Certero Xavier

 

Por Paz Domingo
Muchos esperábamos la respuesta de Xavier González Fisher desde su magnífica tribuna digital http://laaldeadetauro.blogspot.com/ al espectacular acontecimiento surgido en estos días y que se trata de la cogida del torero José Tomás en la Plaza de Aguascalientes. Precisamente, porque La aldea del tauro tiene su origen en esta tierra mexicana, y porque esta tribuna es una magnífica apuesta por la pasión, la investigación, la certeza, la verdad y el estudio por este mundo que el autor define con sencillez como “una mirada al otrora planeta de los toros desde Aguascalientes, tierra de toros”. 

Su exposición se hacía necesaria, por dos razones tan fundamentales como su presencia en el foco del acontecimiento, y como por sus intuitivas reflexiones, además de exhaustivas y rigurosas, del momento que se vivió en la Feria de San Marcos. González-Ficher decidió tomar distancia para “no entrar en el juego perverso que los medios generaron” y explica su posición para que no haya dudas: “por una parte tengo acceso a conocer información cierta de primera mano y por la otra, la vida familiar me ha aportado conocimientos acerca de casos como peste que me enseñan que lo que es ‘vox populi’, no es necesariamente ‘vox dei’.”

Hace el autor una enumeración de las tergiversadas fórmulas que se apropian los medios de comunicación del tratamiento de un hecho informativo (en este caso el drama del torero, su grave cogida y su ponderación mediática), llevándose por delante cualquier procedimiento justo con el sucedido, cualquier pronunciamiento de sensatez en la relación de los hechos, de la manipulación muy asequible, y por la creación una polémica muy rentable por especulativa. Pide González-Ficher, “respeto a la dignidad del hombre; respeto a la dignidad del torero, pero sobre todo a la tarea del informador y a la dignidad de sus destinatarios que no tienen por qué ser víctimas de las preferencias personales o de los intereses inconfesables de aquellos.”

Esta reflexión que propone González-Ficher me ha dado pie para exponer en este soporte digital mis preocupaciones en este universo tan convulso, tan rabiosamente moderno, tan desorientado, tan retador y tan interesante que supone nuestro día a día, para los que somos profesionales de la comunicación, como para todos aquellos que sencillamente vivimos, morimos y nos desarrollamos en él.

 

No puedo más que reconocer la verdad de los pensamientos que abiertamente expone el creador de La aldea del tauro. Es la verdad de la verdad, que es una solamente. Una verdad que demanda el autor, y en la que estoy absolutamente en conformidad. Una verdad en la que creo, y por la que aún se mantienen a duras penas algunos espíritus románticos, acaso críticos, y algunos otros profesionales que experimentamos en época pasada -aunque fuera casi de refilón-, la separación certera entre información y opinión. Distinguir, discrenir y discriminar estos pilares en los medios de comunicación es lo que hace creíble la independencia, la capacidad, la solvencia, la credibilidad del derecho irrenunciable a informar, y a estar informados, verazmente de cuanto acontece. Pero hace falta hacerlo, además de reconocerlo. Y exigirlo.

El primer paso es la reivindicación, el ruego elevado de una honradez que defina a los profesionales de la información y a sus medios. Gonzalez-Ficher lo denuncia muy bien: “La verdad y el justo medio deben ser honrados en primer término en la tarea de comunicar, pues al hacerlo así se dignificarán los demás aspectos, dándoles el sitio y el valor que en realidad les corresponde”.

A esta peligrosa situación contribuyen mucho las desdibujadas posiciones editoriales y empresariales que los medios de comunicación mantienen en estos tiempos inciertos -social, política y económicamente-, orientados más a la supervivencia que a la defensa de valores, inseguros por sus cambios de rumbo ideológico, presionados por los impulsos espectaculares de los avances técnicos, y agobiados por las cuentas de resultados. Hay que sumarle el inconcluso y fantástico entramado de ofertas digitales, cibernéticas, siderales, o como quieran llamarse. Las posibilidades infinitas, rápidas, instantáneas, gratuitas de que se disponen ahora mismo a través de Internet, llevan a los medios a una encrucijada ante la cuál no saben, o no pueden posicionarse, y mucho menos resolver el urgente dilema de hacerlo solvente y rentable. Si alguien diera con la fórmula mágica, al segundo estaría exportada (más bien fusilada) sin discriminación.

