes, tan voluptuosos como sofisticados, tan avariciosos como mentirosos, tan superfluos como pecaminosos.
 

Aquí nadie responde. Nadie protesta. Nadie toma medidas consecuentes. Eso sí, parece que el colapso cada vez es más creíble. Pero si esa enervación existe, no parece preocupar, porque es igualmente desmontable por los ases ideólogos de esto que ahora se llama estilos de vida. Por ejemplo, lo que está muy de moda es la imperiosa necesidad que manifiesta todo Dios en organizar un debate. Y realizar esta cuestión es muy sencillo, basta con argumentar cualquier cosa, y se ponen en marcha todos los resortes técnicos y maquiavélicos para instaurar con premura una escenografía. No un debate cualquiera. No vale la charla distendida de sobremesa, no vale la discusión en el salón de su casa, no vale la tertulia privada. Vale el plató de televisión. Valen las plataformas de profesionales, por supuesto muy interesadas. Valen los internautas de la madre red. Valen las exhibiciones de las posturas indefinidas de los medios de comunicación y del tratamiento de la información. Y como ahora todo esto se les hace pequeño, pues el paso siguiente ha sido las comisiones parlamentarias y su voracidad inexcusable para aproximarse al sentir popular.

 

¡Ponga un debate en su vida!, parece el lema de todo bicho viviente. Uno no es nadie si no participa en este tinglado mediático, en esta parafernalia de tres al cuarto, donde no vale el método y sus fundamentos, donde no vale la exposición de posturas dispares y hasta imposibles de acercar, donde se estructure la charla amena y gratificante al espíritu. No señor, para nada. Es para lo que es. Es decir, para descalificar al adversario, para ofenderle, para defenestrarle, para insultarle, para argumentarle con engañosas triquiñuelas expuestas como si fueran verbo divino y, que se anden con cuidado, que la ira celestial es contundente. A todos los participantes de esta catarsis se les ve el plumero sin reparos, porque todos sin distinción están muy preocupados, apropiándose el papel se sumos sacerdotes, de dar bien en pantalla, que el cómputo de la audiencia arroje el dato milimétrico del momento exacto en que se dijo aquello que desencadenó una bulla, que encendió el susodicho pretexto mediático, y que, por extensión, nos hace a los infelices mortales más democráticos y más perfectos.

 

Cualquier día, su hijo le dice: “Papa, hemos propuesto en el colegio un debate sobre las matemáticas". “Quieres decir, que vais a hacer un debate en la clase de matemáticas”, corrige el padre incrédulo. “No papá. Es un debate sobre la cuestión fundamental de la formación de las matemáticas. Se ha discutido entusiastamente sobre la conveniencia para nuestra salud mental, el alto nivel de aburrimiento que genera, su elevado grado de incomprensión, su dificultad de implantación en nuestras pequeñas vidas, su exaltación de otros tiempos pasados, su contribución a nuestro fracaso escolar, y su escasa rentabilidad para nuestro futuro. Y se ha decidido por mayoría que se prohíban lo antes posible. Alguno se ha resistido a esta propuesta, porque aseguraba el muy tonto que la raíz cuadrada era materia excelsa, que le serviría para estructurar y fortalecer la mente, y que saber de números le ayudaría en una ocupación profesional.” “¿Y el profesor de la materia no ha explicado la importancia de esta asignatura en la formación académica?  “¿Y el director del colegio está de acuerdo con esta barrabasada?” pregunta el progenitor, muy seguro que estos desmanes son cosas de críos, travesuras de pelillos a la mar. El profesor ha explicado que a él le da igual, pues el Estado le seguirá pagando igualmente, que su puesto de trabajo no corre peligro, pues es más importante que quede de manera testimonial, aunque subvencionada, la vieja gloria de la institución matemática. Y respecto al director, considera esta iniciativa de un alarde de genialidad democrática por nuestra parte, ha dejado bien claro que no quiere motines, ni que saquemos “los pies del tiesto”, que tiene un plan para compensar las horas lectivas que no dedicaremos al aprendizaje numérico y que consistirá en más incentivos para la educación medioambiental, o moral, por ejemplo” “Pero si ya tenéis de todo esto”, se enfurece el padre. “Sí, papa, pero no es suficiente. Ten en cuenta que este es el futuro, que tenemos que estar bien preparados para enfrentarnos a la vida real”. El padre protesta. No sirve de nada. Las matemáticas prohibidas. Y el niño es un analfabeto más en la cuestión fundamental, educacional y futura, aunque sea de números.  

