Editorial
Promocionar y no devaluar
(primera parte)
 
El certamen Ocho Naciones ya tiene finalistas. La última jornada de este ciclo estará protagonizada por los novilleros Javier Cortés, Miguel Hidalgo y Mario Aguilar. El domingo 11 de octubre los tres jóvenes diestros lidiarán novillos de la ganadería de Antonio San Román, y los tres se disputarán como premio un puesto en la Feria de San Isidro del año próximo. Pero el balance de este largo espacio programado por la empresa gestora de la plaza de toros de Madrid es considerablemente pobre.

El principal argumento para el desarrollo de este programa es la promoción de aquellos novilleros que aporten condiciones en el arte del toreo, evidentemente que adquieran experiencia, para después aprovechar esta oportunidad soñada de triunfar en el primer coso del mundo. Ninguno de los tres jóvenes espadas ha obtenido un premio contundente en la fase previa. Javier Cortés atesora el trofeo más categórico -cortó una oreja el pasado domingo 20 de septiembre-. Miguel Hidalgo y Mario Aguilar obtuvieron en sus respectivas actuaciones una vuelta al ruedo y una ovación. Quizá la cuestión de los premios no es trascendental, pues hay muchos factores que pueden inclinar la cuenta, pero sí evidencia que no ha habido rotundidad en la concesión de los galardones, y por añadidura certifica que el escalafón de emergentes figuras (como se dice ahora en el lenguaje exuberante y moderno) es casi un desierto.

Otro factor a considerar es el montaje que se ha hecho en este certamen. La falta de calidad influye sin dudad en los resultados. Si se anuncian festejos con ganaderías relevantes y ofrecen ganado de desecho de tienta, puede sonar la flauta por casualidad, aunque probablemente lo más fácil es que sea imposible sacar sonido alguno. Esto implica muchas trampas. En el desecho de tienta se puede encontrar de todo, pero jamás se tendrá una perspectiva de presentación, de resultados, y por supuesto de valoración global del momento en que se encuentra la ganadería respecto a la selección, crianza,  instinto y riesgo de los responsables. También puede darse el hecho que el ganado que se anuncia como desecho de tienta no sea tal, sino que sea a elección de los veedores, que escogen lo que quieren, como sucedió en una de las tardes de este ciclo, reconociendo el ganadero este incidente. Todo son ventajas. La principal es que no se paga igual una cosa o la otra.

Además, este certamen que se inventó el año pasado, y que parece que se va instaurando, deja sin lugar a otros festejos que se debían programar y que deberían atender a principios de seriedad, exigencia y más calidad. Únicamente parece que se tiene en cuenta el cómputo final de festejos que tienen especificados en las plicas de adjudicación, y el resto parece importar menos, o no importar, que es peor.

Y lo que interesa constatar después del desembolso en publicidad, después de seis festejos, después de dieciocho figuras emergentes, es que no se ha conseguido arrancar resultados destacables y, lo que es más grave, estos festejos no tienen interés para los aficionados, pues supone pagar por más de lo mismo, por el supino aburrimiento, por el cabreo generalizado, y por la tomadura de pelo que supone un espectáculo devaluado en calidad y exigencia.

La iniciativa en definitiva se salvaría si efectivamente se convierte en un programa que ofrezca buenas oportunidades a los novilleros de todos los rincones del orbe taurino, que los aficionados tengan la posibilidad de conocer sus facultades, que las ganaderías anunciadas reúnan condiciones de trayectoria y nombre para ser lidiadas en Madrid, que hay un mínimo de calidad, pero por favor que no lo vendan como el mundo sin fronteras, la globalización y otras pancartas al uso, porque sea lo que sea, fueren quienes fueren, que se atengan a la exigencia y al respeto por un espectáculo digno. Es lo que nos merecemos todos.
 
 
 

Editorial

No todo vale

(segunda parte)

Javier Cortés es el vencedor del certamen Ocho Naciones que organiza (y que concede el premio) la empresa Taurodelta, actual gestora de la plaza de toros de Madrid. Ha resultado ser un  vencedor sin méritos, o sin más cualidades que sus diecisiete compañeros que compitieron a lo largo de seis novilladas, más una final celebrada este pasado 11 de octubre. Parece más que evidente el fracaso de este ciclo singular, que bien pensado y bien realizado, despertaría interés por aquello de buscar jóvenes promesas para la continuidad de la Fiesta.

 

Es una frustración anunciada, precisamente porque falta exigencia -como principio irrenunciable- en la calidad del espectáculo. Se eligen ganaderías con nombre, pero se disfrazan los réditos económicos, porque se anuncian como desechos de tientas, para al final ver ganado muy blando, descastado, imposible de hacer un balance de cómo va la empresa ganadera en cuestión, en qué momento está de selección o presencia, y los resultados en cuanto a casta se refieren.

 

Después, se dispone que los novilleros protagonistas se presenten en la primera plaza del planeta de los toros, sin un aval cualitativo de actuaciones. Lo que es más grave, ni tan siquiera es cuantitativo. Claro, que esperar milagros no es un despropósito, pero sí esperar que la Virgen se aparezca cuando a uno le viene bien. El desatino más grande es que a estos chicos, ilusionados y soñadores, se les está manipulando de manera indecente. Por estar en este compromiso sin demostrar méritos profesionales que lo merezcan. Porque no lo van rentabilizar económicamente y posiblemente les cueste una fortuna poder llegar a esta obligación. Porque las personas que les asesoran -y son responsables de sus carreras- saben de las enormes limitaciones de sus pupilos, y aún así los dejan que se estrellen. Por la desvergüenza de estos taurinos que viven a sus anchas en un mundillo manejado por el todo vale. Porque a los organizadores de estos eventos les trae sin cuidado el hecho verdadero de encontrar una figura relevante, con personalidad, actitud y condiciones futuras de desarrollar el oficio. Porque a los deficientes resultados se les da la vuelta, se miente sobre los mismos, se tergiversan, de falsean y se venden como si fueran biografías de maestros con trayectorias rotundas e inmaculadas.

 

No todo vale. Aunque se empeñen en certificar que sí. Pero, si se empeñan en el descalabro de faltar a la verdad, al sentido común, a la integridad de la Fiesta, a su dignidad y razón de ser, que no nos falten a la inteligencia, por favor. Como se recordaba en la primera parte de este editorial Fomentar que no devaluar, estos festejos no tienen interés para los aficionados, pues supone pagar por más de lo mismo, por el supino aburrimiento, por el cabreo generalizado, y por la tomadura de pelo que supone un espectáculo devaluado en calidad y exigencia.

 

Por último, es bastante preocupante que se utilicen estos certámenes para no programar otros espectáculos que deberían incluirse obligadamente en la temporada. Pero, a la larga, lo que queda como hecho patente es que el cómputo de espectáculos está tan hinchado, tan aberrantemente plano de contenidos y rugosidad, tan falto de calidad, tan redundante en encastes, ganaderías y figuritas, que sobrarían no sólo los espectáculos que son verdaderos fracasos, también más de la mitad de la temporada.  

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