 

Un hombre, un voto, un blog

Por un lado, estos medios están agobiados por esta presión tan definitiva para sus vidas, llevándose por delante la reflexión tan necesaria, el posicionamiento claro tan obligado, la intuición tan evidente, la credibilidad tan primaria. Van a remolque de los cliqueos, de los cómputos de entradas, de la atención instantánea, y, por supuesto, de la dificilísima tarea de ser los primeros y contarlo así al mundo. Con ésto no pretendo excusarme, y disculpar de paso a las empresas de comunicación. Al contrario, más bien, es hacer evidente mi tristeza en este devenir en que nos toca buscarnos la vida profesional, moral y personalmente.

 

Por otro lado, todos hemos caído en la grandilocuencia de las formas, metiéndonos de lleno en este escenario extraordinario de millones de posibilidades comunicativas y millones de soportes digitales, tantos como millones de millones. Un hombre, un voto, un blog. O una red social, o un teléfono de movilidad a toda prueba. O todo lo que se pueda imaginar y comprar. Un hombre, un voto, un blog, una expresión, una oportunidad. (yo también, lo confieso). Alabamos sin mesura la multiplicación de los panes y los peces, y por extensión la igualdad de todos en esta conformidad democrática amparada en la libertad de expresión y también de oportunidades, igual para todos los seres humanos. Hay que reflexionar, y mucho, y muy urgente, en esta súper capacidad en el que todo vale, todas las opiniones cuentan o todo tiene que producirse por igual. El derecho a esta libertad de expresión o comunicación debe garantizarse en primera instancia. Por supuesto. Pero, también es cierto, que las opiniones acreditadas en cualquiera de las materias -que son o que surjan-, no pueden estar en el mismo plano que las simple opiniones de todo el que quiera opinar. La oportunidad tiene que ser cuantitativa, pero la calidad siempre será cualitativa. El voto de un granjero deberá tener el mismo peso político y social que el un ministro experto en economía. Pero sus opiniones, reflexiones y respuestas a los retos que se plantean en sus oficios serán la consecuencia de su experiencia, estudio y criterio. Cultivar una lechuga o realizar un balance financiero no lo harán por igual, como tampoco intentarán dar respuestas por igual sobre una plaga devastadora o combatir una crisis de los mercados financieros. El resultado estará en función de respuestas, experiencias y capacidades que cada uno tenga en cada una de las materias. Si plantamos lechugas, no esperaremos balances. Si todo vale igual, no pretendamos recoger soluciones efectivas para reforzar la economía cuando intentamos un abono natural que enriquezca el campo. Si creemos que todo es posible, estaremos en la peor de las encrucijadas posibles, en la locura de un mundo de locos.

 

Aquí radica uno de los principales problemas, pues en este escenario –actual, portentoso, gratuito y moderno- se sitúa en la horizontalidad, es decir, en la ausencia de jerarquización. Todo está instalado en el mismo plano, y discernir lo bueno de lo mediocre, lo aceptable de lo insoportable, lo meritorio de lo despreciable, lo bueno de lo malo, es una tarea insostenible porque esta búsqueda es casi imposible. Tanto, como caminar por un horizonte sin fin, donde encontrar un altozano para elevarse se convierte en una proeza descomunal y, si después se conquista sonriente esta discreta cima, sirve para cerciorarse de la inmensidad de las soledades, aquella que hace sucumbir las aventuras heroicas.

Se ha establecido una competencia ficticia. O al menos así lo veo yo. Toda la blogosfera compitiendo en el número de visitas que se realizan entrelazadamente, en preservar un espacio evanescente de una entrada a la que le sigue; todos los medios de comunicación abriendo espacios de opinión personalizados, aunque no se sabe bien por dónde van, pero muchos ignoran los libros de estilos propios y su línea editorial; todas las instituciones, organismos, consistorios, y miles de casos más con sus boletines informativos digitalizados, curiosamente más institucionalizados que nunca, y realizados legos del espíritu emprendedor del mismo, convirtiéndose en acrónimos sin desarrollo; en políticos que tienen un blog, pero no les interesa lo que se escribe en él; y así hasta el infinito, desde las comunidades de vecinos a los expertos en salmorejo. Eso sí, todos como locos inmersos en el proceso divulgativo, aunque pocos sepan en qué consiste como tal, pero todos jugando a que todo puede ser posible, todos tienen de todo, todo esta ahí, todo es todo.

Y, en toda esta trama, ¿cómo se valora la opinión acreditada?; ¿cómo se respeta su criterio, esfuerzo, dedicación, reflexión intuición, riesgo?; ¿cómo se paga por este trabajo fruto del estudio de toda una vida?, ¿a qué estaríamos dispuestos para que se garantice su existencia? Les traslado estas preguntas, para que piensen en su contestación (si es que las tienen). 