 

Señorías, volviendo a la reflexión de altura que simbolizan los debates, aquí todo el mundo miente. No son solamente ustedes. Eso para empezar. La mayoría -de la mayoría de los seres perfectos y fantásticos que la componen- pide una televisión más plural, vertebrada con espacios culturales bien hechos y de calidad, con documentales que trasmitan conocimientos, con debates para que la amplitud social esté representada y, por supuesto, quieren un entretenimiento sano cuando les apetezca los programas para desengrasar tanta tensión diaria. Lo cierto es que se atiborran de programas basura, de horas y horas de teleseries que convierten en superhéroes a personajes absurdos que ya no saben si se desarrollan en la vida real, en la fantástica, o en las dos. Se excusan diciendo que como no tienen la primera opción se agarran a lo que hay, es decir, ésta segunda. Una mentira más, pues este subterfugio, aunque sea disimulado, lo conocen muy bien los estrategas mediáticos, que son los malísimos de la película, como todo el mundo sabe, porque son capaces de llevar la contraria a todos, que nos dan bisutería cuando se les exigía perlas preciosas, además de ser verdaderamente crueles incitándonos a encender el aparato contra nuestra voluntad. ¡Vaya por Dios!

 

Hace algunas semanas intenté acercarme a uno de estos asombrosos espacios divulgativos llamados debates y donde se exponía la cuestión que nos ocupa: la prohibición de la fiesta de los toros en Cataluña. Los invitados a la discusión mantenían lógicamente posiciones  jamás encontradas, divididos entre taurófobos y taurófilos. Lógicamente están condenados a no encontrarse ideológica y sentimentalmente jamás. Pero, en vez de exponer sus posiciones, sus experiencias, sus conocimientos, sus argumentos, todo el mundo manifestaba una imperiosa necesidad de que los demás comulguen con las ruedas de molino propias, eso que se llama ahora “que todos conozcan como soy”, y que no es otra cosa que el respeto a las ideas diferentes de las propias tiene que pasar obligatoriamente porque cambies tu opinión y abraces la contraria, simplemente porque el sermón litúrgico del interlocutor es tan convincente como decisivo en tus pensamientos. Vamos, por su cara bonita y sus tesis impepinables. Todos revestidos con autoridad de sumos sacerdotes. Claro, que después de la primera ronda los excelsos interlocutores tenían una algarabía montada de tamaño considerable, pues nadie había conseguido los resultados buscados, y se pasó directamente a las descalificaciones, al manoseo verbal, a los insultos, a llamarse de todo menos bonito, al sinsabor, y por supuesto, a un espectáculo deleznable. Debo reconocer que no puede superar la prueba. Terminaron con mi paciencia a la primera, y con un desasosiego por la inutilidad manifiesta de plantear un debate medianamente escrupuloso en sus fundamentos y sus contenidos, además de una vergüenza ajena que considero peligrosísima para la salud de cualquier ser humano bien intencionado. Precisamente por el alto nivel de falsedades, por la falta de interpelaciones coherentes, por la preocupante escalada de autoritarismo, por su incesante consumo de descalificaciones, por las agresiones verbales, morales y estéticas, por su penuria lacerante, por la ausencia de ridículo, y por el destructivo mensaje de irreparables consecuencias.
 

A raíz de esta farsa mediática, me comentaba un aficionado (a los toros, se entiende) que este programa –o como cualquier otro- le había parecido “desmoralizante” precisamente porque nadie fue capaz de defender con verdad la fiesta, y que en estos escenarios faltan los aficionados, a los cuales no se les llama nunca por ser “demasiado molestos”. Creo yo que es lo mejor que les puede pasar a todos los aficionados que no tienen intereses directos en el mundo de los toros salvo su apasionamiento y su disfrute de este espectáculo singular. Y la pregunta que le hice fue: ¿Pero, tú quieres participar de esta pantomima, para que seas sentenciado, ajusticiado, ridiculizado, insultado, despreciado, y que finalmente te quemen en la hoguera? Y ahora añado lo siguiente. Como nos van a ofrendar igualmente en la pira de los sacrificios, al menos que sea de manera sencilla y digna. ¡Qué menos!

