Antes, durante y después de hoy

Triste y decepcionante balance de una Feria de Otoño y por extensión de toda una temporada polémica. Es hora de poner distancia. En el tiempo se entiende. Comienza el largo invierno. La parada taurómaca se construye. Volvemos a la lectura de las crónicas de siglos pasados. Y mirando la vista atrás, también con distancia, ¿qué nos hemos llevado a nuestra alma torera en este tiempo inclemente?

 

Primera estación
Sorpresas tiene la vida
Balance de la Feria de Otoño
 
Esta pasada Feria de Otoño madrileña deja una buena nota en brevedad. Cuatro festejos, dos fines de semana y a correr. Es lo más destacado, porque la agobiante sucesión de festejos anodinos, aburridos y hasta ofensivos a nuestro corazoncito taurómaco, termina con la afición del más pintado. Esta es la matización, porque sobre el papel se presentaba una interesante edición, pues casi todas las ganaderías que se daban cita en Las Ventas en este mini ciclo, mantenían las expectativas del público madrileño.
 
Estaba la novillada de Montealto. Era esperada y resultó seria, con ejemplares complicados, de presencia impecable, casi toros, que piden oficios certeros. Estaba la corrida del ganadero portugués Folque Mendoça, triunfadora en presencia, casta, complejidad y rotundidad en el pasado San Isidro, y a la cual se le guardaba una expectación justificada. Pero los pahla llegaron terciados unos, descastados otros. Unos flojos, otros intratables. En definitiva, un desengaño se llevaron los ilusionados asistentes a este festejo, que prometía un juego atractivo. Resultó inaceptable, aunque también trascendió interesante, pero insuperable por los tres valientes diestros que hicieron el paseíllo. Al menos, hay que reconocerles que en este cartel no va a estar cualquiera, y el solo hecho de aceptar este desafío era y es meritorio. Los ánimos toreros esperaban más de esta tarde.
 
Estaba la anodina uniformidad de los dóciles seudo toros de Núñez del Cuvillo, y que mejor hubiera sido que no vinieran. Y mucho mejor, que no vengan más, pues se los prepararon a conciencia a los toreros artistas, y con mucha indecencia estos poetas modernos –que viven de no se sabe qué rentas- ni los quisieron ver. Así que, por favor, no nos hagan pasar por esta insufrible experiencia, y sobre todo, con este generoso gesto nos redimirían de un espectáculo tan bochornoso como que algunos taurinos militantes e impúdicos se arrojen a hacer bulto en la estadística absurda proclamando mejor toro de la feria a un ejemplar de esta engañosa divisa de presunto bravo. Por ejemplo, en esta edición otoñal, se pidió una vuelta al ruedo en el arrastre a una ejemplar de diseño contrahecho. Una manifestación verdaderamente obscena porque ni genio tenía el animalito, y hasta el más ignorante se daba cuenta de la pasada en falso.
 
Lo que si va a quedar, para el inventario y la posteridad, es la corrida incompleta que presentó Victorino Martín. Por primera vez, en la historia de amor que mantiene con la plaza de toros de Madrid, se descolgó con un encierro remendado. Era un fracaso anunciado. En las más recientes actuaciones el ganadero de Galapagar ya había hecho un ejercicio para escatimar en todo lo posible. En presencia, en temperamento de los animales, en casta, en trapío y hasta en contundencia. Salían uno o dos toros -como mucho- aceptables, en el tipo y genio propios de este encaste. A Victorino Martín parece importarle poco este bochornoso asunto. Le pagan muy bien sus toros, posiblemente mejor que a la mayoría, y siguen estando muy demandados. Con lo cual, le trae sin cuidado su pérdida de prestigio. Evidentemente, a la afición sufridora ya le está superando tanto descaro. Y desde luego, está tomando buena nota, pero habrá que comprobar cuánto tiempo permanece en la memoria este fracaso, pues el ganadero Victorino explota bien las circunstancias de “que nunca se sabe lo que va a echar”.
 
Los toreros modestos que han intervenido estas tardes han aprobado. Diego Urdiales hasta con nota. En general han despuntado en seriedad y responsabilidad, al margen de las condiciones personales y particulares de su toreo. Pero, hasta aquí vinieron los artistas. Allí quedó un Morante incapaz de resolver una comodísima y preparadísima papeleta, a su sacrosanta medida. Una vez más. Un Julio Aparicio que evidenció muchas deficiencias en su insuperable puesta en escena. Y una injustificada Puerta Grande para Sebastián Castella, que quedará en el olvido tan alegremente como la que obtuvo en la pasada edición de San Isidro. Dos triunfos en Madrid, en la misma temporada, y ¿quién se acuerda de esto? Nada hay más peligroso para un torero, posiblemente más que un toro encastado y de malas intenciones, que los triunfos ahogados en la omisión.
 

Un triste balance para una feria que prometía en brevedad y en una relativa expectación. Ahora es una más en resultados. Una continuidad de lo que fue la feria de mayo: una calamitosa programación, plana en contenido e intenciones, que responde a intereses personales o profesionales antes que a la integridad de la Fiesta y a la afición que la sustenta. Una situación que está acentuando peligrosamente la falta de calidad y que puede ocasionar graves consecuencias, incluso irreparables, para la verdad de este espectáculo en su desarrollo y continuidad.

Sin embargo, la Comunidad de Madrid -propietaria del coso- y el Consejo de Asuntos taurinos, dependiente de la anterior, siguen respaldando la gestión de Taurodelta, incluso, le han concedido la prórroga que solicitaron. El panorama se complica aún más, pues los empresarios vascos que están al frente de la plaza de toros de Las Ventas también programarán un ciclo de invierno madrileño en Vistalegre. Es de esperar que todo vaya en la misma línea. La multinacional taurina cada vez es más poderosa y la afición sufre un alarmante desencanto. Las pretensiones de los administradores parecen no tener límites, pero ¿y las ganas de soportar estos espectáculos -tan faltos de calidad- llevan o no llevan al agotamiento? (Continuará)