 

El mascarón de proa

Respecto a los profesionales de la comunicación hay mucho que decir. O poco, según se mire. Algunos de los periodistas, tan ilustres como respetados, se han convertido en mascarones de proa. Voluntariamente, o vanagloriados inmerecidamente. No les importa mucho el papel de timonel -o la tribuna que representan y desarrollan-, ahora prefieren ser la poderosa imagen visible, rimbombante por su espectacularidad, por su rotunda estética, por su impresionable apariencia de flamante mascarón de proa. Muchos son culpables de que en sus secciones no hay una línea definida que marque la información y opinión en sus escritos, y además poco les importa el asunto, pues al final consideran que su dictamen es más valioso a cualquier acontecimiento, por muy relevante que sea. Otros, se deciden por postulados oportunistas –muy a su favor- faltando, como es obvio, a la verdad y a su conciencia. Otros, afortunadamente, siguen ejerciendo su profesión con romanticismo, fieles a la esencia verdadera que debe sustentarla. Pero cada vez están más escondidos. Se les esconde más, quiero decir. O desisten, que para el caso es lo mismo. Así, el principio que fundamenta esta profesión comunicadora, que está basada en el ofrecimiento de una información veraz y contrastada, además de poder ofrecer opiniones acreditadas y argumentadas desde su oficio de especialista, se transforma en un acto de valentía. Algo así como la pescadilla que ya no se muerde la cola, con perdón. Pues los espíritus quijotescos no tienen cabida en el día a día. No se engañen. Porque denunciar todo lo citado anteriormente, exigir la verdad, la profesionalidad y la responsabilidad que cada uno tiene en su oficio es una materia muy delicada, y hasta peligrosa. Se puede ser valiente, claro está. Pero, a ver quién es el guapo que lo es, o que quiera serlo. Quedará desprotegido, indefenso y condenado al ostracismo. Resumiendo, para denunciar los desmanes que se producen en la sociedad de hoy de manera responsable y consecuente, en sus múltiples facetas de desarrollo, hacen falta: oficio, criterio, voluntad crítica, credibilidad, intuición, valentía y solvencia. Evidentemente, nada llega lejos si, a pesar de todo lo enunciado, aunque se sea un genio, si no hay un respaldo fuerte, la tarea se complica mucho. Pero muchísimo.

Y, presten atención. Lo que prima, y pita, y se promociona es la impronta, el soporte, la técnica, los seguidores, el revuelo, el amparo del seudónimo, incluso la mediocridad. Mejor no pensarlo.  

 

Y ¿qué nos queda?

Xavier González-Ficher se lo plantea certeramente. Él confía en la capacidad de discernimiento, en la voluntad que busca lo meritorio, en las informaciones contrastadas, en la capacidad de entusiasmo con lo hermoso, en el respeto a la verdad, en la superación por la experiencia, en un mundo sin perturbadores, en el reconocimiento del trabajo esplendido. Y con toda la razón del mundo lo demanda, lo exige, y reclama que cada uno sea consecuente con lo que da y con lo que le ofrecen. Dice en sus últimas líneas: “Es a nosotros, como destinatarios de la información a quienes corresponde el poner fin a todas estas cadenas de denuestos e infundios, rechazando la recepción de ese tipo de información y evitando el propagarla". No puedo estar más de acuerdo. Ya hay muchos barcos de florecientes mascarones, pero sin rebelión a bordo, sin timón gobernable, sin rumbo definido. Aunque es una tarea bastante difícil, seguro. Mantener la calma y la profesionalidad cuando las presiones arrecian, cuando los acontecimientos exigen inmediatez, cuando se desprecia la reflexión profunda, cuando no hay tiempo, cuando falta el verbo, cuando sobra indisciplina, cuando se quiere triunfar rápido, cuando todo se pondera. Es difícil, pero no imposible. Es el reto. En este mar revuelto hay que navegar. En tormentas impetuosas, en soledades descorazonadoras, en destinos inciertos. Y, en tinieblas, confiar en el vigía, en su ojo avizor, en su capacidad de aguante y en su tesón para intuir el horizonte.

Gracias, por tu reflexión, por tu entereza y por tu espíritu crítico para que no nos durmamos en los laureles, ni nos perdamos en los laberintos.
 
Pueden hacer comentarios en esta misma página, si lo desean.
Comments