 

Todo el mundo pía por un debate de todos contra todos. Pues, ya lo tienen. Hasta en el Parlamento. Para que vean que sus deseos son órdenes. Los políticos, muy sagaces en cuestiones de la calle, lo han captado a la primera. Y ahí lo tienen, calentito, con sal, con su puntilla, con  su yema esponjosa para mojar, y su clara mantecosa para acompañar. Los miembros de los partidos políticos en Cataluña han destapado la caja de los truenos, porque aseguran que están muy interesados en abrir un debate. Pues ya lo tienen señorías. Y muy contentos están. Quizá, los que no estamos de acuerdo con esta escenografía manipulada y manipuladora por su parte, nos vemos obligados a decirles que vaya desvergüenza la suya, vaya irresponsabilidad la que gastan, vaya alevosía que manejan cuando permiten que se tergiverse la verdad, vaya talante de pacotilla, vaya autoritarismo el suyo, vaya olvidadiza memoria, vaya ignorancia que exhiben, vaya desconcierto que generan, vaya estupidez sin paliativos, y sobre todo, vaya infamia presuntuosa, vaya cobardía sin medias tintas, vaya escenografía tan canallesca, vaya debate el suyo que supera cualquier impostura imaginable. Por mi parte, prefiero que prohíban lo antes posible la fiesta de los toros en Cataluña, porque aunque crea firmemente en el atentado que supone a la libertad, y lo irreparable que será en nuestras vidas, les pido encarecidamente señorías que se responsabilicen de no hacer más el ridículo mediático, social y moral, que cesen los insultos, la afrenta y el ajusticiamiento canallesco e infame al cual nos están condenando.

 
Hace unas semanas recordaba a los señores diputados del Parlamento Catalán en el artículo El viento no sopla en Cataluña (http://sites.google.com/site/toroaficion/opinion/el-viento-cataluna) la imperiosa necesidad para que en esta encrucijada -que ellos mismos han provocado- “sean valientes y consecuentes. Elijan entre el sí o el no. Escojan entre posiciones determinantes, y no se decanten por las medias tintas. Por favor, no contemporicen, no se equivoquen, no falten a la verdad, no discriminen. Su arrojo para discernir rotundamente entre el sí o el no a la fiesta de los toros no será entendida por todos, pero no les quede la menor duda que sí será defendida por todos aquellos que exigimos autenticidad, verdad y criterios firmes y razonables en nuestras vidas, y trabajamos para que se desarrollen en el mundo en que vivimos”.

Pues creo que me quedé un poco corta de peticiones. Ahora puedo afirmar, porque a la vista de todo el mundo está, que deben pedir perdón públicamente por el espectáculo tan bochornoso que han ofrecido a la sociedad, al mundo, a sus hijos y a los nuestros, a la historia que se escribirá algún día, y a las conciencias responsables que aún quedan. Si este es el debate social, parlamentario, democrático, justo, necesario, altruista, moderno, y obligado, pues, sinceramente señorías, yo no lo quiero para mí, para los que me rodean, y sobre todo, tampoco lo quiero para ustedes. Lo digo, señorías, por su bien, por su imagen, por su imperiosa responsabilidad de reformar socialmente, por la acuciante necesidad de trabajar por la humanidad, porque no parezcan lo que son, porque todo el mundo no les haya conocido como en realidad quieren demostrar, porque no queden como provincianos cuando apuestan con tanto ahínco por la modernidad, y por confundir inmerecidamente la gimnasia con la magnesia. Si quieren debatir en estos términos, por favor señorías, con todo el respeto que merecen, pueden hacer el ejercicio democrático de escenificarlo en el salón de su casa, con comodidad, seguridad, tranquilidad y de manera responsable.

Atentamente

pazdomingo@toroaficion.com

 

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