Calasparra en la fiesta auténtica

 

Calasparra está de fiesta. Una fiesta taurina que este año consolida su vigésima edición. Pero no podemos quedarnos con este dato anecdótico, porque en este lugar de la vega del río Segura, en este rincón murciano tan peculiar por el cultivo del arroz, se dan toros y de verdad, y desde hace tiempo. Allí, se cuenta con el trabajo y con la afición incansable que moviliza a muchos hombres y mujeres, y a cuantos enamorados de los toros hemos pasado por este pueblo, y todos defendiendo sin fisuras una fiesta íntegra.

Y lo hacen con un gran espíritu, sencillamente para dar un espectáculo emotivo, razonable, verdadero, y auténtico. Estas cuatro circunstancias que se dan en Calasparra, en su fiesta, inalcanzable para otros lugares y en otras situaciones, que hacen de este pueblo -de vocación taurina- un paraíso único en el disfrute y en el amor por el mundo de los toros, tan singular y original de cuantas manifestaciones artísticas se puedan contemplar.

Es emotivo por su respeto a nuestra historia. El acercamiento a los toros por tradición cultural, incluso circunstancial, se dan aquí. Los encierros se corren desde hace muchos años, tienen una plaza más que centenaria - La Caverina- y en toda la comarca han sentido como propia las aficiones que se daban en los pueblos cercanos, también importantes por su comercio, y de donde han salido toreros con historia y personalidad. Por tanto, la capacidad de emocionarse, la primera regla que sustenta cualquier desarrollo de este espectáculo, aquí se da en su corazón torero, en su espíritu campechano, en su ímpetu para desarrollar su afición tan descomunal.

Es razonable, precisamente porque saben del esfuerzo que supone mantener la exigencia y la calidad en circuitos tan pequeños, y quizá inalcanzables para grandes negocios. A nivel local, es difícil el trabajo. Quizá el mayor atrevimiento es recordar a las autoridades que en la fiesta hay que dar de todo, pero se debe reconocer que el origen y fundamento de esta tradición festiva parte sin duda de su carácter taurino. Es un compromiso y una lucha de supervivencia para que los demás espectáculos no eclipsen lo taurino, y por supuesto no pierda su esencia. Y como extrañeza –respecto a miles de municipios- se debe apuntar que este lugar cuenta con el ayuntamiento como máximo impulsor en las tareas de divulgación, promoción e involucración. Algo francamente meritorio, si se tiene en cuenta que esta faceta para el resto de ediles aparece desdibujada, pues endosan las tareas culturales a los arrendatarios de los cosos, quitándose la responsabilidad que tienen por el cargo que ocupan, y que no es otra que resguardar y desarrollar este espectáculo patrimonio de todos.   

Es auténtico para que no sea del montón, auténtico para que cree afición, auténtico porque se disfruta, auténtico para que no aburra, y auténtico porque lo prefieren así desde hace tiempo, pues su exigencia de calidad en el certamen de novilladas que se vienen celebrando desde muchas ediciones le han consolidado como referente obligado en el este planeta de los toros. Cuentan con las novilladas de las ganaderías más sobresalientes de la camada de bravo, que se lidian en puntas, con una presencia sin tachones, de juego emocionante, y que se anuncian en los carteles como debe ser: con las fotos de los verdaderos protagonistas. Tan sobresaliente es la cuestión que hasta faltan novilleros, no en cantidad, sino en calidad, que puedan estar a la gran altura de las circunstancias.

Además, hay miles de motivos para que esta feria taurina cuente con esta capacidad tan meritoria. Entre otras se pueden destacar el trabajo y el esfuerzo de las dos asociaciones de aficionados –el Club Taurino y la Asociación El Quite, que suman entre las dos casi seiscientos socios, dato importantísimo si se tiene en cuenta que Calasparra tiene diez mil habitantes. Además, organizan tertulias y coloquios taurinos después de los festejos, y a lo largo del año; editan publicaciones con verdadero tesón; se esfuerzan en promocionar su ciclo taurino y convencen –por méritos propios- a los medios de comunicación de la importancia que debe tener su feria taurina; otorgan un trofeo –la Espiga de Oro-, que año tras año se consolida con mayor prestigio dentro del circuito taurino; o porque cuidan detalles como el acondicionamiento espectacular de los corrales del embarcadero de toros, al cual han revestido con maderas para evitar lesiones en los animales; y cómo no, porque sienten respeto a su afición, a su vocación auténtica.

Y por supuesto es verdadero, porque constituye, ni más ni menos, la esencia de este singular y hermoso mundo de los toros, cuando se da con exigencia e integridad.